domingo, 16 de febrero de 2014

12.


En el pasillo resuenan pasos. Pero no uno, sino muchos pasos. Son silenciosos, cuidadosos, pero aún así los noto. Oigo como poco a poco avanzan hacia mi habitación. Es un grupo, lo sé porque la cantidad de pies que golpean el suelo silenciosamente. Son guardias, lo sé porque sus pasos suenan al unísono. Piensan atacarme en el único momento en el que verdaderamente estoy indefensa: mientras duermo. Que pena que no sepan que sufro insomnio.
Ahueco las almohadas y la sitúo en una esquina de la cama, de modo que parezca un cuerpo. Y gracias a la oscuridad de la habitación lo parece.
Una idea me traspasa la cabeza. Es perfecta. Sonrío orgullosa y corro hacia el armario. Recuerdo que el día que me puse a inspeccionar el armario encontré un cajón lleno de trajes. Eran unos trajes de cuerpo entero, que se pegan al cuerpo. Pero lo bueno y genial es que el traje no tiene la parte de arriba y de abajo separadas; están pegadas. Ninguna abertura. Sencillamente perfecto. Y lo más perfecto aún es el cuenco lleno de piedras decorativas de la mesa.
Los pasos siguen avanzando lentamente en el pasillo.
El cuenco no da para llenar el traje entero (como era de suponer) pero aún así hace que tenga consistencia y un poco de peso. Resistirá.
Corro las cortinas y abro la puerta del balcón, de tal manera que todo el aire entra por la ventana y mueve las cortinas.
Ahora solo necesito suerte. Aunque creo que eso de la suerte no es lo mío.
Con el traje en mano, salto al siguiente nivel y bajo dos niveles más. No tengo tiempo para bajar ningún nivel más. Rezando en mis adentros, tiro el traje. Por un momento veo mi fracaso: como el traje se lo lleva en el viento y acaba en la copa de un árbol. Eso sencillamente sería mi muerte. Pero entonces miro al traje. Ningún rastro de viento se lo lleva. El traje cae en el suelo, justo donde quería que cayese. Desde aquí parece un cuerpo humano.
Parece que al final lo de la suerte es lo mío.
Trepo por los niveles hasta llegar a mi propio balcón, a tiempo, justo en el momento en el que los guardias entran silenciosamente en mi habitación. Me sitúo en el techo de mi balcón y guardo silencio. Oigo como los guardias se despliegan por mi habitación para sorprenderme. Oigo como, silenciosamente, cargan sus armas y apuntan hacia el bulto de la cama. Oigo como disparan. Entonces el silencio. Después vienen las exclamaciones de sorpresa de los guardias. Unos pasos se acercan a mi cama y aparta las sábanas. Empiezan a gritar. Los pasos silenciosos se han convertido en ruidosos pasos que corren de un lado a otro. Oigo como abren todas las puertas, como rebuscan entre los huecos del armario, como entran en el cuarto de baño y gruñen porque no hay nada. Bien hecho, Isia. Te mereces una palmadita en la espalda por esto. Y mi plan se cumple. Los guardias entran en el balcón. Son cuatro, perfecto.
-No ha podido escapar -gruñe el primero.
-No hay escondite posible en la habitación -responde el de su lado- A no ser que haya escapado por la puerta.
-Imposible -espeta otro- Todas los caminos que da desde ese pasillo están en la supervisión de un guardia. No ha podido salir sin que nadie la viera. Y es difícil no fijarse en ella -añade después de unos segundos con una sonrisa en la cara.
Dentro de unos segundos esa sonrisa se le borrará de la cara.
-Entonces es imposible que haya escapado -concluye el primero, otra vez- A no ser que... -entonces mira hacia abajo.
Todo pasa muy rápido.
El primer guardia grita, todos miran hacia abajo, ven el cuerpo, se quedan petrificados, todos empiezan a maldecir, sin poder creer lo que ven.
-Es imposible. No ha podido...
Y salto. Aterrizo sobre el guardia que sonría, que grita, y mi puño acaba en su estómago. Le agarro del cuello y le pego un puñetazo sobre la boca. El guardia se estampa contra un lado del balcón y por poco se cae. Listo, sonrisa borrada.
Los demás guardias me miran con los ojos abiertos como platos. Si tuvieran más cerebro que ego se habrían dado cuenta de que el cuerpo no tiene cabeza. Que pena que entre guardias abunde más el ego que el cerebro.
Un guardia reacciona y va hacia mí, intenta inmovilizarme pero le pongo la zancadilla y cae de cara al suelo. Suena un crujido y el guardia grita. Esto es lo que necesitaba: un poco de acción. Empiezo a reírme y cojo la pistola del guardia y disparo. Pero no ocurre nada, solo se escucha en sonido del disparo. Es de mentira. Solo es un juguetito que suena igual que una pistola. Por eso estaban asombrados cuando dispararon y no pasó nada, porque esperaban que al escuchar los disparos me levantaría y eso no pasó. Ni siquiera vienen armados con armas de verdad. No sé si reír o llorar.
Los otros dos guardias salen de su sueño y vienen hacia mí. Me muevo y le doy al primero con la pistola en la cabeza con todas mis fuerzas. No servirá para disparar pero para golpear viene que no veas. El guardia pone los ojos en blanco y cae, se golpea contra el balcón y cae al suelo inconsciente. El otro guardia vuelve la vista hacia mí, y sin poder evitarlo me pega un puñetazo. La mejilla me empieza a arder y por un momento sólo veo colores. Pero por un momento. Antes de darle la oportunidad de tocarme otra vez le pego una patada en las piernas. Da un traspié hacia atrás pero se estabiliza, pero esos dos segundos me han bastado para levantarme y atacarle de nuevo. Intento pegarle un puñetazo pero él para mi puño con su brazo y me retuerce la muñeca. El fuego me sube por las venas. Los ojos de guardia están llenos de sorpresa y odio. Son de un color azul, un azul como el mar, un azul como los ojos de Adonis. Entonces su rostro desaparece y en su lugar aparece el rostro angelical de Adonis.
<Hola hermanita, hacía tiempo que no nos veíamos>
Ataco de nuevo. Muevo la pierna hacia atrás y la precipito hacia su pecho. Me suelta y se estampa contra el balcón. Adonis se agarra al balcón y me mira. Me mira como siempre lo hizo: como asco, como si yo sólo fuese un simple bicho al que puedes pisotear sin necesitad de pestañear. Nunca más. Giro y muevo el brazo. Mi codo colapsa sobre su cara. Me agarra por el pelo y tira hacia él. Me pega contra él y me aprieta la boca con la otra mano. Le muerdo con todas mis fuerzas. Grita y se lleva la mano a la boca. Me suelta. Intenta atacarme de nuevo pero esquivo su ataque y me sitúo a su espalda, y con la pistola le golpeo. El rostro de Adonis desaparece. Entonces algo me agarra del pie y caigo al suelo. Mi cabeza se precipita contra el suelo, lo veo todo en blanco y después unos brazos me rodean.

-Le has roto la nariz a un guardia, has dejado inconsciente a uno, a otro le has herido una costilla, le has roto el labio y por poco lo tiras por el balcón, y a otro por poco le dejas sin dedo -me dice Palham, lo dice con toda la naturalidad del mundo, como si dejar a un hombre sin cara fuese un pasatiempo-. No se si castigarte o aplaudirte por lo que has hecho -responde unos segundos después, y sonríe.
Debería sentirme culpable por todo lo que he hecho, pero la verdad es que me siento como nunca. La ansiedad se ha ido.
Después de que los guardias (fueron tres guardias, porque uno estaba inconsciente en el balcón, así que digamos que no podía llevarme) me atraparan me llevaron a rastras por medio edificio. La verdad es que no tenía ganas de pelear más, así que dejé que me arrastrasen. Tenía curiosidad de saber a donde me llevaban. No se si pegar a un guardia es delito, pero a mi me da igual, ya estoy acostumbrada a hacerlo y nunca me han hecho nada por ello. Después de largo rato de empujones y patadas para moverme me metieron en una habitación. Nada más entrar muchos ojos se abrieron como platos. En la habitación estaban todos los Elegidos, cada uno rodeado de cuatro guardias y a su lado su guardián. Sólo había una silla libre en la enorme habitación, al lado de Palham, que me miraba sorprendido. Ningún guardia tenía heridas así que supongo que a todos les pilló por sorpresa. Menos a mí.
Supongo que entrar con tres guardias en lugar de cuatro, dos con cara llena de sangre y otro con una mordedura sangrante en la mano es algo sorprendente, ya que todos me miraban como si estuviesen viendo un espejismo. Yo, sinceramente, lo encuentro algo normal. Alguien me ataca, yo le ataco. Ley de vida.
Cuando entré en la habitación no había reparado en las dos figuras que había en el centro de la habitación, pero ahora sí. Son dos hombres, uno de ellos vestido muy arreglado, con traje negro y corbata, y el otro vestido con una camiseta negra y unos vaqueros del mismo color. Negro, que raro. No tengo ni idea de quién es el hombre, puede que sea uno de los que los que hablaron en el recibimiento, pero la verdad es que no me acuerdo; después de atizar a cuatro guardias y de que te aticen, la memoria digamos que no funciona muy bien. Pero sé quién es el que viste con camiseta, quién sino: Noah.
-Sólo me estaba defendiendo -respondo con cara de inocente.
Sonreiría de no ser porque me arde la cara. Gracias al puñetazo del guardia ahora tengo un moratón en la mejilla y me sangra el labio. Espero que uno de los sprays me arreglen la cara.
La habitación se llena de risas, pero yo me quedo seria mirando hacia Palham, conservando mi cara de solo-les-pegué-una-paliza-para-defenderme. Palham suspira, se rasca la frente y sonríe.
-No tienes remedio. -susurra y se coloca a mi lado.
Toda la sala se queda en silencio y yo me callo también.
-Lo que hoy habéis vivido, -empieza a decir el hombre con traje- ha sido una prueba para ver como reaccionáis ante un ataque sorpresa. Y, me temo, que viendo lo ocurrido nadie la ha pasado. Menos una – y me mira. Todos vuelven la vista hacia mí, pero yo no aparto la vista del tío con traje-. La prueba consistía en un ataque sorpresa, en el momento cuando sois más vulnerables: mientras dormís. Las pistolas que se utilizaron estaban diseñadas para que sólo diese la impresión de que os disparaban, pero no contenían nada que pudiera heriros. Si esto hubiese sido un ataque real todos habríais muerto. Menos una -dice a los segundos. Valla machista. Tiene una gran facilidad para olvidar que la única mujer que hay en el edificio ha ganado a todos los tíos-. A lo largo de vuestra estancia aquí, habrá más pruebas. Unas más fáciles y otra más difíciles. La próxima vez estad alerta. -amenaza, mirando a todos los Elegidos. Y me clava la mirada. Pasa la mirada por todo mi cuerpo y clava los ojos en las heridas de mis nudillos y en mi mejilla. - Y en cuanto a ti, -dice, mirándome con una mezcla de odio e irritación- la próxima vez no tengas piedad -y, entonces, sin darme tiempo a analizar sus palabras, me sonríe.
Sin mirar a nadie más, avanza hasta la puerta y desaparece. Ahora la que está de piedra soy yo. Miro a Palham interrogante pero él se limita a hacer un gesto con la mano, dándome a entender que ya hablaríamos más tarde.
¿Qué ha querido decir con eso? ¿Qué la próxima vez les mate? No sé casi nada sobre las leyes, pero creo que matar a un guardia se castiga con la pena de muerte. Al menos eso creo, ya que nunca nadie ha matado a un guardia. Nadie que esté vivo, claro. Y, la verdad, es que la pena de muerte no es algo que esté en mi lista de cosas que hacer antes de cambiar el mundo. No sé que pensar. Si de verdad ha querido decir eso, ¿eso significa que él está en contra de las leyes? La verdad es que no parece esa clase de hombre, con su traje y su semblante de amargado. No tiene pinta de odiar con toda su alma al sistema y querer matar a todos. Más bien tiene la pinta de ser la clase de hombre que la primera palabra que dijo cuando era pequeño fue reglas. No me extrañaría que le hiciesen memorizar todas las leyes con sólo cinco años. En esta vida ya no me sorprende nada. Pero aún así no me cuadra. Y encima, para desconcertarme más, me sonrió. Si quería dejarme a cuadros entonces lo ha conseguido con bastante éxito.
Necesito hablar con Palham, no solo sobre esto, sino también sobre Jolsan. Todavía sigo pensando todo lo que pasó. Todas sus heridas, la historia de la niña, su nombre tan familiar... La verdad es que no sé que pensar. Mi cabeza está tan saturada que no me extrañaría que fuese a estallar en cualquier momento. Sólo espero que no explote cuando haya mucha gente cerca, lo digo por su bien.
Noto unos golpecitos en la espalda. Es Palham, está mirando hacia delante. Sigo su mirada y me encuentro con la mirada de Noah, que me mira divertido. Mierda. Está hablando. No me he enterado de nada de lo que ha dicho.
-Bien y, ahora que nuestra querida ganadora por fin ha salido de su ensueño y ha vuelto con nosotros, puedo proseguir -muchos Elegidos ríen pero yo me mantengo seria y alzo las cejas. Si pensaba que iba a sonrojarme por la culpabilidad la lleva claro.- Vamos a ver, -dice, mirándome- querida ganadora, ¿se ha enterado de algo de lo que he dicho?
Me encojo de hombros y digo:
-La verdad es que no. Aunque supongo que no debe de ser muy importante ya que me he quedado frita.
Intento no reírme y, sorprendentemente, es fácil. Parece ser que eso de tener medio lado de la cara insensible ayuda en estos casos. Los Elegidos intentan, como yo, contenerse la risa, pero sin éxito. Incluso Palham se intenta no reír. Noah se limita a mirarme con esa aura divertida que le rodea siempre, como si haberle dejado en ridículo delante de todos fuese la cosa más graciosa del mundo. Sin dejar de mirarme me sonríe, de lado, como siempre, y me hace un asentamiento con la cabeza en señal de rendición. Tocado y hundido.
-Pues lo que he dicho mientras tú te echabas la siesta es que hoy empiezan los entrenamientos. Cada día constará de un tipo de entrenamiento diferente, en el que cada uno tendrá que demostrar su valía. Tendréis que pelear con todo tipo de cosas en todo tipo de situaciones, aunque no sólo se tendrá que pelear. Tenéis que estar en forma, física y mentalmente. Todo cuanto conocéis ahora va a cambiar. Estos no son los Batalleros, aquí vais a pelear de verdad. Tenéis que ir olvidándoos de vuestra antigua vida, porque no vais a volver a ella. Si pensabais que esto solo dudaría unos meses, ir concienciandoos de que no. Esto no se acaba nunca. Ahora formáis parte del mundo. Y ser parte de él tiene su precio -entonces cambia, su sonrisa desaparece, su aura divertida también. Incluso su voz cambia, ahora es fría y dura, cargada de odio. Sus ojos ya no son tan cálidos, ahora son tan oscuros como el infierno y parece que puede mirar dentro de tu alma. Ya no es Noah, es Jark. La cara oscura de la moneda.- Tenéis que saber una cosa: aquí no hay sitio para los débiles. Si lo eres, tu final no va a ser bonito. Porque no seremos nosotros quienes acabemos con los débiles: seréis vosotros quienes lo haga. Tenéis que aprender a saber diferenciar quién es vuestro amigo y quién vuestro enemigo. De esa manera sabréis a quién tendréis que apuntar con un armaro y a quién tendréis que salvar de uno. Y creedme, en este mundo incluso tu mejor amigo puede estar apuntándote con un cuchillo por la espalda. El ser humano, cuando se trata de sobrevivir, hace cualquier cosa. Por eso tenéis que saber en quién realmente podéis confiar. Pero tenéis que recordar una cosa, en el momento en el que tengáis que matar a alguien, no tengáis piedad. -no ha despegado los ojos de mí, en ningún momento, sus ojos se me clavan en el pecho, como cuchillas, al igual que sus palabras, tan cortantes como navajas.
Todos estamos en silencio, sin poder murmurar palabra. Todos se miran entre ellos, dudosos, intentando descifrar quién es seguro y quién es un peligro, y noto muchas miradas sobre mí. Pero yo sigo mirando a Noah. Es como si fuese otra persona, una persona completamente diferente. Ahora parece una persona que es capaz de matar para salvarse el pellejo. Recuerdo el día que nos conocimos, recuerdo la facilidad con la que apuntó con el armaro a aquel guardia y disparó, recuerdo sus ojos tan cargados de odio y vacío al hacerlo, recuerdo su desconcierto y su odio al preguntarle porqué le había matado. Como si matar fuese algo tan fácil y normal como respirar.
Por primera vez empiezo a dudar de Noah. ¿Y si en realidad la persona que creo conocer es una fachada? ¿Y si en realidad es así? Puede que esa sea la manera de matar de Noah: parecer buena persona, sonriente y bueno, para luego matar en el momento en que menos te lo esperas. Los seres humanos, cuando se trata de sobrevivir, hacen cualquier cosa, dijo. Tal vez sea verdad.
Una idea me traspasa la cabeza. Imposible. ¿Y si estoy aquí por su culpa? Él me vio luchar, tal vez me viera como una amenaza. Él tiene un alto cargo, podría haber sobornado a mis padres para que me eligiesen a mí. Cuando ves una amenaza, tienes que eliminarla. ¿Y si yo soy la amenaza? ¿Y si, la razón por la que estoy aquí, es porque voy a morir?
Entonces recuerdo las palabras del hombre con traje: la próxima vez, no tengas piedad. Tal vez él no sea el hombre que creo que es. Tal vez él quiere salvarme. O tal vez quiere convertirme en lo que Noah es: una máquina de matar. ¿Y si la verdadera razón por la que estoy aquí es para convertirme en un arma?
Mi cabeza está llena de todo tipo de <¿Y si...?> pero sólo tengo una cosa clara: si quiero sobrevivir tendré que matar. Pero la pregunta sin respuesta más importante es: ¿a quién?

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