Es el día de la
elección. Alrededor de la plaza está toda la ciudad, expectante, mirando a las
cinco placas de metal sostenidas por barras que están encima de la plataforma.
Hay cinco camiones de metal detrás.
Las cinco familias
elegidas estamos a un lado de la plataforma, dejando un pasillo por el que se
irán los elegidos. Por el que se irá mi hermano.
El primer guardián
sube a la plataforma. Toda la plaza se queda en silencio. El guardián toca la
placa y aparece un nombre en letras negras. La primera familia se abraza, se
escuchan llantos. El chico se separa de su familia y camina hacia la
plataforma. Sube y se coloca al final del todo, al lado de su nombre. Su
guardián se coloca a su lado.
Sube el cuarto guardián
y toca la pantalla. Un niño pequeño llora. El chico y se coloca al lado de su
nombre.
La última placa. El
último guardián sube y toca la pantalla.
Miro a mi hermano,
está sonriendo. ¿Pero qué? Mis padres también sonríen. Me doy la vuelta, toda
la plaza está sonriendo mirando hacia la plataforma.
En la quinta placa hay
un nombre.
Isia.
De repente toda la
plaza se vuelve hacia mí.
-
Te
destrozarán hasta que no quede nada de ti. Veras tu sangre derramarse hasta el
final mientras todos te observan. Nadie moverá un dedo por ti. Te quedarás sola
en la oscuridad y nadie te recordará. Y mientras el mundo avanza, tú sólo serás
un cuerpo muerto que se desintegrará en el fin del mundo.
Miles de brazos me
agarran y grito, desgarrándome por dentro.
Mi propio grito me despierta. Estoy llena de sudor, mi pelo
se me pega a la nuca, mi cara está húmeda. Me paso la mano por la cara. Estoy
llorando.
PARA. NO LLORES.
Pero no puedo. Las lágrimas me inundan y un grito amenaza
con salir.
¡PARA! No dejes que te hagan débil. No lo eres. No se
merecen tus lágrimas y nunca lo harán. Nadie puede hacerte daño. Eres fuerte.
No volverás a llorar. No pasa nada.
Y las lágrimas paran.
Me quedo mirando la pared. Sólo ha sido una pesadilla. Una
asquerosa pesadilla.
No serán más de las cuatro de la madrugada pero a mí me da
igual. No puedo dormir. Cada vez que me duermo una pesadilla aparece. Aunque
tampoco es que tenga sueño. A fuera está lloviendo. Empiezo a correr.
Y no paro hasta que llego al bosque. Estoy completamente
mojada, el pelo se me pega a la cara. Pero la presión en mi pecho empieza a
disminuir. Como si a lluvia me limpiase por dentro.
Caigo de rodillas en medio del barro, en frente del bosque.
‘te destrozarán hasta
que no quede nada de ti’
Grito. Y no paro de gritar hasta que mi garganta duele.
El eco de mis gritos
se extiende por el bosque.
Sólo quedan dos días para la elección. Mi familia es una de
las elegidas. Dentro de dos días mi hermano se irá. Pero tengo la sensación de
que algo malo va a pasar, algo que lo cambiará todo para siempre.
Un grito me rompe por dentro.
Mi hermano está tumbado en su cama, mirando el techo. Me
acerco.
-
¿Qué haces? –pregunto – Dentro de dos días es a
elección. Tienes que prepararte.
Adonis me mira. Sus ojos azules están más oscuros. Así,
tumbado tan relajado en su cama me hace recordar cuando éramos pequeños e
íbamos a Aprendizaje. Sólo éramos unos enanos. Y el primer día Adonis ya era
amigo de todos y todos querían jugar con él. Mientras yo no hice nunca un
amigo. Todos aprendieron a reírse de mí, la niña rara. Mi hermano se reía con
ellos. Cuando Aprendizaje acababa todos
se iban con él y jugaban. Yo me iba sola y caminaba. Nunca dejaba de caminar.
Nunca sabía a donde iba, sólo caminaba. Siempre acababa en el bosque, y allí
lloraba. Siempre hacía eso. Iba a Aprendizaje, caminaba y lloraba. Luego volvía
a casa y me sentaba en una esquina a mirar por la ventana. Hasta que un día me
prometí que nunca volvería a llorar. Que nunca lloraría por nadie. No sería
nunca más débil. Nadie me haría daño de
nuevo. Y no volví de llorar.
Entonces un día un grupo de tíos mayores llego y se puso a
pocos metros de mí. Y empezaron a pelear. Yo, escondida tras una pared, los
observé y memoricé cada movimiento. Y así aprendí a pelear. Sin nadie. Y un
buen día, otro día rutinario de insultos, el fuego apareció y rompí mi primera
nariz. Y nadie volvió a insultarme más. Nadie se atrevió a tocarme. Así crecimos y todo volvía a ser igual. Todos
eran amigos de Adonis mientras yo me ponía sola a escucharlo todo desde el
final de la clase. Pero yo no era igual. Ya no me trataban igual. Nunca volveré
a ser lo que fui. Aquella niña indefensa que lloraba agazapada en la pared.
Mientras Adonis se convertía en el dios renacido, yo me hacía fuerte. Pero yo
no estoy triste por la mierda de vida que tuve. Al contrario, me alegro de que
me hicieran daño.
-
¿No te había dicho que nunca entrases en mi
cuarto, aunque te estuvieses muriendo?- dice.
-
La puerta estaba abierta, imbécil.
Me mira buen rato y se levanta. Me saca una cabeza a pesar
de que soy muy alta así que tengo que levantar el cuello.
-
Después de todos estos años todavía no sabes
nada. Qué estúpida eres. –me da con el hombro al pasar y se va.
La pesadilla se reproduce otra vez en mi cabeza.
Sólo queda un día para la elección. Mañana por la mañana
toda la plaza estará llena.
Estoy en la calle, a lo lejos ya se ven las cinco placas de
metal. Llevo todo el día sentada encima de un muro, observando la plaza. A lo
largo de día han aparecido cuatro hombres acompañados de sus mujeres y se han
acercado a las placas. Los padres de los elegidos. Ya han elegido a qué hijo
van a sacrificar. La suerte ya está echada.
Entre la multitud veo a mis padres. Me agarro fuertemente a
muro. Mis padres caminan lentamente y suben a la plataforma. La primera placa,
al lado de la escalera, es la nuestra. Mi padre se acerca, mi madre detrás de
él. Se miran y mi madre sonríe. Los dos ponen la mano encima de la placa y una
luz aparece en ella. Al segundo se apaga. En esa luz está el nombre de mi
hermano. Mis padres se abrazan y se bajan de la plataforma.
Mi madre ha sonreído. Un solo segundo pero lo ha hecho.
Nadie sonreiría nunca al entregar a su hijo para que acabe
muerto o peor.
Ya ha anochecido cuando bajo del muro. No hay nadie por las
calles. Paso por delante de una casa que tiene una pirámide negra en la puerta.
Tiene todas las ventanas cerradas. Probablemente querrán un poco de intimidad
alejados de la mirada de los guardias para despedirse.
Esto es una mierda.
Llego a mi casa. La pirámide sigue en su sitio. Mi casa ya
no volverá a ser la misma.
Entro.
En el salón están mis padres y mi hermano sentados en el
sofá. Los tres me miran nada más que entro. Cierro la puerta y me acerco. Todos están muy serios.
-
¿Qué ocurre?
Mis padres se miran y asienten. Adonis no deja de mirar al
suelo.
-
Mañana es la selección. –susurra mi madre.
Por alguna razón sé que algo va mal. Mi hermano tiene los
brazos apoyados en las rodillas y no para de mirar al suelo. Solo mi madre me mira.
-
¿Le pasa algo a Adonis?-pregunto.
Él me mira. Y por primera vez me mira como siempre he
querido que me mirase. Como si yo le importase. Pero su mirada me parte en dos.
No entiendo nada.
-
¿Qué está pasando?
De repente mi padre me mira, como si mirase a la basura, y
dice:
-
¿En serio pensabas que enviaremos a Adonis?
Todos me miran. Y entonces lo entiendo. Nadie enviaría a Adonis, el dios renacido al
que todos quieren y adoran a una muerte segura. Además mi hermano es demasiado
cobarde para ir. Haría cualquier cosa por salvarse el pellejo aunque eso
conlleve poner más vidas en peligro. No aguantaría en una pelea ni dos minutos.
Empiezo a reír.
Una parte de mí ya lo sabía. Soy basura para mi familia y
necesitaban deshacerse de mí. No soy nadie. Ni un solo segundo he llegado a importarle
a mi familia, ni uno. No iba a
importarles ahora. No les importa si muero o si vivo, si me matan o mato, si me
torturan o torturo. Todo lo que les importa es Adonis, y nada más.
Algo se rompe dentro de mí. No tengo nada. Ni siquiera una
familia. No tengo a nadie al que le importe.
‘Nadie moverá un dedo por ti’ Nadie
lo hará.
Lo peor de todo fue darme cuenta de que la realidad es peor
que las pesadillas.
Y la realidad es esta:
Soy la elegida.