Hace
rato que ya ha amanecido, pero yo llevo despierta mucho antes. No sé
porque estar aquí me produce tanto insomnio. Se supone que al tener
una cama tan buena y unas sabanas de seda dormiría como una reina,
pero nada de eso. En cuanto me meto bajo las sábanas y cierro los
ojos la temperatura sube y las sábanas empiezan a pesar. La noche se
vuelve insoportable para mí. Me siento impotente porque necesito
hacer algo, salir a algún sitio; pero no se a donde ir. Los únicos
lugares en los que me sentía segura ahora están a millones de
kilómetros.
Qué
alegría.
Echo
la cabeza hacia atrás y la apoyo en la pared. Después de haber
recorrido la habitación entera unas cien veces y haberle pegado una
patada a la mesa cuando la ira me ha llenado me he sentado a un lado
de la puerta, con la espalda pegada a la pared. Hay tantas cosas en
la habitación pero a ninguna le veo utilidad. Y menos la televisión.
No pienso encender esa monstruosidad en mi vida.
En
otro tiempo propinarle una buena patada a la mesa y romperla contra
la pared me habría hecho sentirme mejor; pero ya no. Cuando estoy
sola la ansiedad me inunda. Nunca antes he sufrido esto, siempre he
estado segura de mi misma, de mis fuerzas. No es que tenga poca
autoestima, nada de eso, es la inseguridad. Inseguridad no por mí,
sino por mi vida ahora. Antes lo tenía todo controlado. Sabía cada
calle, cada hueco, cada árbol; conocía cada casa, cada nube, cada
estrella. Había estado mirando el cielo tantas horas durante tantos
años que acabé por memorizarlo. Antes sabía quiénes eran los que
me rodeaban, quién era yo. Y ahora todo eso se ha acabado. Ni
siquiera sé como llegar a mi estúpida habitación. Incluso el
cielo es diferente aquí.
En
los pocos días que llevo aquí se me ha pasado por la cabeza esa
cosa de suicidarse, nada menos que dos veces. ¿Qué pasaría si
Palham cuando viniese a mi habitación para avisarme de otra pelea me
encontrase colgada de la lámpara del techo? Sinceramente, aún
muerta, me quedaría un poco más como espíritu o lo que sea sólo
para ver la reacción de todos; y luego ya iré donde tenga que ir.
No tengo ni idea de qué manera me mataría; pero si tengo que acabar
con mi vida no será una muerte simple.
Y
es que no sé cuánto tiempo más seguiré aguantando. ¿Un día?
¿Una semana? ¿O ni siquiera una hora? Soy fuerte pero en este sitio
parece que mis murallas estuviesen cayendo. No entiendo nada. Cada
vez que empiezo a asimilarlo algo extraño e imposible me sorprende.
¿Cómo puede estar todo esto tan escondido? Si alguien de la ciudad
viese toda esta ciudad, llena de felicidad estúpida y lugares
extraños, no se creerían lo que ven.
No
puedo evitar preguntarme que estarán haciendo ahora mis padres y
Adonis. Probablemente ya habrán olvidado que tenían una hija y una
hermana. No me sorprendería que hasta hayan convertido mi habitación
en una nueva habitación de Adonis para hacer el imbécil. Estúpidos.
Sinceramente espero que no me hayan olvidado, que su última imagen
de mi se les haya quedado grabado a fuego en sus estúpidos cerebros;
y que, como les dije, se hayan podrido en el infierno.
Mientras
en mi cabeza se arremolinan todo tipo de insultos hacia mi familia mi
cuerpo se tensa. Unos pasos resuenan en el pasillo. Son pasos pesados
y pausados, apretando demasiado el suelo con cada paso. No es Palham.
Me agazapo más contra la pared y pego la oreja. Está cerca pero aún
así va a velocidad de tortuga. Además de los pasos escucho unos
chirridos metálicos. La cosa chirría más fuerte y con un ruido
seco para y escucho un choque. Los pasos se paran y alguien maldice
por lo bajo. Alguien gruñe y la cosa vuelve a chirriar. Empiezan a
avanzar de nuevo, cada vez más cerca de mí. Los pasos pesados se
paran delante de mi puerta y con un chasquido se abre. La puerta me
tapa y una silueta entra en mi habitación empujando una especie de
cacharro de metal. A través del espacio que hay desde la puerta
hasta la pared sólo consigo ver su espalda. Una espalda azul.
Definitivamente no es Palham.
Mis
instintos se activan. Antes de que se de la vuelta para cerrar la
puerta me levanto y la cierro de golpe. El hombre da un traspié y
empuja el cacharro. Le agarro del cuello y le empujo contra la pared.
-¡Para,
por favor! -suplica el hombre con voz pesada, en un intento de grito.
Intenta
apartar mis manos de su cuello, pero parece que tiene tan poca fuerza
que solo llega a empujarme un poco el hombro. Su respiración es tan
rápida y basta que parece que se va a ahogar de un momento para
otro. Disminuyo la presión de su cuello y le agarro por los hombros
pero el hombre sigue respirando pesadamente. Rápidamente le suelto y
me alejo unos pasos.
El
hombre tiene que tener más de los sesenta años,tal vez incluso
menos, pero parece más viejo. Sobre todo por las heridas y los
moratones que tiene en torno la cara y el cuello. En la cara tiene
varias cicatrices que parecen recientes, sobre las mejillas, incluso
con algunos restos de sangre. Su pelo está gris, salvo algunos
mechones negros desperdigados. Viste una especie de blusa azul,
muchas tallas más grande que la suya, y unos pantalones marrones
bastante andrajosos. Pero lo que me sorprende es que va descalzo. Sus
pies están completamente en carne viva llenos de polvo y de sangre
por todas partes. Además le faltan algunas uñas.
-Lo
siento muchísimo, señorita -murmura con la cabeza gacha-.
Perdóneme, por favor.
Su
voz suena agarrotada y seca. Me pregunto cuánto tiempo lleva sin
beber agua. Vuelve la vista hacia el cacharro y yo lo observo
también: no es el objeto que yo pensaba que era, es un carrito de
metal que me llega hasta la cintura y tiene varias baldas
completamente llenas de comida.
Con
movimientos torpes agarra de nuevo el carrito y lo empuja hacia el
centro de la habitación. Se mueve lentamente, arrastrando las
piernas. Nunca pensé que llegaría a ver un hombre aquí de ese
modo. Tubo que ser muy alto, se nota por sus largas piernas, pero aún
así es bajo; porque tiene la espalda retorcida en un bulto que le
sobresale un poco. Parece enfermo y le han tenido que meter una buena
tunda, unas cuantas. ¿Será una especie de esclavo? No, eso es
imposible. Ya no existen los esclavos. En Aprendizaje me dijeron que
hace muchísimos años, en el Mundo Oscuro, hubieron muchísimos
esclavos. Todas las personas que eran de un color diferente o de un
rango menor eran utilizados como objetos para servir a otros. La
mayoría de dueños eran estúpidos con un gran ego y poco cerebro.
Pero los esclavos dejaron de existir hace mucho. Ahora si haces algo
mal o eres diferente no te esclavizan; te matan. Tan directo como
eso. Incluso las torturas han cambiado. Las pistolas se modernizaron
convirtiéndose en armaros (aunque todavía quedan pistolas,
para producir algún que otro daño de vez en cuando). Son pistolas,
a simple vista, pero no tienen la misma función que las antiguas.
Éstas no están cargadas de balas, sencillamente no están cargadas.
Nadie sabe que tienen dentro, si es que tienen algo, pero sí saben
que es lo que hacen. Hacen algo peor que matar: te quitan el alma.
Puede sonar absurdo pero es la cosa más dolorosa que puede pasarte
en la vida. Yo misma he visto lo que pasa cuando te disparan con eso.
La última vez no fue hace mucho, cuando conocí a Noah. Cuando me
giré no sujetaba una pistola normal, era un armaro. Y Gritón
había sido asesinado por él. Según me han explicado, lo más
doloroso es que sientes cómo una parte de ti se desplaza de tu
cuerpo, arrastrando con él todo lo vivo que hay en ti y eso provoca
que todos tus órganos exploten y que mueras convertido en un cuerpo
gris cubierto de sangre. Porque el alma es lo único que nos
pertenece, lo único que realmente es nuestro; así que, sin ella,
¿qué seríamos? Sencillo, no seríamos nada. El alma es lo único
que de un modo u otro nos hace estar vivos y sentirnos como tales.
Se
para delante de la mesa volcada y con una aspiración fuerte se
acerca.
-¡No!
Corro
hacia la mesa y me coloco a su lado. El hombre me mira, confundido,
con los ojos abiertos. Me agacho y agarro la mesa por la esquina.
Tiro y coloco la mesa como estaba antes. El hombre sigue mirándome.
Hace una mueca. Bueno, una mueca no. Más bien sonríe. Unos segundos
pero sonríe. El labio le empieza a temblar y su sonrisa se contrae
en una mueca de dolor. Le debe de doler bastante. Agacha la cabeza y
vuelve a respiración fuertemente.
-No
se debe haber molestado, señorita.-susurra.
Me
sorprendo porque suena sincero. Vuelve la vista al carrito y lo
empuja hacia la mesa. La mano izquierda le empieza a temblar y el
hombre gime. Giro la cabeza y consigo ver lo que se asoma por un
manga: una mancha púrpura.
-¿Se
encuentra bien? -me acerco hacia él y le agarro por encima del codo.
El hombre empieza a retorcerse y a negar con la cabeza pero consigo
levantarle la manga. El moratón se extiende por toda la muñeca.
-¿Cuándo
te lo has hecho? -le pregunto.
Agacha
la cabeza y se queda callado, retira el brazo con cuidado y lo
sostiene con el otro contra su pecho.
-Dímelo.
-insisto.
Vuelve
la vista al carrito y cierra los ojos un momento. Resopla y agacha la
cabeza de nuevo.
-Hace
unos minutos. -murmura, tan bajo como si se estuviese hablándole a
sí mismo.
Le
observo la muñeca. Debe de tener un esguince al menos.
-Espere
aquí. -y corro hacia el cuarto de baño. Rebusco entre los cajones y
encuentro una caja llena de vendas y tubos. La cojo y la llevo a la
mesa. El hombre me mira confuso y da un paso hacia atrás. Cojo
algunas vendas y miro entre los tubos. En el fondo de la caja hay un
aparato plano del tamaño de una mano. Es igual de fino que una hoja
pero más consistente y duro. Al tocar el centro un pitido suena y
una onda azul se extiende por el objeto.
Miro
interrogante al hombre, que contesta:
- Es una Analizador. Es para saber cuál es tu herida o tu enfermedad, y te dice que tienes que tomar para curarte.
Observo
unos momentos el aparato. Esta mierda no puede hacer todo eso. Nunca
había escuchado nada sobre esta cosa. Ni siquiera he pensado que
podría existir esto. En medio de la placa de metal hay un circulo
azul que brilla, parpadeando. Me muerdo el labio y presiono el
circulo. Lo suelto pero no pasa nada. Maldigo entre dientes y vuelvo
a presionar el circulo.
-Tienes
que dejarlo pulsado y pasarlo por la herida. -murmura el hombre,
divertido. Vuelvo la vista hacia él y veo que está riendo. Bueno,
intentando reír. Más bien su cara es un revoltijo de risas y muecas
por el dolor.
Observo
un poco más el aparato y le tiendo la mano. El hombre mira la mano
sin entender y sin soltar el brazo. Le miro a los ojos y alzo las
cejas. Frunce los labios y, lentamente, coloca su mano encima de la
mía. Aprieto el circulo y, sin dejar de pulsarlo, paso el aparato
por encima de su muñeca. El aparato empieza a pitar y una luz azul
alumbra el brazo del hombre. La cosa pita una vez más y el circulo
desaparece. En la pantalla empiezan a salir letras.
Herida por fractura en la
muñeca izquierda.
Aplicar
tubo 3 sobre la herida y vendar pausadamente.
En
caso de nueva fractura aplicar tubo 6.
En la caja hay cerca de doce
tubos, por lo menos. El problema es que son todos iguales. Tubos
largos de color gris. Cojo uno y le doy la vuelta. Tiene un número
grabado en la parte de abajo. 5. Rebusco en la caja y le doy
la vuelta a todos los tubos hasta que encuentro el tubo con el 3
grabado. Tiro de los laterales y un trozo se desprende dejando ver un
spray.
-Tienes que estar bromeando.
El hombre me mira, aguantando la
risa, y asiente con la cabeza. Resoplo y le aplico una buena cantidad
de spray por toda la muñeca. Cojo las vendas y le vendo
completamente la muñeca, apretando fuertemente. No sé como un poco
de spray y vendas va a sanar una rotura pero no al hombre
parece no dolerle tanto. Cuando vuelvo la vista hacia él para ver su
reacción veo que tiene la mirada fija en mis manos. Me quedo quieta
pero él sigue mirando. Guardo las cosas en la caja, apartando la
mirada. Cuando me vuelvo ya no me está mirando las manos, sino la
cara. Un estremecimiento me recorre la espalda de arriba abajo. Sus
ojos están muy abiertos, observando cada centímetro de mi cara.
Pero lo extraño no es eso, es el brillo familiar que hay en ellos.
-¿Qué ocurre? -pregunto.
Vuelve en sí y agacha la cabeza
de nuevo.
-Nada, lo siento. Es que … -se
mira la muñeca ya vendada y respira lentamente- te pareces a alguien
que conocí una vez.
Analizo cada una de sus
palabras. Por eso se debía ese brillo familiar, como si me
conociera. Pero eso es imposible. Este hombre no ha podido conocerme.
-¿A quién?
Su cuerpo se tensa y me da la
impresión de que la joroba de su espalda se ha aplastado un poco.
Empieza a respirar algo más rápido de lo normal y se lleva las
manos a la cara. Intenta darse la vuelta pero le agarro del brazo.
-Por favor, conteste -le pido-.
Encima de que le he curado la herida al menos debería contestarme
una puñetera pregunta. -replico.
Se queda parado mirando al
vacío, sopesando mis palabras, entonces contesta:
-La última vez que la vi tenía
unos tres años, pero ya había aprendido a hablar y a caminar. Era
la niña más inteligente que he conocido nunca. Cada vez que me veía
venía corriendo y empezaba a contarme todo lo que había aprendido
ese día, se llevaba horas hablando sin descanso y no paraba de reír.
Ella siempre estaba preocupada por todos, intentaba ayudar en todo
cuanto podía; y todo eso a la edad de tres años. Me acuerdo que una
vez me corté un dedo con un cuchillo mientras ayudaba a su madre con
la comida y ella vino corriendo con vendas a curarme.
-¿Y qué fue de esa
niña?-pregunto.
Se queda mirando al vacío y sus
ojos empiezan a humedecerse.
-Un día unos guardias entraron
en su casa sin previo aviso y acabaron con su vida y con la de su
madre. -responde.
Me quedo de piedra, incapaz de
quitar la vista de aquel hombre a punto de derrumbarse. No puedo
evitar imaginarme a aquella niña de tres años, jugando en la cocina
con su madre, cuando de repente unos guardias entran y las matan sin
dejarles tiempo a hacer nada para salvarse.
De repente el hombre se
recompone, se aparta de mi.
-En ese carrito está toda la
comida que desea, señorita. Vendré más tarde a retirarla.
Muchísimas gracias por todo. -sin apenas mirarme se da la vuelta.
-¡Eh! ¡Espera! -se da la
vuelta, con la cabeza gacha y la espalda encorvada.
-¿Sí, señorita?
-¿Cómo te llamas? -pregunto.
El fantasma triste de una
sonrisa se asoma por sus labios amoratados.
-No tengo nombre, señorita.
-responde- Hace tiempo tuve uno, pero eso fue en el pasado. -hace
ademán de irse pero le paro.
-¿Y cuál era su nombre en el
pasado?
Se para y vuelve la vista hacia
mí. Analiza mi rostro y dice, sin apartar sus ojos tristes de mí:
-Antes de perder mi nombre y mi
vida, me llamaba Josan.
Esta vez le dejo irse. La puerta
se cierra lentamente tras su espalda y yo me quedo otra vez sola.
Toda la ansiedad vuelve a inundarme, pero esta vez con más potencia.
Porque conozco ese nombre.
VALE, necesito el siguiente capítulo. ¿Sigues unas fechas o las subes cuando te plazca? Me encanta :3
ResponderEliminarPues la verdad es que escribo cuando tengo tiempo. Por eso ha veces tanto en escribir y otras tan poco, depende del tiempo que tenga. A mi me encantaria escribir todos los dias pero por el instituto y el conservatorio no puedo. Pero no me va a impedir que siga escribiendo.
EliminarMuchisimas gracias en serio. Me encanta que escribais comentarios diciendo que os parece. Agradezco muchisimo todo lo que decis, me anima a seguir.
Muchas gracias por todo.