martes, 17 de diciembre de 2013

7.

Palham se para delante de una puerta dorada después de largo tiempo andando. No sé en qué parte del edificio estamos. Desde que atravesamos de la entrada no hemos parado de subir escaleras y andar por pasillos interminables, cada uno diferente al anterior. Pensé que sólo sería angulosa la fachada, pero me equivocaba. Todo está lleno de pasillos y escaleras y ventanas de cristal.
Abre la puerta y se adentra en la habitación. Dios.
La habitación puede ser más grande que mi casa entera, sin exagerar. Y eso que en mi casa podíamos tener una habitación individual cada uno. Hay un gran balcón en medio en el que unas cortinas blancas bailan con el aire. A la derecha hay una cama tan grande que hubiésemos podido dormir mi familia entera dentro. (No es tu familia) Pegada delante de la cama hay un banco dorado donde descansan unas pilas de libros. A pesar de los muebles dorados la habitación parece tan vacía. Las paredes grises están desnudas, a pesar de la gran pirámide negra que está encima de la cama a modo de cabecero  y de los cuadros extraños. Intento no poner cara de asco delante de Palham pero no puedo. Al mirarla me viene a la cabeza mi casa, mi antigua casa, y su puerta, con esa pintada que lo cambió todo. Una sola pirámide de pintura lo cambió todo. Más patético no puede sonar. Y vuelvo a aparecer, encima de la cama, para cada vez que valla a dormir o despierte, recuerde que en realidad no valgo nada, que lo único que lo hace son ellos. Los Superiores. Los seres más importantes del planeta. Y una mierda.  No pienso dormir con esa cosa encima de mi cabeza. En la izquierda hay muchos sillones y una mesa gigante donde hay cuencos llenos de frutas y comida. Y al lado de la mesa, suspendido en la pared, un rectángulo enorme negro.
Me acerco lentamente a él. ¿Qué demonios es eso? Parece una tabla, o algo así. Puede ser para practicar el tiro de cuchillos, creo. No puedo evitar tocarlo.  De repente con un clic una imagen aparece y salto hacia atrás. Un hombre aparece dentro del rectángulo, hablando. Intento no gritar. Han encerrado a un hombre dentro de una caja. Preparo el puño para golpearlo pero algo me agarra el codo.
-           ¡EH! ¡Eh! ¡EH! Tranquila. – Palham me tira del brazo hacia atrás pero le pego un tirón y me suelto - Sólo es una televisión, pequeña guerrera.
-           ¿Una qué?
-           Televisión. –responde lentamente- Es… un aparato que utilizamos aquí para… ver cosas. Eso, - dice y señala al hombre encerrado- es un presentador. Es un hombre que nos informa de lo que pasa.
Vuelvo a mirar al hombre. Ha desaparecido, a su vez hay una especie de plataforma alargada por la que pasean tías. Más bien son palillos andantes, y llevan la ropa más fea que he visto en mi vida. A cada lado de la plataforma alargada hay dos grupos de personas sentados en sillas que miran con cara de estúpidos a los palillos. Visten igual que mal que ellas. Una de los palillos desaparece tras una pared y de la plataforma aparece torrentes de fuego. La gente aplaude y ríe y del suelo sale una mujer. Parece que es otro palillo pero no viste tan mal y no es tan joven. Sonríe con una sonrisa perfecta y artificial y se agacha varias veces antes de irse.
-           ¿Qué mierda es esta? –susurro.
Palham se ríe a mis espaldas. Me doy la vuelta y le encaramo.
-           Es un desfile de ropa. –responde cuando se serena- De una diseñadora  importante. por cierto.
-           ¿Un qué?
-           No importa. No tiene nada que ver contigo. No es más que una de las más estupideces de aquí. – toca un lateral de la televisión y se apaga. El desfile desaparece.- Bien, -se acerca al banco dorado de la cama y se sienta- ahora todo el mundo tiene conocimiento de tu llegada. Ya todos los guardias saben que estás aquí. La primera mujer en el Santuario. Esto es todo un notición. – Me hace un gesto con la mano y me siento en una silla enfrente de él- Tienes que controlarte, Isia. Sé que habrá innumerable de veces que querrás golpear la cabeza de alguien contra la pared, y aunque sé que muchas veces lo harás diga lo que te diga, tienes que intentar bajar el número de golpeados. Tienes que medir tus palabras, y la intensidad de ellas. Cualquier palabra que digas, mínima cuál sea, puede ser vista como un atentado contra los Superiores. Toda palabra  será escuchada e incluso a veces grabada. No puedes decir cualquier cosa al azar. Porque si alguien piensa que atentas contra ellos, estás muerta.   
Asiento lentamente memorizando cada palabra. Si alguien llegase a saber los planes que tengo, desde hace años, estoy muerta. No puedo confiar en nadie, ni siquiera en Palham. Estoy sola.
Palham asiente también y se levanta.
-           Creo que deberías descansar algo. –dice- las primera pruebas no empiezan hasta mañana. Hoy es un día de tregua. Yo volveré dentro de unas horas.
No llego a escuchar las últimas palabras de Palham. Creo que ha sido un ‘hasta luego’ o un ‘te dejo sola para que vengan unos tíos y te ataquen.’ No lo sé. Todo es posible. Por un momento no escucho nada, ni puedo moverme. No puedo apartar la vista del balcón. Lejos del edificio dorado, tras un camino de las flores extrañas, un lugar que nunca pensé ver se alza. Creo que he escuchado hablar de él en Aprendizaje, o en los callejones. Pero un nombre aparece en mi cabeza. La Ciudad Real. Y ahí está, delante de mí, como si fuese un espejismo.
El único recuerdo que me queda es la vista de la ciudad desde la torre Halbo: sus casas oscuras, su plataforma de metal brillando por el sol, sus pequeñas tiendas, sus edificios de trabajo, el bosque. Esto no se parece a la  ciudad ni en los árboles.
Si me dijesen que Ciudad Real ocupa la mitad de Oslihum me lo creería. Desde la altura de mi balcón (que es muchísima) no consigo ver el final. Solo una ciudad que desaparece en el cielo.
Aquí no hay  casas de madera, ni plataformas de ejecución, ni miedo, sólo luces. Luces como estrellas. Hay millones de edificios angulosos parecidos al Santuario extendidos por la ciudad, todos de color oro, plata y de mármol. Edificios tan altos que si te subieras a lo alto tocarías las nubes. Hay mies de caminos luminosos y objetos de colores que se mueven por ellos.
Todo es tan extraño. Nunca pensé ni imaginé algo así. Un mundo diferente dentro de otro. Mientras en la ciudad la gente trabaja y muere por trabajar,  aquí hay palillos que se pasean por plataformas con ropa fea en vez de morir en ella. Todo lo que decían los Superiores, de ‘ahora Oslihum es un sitio mejor’  no es más que otra mentira. No es un sitio mejor. Es un sitio dividido en esclavos y asesinos.
Y para mí, se acabó ser esclava.

La pirámide de metal se estampa contra la pared y el golpe resuena en toda la habitación. Sonrío orgullosa. Ya puedo dormir tranquila sin esa cosa encima.
 Me quedo mirando la extraña habitación. Tengo que salir de aquí.
La verdad es que no sé dónde está mi habitación, y posiblemente no sepa volver después, pero no puedo aguantar un solo segundo más encerrada dentro de ella. Cierro la puerta e intento memorizar el pasillo, pero me da la sensación de que son todos iguales. Qué más da.
Mi pasillo está desierto, al igual que la escalera así que puedo bajar tranquila. Pero en cuanto llego al siguiente nivel se escuchan voces de hombres cerca.
-           ¿La has visto? – dice uno.
-           Sí. –responde otro- Creo que es la tía más buena que he visto en mi vida. Pero, ¿qué hace aquí?
-           Ni idea. ¿No estaba prohibido a las mujeres estar en la Elección?
-           Eso creo. Eso creía. –se corrige- Creo que este año va a ser todo diferente.
-           Y que lo digas.
Los dos se quedan callados y el mismo, pregunta:
-           ¿Sabes cuál es su habitación?
Ríe.
-           Creo que es en el nivel 9.7 .
Ríen de nuevo. Y sé lo que van a hacer. Me escondo detrás de la columna que hay al lado de la escalera.
-           Vamos a hacerle una pequeña visita.
Escucho sus pasos avanzar hacia mí y me apretujo más contra la columna, silenciosa. Sus pasos fuertes resuenan en la escalera y desaparecen en el pasillo.
No entiendo porque todos los guardias son tan imbéciles. Todas las historias sobre esos maltratos y violaciones de chicas producidas por los guardias ahora no me parecen solo historias. Si piensan que voy a ser otra historia más que se preparen.
Salgo de la columna y camino por el pasillo en el que estaban antes los guardias. Al final hay una gran escalera de piedra. Bajo por ella, apoyando la espalda en la pared mirando a todos lados. Estoy sola dentro de un edificio lleno de guardias, no puedo simplemente andar como si caminase por mi casa.
Es una habitación parecida a la gran sala donde nos recibieron, salvo por una cosa: no hay una plataforma, ni sillas. Hay una gran jaula de cristal. Dentro de la jaula hay un bosque, inundado por agua. La jaula llega hasta el techo, al igual que las ramas de los árboles.
 Un bosque lleno de agua. Eso no es bueno para el bosque. Las raíces no podrían absorber tanta agua y acabarían muriendo. Pero ahí está, un bosque. Vivito y coleando. Como cualquier otro.  No entiendo la finalidad de esto.
Me acerco con parsimonia a la jaula y toco el cristal. Es como si pudiese sentir el bosque pidiendo a gritos la libertad. De repente me siento bosque, enjaulada y desterrada al eterno ahogamiento, sin posibilidad de salir.
-           Un día te sacaré de aquí.- le juro.
Gracias al cristal consigo ver la sombra que hay detrás de mí. Con un movimiento rápido me doy la vuelta y, agarrándole del cuello, le estampo contra el cristal.
Una sonrisa ladeada me da la bienvenida.
-           ¿Debo apuntarme que te gusta golpear las cabezas de la gente con las cosas?
Noah.
-           Me estabas espiando.- contrataco y le suelto- ¿No te han dicho nunca que es de mala educación espiar a la gente?
-           La verdad es que no. –responde simplemente.- ¿No te han dicho nunca que hablar con los árboles es cosa de locos?
-           Tal vez esté loca. –respondo imitándole.
Me mira, como si me conociese, como si pudiese ver algo más a través de mis ojos, como si hubiese estado esperándome.
El momento se rompe con su risa. Tengo que admitir que echaba de menos esa risa.
-           Echaba de menos tu sarcasmo locuaz. No hay tías por aquí que digan que están locas.
-           Eso es porque realmente lo están. Lo que pasa es que lo ocultan, por vergüenza quizás.  A mí, en cambio, me da igual decirlo. Si lo estoy, lo estoy. No hay otra salida.
Se pasa la mano por el pelo y siento deja vu. Pero ese momento ahora parece tan lejano. Todo respecto a la ciudad lo está.
-           Siempre hay una salida. – responde con ese tono extraño de voz.
Ahora soy yo la que le mira. No recordaba que sus ojos castaños fuesen tan claros, no sé si será por la iluminación, por el hecho de que ha pasado tiempo, o porque no he dormido nada en días. Su pelo sigue siendo un desbarajuste de mechones marrones y sus músculos siguen marcándose en su camiseta negra. Pero aun así es como si hubiese cambiado, como si hubiésemos cambiado los dos. Ya no estamos en el Batallero después de haberles pegado una paliza a dos guardias, estamos en Ciudad Real, y a diferente de esa vez ahora tengo miedo. Pero no voy a dejar que nadie sepa eso.
Su rostro cambia. Ya no está tan sereno ni irónica, frunce los labios y entrecierra los ojos. Gruñe y le pega un puñetazo a la jaula, que para mi sorpresa no se rompe. Me quedo paralizada mirándole como se queda se espaldas hacia mí, con la cara pegada al cristal respirando pesadamente. No sé qué hacer, si darle una palmadita en la espalda o salir corriendo. Me quedo quieta.
-           No deberías estar aquí. No tienes que estar aquí. –gruñe.
-           ¿Crees que estoy aquí por gusto? – pregunto, cansada. Ya sé perfectamente que no tengo que estar aquí. No hace falta que todos lo digan y me lo recuerden.
Se da la vuelta y apoya la espalda en la jaula.
-           Tu familia no sabe dónde te ha metido. –escupe.
-           ¿Lo sabes tú? –ataco.
Mi pregunta le pilla por sorpresa. Su fachada de guaperas seguro de sí mismo  se rompe de nuevo, como la vez en la que le pregunté porque había matado al guardia. Parece ser que al fin y al cabo no es invulnerable.
-           Saberlo no te ayudará a sobrevivir.
Lo que me sorprende no son las palabras, sino la dureza de ellas.
-           ¿No crees que pueda sobrevivir?
Su rostro se ablanda y se acerca a mí.
-           Después de haberte visto pegarles la paliza de su vida a dos guardias, te creo capaz de todo, preciosa.



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