Los primeros rayos de sol luchan contra la oscuridad en el horizonte.
Es extraño. Es el primer amanecer que veo fuera de mi casa y, de alguna manera,
es diferente. Como si ahora estuviese en otro mundo; para mí lo estoy. Esto es
lo que se ocultaba detrás del bosque: un lugar lleno de luces, de
posibilidades, de vida pero también de corrupción, estupidez y peligros. Por primera
vez echo de menos todo lo que dejé de atrás, lo poco que dejé. Mi habitación,
pequeña y vieja, no era gran cosa pero era mía,
algo que realmente me pertenecía. Y
ahora estoy en otra habitación, llena de aparatos inservibles y estúpidos y
objetos sin uso. Y no hay nada que me pertenezca, nada. Las pocas cosas que tenía
se quedaron en mi habitación y ya no las volveré a ver, jamás. Porque sé que
nunca más volveré. O moriré o me quedaré encerrada aquí. Recuerdo todas esas
veces que quería salir de allí, huir a un lugar mejor, donde pueda empezar de
nuevo. Esto no era precisamente el lugar mejor a donde quería ir. Más bien he
pasado de un lugar malo a uno peor.
Siempre he pensado que en Oslihum había un sitio mejor,
donde no haya ejecuciones ni sangre ni lágrimas derramadas pero me equivocaba.
Oslihum está perdido, a la deriva. Pero puede haber una solución.
Siempre hay salida.
No he vuelto a mi habitación, principalmente porque no sé
dónde está. Pero después de perderme por los pasillos interminables encontré
una ventana, suficientemente grande para pasar. Y debajo de la cornisa hay un
techo. Agradezco que el edificio sea anguloso porque hay techos por todas partes,
por los desniveles. Así que estoy agazapada en el techo, con la espalda pegada
a la pared, observando la ciudad. Ahora la llamo La Ciudad Extraña, y es que lo es. Ya no hay tantas luces por
los caminos, solo unas pocas, pero aun así los edificios son espeluznantes,
imponentes. No sé cómo alguien puede encontrar bello esas cosas.
No he podido dormir nada en la noche. Ni un solo minuto.
Cada vez que cerraba los ojos me daba la sensación de que alguien me observaba.
Aunque no había nadie, tenía la continua sensación de que me espiaban desde
todos lados. Y luego está el miedo. Toda mi vida he intentado ocultarlo pero
siempre ha estado ahí, y ahora ya no puedo ocultarlo más. No sé qué voy a hacer
ahora ni que va a pasar ahora. ¿Qué harán con todos nosotros? Esa pregunta ha
estado siempre en mi cabeza pero en tercera persona. Antes eran ellos, pero ahora
soy yo. Y sigo sin respuesta. Aunque esta vez no puedo quedarme de brazos
cruzados y olvidar la pregunta, esta vez no. Esta vez está de por medio mi
vida, no puedo consumirme esperando una respuesta que nunca vendrá hasta que
sea demasiado tarde.
¿Por qué nadie vuelve? ¿Es porque mueren o simplemente
desaparecen de la faz de la tierra? O tal vez, vallan a la Ciudad Extraña. ¿Y
entonces qué? ¿Se convertirán en uno más de los descerebrados, vestirán ropa
horrible, y verán a palillos pasear por plataformas de ejecución? Toda una vida
de sufrimiento y lucha para acabar en nada, en ser otro más de los muchos. Tantos esfuerzos, tantas pérdidas para luego
acabar en el olvido.
Pero ese no va a ser mi caso.
Me encaramo a la cornisa y me impulso hacia arriba. Apoyo
una rodilla en la ventana y paso mi cuerpo por ella. De nuevo en el pasillo. Ya
no está tan silencioso, se escucha el eco de muchas voces. ¿Qué estará pasando?
Camino lentamente, insegura, cuando alguien tropieza
conmigo. Me pega un empujón y me doy contra la pared.
-¿Pero qué demonios haces? –grito, furiosa.
Cuando le miro, mi furia se disipa. En frente de mí, hay un
chico con una cara horrible: bajo sus ojos azules hay unas ojeras que han intentado borrarlas con poco éxito,
su pelo está completamente echo una mierda, sin peinar y lleva la misma
camiseta que la última vez que le vi.
Dainel.
El chico que me sorprendió el día de la Elección, por el
miedo en sus ojos; el miedo sigue ahí. Está mirándome perplejo, intentando
decir algo.
-Lo siento –dice- no veía por donde iba.
Intento no reírme, valla excusa mala.
Se queda mirándome, como si me evaluase. Estoy harta de que
todos me miren así. Ni que nunca hayan visto a una chica, por Dios.
-Tu eres de mi ciudad. –Espeta, de repente- Te recuerdo,
eres Isia, ¿no? La chica del corte de manga –sonríe por primera vez, divertido- Tengo que
reconocer que entre toda esa mierda que había allí, lo que hiciste nos hizo a
todos sonreír, a pesar de… eso.
No puedo evitar reír.
-Sí, si no recuerdo mal eres Dainel. –parece como si se
sorprendiera al saber que sé su nombre, pero sonríe.- Tienes una familia
hermosa –deja de sonreír y en su mirada se distingue algo más: tristeza- Ojala yo hubiese tenido una familia así –susurro
sin darme cuenta. Intento cerrar la boca a tiempo pero ya es tarde: lo he
dicho.
Dainel se queda quieto, al igual que yo. No sé qué más
decir. Esa es una de las razones por la que reparé tanto en su familia, porque era algo que yo nunca tuve: una
verdadera familia, unida. Al contrario de él, nadie lloró por mí, nadie deseó
que me quedase, nadie me dijo nada. No tenía a nadie.
No tengo a nadie.
-Lo siento –dice de nuevo- Conocía a tu hermano, ¿sabes? Yo
pensaba que él era el Elegido. Y cuando tu nombre apareció en la placa me quedé
de piedra. Sabía que Adonis era un cabrón pero no tanto como para enviar a su
hermana a la Elección.
Adonis, cabrón. Me quedo de piedra.
-Pensaba que era la única que pensaba eso de mi hermano.
Niega con la cabeza y sonríe.
-Aunque valla con esa fachada de chico bueno y perfecto en
realidad es un cabrón sin escrúpulos.
Ahora mismo, creo que le aplaudiría.
-Me caes bien. –le suelto.
Él ríe y me mira.
-Y tú a mí. Y eso que pensaba que ibas a ser una estirada
problemática que está enfadada con el mundo.
-¿Estirada problemática? Oh, valla, es una de las cosas más
bonitas que me han dicho nunca. Gracias. –digo, sarcástica.
Dainel abre la boca para replicar pero alguien le
interrumpe.
-¡Dainel!
Los dos nos giramos hacia la voz. Es su guardián. Todavía le
recuerdo. Se acerca a Dainel y le pone una mano sobre el hombro.
-¿Qué haces aquí? Vamos, debes prepararte.-de repente repara
en mí y me mira- ¿Qué…qué haces tú aquí?
-Me he perdido.-respondo.
Abre la boca y se acerca hacia mí.
-¿Sabe tu guardián dónde estás? –pregunta con el ceño
fruncido.
-Si lo supiera yo no estaría perdida. –respondo. Estúpido.
Vuelve a abrir la boca y asiente para sí. Se lleva la mano a
la oreja y dice:
-La he encontrado. Está conmigo, en el sector siete. Manda a
alguien para que la recoja.
¿Está hablando solo? Miro a Dainel por el hombro del
guardián, interrogante, pero él está igual de perplejo que yo. Genial.
Aleja la mano de su oreja y se vuelve hacia mí.
-Dentro de unos segundos alguien vendrá a por ti y te llevará
de vuelta a tu habitación.
Se da la vuelta, coge del brazo a Dainel y lo arrastra por
el pasillo. Él se da la vuelta y me dice adiós, yo le despido con la mano y veo
como desaparecen por el pasillo.
Todo esto es tan extraño.
Un guardia aparece delante de mí.
-Vamos, tengo que acompañarte a tu habitación.
Me aparto de la pared y sigo al guardia. Intento no mirarle,
pero sé que él me está mirando. Todos
estarán mirándote. Odio esto.
Me giro hacia él y le pillo en pleno acto.
-¿Puedes dejar de mirarme, imbécil? –le grito.
El frunce el ceño y mira hacia delante.
-Eso es difícil. –susurra.
Aprieto el puño. Quiero hacerle tragar sus palabras. Tengo
que controlarme. Si le pego un puñetazo no hay una posibilidad de que no me
lleve un castigo. Esto no es como en la ciudad. Aquí no tengo una capucha,
todos me ven. Y saben quién soy.
Se para delante de una puerta y la abre. Entro por ella y
cierro violentamente. De nuevo en mi jaula. Palham está sentado en una silla
con el codo apoyado sobre la mesa.
-Te dije que descansaras. ¿Has dormido?
Me siento en la silla enfrente de él y apoyo las piernas
encima de la mesa.
-¿Crees que puedo?
Me mira y niega con la cabeza.
-No. ¿Dónde has estado?
-La verdad es, que no lo sé. –Palham alza una ceja y suspiro-
Es verdad. No lo sé. Empecé a andar y me perdí.
Espero a que empiece con su reprimenda pero no lo hace.
-Hoy empiezan los entrenamientos. Tienes que prepararte.
Se acerca a una de las puertas grandes y las abre. La
habitación parece estar a oscuras, pero nada más que las puertas se abren muchas
luces empiezan a parpadear. Me acerco lentamente. Parece ser un armario. Dentro
de él los cajones empiezan a abrirse solos y las perchas empiezan a moverse
hacia delante. Toda la ropa es del mismo color, negro y gris. Pero hay un
problema: es ropa de hombre.
Miro a Palham y él se rasca la cabeza.
-Todas las habitaciones están preparadas para que sean habitadas
por… hombres. Nunca llegamos a pensar que una mujer llegase a venir nunca.
Aunque me suena demasiado machista, lo entiendo. Nadie
pensaría nunca que una chica llegase a ser una Elegida.
-Creo que hay ropa de talla pequeña que te puede quedar más
o menos bien. –Se da la vuelta- Estaré
esperando fuera.
Después de estar largo rato revolviendo entre ropa de hombre
he llevado a encontrar unos pantalones de tejido elástico que se me quedan
pegados a las piernas y una camiseta que más o menos es de mi talla. Más o
menos. Aun así sigue pareciendo de hombre. Las mangas son demasiado largas y el
cuello de la camiseta es demasiado pequeño. Entro en la otra puerta y encuentro
un aseo enorme. Rebusco entre los cajones y encuentro unas tijeras. Perfecto.
Corto las mangas, la longitud de la camiseta y el cuello.
Sonrío al verme en el
espejo. No pienso vestir como ellos y rebajarme a su nivel. Si lo que quieren
es verme, tendré que resaltar para que lo hagan.