-¿Qué es todo esto? –pregunto a Palham, sin poder apartar la
mirada de la jaula y del gentío.
Siento su mano sobre mi brazo y aprieta suavemente, con
afecto.
-Bienvenida al mundo real. –susurra intentando sonar
tranquilizador. Pero no lo consigue. Su voz tiembla levemente.
Con una luz lineal algo sale de los bordes de la jaula. La
luz avanza hacia mí rápidamente y choca contra mi columna. Una barra de metal
conecta mi columna con la jaula. Palham se revuelve a mi lado, nervioso. Dirige
la mirada hacia mí, frunce la boca y suspira.
Sin apenas mirarme lo entiendo. Tengo que entrar en la
jaula. Por una extraña razón pienso que tal Palham ya sabía esto. Haz un buen espectáculo, pequeña guerrera.
Yo, por supuesto, soy la última en enterarme de todo.
Mi guardián coloca la mano en mi hombro y murmura:
-Tú solo intenta aguantar. –y se aparta.
La soledad me abruma de repente pero sacudo la cabeza y
empiezo a caminar por el camino. En cuanto estoy casi tocando la jaula un hueco
se desliza hacia arriba, dejando una puerta. El ruido de afuera resuena en mi
cabeza. Atravieso la puerta. Estoy dentro de la jaula.
El ruido de otra puerta me despierta y me vuelvo rápidamente.
Tienen que estar bromeando. El tipo de la cicatriz me sonríe con su podrida sonrisa.
Alguien me tiene que odiar, muchísimo.
Sin previo aviso las puertas se cierran a nuestras espaldas
y el ruido se apaga, como si lo hubieran hecho con el filo de un cuchillo.
La pelea ha comenzado. Me pongo en guardia y el de la
cicatriz me imita. Al final de la jaula algo se materializa de la nada: dos
espadas. Antes de reaccionar ya estoy corriendo hacia ella. La jaula era más
grande de lo que pensaba. Cuando consigo agarrar el mango de la espada la giro rápidamente
y la precipito hacia el de la cicatriz. Nuestras espadas chocan, parece que ha
sido igual de rápido que yo. No por mucho tiempo.
Empuja su espada contra la mía, intentando que se me caiga.
Pero la muevo y le intento atacar desde el otro lado. Las espadas chocan de
nuevo. Nunca ante había cogido una espada. Un cuchillo sí, pero esto no. El
peso hace desestabilizar mi mano pero la mantengo firme. Empujo la espada hacia
delante y da un traspié. Aprovecho ese segundo para mover un poco la espada y
acostumbrarme a su peso. Muevo la espada con un giro de muñeca y la precipito
hacia el tío, pero se aparta y corta el vacío. Reacciono rápido y con el mango
le pego fuertemente en la espalda. Me aparto a un lado para que no me ataque y
se da la vuelta rápidamente con la espada en la mano. Consigo echarme hacia
atrás y repeler el ataque. Antes de que haga su siguiente movimiento le pego
una patada en el hombro. Mueve el hombro hacia atrás por el golpe y me mira con
ira. Aprieta la boca en una horrible mueca y se abalanza sobre mí con un grito.
Aguanto su golpe con mi espada, pero por la fuerza me deslizo hacia atrás.
Consigo repeler todos sus golpes y esquivarlos lo más rápido posible. Arrastro
el pie y le pongo la zancadilla. En un segundo de dubitación aprovecho y me
coloco a su espalda. Le agarro del cuello hacia atrás y estoy a punto de clavarle
la espalda cuando algo extraño ocurre. La espada se convierte en arena y cae de
mi mano, desapareciendo. Suelto al tío, que cae de espaldas. Su espada también
se ha desmaterializado. ¿Cómo ha podido desaparecer la espada?
Miro hacia todos lados, esperando que algo nuevo se
materialice pero nada ocurre. Parece que esta vez será con los puños. Este es
mi territorio.
Cicatriz se levanta de un salto y se lanza hacia mí. Le
esquivo y le doy con el codo en la cabeza, pero él adivina mi movimiento y me
agarra del brazo. Con el otro brazo me pega un puñetazo en el estómago y me
empuja hacia atrás. Caigo de espaldas y el aire desaparece de mis pulmones por
un segundo. Vamos, Isia.
Cicatriz aprovecha que estoy indefensa en el suelo para
pegarme una patada, pero la veo antes, le agarro del tobillo y tiro. Cae al
suelo y ruedo hacia un lado para no ser aplastada por su pierna. Pero no
consigo ver su próximo movimiento. Antes de que me dé cuenta Cicatriz ha
saltado sobre mí y me agarra del cuello aplastándome la tráquea. Intento
revolverme y echarme a un lado pero su peso me aplasta el cuerpo, inmovilizándome.
Mueve las piernas y empuja las rodillas con las mías, abriéndome las piernas.
Acerca su horrible y degenerado rostro al mío hasta que sus
ojos están a centímetros de los míos.
-Así es cómo deberías estar: abiertas de piernas debajo de
un hombre.
La ira me traspasa y ya no siento su cuerpo pesado
aplastándome los huesos. Sólo siento el fuego, que se extiende por todos lados.
Las llamas me corroen y algo despierta entro de mí. Ya he vivido esto antes. Un
hombre debilitándome, haciendo quedar como pura mierda tirada en el suelo.
Nunca más.
La ira y el fuego me ciegan y ya no me asfixio.
Con un rodillazo Cicatriz cae hacia un lado, atónito. No
espero a que reaccione. Giro y me coloco encima de él de la misma manera que él
antes y con todas mis fuerzas le pego un puñetazo. Mi puño colapsa contra su
mandíbula y suena un crujido. Cicatriz aúlla de dolor y le clavo la rodilla en
sus partes. Se dobla por la mitad y
grita. Empieza a revolverse como un gusano y me levanto. Sin esperar a que se
levante le pego una patada en la espalda y vuelve a gritar. Le agarro del
cuello y le estampo la cabeza contra la pared.
Acerco la cara, como él hizo antes. No puedo evitar reírme
al ver sus ojos llenos de miedo.
-Así es como deberías estar: con los huevos aplastados
asfixiándote debajo de una mujer.
Levanto el puño para pegarle el último golpe pero algo me lo
impide. Unos brazos me rodean y me empujan hacia atrás. Palham. Me intento
soltar y abalanzarme otra vez sobre Cicatriz, que está respirando rápidamente agarrándose
el cuello, pero Palham me aprieta fuertemente.
-Es suficiente, Isia.- espeta.
Pero intento no escucharle. No es suficiente. Intento
respirar lentamente pero mis pulmones arden. Me empieza a doler todo el cuerpo
fuertemente y el fuego se aplaca. Por fin miro a los ojos a Palham, él me mira
y me sonríe.
-Has ganado, pequeña guerrera.
Consigo levantarme y hago una mueca por el dolor en mi
estómago. Palham me empuja hacia delante y atravesamos la jaula. La puerta está
abierta. El guardián de Cicatriz pasa la otra puerta y corre hacia donde está
él. Pero no miro atrás. En cuanto salimos de la jaula el ruido me pita los
oídos. Todos están gritando y mirando hacia mí. Atravesamos el camino y nos
colocamos de nuevo en la columna. El camino desaparece con un haz de luz y la
columna empieza a bajar. Los demás Elegidos me miran atónitos. Yo no aparto la
mirada. Caminamos por el camino entre las columnas y el ruido no cesa. Mi
nombre resuena una y otra vez.
Palham me pega un golpecito en el hombro y señala hacia
delante. Miro hacia donde señala y me quedo sin habla. Antes no las había
visto. Aunque es difícil no verlas. En cada pared de cristal hay unas placas
enormes que casi lo ocupan todo. Pero no son placas, son como el rectángulo
raro de mi habitación, pantallas. En la primera hay imágenes de la pelea, al
igual que en la otra lateral. Yo pegando un puñetazo a Cicatriz en la cara, él retorciéndose
en el suelo, la pelea de espadas… Y en la pantalla en medio, está mi rostro
mirando hacia delante. Miro a todos lados pero no encuentro ninguna cámara que
me esté grabando. ¿Entonces cómo? Pero rápidamente me olvido de eso. Debajo de
la pantalla una silueta me mira, expectante. Al encontrarme con su mirada
sonríe de lado y se inclina haciendo una especie de reverencia. Noah.
Un guardia me empuja hacia una puerta negra y todo
desaparece. El ruido, la jaula, el jaleo. Pero es como si todavía siguiesen
gritando mi nombre en mi cabeza.
Nadie habla en el camino hacia mi habitación. El guardia que
me empujó antes y unos cuantos guardias más nos están escoltando, protegiéndonos
las espaldas. Siento todos los ojos de los guardias en mi nuca. Si no estuviera
cansada le mostraría mis puños a cada uno.
Los pasillos están todos en silencio. Me pregunto si ahora habrá
otros dos Elegidos luchando en la jaula. Probablemente sí.
Nos paramos delante de mi puerta y los guardias dan un paso
hacia atrás. Entro sin decir nada y Palham cierra la puerta tras de sí. Me tiro
sobre la cama, derrotada, y hundo la cara sobre el colchón. El colchón parece
estar hecho de plumas, nada que ver con el colchón de piedra de mi antigua
habitación. Esto es gloria.
Noto el colchón hundirse por el peso de Palham. Empieza a
reír.
-Es que es imposible. –dice entre risas.
Levanto la cara del colchón y la coloco sobre el brazo. Levanto las cejas. Palham está
con la cabeza hacia atrás rompiendo en carcajadas. ¿Qué le ha dado?
-¿Te has visto? –Pregunta, con una mano señalando hacia mí, antes
de volver a reír- ¿Has visto cómo peleas? ¿Tú?
No sé si tomármelo como un insulto o un cumplido así que no
digo nada. Sigue riéndose hasta que por fin se serena y se tapa la cara con las
manos.
-No puedo creer lo que has hecho. –Murmura- Nunca pensé que
podrías… ¿Dónde has aprendido a pelear así? Nadie te ha podido enseñar.
Asiento y cierro los ojos.
-Exacto. Nadie me ha enseñado. He aprendido sola. –le respondo,
con tono cansado.
No puedo ver su rostro pero puedo imaginármelo. Se queda
largo rato en silencio, pensando y recapitulando supongo, hasta que por fin
habla.
-Pero eso es imposible. –Espeta- ¿Cómo has podido aprender
tu sola como eso?
-No lo sé. –respondo simplemente.
Estoy cansada de tener que explicarlo todo una y otra vez.
Es como si todo sobre mí no tuviese sentido.
-Cuando te vi peleando me quedé de piedra. Te movías tan ágilmente,
como si ya estuvieses acostumbrada los
puñetazos y a los golpes. Por un momento pensé que tenías todos los movimientos
calculados. Entonces ese estúpido te tiró al suelo y dijo aquella asquerosidad.
No puedo creer que haya dicho algo así, ese cabrón. –Abrí los ojos para
mirarle, incapaz de creer lo que estaba escuchando. Él está mirando hacia la
ventana, como si pudiese ver algo más después de la Ciudad Extraña- Todo se
quedó en silencio y pensé que todo había acabado. Pero entonces algo pasó. Con
una fuerza sobrenatural tumbaste al Elegido y le golpeaste. Una y otra vez.
Nadie podía creer lo que veía. –vuelve la vista hacia mí y me agarra la mano-
El día que te vi por primera vez subida en aquel muro con aquella mirada, como
si lo estuvieses analizando todo, sentí algo raro. Entonces te vi avanzar entre
la multitud y yo…
-¿Y tú qué? –pregunto, sin apenas voz.
Me suelta la mano y se levanta. Camina hacia la ventana y
mira hacia la ciudad. La luz que se proyecta desde los cristales le ilumina la
cara. Su pelo de color gris adquiere un tono luminoso y sus ojos grises brillan
como si fuesen estrellas. La verdad es que Palham tuvo que ser una belleza de joven, porque todavía lo es de adulto.
Pero a la luz del sol parece tan solitario. Y su rostro está contraído en una
mueca de dolor.
No sé cómo Palham acabó siendo guardián. Ni cómo era su vida
antes de serlo. Pero viéndolo así me recuerda a los rostros de las familias de
los Elegidos el día de la Elección. Un rostro contraído por el dolor y por la
pérdida por algo que sabes que nunca más volverás a ver.
No debe de tener familia si está aquí. En realidad no sé si
los demás, los guardias y los otros guardianes, tienen familia. Todos los
tuvieron que abandonar. En un mundo como éste o dices adiós a todos o ves como
mueren en tus manos.
Mirando todavía al cielo responde, como si estuviese
hablando con sí mismo:
-Y yo supe que tú serías la esperanza que nos salvaría a
todos.
Estoy corriendo. Tan
rápido que el paisaje pasa en flases a mi alrededor. Pero algo de repente me
detiene. Es el muro, el que hay al lado de la tienda del señor Harris, el muro
que vi cuando salvé a la esposa del preso. Y el ángel, el gigante ángel pintado
de color blanco sobre él.
-Eres tú. –susurra una
voz a mi espalda.
Me doy la vuelta. La
esposa del preso. Está igual que la última vez que la vi, con esa camiseta
llena de suciedad y los brazos llenos de heridas, salvo que parece más joven.
Pero de repente cambia y ya no es ella. Es Noah. Sus ojos marrones brillan y
por un momento parecen dorados.
-La que nos salvará a
todos. –Se acerca a mí y me acaricia la mejilla- La que me salvará a mí.
Muevo la mano para tocarle
la mano pero desaparece en un remolino de luz y la oscuridad me rodea. Ya no me
encuentro en el callejón, estoy en la plaza. La plaza de mi ciudad. Hay una
gran muchedumbre enfrente de mí, que me mira. Miro abajo. Estoy en la
plataforma de ejecución. Tengo las manos atadas a la espalda y las rodillas en
el suelo. Intento gritar pero ningún ruido sale de mi garganta. Me revuelvo
pero eso hace que la presión en mis muñecas aumente. Intento gritar de nuevo
pero mi boca no se abre. Nadie de la plaza se mueve. Todos me miran, sin pestañear.
-Podrás salvarlos a
todos. –me giro ante la voz familiar. Adonis, está vestido como un guardia y sostiene
en la mano una pistola.- Pero, ¿quién te salvara a ti?
Entonces mi hermano
levanta la pistola y dispara.
Apenas he dormido unas horas. No puedo. Sencillamente no
puedo. Esa pesadilla se repite una y otra vez en mi cabeza. Lo único que
consigo es despertar con las manos cubriendo mi boca, aguantando el grito.
Afuera la ciudad duerme apaciblemente. El cielo está repleto de estrellas.
No puedo olvidar las palabras de Palham. Nunca pensé que alguien
diría algo así sobre mí. Todo cuando he escuchado han sido insultos y palabras
horrendas, pero nunca algo que se asemeje a eso. Es como si alguien hubiese visto algo que está
dentro de mí. Algo que tanto tiempo deseé que alguien viese. Que soy algo más
que una chica peligrosa y solitaria. Algo más.
Cada segundo en esta ciudad me asombra y me asusta a la vez.
La jaula, ese lugar con espectadores, el bosque encerrado, los edificios. No
para de asombrarme. No sé qué más cosas hay aquí, escondidas. Todo es tan
extraño. Es como si estuviese sacado de un sueño-pesadilla. Tan bello y tan
espeluznante.
No sé qué pasará mañana. Mi vida ahora mismo es una continua
interrogación que no se va nunca. Todavía hay tantas preguntas y ninguna
respuesta. Pero empiezo a sentir algo.
Tal vez ser la Elegida no es tan malo, al fin y al cabo.
Me abrazo las rodillas y hundo la cabeza en los brazos.
Pero, ¿quién te
salvará a ti?
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