jueves, 30 de enero de 2014

11


Hace rato que ya ha amanecido, pero yo llevo despierta mucho antes. No sé porque estar aquí me produce tanto insomnio. Se supone que al tener una cama tan buena y unas sabanas de seda dormiría como una reina, pero nada de eso. En cuanto me meto bajo las sábanas y cierro los ojos la temperatura sube y las sábanas empiezan a pesar. La noche se vuelve insoportable para mí. Me siento impotente porque necesito hacer algo, salir a algún sitio; pero no se a donde ir. Los únicos lugares en los que me sentía segura ahora están a millones de kilómetros.
Qué alegría.
Echo la cabeza hacia atrás y la apoyo en la pared. Después de haber recorrido la habitación entera unas cien veces y haberle pegado una patada a la mesa cuando la ira me ha llenado me he sentado a un lado de la puerta, con la espalda pegada a la pared. Hay tantas cosas en la habitación pero a ninguna le veo utilidad. Y menos la televisión. No pienso encender esa monstruosidad en mi vida.
En otro tiempo propinarle una buena patada a la mesa y romperla contra la pared me habría hecho sentirme mejor; pero ya no. Cuando estoy sola la ansiedad me inunda. Nunca antes he sufrido esto, siempre he estado segura de mi misma, de mis fuerzas. No es que tenga poca autoestima, nada de eso, es la inseguridad. Inseguridad no por mí, sino por mi vida ahora. Antes lo tenía todo controlado. Sabía cada calle, cada hueco, cada árbol; conocía cada casa, cada nube, cada estrella. Había estado mirando el cielo tantas horas durante tantos años que acabé por memorizarlo. Antes sabía quiénes eran los que me rodeaban, quién era yo. Y ahora todo eso se ha acabado. Ni siquiera sé como llegar a mi estúpida habitación. Incluso el cielo es diferente aquí.
En los pocos días que llevo aquí se me ha pasado por la cabeza esa cosa de suicidarse, nada menos que dos veces. ¿Qué pasaría si Palham cuando viniese a mi habitación para avisarme de otra pelea me encontrase colgada de la lámpara del techo? Sinceramente, aún muerta, me quedaría un poco más como espíritu o lo que sea sólo para ver la reacción de todos; y luego ya iré donde tenga que ir. No tengo ni idea de qué manera me mataría; pero si tengo que acabar con mi vida no será una muerte simple.
Y es que no sé cuánto tiempo más seguiré aguantando. ¿Un día? ¿Una semana? ¿O ni siquiera una hora? Soy fuerte pero en este sitio parece que mis murallas estuviesen cayendo. No entiendo nada. Cada vez que empiezo a asimilarlo algo extraño e imposible me sorprende. ¿Cómo puede estar todo esto tan escondido? Si alguien de la ciudad viese toda esta ciudad, llena de felicidad estúpida y lugares extraños, no se creerían lo que ven.
No puedo evitar preguntarme que estarán haciendo ahora mis padres y Adonis. Probablemente ya habrán olvidado que tenían una hija y una hermana. No me sorprendería que hasta hayan convertido mi habitación en una nueva habitación de Adonis para hacer el imbécil. Estúpidos. Sinceramente espero que no me hayan olvidado, que su última imagen de mi se les haya quedado grabado a fuego en sus estúpidos cerebros; y que, como les dije, se hayan podrido en el infierno.
Mientras en mi cabeza se arremolinan todo tipo de insultos hacia mi familia mi cuerpo se tensa. Unos pasos resuenan en el pasillo. Son pasos pesados y pausados, apretando demasiado el suelo con cada paso. No es Palham. Me agazapo más contra la pared y pego la oreja. Está cerca pero aún así va a velocidad de tortuga. Además de los pasos escucho unos chirridos metálicos. La cosa chirría más fuerte y con un ruido seco para y escucho un choque. Los pasos se paran y alguien maldice por lo bajo. Alguien gruñe y la cosa vuelve a chirriar. Empiezan a avanzar de nuevo, cada vez más cerca de mí. Los pasos pesados se paran delante de mi puerta y con un chasquido se abre. La puerta me tapa y una silueta entra en mi habitación empujando una especie de cacharro de metal. A través del espacio que hay desde la puerta hasta la pared sólo consigo ver su espalda. Una espalda azul. Definitivamente no es Palham.
Mis instintos se activan. Antes de que se de la vuelta para cerrar la puerta me levanto y la cierro de golpe. El hombre da un traspié y empuja el cacharro. Le agarro del cuello y le empujo contra la pared.
-¡Para, por favor! -suplica el hombre con voz pesada, en un intento de grito.
Intenta apartar mis manos de su cuello, pero parece que tiene tan poca fuerza que solo llega a empujarme un poco el hombro. Su respiración es tan rápida y basta que parece que se va a ahogar de un momento para otro. Disminuyo la presión de su cuello y le agarro por los hombros pero el hombre sigue respirando pesadamente. Rápidamente le suelto y me alejo unos pasos.
El hombre tiene que tener más de los sesenta años,tal vez incluso menos, pero parece más viejo. Sobre todo por las heridas y los moratones que tiene en torno la cara y el cuello. En la cara tiene varias cicatrices que parecen recientes, sobre las mejillas, incluso con algunos restos de sangre. Su pelo está gris, salvo algunos mechones negros desperdigados. Viste una especie de blusa azul, muchas tallas más grande que la suya, y unos pantalones marrones bastante andrajosos. Pero lo que me sorprende es que va descalzo. Sus pies están completamente en carne viva llenos de polvo y de sangre por todas partes. Además le faltan algunas uñas.
-Lo siento muchísimo, señorita -murmura con la cabeza gacha-. Perdóneme, por favor.
Su voz suena agarrotada y seca. Me pregunto cuánto tiempo lleva sin beber agua. Vuelve la vista hacia el cacharro y yo lo observo también: no es el objeto que yo pensaba que era, es un carrito de metal que me llega hasta la cintura y tiene varias baldas completamente llenas de comida.
Con movimientos torpes agarra de nuevo el carrito y lo empuja hacia el centro de la habitación. Se mueve lentamente, arrastrando las piernas. Nunca pensé que llegaría a ver un hombre aquí de ese modo. Tubo que ser muy alto, se nota por sus largas piernas, pero aún así es bajo; porque tiene la espalda retorcida en un bulto que le sobresale un poco. Parece enfermo y le han tenido que meter una buena tunda, unas cuantas. ¿Será una especie de esclavo? No, eso es imposible. Ya no existen los esclavos. En Aprendizaje me dijeron que hace muchísimos años, en el Mundo Oscuro, hubieron muchísimos esclavos. Todas las personas que eran de un color diferente o de un rango menor eran utilizados como objetos para servir a otros. La mayoría de dueños eran estúpidos con un gran ego y poco cerebro. Pero los esclavos dejaron de existir hace mucho. Ahora si haces algo mal o eres diferente no te esclavizan; te matan. Tan directo como eso. Incluso las torturas han cambiado. Las pistolas se modernizaron convirtiéndose en armaros (aunque todavía quedan pistolas, para producir algún que otro daño de vez en cuando). Son pistolas, a simple vista, pero no tienen la misma función que las antiguas. Éstas no están cargadas de balas, sencillamente no están cargadas. Nadie sabe que tienen dentro, si es que tienen algo, pero sí saben que es lo que hacen. Hacen algo peor que matar: te quitan el alma. Puede sonar absurdo pero es la cosa más dolorosa que puede pasarte en la vida. Yo misma he visto lo que pasa cuando te disparan con eso. La última vez no fue hace mucho, cuando conocí a Noah. Cuando me giré no sujetaba una pistola normal, era un armaro. Y Gritón había sido asesinado por él. Según me han explicado, lo más doloroso es que sientes cómo una parte de ti se desplaza de tu cuerpo, arrastrando con él todo lo vivo que hay en ti y eso provoca que todos tus órganos exploten y que mueras convertido en un cuerpo gris cubierto de sangre. Porque el alma es lo único que nos pertenece, lo único que realmente es nuestro; así que, sin ella, ¿qué seríamos? Sencillo, no seríamos nada. El alma es lo único que de un modo u otro nos hace estar vivos y sentirnos como tales.
Se para delante de la mesa volcada y con una aspiración fuerte se acerca.
-¡No!
Corro hacia la mesa y me coloco a su lado. El hombre me mira, confundido, con los ojos abiertos. Me agacho y agarro la mesa por la esquina. Tiro y coloco la mesa como estaba antes. El hombre sigue mirándome. Hace una mueca. Bueno, una mueca no. Más bien sonríe. Unos segundos pero sonríe. El labio le empieza a temblar y su sonrisa se contrae en una mueca de dolor. Le debe de doler bastante. Agacha la cabeza y vuelve a respiración fuertemente.
-No se debe haber molestado, señorita.-susurra.
Me sorprendo porque suena sincero. Vuelve la vista al carrito y lo empuja hacia la mesa. La mano izquierda le empieza a temblar y el hombre gime. Giro la cabeza y consigo ver lo que se asoma por un manga: una mancha púrpura.
-¿Se encuentra bien? -me acerco hacia él y le agarro por encima del codo. El hombre empieza a retorcerse y a negar con la cabeza pero consigo levantarle la manga. El moratón se extiende por toda la muñeca.
-¿Cuándo te lo has hecho? -le pregunto.
Agacha la cabeza y se queda callado, retira el brazo con cuidado y lo sostiene con el otro contra su pecho.
-Dímelo. -insisto.
Vuelve la vista al carrito y cierra los ojos un momento. Resopla y agacha la cabeza de nuevo.
-Hace unos minutos. -murmura, tan bajo como si se estuviese hablándole a sí mismo.
Le observo la muñeca. Debe de tener un esguince al menos.
-Espere aquí. -y corro hacia el cuarto de baño. Rebusco entre los cajones y encuentro una caja llena de vendas y tubos. La cojo y la llevo a la mesa. El hombre me mira confuso y da un paso hacia atrás. Cojo algunas vendas y miro entre los tubos. En el fondo de la caja hay un aparato plano del tamaño de una mano. Es igual de fino que una hoja pero más consistente y duro. Al tocar el centro un pitido suena y una onda azul se extiende por el objeto.
Miro interrogante al hombre, que contesta:
  • Es una Analizador. Es para saber cuál es tu herida o tu enfermedad, y te dice que tienes que tomar para curarte.
Observo unos momentos el aparato. Esta mierda no puede hacer todo eso. Nunca había escuchado nada sobre esta cosa. Ni siquiera he pensado que podría existir esto. En medio de la placa de metal hay un circulo azul que brilla, parpadeando. Me muerdo el labio y presiono el circulo. Lo suelto pero no pasa nada. Maldigo entre dientes y vuelvo a presionar el circulo.
-Tienes que dejarlo pulsado y pasarlo por la herida. -murmura el hombre, divertido. Vuelvo la vista hacia él y veo que está riendo. Bueno, intentando reír. Más bien su cara es un revoltijo de risas y muecas por el dolor.
Observo un poco más el aparato y le tiendo la mano. El hombre mira la mano sin entender y sin soltar el brazo. Le miro a los ojos y alzo las cejas. Frunce los labios y, lentamente, coloca su mano encima de la mía. Aprieto el circulo y, sin dejar de pulsarlo, paso el aparato por encima de su muñeca. El aparato empieza a pitar y una luz azul alumbra el brazo del hombre. La cosa pita una vez más y el circulo desaparece. En la pantalla empiezan a salir letras.

Herida por fractura en la muñeca izquierda.
Aplicar tubo 3 sobre la herida y vendar pausadamente.
En caso de nueva fractura aplicar tubo 6.

En la caja hay cerca de doce tubos, por lo menos. El problema es que son todos iguales. Tubos largos de color gris. Cojo uno y le doy la vuelta. Tiene un número grabado en la parte de abajo. 5. Rebusco en la caja y le doy la vuelta a todos los tubos hasta que encuentro el tubo con el 3 grabado. Tiro de los laterales y un trozo se desprende dejando ver un spray.
-Tienes que estar bromeando.
El hombre me mira, aguantando la risa, y asiente con la cabeza. Resoplo y le aplico una buena cantidad de spray por toda la muñeca. Cojo las vendas y le vendo completamente la muñeca, apretando fuertemente. No sé como un poco de spray y vendas va a sanar una rotura pero no al hombre parece no dolerle tanto. Cuando vuelvo la vista hacia él para ver su reacción veo que tiene la mirada fija en mis manos. Me quedo quieta pero él sigue mirando. Guardo las cosas en la caja, apartando la mirada. Cuando me vuelvo ya no me está mirando las manos, sino la cara. Un estremecimiento me recorre la espalda de arriba abajo. Sus ojos están muy abiertos, observando cada centímetro de mi cara. Pero lo extraño no es eso, es el brillo familiar que hay en ellos.
-¿Qué ocurre? -pregunto.
Vuelve en sí y agacha la cabeza de nuevo.
-Nada, lo siento. Es que … -se mira la muñeca ya vendada y respira lentamente- te pareces a alguien que conocí una vez.
Analizo cada una de sus palabras. Por eso se debía ese brillo familiar, como si me conociera. Pero eso es imposible. Este hombre no ha podido conocerme.
-¿A quién?
Su cuerpo se tensa y me da la impresión de que la joroba de su espalda se ha aplastado un poco. Empieza a respirar algo más rápido de lo normal y se lleva las manos a la cara. Intenta darse la vuelta pero le agarro del brazo.
-Por favor, conteste -le pido-. Encima de que le he curado la herida al menos debería contestarme una puñetera pregunta. -replico.
Se queda parado mirando al vacío, sopesando mis palabras, entonces contesta:
-La última vez que la vi tenía unos tres años, pero ya había aprendido a hablar y a caminar. Era la niña más inteligente que he conocido nunca. Cada vez que me veía venía corriendo y empezaba a contarme todo lo que había aprendido ese día, se llevaba horas hablando sin descanso y no paraba de reír. Ella siempre estaba preocupada por todos, intentaba ayudar en todo cuanto podía; y todo eso a la edad de tres años. Me acuerdo que una vez me corté un dedo con un cuchillo mientras ayudaba a su madre con la comida y ella vino corriendo con vendas a curarme.
-¿Y qué fue de esa niña?-pregunto.
Se queda mirando al vacío y sus ojos empiezan a humedecerse.
-Un día unos guardias entraron en su casa sin previo aviso y acabaron con su vida y con la de su madre. -responde.
Me quedo de piedra, incapaz de quitar la vista de aquel hombre a punto de derrumbarse. No puedo evitar imaginarme a aquella niña de tres años, jugando en la cocina con su madre, cuando de repente unos guardias entran y las matan sin dejarles tiempo a hacer nada para salvarse.
De repente el hombre se recompone, se aparta de mi.
-En ese carrito está toda la comida que desea, señorita. Vendré más tarde a retirarla. Muchísimas gracias por todo. -sin apenas mirarme se da la vuelta.
-¡Eh! ¡Espera! -se da la vuelta, con la cabeza gacha y la espalda encorvada.
-¿Sí, señorita?
-¿Cómo te llamas? -pregunto.
El fantasma triste de una sonrisa se asoma por sus labios amoratados.
-No tengo nombre, señorita. -responde- Hace tiempo tuve uno, pero eso fue en el pasado. -hace ademán de irse pero le paro.
-¿Y cuál era su nombre en el pasado?
Se para y vuelve la vista hacia mí. Analiza mi rostro y dice, sin apartar sus ojos tristes de mí:
-Antes de perder mi nombre y mi vida, me llamaba Josan.
Esta vez le dejo irse. La puerta se cierra lentamente tras su espalda y yo me quedo otra vez sola. Toda la ansiedad vuelve a inundarme, pero esta vez con más potencia. Porque conozco ese nombre.



2 comentarios:

  1. VALE, necesito el siguiente capítulo. ¿Sigues unas fechas o las subes cuando te plazca? Me encanta :3

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    1. Pues la verdad es que escribo cuando tengo tiempo. Por eso ha veces tanto en escribir y otras tan poco, depende del tiempo que tenga. A mi me encantaria escribir todos los dias pero por el instituto y el conservatorio no puedo. Pero no me va a impedir que siga escribiendo.
      Muchisimas gracias en serio. Me encanta que escribais comentarios diciendo que os parece. Agradezco muchisimo todo lo que decis, me anima a seguir.
      Muchas gracias por todo.

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