sábado, 30 de noviembre de 2013

4.

Es el día de la elección. Alrededor de la plaza está toda la ciudad, expectante, mirando a las cinco placas de metal sostenidas por barras que están encima de la plataforma. Hay cinco camiones de metal detrás.
Las cinco familias elegidas estamos a un lado de la plataforma, dejando un pasillo por el que se irán los elegidos. Por el que se irá mi hermano.
El primer guardián sube a la plataforma. Toda la plaza se queda en silencio. El guardián toca la placa y aparece un nombre en letras negras. La primera familia se abraza, se escuchan llantos. El chico se separa de su familia y camina hacia la plataforma. Sube y se coloca al final del todo, al lado de su nombre. Su guardián se coloca a su lado.
Sube el cuarto guardián y toca la pantalla. Un niño pequeño llora. El chico y se coloca al lado de su nombre.
La última placa. El último guardián sube y toca la pantalla.
Miro a mi hermano, está sonriendo. ¿Pero qué? Mis padres también sonríen. Me doy la vuelta, toda la plaza está sonriendo mirando hacia la plataforma.
En la quinta placa hay un nombre.
Isia.
De repente toda la plaza se vuelve hacia mí.
-          Te destrozarán hasta que no quede nada de ti. Veras tu sangre derramarse hasta el final mientras todos te observan. Nadie moverá un dedo por ti. Te quedarás sola en la oscuridad y nadie te recordará. Y mientras el mundo avanza, tú sólo serás un cuerpo muerto que se desintegrará en el fin del mundo.
Miles de brazos me agarran y grito, desgarrándome por dentro.
Mi propio grito me despierta. Estoy llena de sudor, mi pelo se me pega a la nuca, mi cara está húmeda. Me paso la mano por la cara. Estoy llorando.
PARA. NO LLORES.
Pero no puedo. Las lágrimas me inundan y un grito amenaza con salir.
¡PARA! No dejes que te hagan débil. No lo eres. No se merecen tus lágrimas y nunca lo harán. Nadie puede hacerte daño. Eres fuerte. No volverás a llorar. No pasa nada.
Y las lágrimas paran.
Me quedo mirando la pared. Sólo ha sido una pesadilla. Una asquerosa pesadilla.

No serán más de las cuatro de la madrugada pero a mí me da igual. No puedo dormir. Cada vez que me duermo una pesadilla aparece. Aunque tampoco es que tenga sueño. A fuera está lloviendo. Empiezo a correr.
Y no paro hasta que llego al bosque. Estoy completamente mojada, el pelo se me pega a la cara. Pero la presión en mi pecho empieza a disminuir. Como si a lluvia me limpiase por dentro.
Caigo de rodillas en medio del barro, en frente del bosque.
‘te destrozarán hasta que no quede nada de ti’
Grito. Y no paro de gritar hasta que mi garganta duele.
 El eco de mis gritos se extiende por el bosque.
Sólo quedan dos días para la elección. Mi familia es una de las elegidas. Dentro de dos días mi hermano se irá. Pero tengo la sensación de que algo malo va a pasar, algo que lo cambiará todo para siempre.
Un grito me rompe por dentro.

Mi hermano está tumbado en su cama, mirando el techo. Me acerco.
-          ¿Qué haces? –pregunto – Dentro de dos días es a elección. Tienes que prepararte.
Adonis me mira. Sus ojos azules están más oscuros. Así, tumbado tan relajado en su cama me hace recordar cuando éramos pequeños e íbamos a Aprendizaje. Sólo éramos unos enanos. Y el primer día Adonis ya era amigo de todos y todos querían jugar con él. Mientras yo no hice nunca un amigo. Todos aprendieron a reírse de mí, la niña rara. Mi hermano se reía con ellos.  Cuando Aprendizaje acababa todos se iban con él y jugaban. Yo me iba sola y caminaba. Nunca dejaba de caminar. Nunca sabía a donde iba, sólo caminaba. Siempre acababa en el bosque, y allí lloraba. Siempre hacía eso. Iba a Aprendizaje, caminaba y lloraba. Luego volvía a casa y me sentaba en una esquina a mirar por la ventana. Hasta que un día me prometí que nunca volvería a llorar. Que nunca lloraría por nadie. No sería nunca más débil.  Nadie me haría daño de nuevo. Y no volví de llorar.
Entonces un día un grupo de tíos mayores llego y se puso a pocos metros de mí. Y empezaron a pelear. Yo, escondida tras una pared, los observé y memoricé cada movimiento. Y así aprendí a pelear. Sin nadie. Y un buen día, otro día rutinario de insultos, el fuego apareció y rompí mi primera nariz. Y nadie volvió a insultarme más. Nadie se atrevió a tocarme.  Así crecimos y todo volvía a ser igual. Todos eran amigos de Adonis mientras yo me ponía sola a escucharlo todo desde el final de la clase. Pero yo no era igual. Ya no me trataban igual. Nunca volveré a ser lo que fui. Aquella niña indefensa que lloraba agazapada en la pared. Mientras Adonis se convertía en el dios renacido, yo me hacía fuerte. Pero yo no estoy triste por la mierda de vida que tuve. Al contrario, me alegro de que me hicieran daño.
-          ¿No te había dicho que nunca entrases en mi cuarto, aunque te estuvieses muriendo?- dice.
-          La puerta estaba abierta, imbécil.
Me mira buen rato y se levanta. Me saca una cabeza a pesar de que soy muy alta así que tengo que levantar el cuello.
-          Después de todos estos años todavía no sabes nada. Qué estúpida eres. –me da con el hombro al pasar y se va.
La pesadilla se reproduce otra vez en mi cabeza.

Sólo queda un día para la elección. Mañana por la mañana toda la plaza estará llena.
Estoy en la calle, a lo lejos ya se ven las cinco placas de metal. Llevo todo el día sentada encima de un muro, observando la plaza. A lo largo de día han aparecido cuatro hombres acompañados de sus mujeres y se han acercado a las placas. Los padres de los elegidos. Ya han elegido a qué hijo van a sacrificar. La suerte ya está echada.
Entre la multitud veo a mis padres. Me agarro fuertemente a muro. Mis padres caminan lentamente y suben a la plataforma. La primera placa, al lado de la escalera, es la nuestra. Mi padre se acerca, mi madre detrás de él. Se miran y mi madre sonríe. Los dos ponen la mano encima de la placa y una luz aparece en ella. Al segundo se apaga. En esa luz está el nombre de mi hermano. Mis padres se abrazan y se bajan de la plataforma.
Mi madre ha sonreído. Un solo segundo pero lo ha hecho. 
Nadie sonreiría nunca al entregar a su hijo para que acabe muerto o peor.

Ya ha anochecido cuando bajo del muro. No hay nadie por las calles. Paso por delante de una casa que tiene una pirámide negra en la puerta. Tiene todas las ventanas cerradas. Probablemente querrán un poco de intimidad alejados de la mirada de los guardias para despedirse.
Esto es una mierda.
Llego a mi casa. La pirámide sigue en su sitio. Mi casa ya no volverá a ser la misma.
Entro.
En el salón están mis padres y mi hermano sentados en el sofá. Los tres me miran nada más que entro. Cierro la puerta y me acerco.  Todos están muy serios.
-          ¿Qué ocurre?
Mis padres se miran y asienten. Adonis no deja de mirar al suelo.
-          Mañana es la selección. –susurra mi madre.
Por alguna razón sé que algo va mal. Mi hermano tiene los brazos apoyados en las rodillas y no para de mirar al suelo.  Solo mi madre me mira.
-          ¿Le pasa algo a Adonis?-pregunto.
Él me mira. Y por primera vez me mira como siempre he querido que me mirase. Como si yo le importase. Pero su mirada me parte en dos.
No entiendo nada.
-          ¿Qué está pasando?
De repente mi padre me mira, como si mirase a la basura, y dice:
-          ¿En serio pensabas que enviaremos a Adonis?
Todos me miran. Y entonces lo entiendo.  Nadie enviaría a Adonis, el dios renacido al que todos quieren y adoran a una muerte segura. Además mi hermano es demasiado cobarde para ir. Haría cualquier cosa por salvarse el pellejo aunque eso conlleve poner más vidas en peligro. No aguantaría en una pelea ni dos minutos.
Empiezo a reír.
Una parte de mí ya lo sabía. Soy basura para mi familia y necesitaban deshacerse de mí. No soy nadie. Ni un solo segundo he llegado a importarle a mi familia, ni uno.  No iba a importarles ahora. No les importa si muero o si vivo, si me matan o mato, si me torturan o torturo. Todo lo que les importa es Adonis, y nada más.
Algo se rompe dentro de mí. No tengo nada. Ni siquiera una familia. No tengo a nadie al que le importe.  ‘Nadie moverá un dedo por ti’ Nadie lo hará.
Lo peor de todo fue darme cuenta de que la realidad es peor que las pesadillas.
Y la realidad es esta:

Soy la elegida. 

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