Me doy la vuelta y sonrío de lado. Deberían fotografiar la cara de Palham y hacer electrodomésticos con su foto.
-¿Qué pasa? -digo, sonando lo más inocente que puedo- ¿Te ha comido la lengua el gato?
Palham empieza a balbucear y se pasa la mano por la cara intentando recuperarse. Este momento no lo olvidaré nunca.
Agacho la cabeza y me muerdo el labio porque se que en cualquier momento voy a estallar en risas.
- ¿Que-que le has hecho a la ropa? -pregunta, clavo mis ojos en él.
- Unos arreglillos sin importancia. -digo, moviendo la mano quitándole importancia al asunto.
La verdad es que mucho más que unos simple arreglillos. La camiseta, que me llevaba hasta por debajo de los muslos ahora me llega por encima del ombligo, las mangas tan largas ahora son tirantes negros y grises, y el cuello de la camiseta ahora cortado deja ver las clavículas quedando por encima del escote y los pantalones se me pegan a las piernas como sí fuesen una segunda piel. Mi pelo despeinado cae en cascada por mis hombros y los mechones se desordenan unos lisos y otros rizados.
Si hubiese llegado esto en la ciudad probablemente, además de causar un buen revuelo, me torturarían para que así aprendiese la lección. Aunque conociendo a las guardias hubieran hecho algo más conmigo. Pero ya no estoy en la ciudad.
Palham empieza a reír y dice:
- Eres malvada.
Sonrío con satisfacción y hago una reverencia. No sería la primera vez que me lo dicen.
- Vamos. Otra vez somos los últimos en llegar.
Empieza a caminar y yo le sigo. No puedo evitar pensar en mi habitación.
La mayoría de la ropa del armario era de deporte, eso significa que lo principal que haremos será entrenar. Pero, ¿para qué? Construyen Batalleros para que peleen y se preparen para le Elección desde niños. Y luego tras la Elección hay que seguir entrenando y preparándose para algo. Ni siquiera se que hacemos aquí, en este extraño edificio lleno de guardias. Es como sí fuese la entrada de Ciudad Extraña. La muralla. Una idea me traspasa la mente. No puede ser. Si de verdad nos estuviesen preparando para pelear debería haber un contrincante. Y no creo que lo haya...¿o sí? ¿ Y si lo hubiese?Un grupo fuerte y peligroso que quisiese acabar con los Superiores. Con la mierda en que nos hemos convertido. Porque si no no estuviesen preparándonos para luchar, para defendernos. Para una guerra. ¿ Y si todos estos años habían creado ese grupo de Elegidos para poner más filas en su ejército?
No estamos perdidos. Puede que todo mi plan no tenga que ser olvidado. Podemos ser salvados, todos nosotros. Oslihum puede volver a ser lo que fue: la Tierra. Tal vez hay gente que no tiene miedo, que son fuertes y quieren luchar. Que tienen esperanza.
Pero un pequeño grupo de personas luchadoras no basta. Se necesita ciudades enteras. Y para que eso suceda se necesita algo. Para aumentar esa esperanza hay que crear algo en lo que el pueblo crea. Un símbolo que aplaque el miedo y cambie a las personas. Que aterrorice a los Superiores.
Un símbolo.
Un ángel.
El Ángel de las Sombras.
Yo.
Palham se para delante de una puerta gigantesca de metal oscuro, me paro a su lado. Se da la vuelta, colocandose delante de mi. Me pone la mano encima del hombro.
- En cuanto atravieses esa puerta vas a estar expuesta a todo el mundo. Todos estarán mirándote. No tienes nada que temer. -su rostro se endurece- Eres fuerte, se que lo eres, demuéstramelo a todos. Hazle a todos recordar tu nombre.
Los dos asentimos y le miro una última vez. No tengo miedo. No he llegado tan alto para echarme atrás. No ahora que sé algo que puede cambiarlo todo.
De repente la puerta se abre y, como dijo Palham, nos deja expuestos. ¿Qué demonios es esto? No voy a retroceder.
No es ninguna sala, ninguna habitación de entrenamiento. Nada que haya visto antes. A través del techo de cristal se ve el sol, el cielo, como si estuviese dibujado en el cristal. A lo lejos del cristal, se ve la Ciudad Extraña. Es una especie de cúpula de cristal. Un campo de batalla...con espectadores. A ambos lados de la cúpula, hay gradas llenas de personas con esa ropa tan horrenda. Todos están boquiabiertos. En medio de todo, un grupo vestidos todos de negro están mirando hacia mi, igual de boquiabiertos que los de las gradas. Los Elegidos. Están colocados cada uno encima de unas columnas con sus guardianes al lado. Pensaba que sólo existía nuestra ciudad, pero me equivocaba. Todos esos chicos no son de mi ciudad, son de otras ciudades. El día que llegamos no pensé en ello por mi aturdimiento pero ahora sí. Más ciudades, más personas. Más esperanza.
Detrás de las columnas algo familiar se alza. Una jaula de cristal. Pero no hay un bosque dentro, no hay nada. Se que habrá dentro: nosotros. Es una jaula de lucha, al menos eso creo. Para pelear sin que nadie pueda escapar de su muerte. Miro a Palham, que me mira también. Le miro interrogante pero él solo niega con la cabeza. No sé que entender con eso. Mi mirada va más allá de la jaula de cristal, atrás de todo, encima de una plataforma de metal, mirándome como sí hubiese visto un fantasma, Noah.
Empiezo a bajar las escaleras de metal, con la cabeza alta. Palham me sigue y escucho su risa tras mi espalda. Empiezo a sonreír. Se pone a mi lado y me susurra al oído:
- Haz un buen espectáculo, pequeña guerrera.
Asiento y sonrío. Ningún problema.
Llegamos al campo de batalla y unos guardias se acercan.
- Llegáis tarde. -gruñe uno, sin despegar la mirada de mi.
- ¿Crees que una belleza como ella no necesita su tiempo? - responde Palham.
Me tapo la boca con la mano. No puedo empezar a reírme como una loca delante de todos. Compostura, Isia.
Los guardias me miran y asienten a la vez. Palham me agarra del brazo y le miro. Tiene la cabeza ladeada y esa mirada de no-aplastes-cabezas-porfavor. Suspiro, resignada, y me relajo. Esta bien, por esta vez.
Me conduce hacia las columnas de metal y caminamos por el sendero que dejan la colocación de éstas. Me asombra la cantidad que hay. Y, como no, en ellas solo chicos.
Palham se para en la primera fila, en la mitad.
- Bromeas. -susurro.
Palham niega con la cabeza muy serio y me empuja sobre un cuadrado negro que hay en el suelo. Las otras están más altas, pero ésta está a nivel del suelo. Pero por poco tiempo. Todo empieza a subir a mi alrededor y ya no tengo la misma perspectiva de antes. Miro hacia abajo: el cuadrado de metal ha subido, creando una columna.
El recinto estalla en aplausos y vítores. Miro a las gradas. Todos los espectadores están levantados de sus asientos, aplaudiendo y gritando cosas que no llego a entender. El miedo empieza a salir de su escondrijo. Aprieto los puños fuertemente y me muerdo el interior de la mejilla. Pero de repente el miedo desaparece. Una imagen aparece en mi cabeza: una Isia pequeña y débil tirada en el suelo entre lágrimas, con la rodilla llena de sangre y tierra, rodeada de niños que la miran desde lo alto. Todos estallan en risas e insultos y la miran, como si fuese un trasto muerto. Y ahora todos esos niños han desaparecido. Ya no hay insultos. Ya no hay lágrimas ni sangre. Me aplauden, gritan mi nombre con admiración. Todo cuanto era, esa niña llorona y torpe que se caía con sus propios pies, esa niña que todos pensaban que acabaría sola de la peor manera posible, ha cambiado. Esa niña ahora no es esa sombra, ahora es algo más, mucho más importante que cualquier cosa. Esa niña ya no tiene miedo de nada, ya no llora más, ya no volverá a caer. Ahora es fuerte, y todos lo saben.
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