miércoles, 25 de diciembre de 2013

8.

Los primeros rayos de sol luchan contra la oscuridad en el horizonte. Es extraño. Es el primer amanecer que veo fuera de mi casa y, de alguna manera, es diferente. Como si ahora estuviese en otro mundo; para mí lo estoy. Esto es lo que se ocultaba detrás del bosque: un lugar lleno de luces, de posibilidades, de vida pero también de corrupción, estupidez y peligros. Por primera vez echo de menos todo lo que dejé de atrás, lo poco que dejé. Mi habitación, pequeña y vieja, no era gran cosa pero era mía, algo que realmente me pertenecía.  Y ahora estoy en otra habitación, llena de aparatos inservibles y estúpidos y objetos sin uso. Y no hay nada que me pertenezca, nada. Las pocas cosas que tenía se quedaron en mi habitación y ya no las volveré a ver, jamás. Porque sé que nunca más volveré. O moriré o me quedaré encerrada aquí. Recuerdo todas esas veces que quería salir de allí, huir a un lugar mejor, donde pueda empezar de nuevo. Esto no era precisamente el lugar mejor a donde quería ir. Más bien he pasado de un lugar malo a uno peor.
Siempre he pensado que en Oslihum había un sitio mejor, donde no haya ejecuciones ni sangre ni lágrimas derramadas pero me equivocaba. Oslihum está perdido, a la deriva. Pero puede haber una solución.
Siempre hay salida.  

No he vuelto a mi habitación, principalmente porque no sé dónde está. Pero después de perderme por los pasillos interminables encontré una ventana, suficientemente grande para pasar. Y debajo de la cornisa hay un techo. Agradezco que el edificio sea anguloso porque hay techos por todas partes, por los desniveles. Así que estoy agazapada en el techo, con la espalda pegada a la pared, observando la ciudad. Ahora la llamo La Ciudad Extraña,  y es que lo es. Ya no hay tantas luces por los caminos, solo unas pocas, pero aun así los edificios son espeluznantes, imponentes. No sé cómo alguien puede encontrar bello esas cosas.
No he podido dormir nada en la noche. Ni un solo minuto. Cada vez que cerraba los ojos me daba la sensación de que alguien me observaba. Aunque no había nadie, tenía la continua sensación de que me espiaban desde todos lados. Y luego está el miedo. Toda mi vida he intentado ocultarlo pero siempre ha estado ahí, y ahora ya no puedo ocultarlo más. No sé qué voy a hacer ahora ni que va a pasar ahora. ¿Qué harán con todos nosotros? Esa pregunta ha estado siempre en mi cabeza pero en tercera persona. Antes eran ellos, pero ahora soy yo. Y sigo sin respuesta. Aunque esta vez no puedo quedarme de brazos cruzados y olvidar la pregunta, esta vez no. Esta vez está de por medio mi vida, no puedo consumirme esperando una respuesta que nunca vendrá hasta que sea demasiado tarde.
¿Por qué nadie vuelve? ¿Es porque mueren o simplemente desaparecen de la faz de la tierra? O tal vez, vallan a la Ciudad Extraña. ¿Y entonces qué? ¿Se convertirán en uno más de los descerebrados, vestirán ropa horrible, y verán a palillos pasear por plataformas de ejecución? Toda una vida de sufrimiento y lucha para acabar en nada, en ser otro más de los muchos.  Tantos esfuerzos, tantas pérdidas para luego acabar en el olvido.
Pero ese no va a ser mi caso.
Me encaramo a la cornisa y me impulso hacia arriba. Apoyo una rodilla en la ventana y paso mi cuerpo por ella. De nuevo en el pasillo. Ya no está tan silencioso, se escucha el eco de muchas voces. ¿Qué estará pasando?
Camino lentamente, insegura, cuando alguien tropieza conmigo. Me pega un empujón y me doy contra la pared.
-¿Pero qué demonios haces? –grito, furiosa.
Cuando le miro, mi furia se disipa. En frente de mí, hay un chico con una cara horrible: bajo sus ojos azules hay unas ojeras  que han intentado borrarlas con poco éxito, su pelo está completamente echo una mierda, sin peinar y lleva la misma camiseta que la última vez que le vi.
Dainel.
El chico que me sorprendió el día de la Elección, por el miedo en sus ojos; el miedo sigue ahí. Está mirándome perplejo, intentando decir algo.
-Lo siento –dice- no veía por donde iba.
Intento no reírme, valla excusa mala.
Se queda mirándome, como si me evaluase. Estoy harta de que todos me miren así. Ni que nunca hayan visto a una chica, por Dios.
-Tu eres de mi ciudad. –Espeta, de repente- Te recuerdo, eres Isia, ¿no? La chica del corte de manga –sonríe por primera vez, divertido- Tengo que reconocer que entre toda esa mierda que había allí, lo que hiciste nos hizo a todos sonreír, a pesar de… eso.
No puedo evitar reír.
-Sí, si no recuerdo mal eres Dainel. –parece como si se sorprendiera al saber que sé su nombre, pero sonríe.- Tienes una familia hermosa –deja de sonreír y en su mirada se distingue algo más: tristeza-  Ojala yo hubiese tenido una familia así –susurro sin darme cuenta. Intento cerrar la boca a tiempo pero ya es tarde: lo he dicho.
Dainel se queda quieto, al igual que yo. No sé qué más decir. Esa es una de las razones por la que reparé tanto en su familia,  porque era algo que yo nunca tuve: una verdadera familia, unida. Al contrario de él, nadie lloró por mí, nadie deseó que me quedase, nadie me dijo nada. No tenía a nadie.
No tengo a nadie.
-Lo siento –dice de nuevo- Conocía a tu hermano, ¿sabes? Yo pensaba que él era el Elegido. Y cuando tu nombre apareció en la placa me quedé de piedra. Sabía que Adonis era un cabrón pero no tanto como para enviar a su hermana a la Elección.
Adonis, cabrón. Me quedo de piedra.
-Pensaba que era la única que pensaba eso de mi hermano.
Niega con la cabeza y sonríe.
-Aunque valla con esa fachada de chico bueno y perfecto en realidad es un cabrón sin escrúpulos.
Ahora mismo, creo que le aplaudiría.
-Me caes bien. –le suelto.
Él ríe y me mira.
-Y tú a mí. Y eso que pensaba que ibas a ser una estirada problemática que está enfadada con el mundo.
-¿Estirada problemática? Oh, valla, es una de las cosas más bonitas que me han dicho nunca. Gracias. –digo, sarcástica.
Dainel abre la boca para replicar pero alguien le interrumpe.
-¡Dainel!
Los dos nos giramos hacia la voz. Es su guardián. Todavía le recuerdo. Se acerca a Dainel y le pone una mano sobre el hombro.
-¿Qué haces aquí? Vamos, debes prepararte.-de repente repara en mí y me mira- ¿Qué…qué haces tú aquí?
-Me he perdido.-respondo.
Abre la boca y se acerca hacia mí.
-¿Sabe tu guardián dónde estás? –pregunta con el ceño fruncido.
-Si lo supiera yo no estaría perdida. –respondo. Estúpido.
Vuelve a abrir la boca y asiente para sí. Se lleva la mano a la oreja y dice:
-La he encontrado. Está conmigo, en el sector siete. Manda a alguien para que la recoja.
¿Está hablando solo? Miro a Dainel por el hombro del guardián, interrogante, pero él está igual de perplejo que yo. Genial.
Aleja la mano de su oreja y se vuelve hacia mí.
-Dentro de unos segundos alguien vendrá a por ti y te llevará de vuelta a tu habitación.
Se da la vuelta, coge del brazo a Dainel y lo arrastra por el pasillo. Él se da la vuelta y me dice adiós, yo le despido con la mano y veo como desaparecen por el pasillo.
Todo esto es tan extraño.

Un guardia aparece delante de mí.
-Vamos, tengo que acompañarte a tu habitación.
Me aparto de la pared y sigo al guardia. Intento no mirarle, pero sé que él me está mirando. Todos estarán mirándote.  Odio esto.
Me giro hacia él y le pillo en pleno acto.
-¿Puedes dejar de mirarme, imbécil? –le grito.
El frunce el ceño y mira hacia delante.
-Eso es difícil. –susurra.
Aprieto el puño. Quiero hacerle tragar sus palabras. Tengo que controlarme. Si le pego un puñetazo no hay una posibilidad de que no me lleve un castigo. Esto no es como en la ciudad. Aquí no tengo una capucha, todos me ven. Y saben quién soy.
Se para delante de una puerta y la abre. Entro por ella y cierro violentamente. De nuevo en mi jaula. Palham está sentado en una silla con el codo apoyado sobre la mesa.
-Te dije que descansaras. ¿Has dormido?
Me siento en la silla enfrente de él y apoyo las piernas encima de la mesa.
-¿Crees que puedo?
Me mira y niega con la cabeza.
-No. ¿Dónde has estado?
-La verdad es, que no lo sé. –Palham alza una ceja y suspiro- Es verdad. No lo sé. Empecé a andar y me perdí.
Espero a que empiece con su reprimenda pero no lo hace.
-Hoy empiezan los entrenamientos. Tienes que prepararte.
Se acerca a una de las puertas grandes y las abre. La habitación parece estar a oscuras, pero nada más que las puertas se abren muchas luces empiezan a parpadear. Me acerco lentamente. Parece ser un armario. Dentro de él los cajones empiezan a abrirse solos y las perchas empiezan a moverse hacia delante. Toda la ropa es del mismo color, negro y gris. Pero hay un problema: es ropa de hombre.
Miro a Palham y él se rasca la cabeza.
-Todas las habitaciones están preparadas para que sean habitadas por… hombres. Nunca llegamos a pensar que una mujer llegase a venir nunca.
Aunque me suena demasiado machista, lo entiendo. Nadie pensaría nunca que una chica llegase a ser una Elegida.
-Creo que hay ropa de talla pequeña que te puede quedar más o menos bien.  –Se da la vuelta- Estaré esperando fuera.


Después de estar largo rato revolviendo entre ropa de hombre he llevado a encontrar unos pantalones de tejido elástico que se me quedan pegados a las piernas y una camiseta que más o menos es de mi talla. Más o menos. Aun así sigue pareciendo de hombre. Las mangas son demasiado largas y el cuello de la camiseta es demasiado pequeño. Entro en la otra puerta y encuentro un aseo enorme. Rebusco entre los cajones y encuentro unas tijeras. Perfecto.  
Corto las mangas, la longitud de la camiseta y el cuello.

 Sonrío al verme en el espejo. No pienso vestir como ellos y rebajarme a su nivel. Si lo que quieren es verme, tendré que resaltar para que lo hagan. 

martes, 17 de diciembre de 2013

7.

Palham se para delante de una puerta dorada después de largo tiempo andando. No sé en qué parte del edificio estamos. Desde que atravesamos de la entrada no hemos parado de subir escaleras y andar por pasillos interminables, cada uno diferente al anterior. Pensé que sólo sería angulosa la fachada, pero me equivocaba. Todo está lleno de pasillos y escaleras y ventanas de cristal.
Abre la puerta y se adentra en la habitación. Dios.
La habitación puede ser más grande que mi casa entera, sin exagerar. Y eso que en mi casa podíamos tener una habitación individual cada uno. Hay un gran balcón en medio en el que unas cortinas blancas bailan con el aire. A la derecha hay una cama tan grande que hubiésemos podido dormir mi familia entera dentro. (No es tu familia) Pegada delante de la cama hay un banco dorado donde descansan unas pilas de libros. A pesar de los muebles dorados la habitación parece tan vacía. Las paredes grises están desnudas, a pesar de la gran pirámide negra que está encima de la cama a modo de cabecero  y de los cuadros extraños. Intento no poner cara de asco delante de Palham pero no puedo. Al mirarla me viene a la cabeza mi casa, mi antigua casa, y su puerta, con esa pintada que lo cambió todo. Una sola pirámide de pintura lo cambió todo. Más patético no puede sonar. Y vuelvo a aparecer, encima de la cama, para cada vez que valla a dormir o despierte, recuerde que en realidad no valgo nada, que lo único que lo hace son ellos. Los Superiores. Los seres más importantes del planeta. Y una mierda.  No pienso dormir con esa cosa encima de mi cabeza. En la izquierda hay muchos sillones y una mesa gigante donde hay cuencos llenos de frutas y comida. Y al lado de la mesa, suspendido en la pared, un rectángulo enorme negro.
Me acerco lentamente a él. ¿Qué demonios es eso? Parece una tabla, o algo así. Puede ser para practicar el tiro de cuchillos, creo. No puedo evitar tocarlo.  De repente con un clic una imagen aparece y salto hacia atrás. Un hombre aparece dentro del rectángulo, hablando. Intento no gritar. Han encerrado a un hombre dentro de una caja. Preparo el puño para golpearlo pero algo me agarra el codo.
-           ¡EH! ¡Eh! ¡EH! Tranquila. – Palham me tira del brazo hacia atrás pero le pego un tirón y me suelto - Sólo es una televisión, pequeña guerrera.
-           ¿Una qué?
-           Televisión. –responde lentamente- Es… un aparato que utilizamos aquí para… ver cosas. Eso, - dice y señala al hombre encerrado- es un presentador. Es un hombre que nos informa de lo que pasa.
Vuelvo a mirar al hombre. Ha desaparecido, a su vez hay una especie de plataforma alargada por la que pasean tías. Más bien son palillos andantes, y llevan la ropa más fea que he visto en mi vida. A cada lado de la plataforma alargada hay dos grupos de personas sentados en sillas que miran con cara de estúpidos a los palillos. Visten igual que mal que ellas. Una de los palillos desaparece tras una pared y de la plataforma aparece torrentes de fuego. La gente aplaude y ríe y del suelo sale una mujer. Parece que es otro palillo pero no viste tan mal y no es tan joven. Sonríe con una sonrisa perfecta y artificial y se agacha varias veces antes de irse.
-           ¿Qué mierda es esta? –susurro.
Palham se ríe a mis espaldas. Me doy la vuelta y le encaramo.
-           Es un desfile de ropa. –responde cuando se serena- De una diseñadora  importante. por cierto.
-           ¿Un qué?
-           No importa. No tiene nada que ver contigo. No es más que una de las más estupideces de aquí. – toca un lateral de la televisión y se apaga. El desfile desaparece.- Bien, -se acerca al banco dorado de la cama y se sienta- ahora todo el mundo tiene conocimiento de tu llegada. Ya todos los guardias saben que estás aquí. La primera mujer en el Santuario. Esto es todo un notición. – Me hace un gesto con la mano y me siento en una silla enfrente de él- Tienes que controlarte, Isia. Sé que habrá innumerable de veces que querrás golpear la cabeza de alguien contra la pared, y aunque sé que muchas veces lo harás diga lo que te diga, tienes que intentar bajar el número de golpeados. Tienes que medir tus palabras, y la intensidad de ellas. Cualquier palabra que digas, mínima cuál sea, puede ser vista como un atentado contra los Superiores. Toda palabra  será escuchada e incluso a veces grabada. No puedes decir cualquier cosa al azar. Porque si alguien piensa que atentas contra ellos, estás muerta.   
Asiento lentamente memorizando cada palabra. Si alguien llegase a saber los planes que tengo, desde hace años, estoy muerta. No puedo confiar en nadie, ni siquiera en Palham. Estoy sola.
Palham asiente también y se levanta.
-           Creo que deberías descansar algo. –dice- las primera pruebas no empiezan hasta mañana. Hoy es un día de tregua. Yo volveré dentro de unas horas.
No llego a escuchar las últimas palabras de Palham. Creo que ha sido un ‘hasta luego’ o un ‘te dejo sola para que vengan unos tíos y te ataquen.’ No lo sé. Todo es posible. Por un momento no escucho nada, ni puedo moverme. No puedo apartar la vista del balcón. Lejos del edificio dorado, tras un camino de las flores extrañas, un lugar que nunca pensé ver se alza. Creo que he escuchado hablar de él en Aprendizaje, o en los callejones. Pero un nombre aparece en mi cabeza. La Ciudad Real. Y ahí está, delante de mí, como si fuese un espejismo.
El único recuerdo que me queda es la vista de la ciudad desde la torre Halbo: sus casas oscuras, su plataforma de metal brillando por el sol, sus pequeñas tiendas, sus edificios de trabajo, el bosque. Esto no se parece a la  ciudad ni en los árboles.
Si me dijesen que Ciudad Real ocupa la mitad de Oslihum me lo creería. Desde la altura de mi balcón (que es muchísima) no consigo ver el final. Solo una ciudad que desaparece en el cielo.
Aquí no hay  casas de madera, ni plataformas de ejecución, ni miedo, sólo luces. Luces como estrellas. Hay millones de edificios angulosos parecidos al Santuario extendidos por la ciudad, todos de color oro, plata y de mármol. Edificios tan altos que si te subieras a lo alto tocarías las nubes. Hay mies de caminos luminosos y objetos de colores que se mueven por ellos.
Todo es tan extraño. Nunca pensé ni imaginé algo así. Un mundo diferente dentro de otro. Mientras en la ciudad la gente trabaja y muere por trabajar,  aquí hay palillos que se pasean por plataformas con ropa fea en vez de morir en ella. Todo lo que decían los Superiores, de ‘ahora Oslihum es un sitio mejor’  no es más que otra mentira. No es un sitio mejor. Es un sitio dividido en esclavos y asesinos.
Y para mí, se acabó ser esclava.

La pirámide de metal se estampa contra la pared y el golpe resuena en toda la habitación. Sonrío orgullosa. Ya puedo dormir tranquila sin esa cosa encima.
 Me quedo mirando la extraña habitación. Tengo que salir de aquí.
La verdad es que no sé dónde está mi habitación, y posiblemente no sepa volver después, pero no puedo aguantar un solo segundo más encerrada dentro de ella. Cierro la puerta e intento memorizar el pasillo, pero me da la sensación de que son todos iguales. Qué más da.
Mi pasillo está desierto, al igual que la escalera así que puedo bajar tranquila. Pero en cuanto llego al siguiente nivel se escuchan voces de hombres cerca.
-           ¿La has visto? – dice uno.
-           Sí. –responde otro- Creo que es la tía más buena que he visto en mi vida. Pero, ¿qué hace aquí?
-           Ni idea. ¿No estaba prohibido a las mujeres estar en la Elección?
-           Eso creo. Eso creía. –se corrige- Creo que este año va a ser todo diferente.
-           Y que lo digas.
Los dos se quedan callados y el mismo, pregunta:
-           ¿Sabes cuál es su habitación?
Ríe.
-           Creo que es en el nivel 9.7 .
Ríen de nuevo. Y sé lo que van a hacer. Me escondo detrás de la columna que hay al lado de la escalera.
-           Vamos a hacerle una pequeña visita.
Escucho sus pasos avanzar hacia mí y me apretujo más contra la columna, silenciosa. Sus pasos fuertes resuenan en la escalera y desaparecen en el pasillo.
No entiendo porque todos los guardias son tan imbéciles. Todas las historias sobre esos maltratos y violaciones de chicas producidas por los guardias ahora no me parecen solo historias. Si piensan que voy a ser otra historia más que se preparen.
Salgo de la columna y camino por el pasillo en el que estaban antes los guardias. Al final hay una gran escalera de piedra. Bajo por ella, apoyando la espalda en la pared mirando a todos lados. Estoy sola dentro de un edificio lleno de guardias, no puedo simplemente andar como si caminase por mi casa.
Es una habitación parecida a la gran sala donde nos recibieron, salvo por una cosa: no hay una plataforma, ni sillas. Hay una gran jaula de cristal. Dentro de la jaula hay un bosque, inundado por agua. La jaula llega hasta el techo, al igual que las ramas de los árboles.
 Un bosque lleno de agua. Eso no es bueno para el bosque. Las raíces no podrían absorber tanta agua y acabarían muriendo. Pero ahí está, un bosque. Vivito y coleando. Como cualquier otro.  No entiendo la finalidad de esto.
Me acerco con parsimonia a la jaula y toco el cristal. Es como si pudiese sentir el bosque pidiendo a gritos la libertad. De repente me siento bosque, enjaulada y desterrada al eterno ahogamiento, sin posibilidad de salir.
-           Un día te sacaré de aquí.- le juro.
Gracias al cristal consigo ver la sombra que hay detrás de mí. Con un movimiento rápido me doy la vuelta y, agarrándole del cuello, le estampo contra el cristal.
Una sonrisa ladeada me da la bienvenida.
-           ¿Debo apuntarme que te gusta golpear las cabezas de la gente con las cosas?
Noah.
-           Me estabas espiando.- contrataco y le suelto- ¿No te han dicho nunca que es de mala educación espiar a la gente?
-           La verdad es que no. –responde simplemente.- ¿No te han dicho nunca que hablar con los árboles es cosa de locos?
-           Tal vez esté loca. –respondo imitándole.
Me mira, como si me conociese, como si pudiese ver algo más a través de mis ojos, como si hubiese estado esperándome.
El momento se rompe con su risa. Tengo que admitir que echaba de menos esa risa.
-           Echaba de menos tu sarcasmo locuaz. No hay tías por aquí que digan que están locas.
-           Eso es porque realmente lo están. Lo que pasa es que lo ocultan, por vergüenza quizás.  A mí, en cambio, me da igual decirlo. Si lo estoy, lo estoy. No hay otra salida.
Se pasa la mano por el pelo y siento deja vu. Pero ese momento ahora parece tan lejano. Todo respecto a la ciudad lo está.
-           Siempre hay una salida. – responde con ese tono extraño de voz.
Ahora soy yo la que le mira. No recordaba que sus ojos castaños fuesen tan claros, no sé si será por la iluminación, por el hecho de que ha pasado tiempo, o porque no he dormido nada en días. Su pelo sigue siendo un desbarajuste de mechones marrones y sus músculos siguen marcándose en su camiseta negra. Pero aun así es como si hubiese cambiado, como si hubiésemos cambiado los dos. Ya no estamos en el Batallero después de haberles pegado una paliza a dos guardias, estamos en Ciudad Real, y a diferente de esa vez ahora tengo miedo. Pero no voy a dejar que nadie sepa eso.
Su rostro cambia. Ya no está tan sereno ni irónica, frunce los labios y entrecierra los ojos. Gruñe y le pega un puñetazo a la jaula, que para mi sorpresa no se rompe. Me quedo paralizada mirándole como se queda se espaldas hacia mí, con la cara pegada al cristal respirando pesadamente. No sé qué hacer, si darle una palmadita en la espalda o salir corriendo. Me quedo quieta.
-           No deberías estar aquí. No tienes que estar aquí. –gruñe.
-           ¿Crees que estoy aquí por gusto? – pregunto, cansada. Ya sé perfectamente que no tengo que estar aquí. No hace falta que todos lo digan y me lo recuerden.
Se da la vuelta y apoya la espalda en la jaula.
-           Tu familia no sabe dónde te ha metido. –escupe.
-           ¿Lo sabes tú? –ataco.
Mi pregunta le pilla por sorpresa. Su fachada de guaperas seguro de sí mismo  se rompe de nuevo, como la vez en la que le pregunté porque había matado al guardia. Parece ser que al fin y al cabo no es invulnerable.
-           Saberlo no te ayudará a sobrevivir.
Lo que me sorprende no son las palabras, sino la dureza de ellas.
-           ¿No crees que pueda sobrevivir?
Su rostro se ablanda y se acerca a mí.
-           Después de haberte visto pegarles la paliza de su vida a dos guardias, te creo capaz de todo, preciosa.



martes, 3 de diciembre de 2013

6.

- Palham. Ese es mi nombre.- dice mi guardián sonriente. – Y, pequeña guerrera, tu nombre hará historia. Créeme.
Saboreo cada palabra. Yo. Historia. No suena tan mal.
-          Lo que has hecho en la Elección ha sido increíble. Y el corte de manga… -ríe y echa la cabeza hacia atrás – Esa imagen va a perdurar durante siglos, pequeña guerrera.
Ellos se merecen eso y más. Por todo lo que han hecho, por todo lo que me han hecho.
-          Si creían que iba a abrazarles y a llorar por ellos la llevaban claro.- digo y miro la puerta de metal.
Palham se echa hacia delante y apoya los codos en las rodillas. Me mira intensamente, tiene algo raro en la mirada. Algo como… tristeza.  Así se lleva largo rato. Y yo no sé qué hacer. 
-          Tú no deberías haber estado en esa placa. –dice al fin. Niega con la cabeza y vuelve a mirarme a los ojos.- Tú no ibas a ser la Elegida. Tenía que ser tu hermano, no tú.
-          Cuéntame algo que no sepa. -digo poniendo los ojos en blanco.
Ojala alguien hubiera dicho eso cuando mi nombre apareció en la placa, ojala alguien hubiera gritado y no me hubiera dejado marchar. Pero nadie dijo nada, nadie grito ni lloró. Sólo se quedaron mirando cómo me monté en el camión para desaparecer para siempre.
Te quedarás sola en la oscuridad y nadie te recordará. 
- Escúchame atentamente, pequeña guerrera, olvida toda tu vida en la ciudad porque esto no va a ser ni la mitad de peligroso. Intentarán encontrar tu punto débil y si lo encuentran estás muerta. Si te pegan, por muy doloroso que haya sido el golpe, te levantas. –tiene la cara tan seria que creo cada una de sus palabras.- En Oslihum hay gente muy peligrosa y estarán observándote. Cada movimiento, cada cara que pongas, cada palabra que digas, todo. Nunca, jamás –resalta cada palabra- ha habido una chica. Nunca ha habido una Elegida. El mundo entero estará mirándote. Querrá saber todo sobre la Elegida. Todos hablarán de la Elegida. De ti. – Pone una mano sobre mi rodilla y aprieta mi mano.- No tienes que tener miedo. Yo sé que no eres una simple chica estúpida de ciudad. Eres especial. Lo supe desde el momento que te vi subida en aquel muro. Vas a hacer grandes cosas, Isia. Lo sé.  
Palham me mira aprieta la mano una vez más y se recuesta en su asiento.
-          Va a ser un viaje largo, así que te sugiero que te acomodes. –dice y mira hacia el teco.
Yo no me muevo. Sólo observo. Y reproduzco en mi cabeza cada palabra. Vas a hacer grandes cosas, Isia. Ojalá tenga razón.
-          No saben lo que te han hecho –susurra cuando cierra los ojos.
Un escalofrío me traspasa la espalda. Eso no suena nada bien. Siento miedo, un frío miedo. Y me abrazo las piernas. No te va a pasar nada. No importa que estés sola, eres fuerte. Eres más fuerte que ellos.
Eres el Ángel de las Sombras, Isia.
Sonrío y apoyo la cabeza contra la pared de metal.
Todo va a ir bien. En una esquina de mi cabeza un susurro me dice que no.

No sé cuánto tiempo llevaremos. Ni dónde estamos. Pero no he podido dormir. No consigo cerrar los ojos. Palham sigue dormido en la misma posición. No se ha movido desde entonces. Yo no sé qué hacer. Intento pensar pero no sé en qué. Mi cabeza es un caos ahora mismo.
En el camión no hay ventanas, ni ninguna abertura, así que no tengo ningún lugar por el que ver lo que hay afuera. Me estoy poniendo nerviosa. Estoy encerrada en un camión sin saber a dónde voy, sin saber qué van a hacer conmigo, completamente desarmada y con un tío que ronca enfrente de mí. Valla plan.
Respiro y cierro los ojos, apoyando la cabeza en la pared. El recuerdo desde la torre Halbo aparece en mi cabeza. La ciudad. ¿Cómo estará en este momento? ¿Qué estarán haciendo todos? ¿Qué hay de las familias de los demás Elegidos? ¿De mi familia? No, ellos ya no son tu familia. Nunca más.
¿Seguirá la ciudad su curso?
 Nadie estará echándote de menos.  
Lo sé.
De repente alguien golpe la pared y me levanto de un salto. Palham se despierta y me sonríe. El camión ha parado.
-          Ya hemos llegado, pequeña guerrera.
Las puertas del camión se abren y unos guardias aparecen, vestidos con sus caparazones negros. Palham me hace una señal con los brazos y bajo primera. Los guardias se quedan de piedra mirándome y miran a Palham, que asiente. Vuelven a mirarme y se apartan.
No puedo creer lo que veo.
¿Qué es esto? No es nada comparado con la ciudad, ni nada que se le asemeje. Parece un palacio, pero al mismo tiempo no lo parece. Es una  construcción gigantesca de color marfil. Hay plantas y plantas apiladas de forma angular y puestas estratégicamente para que parezca un monumento. Incluso hay desniveles. Es increíble. Puede ser más grande que la ciudad entera. Incluso más grande que la ciudad sumaba con los alrededores.
 Una reja de oro me da la bienvenida. Con la misma reja hay dibujados en ella unos especies de dibujos llenos de líneas y círculos que acaban en el círculo que hay en lo alto, a la mitad de la puerta.  Y dentro del círculo, una pirámide de oro. El signo de los Superiores.
Palham me agarra del brazo y me hace avanzar. Hasta llegar a la puerta hay un gran camino hecho con unas especies de flores. Flores en un camino. ¿Qué demonios es esto?  Piso una flor y levanto el pie esperando ver una flor espachurra. Pero está intacta.
-          Ni siquiera las flores son iguales a las de la ciudad.- dice Palham, que me observa divertido.
Miro una última vez la flor y empiezo a caminar por el camino sin dejar de mirar a todos lados. Una especie de bosque se extiende alrededor del extraño edificio. Es un bosque extraño. Los árboles son extraños. Sus hojas son… doradas. Mi boca cae. Hojas doradas. Árboles dorados. ¿Dónde estoy?
-          Isia eres la última. No deberías tardar más.- me reprende Palham.
Y entramos por la gigantesca puerta dorada. En el interior hay una gran sala. Tan grande como la misma plaza. Hay extrañas decoraciones por las paredes. En medio de la habitación hay muchas sillas doradas, apiladas de forma pulcra, y en frente hay una gran plataforma.  La habitación está llena de tíos, sólo chicos. Todos me miran.  
La gigante habitación se ha quedado en silencio mientras todos los ojos están puestos en mí. Escucho la risa de Palham tras mi espalda. Se acerca y me susurra:
-          Te dije que todo el mundo estaría observándote. Además, -añade- una chica tan increíble como tú en una habitación llena de jóvenes con las hormonas revolucionadas ocasiona problemas como éste.
No puedo evitar reírme. Mi risa resuena en toda la habitación. Esto va a ser divertido. Una sola chica en un edificio sólo de chicos.
Los guardianes, que antes estaban al lado de la plataforma en silencio, se acercan a sus Elegidos y es obligan a sentarse. Hago lo mismo que ellos antes de que mi guardián me diga nada. Los tíos se sientan, pero sin dejar de observándome. Me siento en el sitio que queda. En la esquina del todo de la última fila. A mi lado tengo un chico muy alto, con el cabello largo de color cobre, tiene una cicatriz que le cruza desde la mejilla derecha hasta el labio. Me mira de refilón. Imbécil.
La puerta grande de color negro que hay en la izquierda se abre y un grupo de hombres entra.
No, por favor, más hombres no. Esto es deprimente.
Un grupo de caparazones se queda rodeando la plataforma, protegiéndola. Un grupo disminuido de hombres muy arreglados sube. Se colocan todos en fila. Mi corazón se para. Le veo. Está mirando a los Elegidos, uno a uno. Va vestido con una camiseta blanca y una chaqueta negra remangada metódicamente hasta el codo y unos pantalones negros. De repente atrapa mi mirada.  Y su cara se deforma. Se queda paralizado y su boca se abre. Frunce el ceño, cómo si no entendiese. Y ahí está, aparece como un flash y se va del mismo modo, miedo.
Noah.
Uno de los hombres, vestido de traje se pone en medio de la plataforma y habla:
-          Bienvenidos, Elegidos, al Santuario. Este será vuestro hogar ahora. – Noah sigue mirándome con el rostro descompuesto- Todo sobre vuestra vida pasada debe ser olvidado. Esto, el ahora, es una nueva vida.  Y habéis renacido. Esto es un nuevo mundo, vosotros lo conoceréis y el mundo os conocerá. Vuestros guardianes ahora serán vuestra familia. Y los demás Elegidos serán vuestros hermanos. Aprenderéis a vivir aquí, y si lo hacéis bien seréis recompensados. Pero si lo hacéis mal… –el hombre se calla, para darle una tensión teatral. Valla gilipollez. - Todo error tiene su castigo.
Se hace el silencio en la sala y el hombre tras aplaudirse a sí mismo, vuelve a la fila. Noah se mueve y se coloca en medio de la plataforma.
-          Muy bien, chicos – me mira y se para- Mi nombre es Jark y así será como me llamaréis. Si queréis sobrevivir tendréis que intentar seguirme el ritmo, y no es fácil. –sonríe de medio lado – Si pensabais que ser Elegido implicaba no hacer nada y estar todo el día tirado lo lleváis claro. Mañana empieza los entrenamientos, conmigo, os lo pasaréis bien. Prepararse. Hay entrenamientos todos los días y muchas veces. Así que si soy unos completos vagos, iros aplicando la idea de que aquí los vagos solo tienen un futuro y no es bonito, creedme.
Noah se retira y vuelve a la fila. Tras unas palabras más de uno de los tíos dándonos las gracias por nuestra presencia se van. Ni que tuviésemos otra opción para estar aquí.
El ruido vuelve a la habitación en cuanto los hombres atraviesan la puerta negra. No despego la vista de la espalda de Noah hasta que desaparece.
Alguien me toca el hombro y me doy la vuelta. El chico de la cicatriz. Ahora que lo veo de frente me da la impresión de que está colocado, al menos tiene cara de estarlo. Tiene una sonrisa estúpida de me-creo-guay-por-tener-una-cicatriz y me mira de forma rara.
-          ¿Qué se le ha perdido a una chica tan guapa como tú en un sitio como este? – fantástico. También tiene voz de borracho.
¿Se supone que eso es un flirteo? Porque si lo es este tío se merece un buen puñetazo que le arregle la cara.
-          ¿Qué se te ha perdido a ti, guapo? –pregunto de forma brusca- Ah, déjame adivinar, el cerebro. –chasqueo la lengua y sonrío- Deberías buscarlo, pareces estúpido sin él.
Me levanto de la silla y me acerco a Palham, que se ríe. Escucho muchas risas a mis espaldas.
-          ¿Puedes sacarme de aquí? Estar cerca de tantos tíos estúpidos me está poniendo mala. – Asiente y me agarra del brazo y me lleva a la misma puerta por la que antes Noah pasó.

Recuerdo la promesa que me hizo.  Y sonrío. Tenía razón. 

lunes, 2 de diciembre de 2013

5.


La ciudad parece que de un modo me esté diciendo adiós. Estoy sentada en la torre Halbo, con los barrotes pegados a mi cara. Hay miles de luces, como luciérnagas, en todas partes. Todas las luces de las casas están encendidas. Es algo impresionante. Es como si las estrellas hubiesen bajado del cielo.
Esto es lo único que me queda. Estrellas en la tierra. Sólo quedan unas horas para la elección. Unas horas para desaparecer para siempre.
No pienso llorar, no lo haré.
Me viene una canción a la cabeza, una canción que escuché una vez que estaba agazapada en un callejón mientras lloraba, y que nunca olvidaré. Una canción sobre estrellas.
Y canto.
Hacia el bosque corrí y allí me oculté.
 Entre los árboles y las espinas me quedé dormida y lloré.
Lloré por todos mi amor caído.
Por la sangre de mi familia derramada.
Por mi alma quebrada.
Entre lagunas de lágrimas desperté y miré al cielo.
Las estrellas me observaban.
Y bajaron del cielo.  
Sanaron mi alma rota y me tendieron una mano; que yo cogí.
Me llevaron con ellas, a lo alto, el cielo, y ya no sentí dolor.
Mi alma quebrada brilló, finalmente libre, y se convirtió en una estrella en el infinito.

Las estrellas han bajado del cielo. Puede que para sanar mi alma quebrada. Puede que para llevarme con ellas a cielo. Así no sentiré nunca más dolor.
Aparto la cara de los barrotes. Algún día las estrellas bajaran de nuevo y me llevarán con ellas. Pero no hoy. Todavía hay unas cuantas cosas que tengo que hacer.

Ya ha amanecido, pero yo sigo en la torre. Ya se escucha el jaleo de la ciudad por el evento. Antes de que el sol saliera llegaron los camiones. Cinco, para ser exactos. Dentro de poco yo estaré en uno de ellos.
Ya es la hora.
Me levanto y miro la ciudad una última vez.  Lo memorizo todo. Cada casa, cada calle, cada árbol, cada edificio. 
-Adiós.-susurro, y sé que éste adiós es para siempre.
Bajo de la torre con la panorámica de la ciudad todavía en mi cabeza. Esto es todo lo que me queda ahora: un recuerdo.
Comienzo a andar.
Vislumbro la plaza. Tan lejos pero a la vez tan cerca. Me encaramo a un muro y me subo. Voy subiendo balcones y llego a la plaza. No se ve nada. Sólo se ve miles de puntos. Puntos, personas. Todos los puntos enfrente de la plataforma. Los camiones detrás de cada placa. Las familias de los elegidos en el lado izquierdo. Cada elegido con su familia. Pero a la quinta familia le falta su elegido. Yo. No pienso ponerme junto a ellos, no pienso estar ahí de pie como si ellos fuesen mi familia. Ya no lo son.
Nunca más.
Me siento en el muro. Los guardianes ya han salido. Cinco hombres esperan en la escalera a que sus elegidos aparezcan, vestidos con sus trajes grises. Uno de ellos me descubre mirándoles. Podrá tener unos cincuenta años o así, tiene el pelo gris, es alto y extrañamente delgado. Me mira con extrañeza, pero de repente me sonríe. Yo le miro extrañada también y sonrío un poco. El guardia aparta la vista y vuelve a su sitio.
Que cosa más rara.
Centro la mirada en las familias. Una de ellas me llama la atención.
 La primera familia está compuesta por seis miembros: un hombre mayor abrazando a su mujer por detrás, la mujer sujeta un niño pequeño en sus brazos. Dos chicos gemelos, uno chico y otra chica, están a ambos lados de un joven. Debe de haber estado entrenando durante años ya que los músculos bien formados se les notan bastante a través de la camiseta negra, es bastante alto y además es guapo. Tiene el pelo dorado oscuro, y unos ojos azules preciosos. Pero no es eso lo que me llama la atención. Es su rostro. Su rostro lleno de miedo y de tristeza. Tiene la mirada cansada, apagada, como si llevase días sin dormir, y no deja de mirar a los gemelos que tiene cogidos de las manos.  Los chicos se esconden detrás de sus piernas como si fuesen una muralla.  Para tener pinta de ser un tío duro rompecorazones parece que está a punto de llorar.
Esto es lo que los Superiores hacen. Te arrebatan todo lo que tienes. Y si no tienes nada, se llevarán lo único que te hace ser fuerte. El alma.
La plaza entera se queda en silencio. Me enderezo. De un altavoz aparece una voz, que resuena en lo más dentro de mi cabeza.
-Bienvenidos, otro año más, a la Elección. Los Superiores este año han sido muy específicos con las familias, cada una es una parte muy importante en este nueva Elección. Agradecemos su aportación. Dicho esto, procedamos con el revelamiento de los nombres.
Su aportación. Ni que fuésemos comida.
El primer guardián sube a la plataforma y se coloca delante de la placa. Hace una pausa y coloca la mano encima de la placa. Desde aquí puedo ver perfectamente el resplandor de la placa, un solo segundo, y entonces aparece el nombre.
Dainel.
Un sollozo rompe el silencio. La mujer, que antes estaba abrazada por su marido, está de rodillas en el suelo y ahora su marido está a su lado, también de rodillas, abrazándola más fuerte intentando contener los sollozos. Los gemelos se agarran a las piernas de Dainel y él les pone las manos encima de la cabeza. Los chicos se sueltan y todos se arrodillan en el suelo. El hombre abraza a su hijo y le susurra cosas en el oído que hace partirse en dos. Dainel besa la cabeza del bebé que está en los brazos de su madre y pasa los brazos por el cuello de esta. Los gemelos se unen al abrazo y su padre le sigue. Y así se quedan, seis almas sollozando, hasta que se apartan y Dainel se levanta y se va sin mirar atrás. Llega a la plataforma y sube las escaleras. Está destrozado. Tiene los ojos rojos, está intentado contener las lágrimas, pero al final un torrente cae por sus mejillas. El guardián pone la mano encima de su hombro y sonríe. Pero él no le devuelve la sonrisa.
El siguiente guardia sube las escaleras y se sitúa enfrente de la siguiente placa. La placa resplandece y aparece el nombre.
Kalh.
La siguiente familia está compuesta únicamente por un joven y sus padres. Se abrazan y la madre llora. El chico le pasa la mano por la mejilla y la besa en la frente. Una chica aparece corriendo y le besa. Él la envuelve en sus brazos y la besa miles de veces. Susurra cosas y ella ríe a pesar de las lágrimas. Se vuelven a abrazar y se va.  El chico sube decidido a la plataforma. Tiene el pelo negro como el carbón, al igual que sus ojos, y está completamente bronceado. Pero a pesar la calidez de su cuerpo, su mirada es fría y llena de tristeza. No deja de mirar a la chica. Y ella cae al suelo de rodillas.
El siguiente guardia toca la placa y otro nombre.
Adbam.
Un nuevo sollozo. Más abrazos. Un nuevo chico que llega a la plataforma.
Otro guardián. Otra placa. Otro nombre. Yehg. Más gritos. Otra familia que se abraza. Más besos. Más lágrimas que se derraman por la tierra.
Y el último guardián sube. Para mi sorpresa, es el tío que antes me sonrió.
¿Preparada?
El guardián se coloca delante de la última placa y coloca la mano.
Siempre.
El resplandor aparece, acompañado de un último nombre.
Mi nombre.

Si antes había silencio, ahora hay más que silencio. Rostros petrificados. Un nombre de chica. Sí, es un nombre de chica. Es mi nombre. Y está en la Elección. Esto es historia. El guardián se queda mirando el nombre y desde aquí puedo verle la cara. No puede creerse lo que ve.
Toda la ciudad vuelve la vista hacia mi familia, que están mirándose entre sí. Todos tienen cara interrogativa. Nadie sabe dónde está la chica. No se encuentra con su familia. Entonces, ¿dónde está?
-          Estoy aquí.
Bajo del muro. Y poco a poco se van echando hacia atrás, dejando un camino. Les miro antes de empezar a caminar. Todos son rostros conocidos. Recorro el camino con paso decidido. Todos me miran, incluso mi familia. Sonrío. El camino se acaba y llego. Mis padres y mi hermano me miran, expectantes, esperando a que me una a ellos. No va a pasar eso, imbéciles. Paso delante de ellos sin mirarles y camino hacia la plataforma. Pero antes de pasar la última familia me paro.
 ¿De verdad vas a irte así? Déjales un recuerdo que tengan para siempre en la memoria.
Me doy la vuelta. Mi familia sigue mirándome.  Mi madre pone su cara hago-como-que-me-importa-mi-hija y sonríe. Nada de eso. Les miro, sonríe radiantemente y levanto el dedo corazón. Mi madre deja de sonreír.
-          Pudrirse en el infierno, cabrones.
Sus rostros se descomponen y me doy la vuelta. Así recordarán, día tras día, lo que le hicieron a su hija.
Por primera vez en mi vida subo a la plataforma. Los guardianes y los elegidos me miran. Pero sonríen. Me pongo delante de mi guardia y él se queda mirándome. Sonríe y se acerca a mí.
-          Tengo la sensación de que vas a dar mucha guerra, cariño. –susurra.
Sonrío.
Si tú supieras…
La voz resuena de nuevo:
-          Y estos son los Elegidos de este año.
Noto un golpe en mi hombro y mi guardián me empuja suavemente para que baje las escaleras. Subimos al camión y no miro atrás.
Las puertas se cierran, dejándome encerrada dentro del camión de metal y noto la mirada sarcástica del guardián. No dice nada, solo me mira.
El camión arranca y empieza a moverse. Algo en mi estómago se retuerce.
Voy a salir de aquí. Estoy saliendo de aquí. Todo lo que he estado imaginando durante años se está haciendo realidad.

Esto es sólo el principio de mi libertad.

sábado, 30 de noviembre de 2013

4.

Es el día de la elección. Alrededor de la plaza está toda la ciudad, expectante, mirando a las cinco placas de metal sostenidas por barras que están encima de la plataforma. Hay cinco camiones de metal detrás.
Las cinco familias elegidas estamos a un lado de la plataforma, dejando un pasillo por el que se irán los elegidos. Por el que se irá mi hermano.
El primer guardián sube a la plataforma. Toda la plaza se queda en silencio. El guardián toca la placa y aparece un nombre en letras negras. La primera familia se abraza, se escuchan llantos. El chico se separa de su familia y camina hacia la plataforma. Sube y se coloca al final del todo, al lado de su nombre. Su guardián se coloca a su lado.
Sube el cuarto guardián y toca la pantalla. Un niño pequeño llora. El chico y se coloca al lado de su nombre.
La última placa. El último guardián sube y toca la pantalla.
Miro a mi hermano, está sonriendo. ¿Pero qué? Mis padres también sonríen. Me doy la vuelta, toda la plaza está sonriendo mirando hacia la plataforma.
En la quinta placa hay un nombre.
Isia.
De repente toda la plaza se vuelve hacia mí.
-          Te destrozarán hasta que no quede nada de ti. Veras tu sangre derramarse hasta el final mientras todos te observan. Nadie moverá un dedo por ti. Te quedarás sola en la oscuridad y nadie te recordará. Y mientras el mundo avanza, tú sólo serás un cuerpo muerto que se desintegrará en el fin del mundo.
Miles de brazos me agarran y grito, desgarrándome por dentro.
Mi propio grito me despierta. Estoy llena de sudor, mi pelo se me pega a la nuca, mi cara está húmeda. Me paso la mano por la cara. Estoy llorando.
PARA. NO LLORES.
Pero no puedo. Las lágrimas me inundan y un grito amenaza con salir.
¡PARA! No dejes que te hagan débil. No lo eres. No se merecen tus lágrimas y nunca lo harán. Nadie puede hacerte daño. Eres fuerte. No volverás a llorar. No pasa nada.
Y las lágrimas paran.
Me quedo mirando la pared. Sólo ha sido una pesadilla. Una asquerosa pesadilla.

No serán más de las cuatro de la madrugada pero a mí me da igual. No puedo dormir. Cada vez que me duermo una pesadilla aparece. Aunque tampoco es que tenga sueño. A fuera está lloviendo. Empiezo a correr.
Y no paro hasta que llego al bosque. Estoy completamente mojada, el pelo se me pega a la cara. Pero la presión en mi pecho empieza a disminuir. Como si a lluvia me limpiase por dentro.
Caigo de rodillas en medio del barro, en frente del bosque.
‘te destrozarán hasta que no quede nada de ti’
Grito. Y no paro de gritar hasta que mi garganta duele.
 El eco de mis gritos se extiende por el bosque.
Sólo quedan dos días para la elección. Mi familia es una de las elegidas. Dentro de dos días mi hermano se irá. Pero tengo la sensación de que algo malo va a pasar, algo que lo cambiará todo para siempre.
Un grito me rompe por dentro.

Mi hermano está tumbado en su cama, mirando el techo. Me acerco.
-          ¿Qué haces? –pregunto – Dentro de dos días es a elección. Tienes que prepararte.
Adonis me mira. Sus ojos azules están más oscuros. Así, tumbado tan relajado en su cama me hace recordar cuando éramos pequeños e íbamos a Aprendizaje. Sólo éramos unos enanos. Y el primer día Adonis ya era amigo de todos y todos querían jugar con él. Mientras yo no hice nunca un amigo. Todos aprendieron a reírse de mí, la niña rara. Mi hermano se reía con ellos.  Cuando Aprendizaje acababa todos se iban con él y jugaban. Yo me iba sola y caminaba. Nunca dejaba de caminar. Nunca sabía a donde iba, sólo caminaba. Siempre acababa en el bosque, y allí lloraba. Siempre hacía eso. Iba a Aprendizaje, caminaba y lloraba. Luego volvía a casa y me sentaba en una esquina a mirar por la ventana. Hasta que un día me prometí que nunca volvería a llorar. Que nunca lloraría por nadie. No sería nunca más débil.  Nadie me haría daño de nuevo. Y no volví de llorar.
Entonces un día un grupo de tíos mayores llego y se puso a pocos metros de mí. Y empezaron a pelear. Yo, escondida tras una pared, los observé y memoricé cada movimiento. Y así aprendí a pelear. Sin nadie. Y un buen día, otro día rutinario de insultos, el fuego apareció y rompí mi primera nariz. Y nadie volvió a insultarme más. Nadie se atrevió a tocarme.  Así crecimos y todo volvía a ser igual. Todos eran amigos de Adonis mientras yo me ponía sola a escucharlo todo desde el final de la clase. Pero yo no era igual. Ya no me trataban igual. Nunca volveré a ser lo que fui. Aquella niña indefensa que lloraba agazapada en la pared. Mientras Adonis se convertía en el dios renacido, yo me hacía fuerte. Pero yo no estoy triste por la mierda de vida que tuve. Al contrario, me alegro de que me hicieran daño.
-          ¿No te había dicho que nunca entrases en mi cuarto, aunque te estuvieses muriendo?- dice.
-          La puerta estaba abierta, imbécil.
Me mira buen rato y se levanta. Me saca una cabeza a pesar de que soy muy alta así que tengo que levantar el cuello.
-          Después de todos estos años todavía no sabes nada. Qué estúpida eres. –me da con el hombro al pasar y se va.
La pesadilla se reproduce otra vez en mi cabeza.

Sólo queda un día para la elección. Mañana por la mañana toda la plaza estará llena.
Estoy en la calle, a lo lejos ya se ven las cinco placas de metal. Llevo todo el día sentada encima de un muro, observando la plaza. A lo largo de día han aparecido cuatro hombres acompañados de sus mujeres y se han acercado a las placas. Los padres de los elegidos. Ya han elegido a qué hijo van a sacrificar. La suerte ya está echada.
Entre la multitud veo a mis padres. Me agarro fuertemente a muro. Mis padres caminan lentamente y suben a la plataforma. La primera placa, al lado de la escalera, es la nuestra. Mi padre se acerca, mi madre detrás de él. Se miran y mi madre sonríe. Los dos ponen la mano encima de la placa y una luz aparece en ella. Al segundo se apaga. En esa luz está el nombre de mi hermano. Mis padres se abrazan y se bajan de la plataforma.
Mi madre ha sonreído. Un solo segundo pero lo ha hecho. 
Nadie sonreiría nunca al entregar a su hijo para que acabe muerto o peor.

Ya ha anochecido cuando bajo del muro. No hay nadie por las calles. Paso por delante de una casa que tiene una pirámide negra en la puerta. Tiene todas las ventanas cerradas. Probablemente querrán un poco de intimidad alejados de la mirada de los guardias para despedirse.
Esto es una mierda.
Llego a mi casa. La pirámide sigue en su sitio. Mi casa ya no volverá a ser la misma.
Entro.
En el salón están mis padres y mi hermano sentados en el sofá. Los tres me miran nada más que entro. Cierro la puerta y me acerco.  Todos están muy serios.
-          ¿Qué ocurre?
Mis padres se miran y asienten. Adonis no deja de mirar al suelo.
-          Mañana es la selección. –susurra mi madre.
Por alguna razón sé que algo va mal. Mi hermano tiene los brazos apoyados en las rodillas y no para de mirar al suelo.  Solo mi madre me mira.
-          ¿Le pasa algo a Adonis?-pregunto.
Él me mira. Y por primera vez me mira como siempre he querido que me mirase. Como si yo le importase. Pero su mirada me parte en dos.
No entiendo nada.
-          ¿Qué está pasando?
De repente mi padre me mira, como si mirase a la basura, y dice:
-          ¿En serio pensabas que enviaremos a Adonis?
Todos me miran. Y entonces lo entiendo.  Nadie enviaría a Adonis, el dios renacido al que todos quieren y adoran a una muerte segura. Además mi hermano es demasiado cobarde para ir. Haría cualquier cosa por salvarse el pellejo aunque eso conlleve poner más vidas en peligro. No aguantaría en una pelea ni dos minutos.
Empiezo a reír.
Una parte de mí ya lo sabía. Soy basura para mi familia y necesitaban deshacerse de mí. No soy nadie. Ni un solo segundo he llegado a importarle a mi familia, ni uno.  No iba a importarles ahora. No les importa si muero o si vivo, si me matan o mato, si me torturan o torturo. Todo lo que les importa es Adonis, y nada más.
Algo se rompe dentro de mí. No tengo nada. Ni siquiera una familia. No tengo a nadie al que le importe.  ‘Nadie moverá un dedo por ti’ Nadie lo hará.
Lo peor de todo fue darme cuenta de que la realidad es peor que las pesadillas.
Y la realidad es esta:

Soy la elegida. 

miércoles, 27 de noviembre de 2013

3.


Han pasado una semana y media desde que volé por los aires la plataforma de ejecución y algo ha cambiado: la gente está cambiando. Ya no pasan delante de los guardias con miedo sino con la cabeza alta, empiezan a salir cuando el sol se está ocultando, se ríen a carcajadas en las plazas sin temor alguno.
Por alguna extraña razón ya no tienen miedo.
Y eso es peligroso para los Superiores. Si la gente empieza a ser valiente, no les temerán. ¿Y cómo puedes gobernar un mundo si no hay nadie que te tema? Por eso han incrementado la seguridad. En cada callejón hay un guardia que vigila, cuando un niño llora un guardia aparece, si se te cae por accidente algo en medio de la calle un guardia te agarra por detrás y te cachea para saber que es lo que llevas encima. Parece que somos delincuentes y presos. Y esto está empezando a parecerse a una prisión. Si antes ya controlaban tu vida al centímetro ahora lo quieren controlar todo, lo que haces, lo que piensas, lo que dices,... todo.
La plataforma está volviendo a ser construida. Hace unos pocos días grandes camiones de metal circularon las calles y se instalaron en la plaza. Muchos guardias salieron de entre los camiones y empezaron a recoger todos los trozos de la explosión. Horas después sacaron la primera pieza de metal. Dentro de pocos días volverá a estar en funcionamiento. Pero ahora algo está ocurriendo.
La gente está pintando en las paredes ángeles. En cada rincón oscuro, en una puerta, en una ventana incluso en algunos árboles del Bosque Prohibido.
Un ángel.
El Ángel de las Sombras, le llaman.
La persona invisible que fue capaz de pasar sin ser visto delante de los guardias e hizo explotar en mil pedazos la plataforma.
Yo.
Por la ciudad circula cada día la historia de que un ángel salvador que se esconde en las sombras que protege a la ciudad. Susurran sobre la destrucción sin miedo a que les maten por ello.
Puede que esto sea el principio del fin. El principio de la guerra que pondrá fin a lo que comenzó hace tantos años. Aunque la guerra ahora parece tan lejana. A nadie se le ocurriría hacer una guerra si es que tiene un poco de sentido común. Una guerra ahora significaría solo una cosa. Perder. Y perder haría más fuertes a los Superiores y a todos los que ahora controlan Oshlium.
Aunque puede que una guerra de otra manera, en el momento exacto y con los planes adecuados si pueda. Sólo necesitamos algo que poca gente tiene en estos tiempos: esperanza. Pero yo la tengo.

Camino por las calles rápidamente. Acabo de pasar por delante de unos guardias y no han dejado de mirarme en todo momento. Imbéciles.
¿Y si sospechan de mí?
No, no lo hacen. Miran a todo el mundo. No te sientas especial, miran a todos no solamente a ti. Eres una ciudadana más de los miles que hay. No te sientas importante.
Respiro hondo y ando más lento. Sin previo aviso un grito resuena a pocos metros de mí.
Un circulo de guardias y gente hay en medio de la calle. Me acerco corriendo. Unos tres guardias agarran a la mujer que me reconoció el día de la explosión mientras la intentan inmovilizar. Mierda. Tenía que huir.
Alguien con una capucha se acerca. No es normal que alguien lleve capucha (salvo yo, claro está) Le observo. Tiene un cuchillo en la mano. Le miro atrás de la capucha. El preso. Ah, no.
Le agarro del brazo y tiro de él empujándole detrás de una tienda. Él me intenta pegar puñetazos pero le agarro el brazo y le piso la pierna.
  • ¡Tranquilízate! -no para de forcejear- ¡JODER PARA! -me mira y se queda quieto.
  • No lo entiendes.-susurra.- Tengo que hacerlo.-grita.
  • Pues claro que lo entiendo. Si te ven, estás muerto. -me intenta pegar un puñetazo pero me agacho a tiempo- ¡Escúchame! No puedes salvarla. Y menos con eso -digo señalando al cuchillo con la cabeza. El hombre baja la cabeza- Pero yo sí. -me mira- Escucha atentamente. Tú no te vas a mover de aquí, ¿está claro? -tras algo de tiempo confuso asiente- Aunque escuches un grito, o aunque escuches diez. No te mueves. -asiente de nuevo.
  • No vas a poder hacer nada.- suelta.
  • Yo fui quién hizo estallar la plataforma.- me levanto y al hombre se le descompone la cara.- Ve hacia la tienda del señor Harris y escóndete detrás de las cajas que hay en la calle siguiente. Espérame allí.- me agacho, cojo el cuchillo y salgo corriendo.
En la calle los guardias han conseguido mover a la mujer. Tengo un plan. No sé como pero lo tengo. Me pongo la capucha y agarro el cuchillo con todas mis fuerzas. Estás loca, Isia. Demonios si lo estoy. Esto va a ser difícil.
Una mujer de unos cuarenta años observa la situación al lado de la pared. Me acerco a ella y le agarro de la cabeza poniendo el cuchillo en su cuello. La mujer grita.
  • ¡QUE NADIE SE MUEVA O LA MATO!
Los guardias se paran y dejan en el suelo tirada a la mujer, que no para de gemir mientras se toca las muñecas. Toda la calle me mira, estupefacta. Perfecto.
  • ¡VOSOTROS!-señalo a los guardias con el codo- ¡ALEJAROS DE AHÍ!- los guardias lentamente se alejan de la mujer mientras se dispersan por la calle. Todos están con la boca abierta, sin saber como reaccionar. Supongo que no habrán visto en su vida a alguien a punto de matar a una persona delante de guardias, a nadie cuerdo se le ocurriría eso. Menos mal que yo no lo estoy.
    Por hacer esto me torturarían mil veces. Que pena que no vallan a poder hacerlo.
    Los guardias se acercan lentamente, preparando sus armas en la espalda. Cada vez están más cerca. 
    Que empiece el espectáculo. Empujo a la mujer contra los guardias y dos de ellos caen. El tercero corre hacia mi, me agacho esquivando la pistola y le clavo el cuchillo en la pierna. El cuchillo se hunde en la carne del guardia. Los trajes tienen una coraza en el pecho pero las piernas solo están cubiertas por los pantalones. Estúpidos.
    El guardia grita y saco el cuchillo. Clavarle un cuchillo no era sólo mi idea principal. Le agarro de la cintura y paso el cuchillo por sus pantalones, rompiendo la hebilla. Y caen, dejando al aire los calzoncillos blancos del guardia, que cae al suelo.Esta imagen se me quedará grabada en mi mente toda mi vida.
Corro hacia la mujer. Le agarro de la espalda y le ayudo a levantarse, sin tocarle los brazos.
  • Vamos.
La mujer me mira y sus lágrimas paran. De repente sonríe y me toca la cabeza.
  • Un ángel.-susurra riendo.
Levanto la vista. Toda la calle me está mirando. Mirando al encapuchado.
Entonces lo veo en sus rostros: esperanza.
  • ¡COGEDLE! -grita de repente un guardia.
  • Señora, hay que correr.
Y corremos. Nunca pensé que la mujer podría correr tan rápido. Corremos por la calle estrecha que está conectada con la principal. Llegamos a la valla y la ayudo a subir. La dejamos atrás y nos pegamos a la pared. Se escucha los ruidos que hacen las pistolas al chocar con el caparazón. Esperamos y los ruidos se van. Corremos. La trampilla está cerca. Solo unos pasos más. Solo unos pasos.
  • ¡Alto!
Mierda. La mujer se para y yo me voy la vuelta. El guardia está mirándome, preparado para luchar. No puedo evitar reírme. Es el guardia al que le patee el culo el otro día. Siempre habrá tiempo para repetirlo.
Me acerco hacia él y me echo a un lado esquivando su patata. Demasiado fácil. Le agarro la pierna antes de que la baje y tiro de ella hacia mí. Antes de que choque conmigo le pego una patada en el estómago y cae al suelo. Le cojo la pistola y se la pongo en el cuello.
  • Te hace comer suelo una tía y un encapuchado te restriega por él. Tienes un serio problema con el suelo, muchacho.
Le pego fuerte con la pistola y se queda en el suelo. Necesitamos tiempo para escapar.
Agarro a la mujer del brazo, que está mirándome sonriente y corremos. Sólo unos pasos más.
La trampilla. La abro y dejo a la mujer pasar primero, me meto y cierro colocando la tapadera. Los conductos.
  • Vamos, su marido le espera.
Echo a correr,con la mujer agarrándome la mano. No paramos. Los conductos están oscuros pero yo los conozco demasiado bien para equivocarme.
Llegamos a la pared. La palpo con las manos hasta que encuentro la escalera y empiezo a subir. La mujer me copia y sube también. Levanto los brazos y empujo la tapa de la alcantarilla, conseguimos salir.
El callejón. Detrás de unas cajas distingo al preso. Bien hecho. La mujer grita y corre hacia el hombre, que la abraza fuerte y le besa el pelo. Y, bueno, pues se saludan a su modo.
Yo me quedo mirando. No sé que más hacer. La pareja se está besando o eso creo.  Que cosa más rara.
¿Cuánto tiempo llevan sin verse por dios?
 Tengo que pensar en otra cosa. Mis pulmones arden. Centro mis pensamientos a los pulmones. Pulmones... pulmones. Me acabo de dar cuenta de que no tengo ni idea de que forma tienen. ¿Serán redondos o cuadrados? 
Tendré que buscarlo algún día.
La pareja para y se ríe. Se dan la vuelta y corren hacia mí. Menos mal que se han acordado de que sigo aquí. 
  • No puedo explicar como me siento ahora mismo.-dice el hombre, ahora que sonríe parece guapo- Lo que has hecho...-se para y me mira a los ojos- Todo lo que has hecho. Hiciste que no me ejecutaran y ahora salvas a mi esposa de una ejecución inminente. Estaremos en deuda contigo siempre.
  • No me deben nada.- digo dándome la vuelta.
Me agarran del brazo y me doy la vuelta. Me encuentro el rostro lloroso de la mujer y vuelvo a recordar el día de la explosión.
No podrá tener más de cincuenta años, pero aún así parece más vieja. Incluso tiene algunas canas. Eso es lo que te hace vivir bajo el techo de un mundo de esclavitud. Pero aún así es guapa.
  • Eres nuestra salvación.-susurra- Lo sé. Lo supe el día que te vi. Estás destinada a volar, ángel. No dejes que nadie te corte las alas. -me da un beso en la frente y se van. No sé a dónde. No sé que ha pasado en la calle. No sé si al salir un guardia estará esperándome y me matará. Sólo soy capaz de quedarme mirando la pared.
Hay un gran ángel pintando de blanco en ella, con unas enormes alas que se despliegan a lo largo de la pared, imponente.
No dejes que nadie te corte las alas.
No soy débil. Nadie puede herirme.
Puedo parecer frágil, pero soy irrompible.
Ya no seré cristal nunca más, mis venas ahora son fuego.
No volveré a derramar lágrimas, sólo derramaré las de mis enemigos.
He sido débil, he llorado y me he roto pero ahora soy un ángel.
Y todos saben que nadie puede vencer a los ángeles.
Cuando la luz salga de entre la oscuridad será el principio del fin.
Entonces, seré libre. Juro por el mundo que seré libre.
El mundo lo será.


Unos brazos me rodean y me aparto corriendo. Adonis se ríe y su risa de superficial resuena en mi cabeza.
  • Lárgate. Me duele la cabeza y que tú estés aquí no ayuda.-le pego un empujón y me doy la vuelta, me estrujo la cabeza con los brazos.
Su risa vuelve a resonar. Se sienta a mi lado y se pasa la manos por el pelo. Me intenta abrazar de nuevo.
  • Vamos, hermanita, nadie puede resistirse a mis abrazos.-dice.
Ahora mismo le pegaría un puñetazo bien fuerte en todas sus...
  • Vamos no te enfades. -apoya la espalda en la pared y estira las piernas, pone sus brazos detrás de su cabeza entrelazados.- ¿Te has enterado de lo que ha pasado hoy? Un capullo por poco mata a un guardia y ha secuestrado a una mujer.
Me quedo de piedra.
¿Un capullo? ¿Secuestrado? ¿Pero qué demonios? Yo no he secuestrado a nadie. La he salvado de una muerte lenta. Son dos cosas diferentes.
  • ¿De qué hablas? -pregunto apretando los puños.
Mi hermano cierra los ojos.
  • Pues eso. Un tío ha aparecido en una calle le ha clavado un cuchillo a un guardia, por poco se carga a una mujer y se ha secuestrado a otra. No se sabe dónde está la mujer ahora. Probablemente esté muerta.
¿¡MUERTA?! No sé donde están. Si cogiditos de la mano caminando por yo que sé donde o tumbados en el bosque o encima de un tejado, pero muertos no eso es seguro.
  • Bueno, pues eso era. -dice. Abre los ojos y me mira con el ceño fruncido- ¿En serio no te has enterado? ¿Qué estabas otra vez en una esquina amargada huyendo de la gente o estabas tirando piedras a los niños?
Me abalanzo sobre él y le estampo la cabeza contra la pared.
  • ¿Te importa tu cara? Porque en diez segundos te voy a dejar sin ella.
Se queda mirándome, serio y por una vez pienso que tal vez haya una posibilidad de que deje de ser el creído estúpido tío me-creo-que-soy-un-dios y sea un hermano de verdad.
Entonces dice:
  • Nadie va a quererte nunca como sigas así, estúpida.
Toda posibilidad, por muy microscópica que sea, se evapora.

La plaza y la calle principal está abarrotada. Miles de personas hablan a la vez y se mueven de un lado para otro sin sentido.
Ya ha empezado.
La elección.
En cinco puertas de cinco familias aparecerá el signo negro de los Superiores, una pirámide, y entonces un chico se irá a no se sabe donde para no volver.
Nadie sabe porque se los llevan. Ni con qué fin. Simplemente las familias apuntan el nombre de los elegidos en una de las cinco placas de metal que colocan en la plaza, rodeando la plataforma, y esos se irán para luchar o para morir a dónde quiera que les llevan los guardias. Lo único que se sabe es que todo el que se va nunca vuelve.
Los guardias dicen que el hecho de que elijan a tu familia es todo un honor, porque eso significa que los Superiores te conocen y han puesto fe en ti ya que ellos mismos elijen a las familias. Todos se lo creen y sonríen cuando ven una pirámide en su puerta. Pero yo no.
Hay algo que no cuadra. No pueden llevarse cada año cinco chicos, hacer creer a todo el mundo que van a ser alguien importante y luego hacerles desaparecer sin dejar rastro. No veo nada de honor en eso.
Camino tropezando con la gente y consigo salir de la calle sin que nadie me haya pisado ni tirado al suelo. Las calles están infectadas de guardias. Lo que hice el otro día debe de haberlos asustado bastante a los de arriba. No dejo de mirar al suelo hasta que los dejo atrás.
Atravieso la calle y llego a mi casa. Pero no puedo verla. Hay una masa de gente delante. Me acerco a empujones apartando a la gente para avanzar cuando tropiezo con mi padre. Está mirando hacia delante, embobado. Miro atrás y me encuentro con una masa de gente que mira hacia delante con la misma cara que mi padre.
Vuelvo la vista hacia donde miran.
Delante está mi madre abrazada por mi hermano y más delante está mi casa. Pero hay algo raro. Algo que no encaja en ella. Algo que nunca esperé ver en mis propios cimientos.
Una pirámide negra.