sábado, 30 de noviembre de 2013

4.

Es el día de la elección. Alrededor de la plaza está toda la ciudad, expectante, mirando a las cinco placas de metal sostenidas por barras que están encima de la plataforma. Hay cinco camiones de metal detrás.
Las cinco familias elegidas estamos a un lado de la plataforma, dejando un pasillo por el que se irán los elegidos. Por el que se irá mi hermano.
El primer guardián sube a la plataforma. Toda la plaza se queda en silencio. El guardián toca la placa y aparece un nombre en letras negras. La primera familia se abraza, se escuchan llantos. El chico se separa de su familia y camina hacia la plataforma. Sube y se coloca al final del todo, al lado de su nombre. Su guardián se coloca a su lado.
Sube el cuarto guardián y toca la pantalla. Un niño pequeño llora. El chico y se coloca al lado de su nombre.
La última placa. El último guardián sube y toca la pantalla.
Miro a mi hermano, está sonriendo. ¿Pero qué? Mis padres también sonríen. Me doy la vuelta, toda la plaza está sonriendo mirando hacia la plataforma.
En la quinta placa hay un nombre.
Isia.
De repente toda la plaza se vuelve hacia mí.
-          Te destrozarán hasta que no quede nada de ti. Veras tu sangre derramarse hasta el final mientras todos te observan. Nadie moverá un dedo por ti. Te quedarás sola en la oscuridad y nadie te recordará. Y mientras el mundo avanza, tú sólo serás un cuerpo muerto que se desintegrará en el fin del mundo.
Miles de brazos me agarran y grito, desgarrándome por dentro.
Mi propio grito me despierta. Estoy llena de sudor, mi pelo se me pega a la nuca, mi cara está húmeda. Me paso la mano por la cara. Estoy llorando.
PARA. NO LLORES.
Pero no puedo. Las lágrimas me inundan y un grito amenaza con salir.
¡PARA! No dejes que te hagan débil. No lo eres. No se merecen tus lágrimas y nunca lo harán. Nadie puede hacerte daño. Eres fuerte. No volverás a llorar. No pasa nada.
Y las lágrimas paran.
Me quedo mirando la pared. Sólo ha sido una pesadilla. Una asquerosa pesadilla.

No serán más de las cuatro de la madrugada pero a mí me da igual. No puedo dormir. Cada vez que me duermo una pesadilla aparece. Aunque tampoco es que tenga sueño. A fuera está lloviendo. Empiezo a correr.
Y no paro hasta que llego al bosque. Estoy completamente mojada, el pelo se me pega a la cara. Pero la presión en mi pecho empieza a disminuir. Como si a lluvia me limpiase por dentro.
Caigo de rodillas en medio del barro, en frente del bosque.
‘te destrozarán hasta que no quede nada de ti’
Grito. Y no paro de gritar hasta que mi garganta duele.
 El eco de mis gritos se extiende por el bosque.
Sólo quedan dos días para la elección. Mi familia es una de las elegidas. Dentro de dos días mi hermano se irá. Pero tengo la sensación de que algo malo va a pasar, algo que lo cambiará todo para siempre.
Un grito me rompe por dentro.

Mi hermano está tumbado en su cama, mirando el techo. Me acerco.
-          ¿Qué haces? –pregunto – Dentro de dos días es a elección. Tienes que prepararte.
Adonis me mira. Sus ojos azules están más oscuros. Así, tumbado tan relajado en su cama me hace recordar cuando éramos pequeños e íbamos a Aprendizaje. Sólo éramos unos enanos. Y el primer día Adonis ya era amigo de todos y todos querían jugar con él. Mientras yo no hice nunca un amigo. Todos aprendieron a reírse de mí, la niña rara. Mi hermano se reía con ellos.  Cuando Aprendizaje acababa todos se iban con él y jugaban. Yo me iba sola y caminaba. Nunca dejaba de caminar. Nunca sabía a donde iba, sólo caminaba. Siempre acababa en el bosque, y allí lloraba. Siempre hacía eso. Iba a Aprendizaje, caminaba y lloraba. Luego volvía a casa y me sentaba en una esquina a mirar por la ventana. Hasta que un día me prometí que nunca volvería a llorar. Que nunca lloraría por nadie. No sería nunca más débil.  Nadie me haría daño de nuevo. Y no volví de llorar.
Entonces un día un grupo de tíos mayores llego y se puso a pocos metros de mí. Y empezaron a pelear. Yo, escondida tras una pared, los observé y memoricé cada movimiento. Y así aprendí a pelear. Sin nadie. Y un buen día, otro día rutinario de insultos, el fuego apareció y rompí mi primera nariz. Y nadie volvió a insultarme más. Nadie se atrevió a tocarme.  Así crecimos y todo volvía a ser igual. Todos eran amigos de Adonis mientras yo me ponía sola a escucharlo todo desde el final de la clase. Pero yo no era igual. Ya no me trataban igual. Nunca volveré a ser lo que fui. Aquella niña indefensa que lloraba agazapada en la pared. Mientras Adonis se convertía en el dios renacido, yo me hacía fuerte. Pero yo no estoy triste por la mierda de vida que tuve. Al contrario, me alegro de que me hicieran daño.
-          ¿No te había dicho que nunca entrases en mi cuarto, aunque te estuvieses muriendo?- dice.
-          La puerta estaba abierta, imbécil.
Me mira buen rato y se levanta. Me saca una cabeza a pesar de que soy muy alta así que tengo que levantar el cuello.
-          Después de todos estos años todavía no sabes nada. Qué estúpida eres. –me da con el hombro al pasar y se va.
La pesadilla se reproduce otra vez en mi cabeza.

Sólo queda un día para la elección. Mañana por la mañana toda la plaza estará llena.
Estoy en la calle, a lo lejos ya se ven las cinco placas de metal. Llevo todo el día sentada encima de un muro, observando la plaza. A lo largo de día han aparecido cuatro hombres acompañados de sus mujeres y se han acercado a las placas. Los padres de los elegidos. Ya han elegido a qué hijo van a sacrificar. La suerte ya está echada.
Entre la multitud veo a mis padres. Me agarro fuertemente a muro. Mis padres caminan lentamente y suben a la plataforma. La primera placa, al lado de la escalera, es la nuestra. Mi padre se acerca, mi madre detrás de él. Se miran y mi madre sonríe. Los dos ponen la mano encima de la placa y una luz aparece en ella. Al segundo se apaga. En esa luz está el nombre de mi hermano. Mis padres se abrazan y se bajan de la plataforma.
Mi madre ha sonreído. Un solo segundo pero lo ha hecho. 
Nadie sonreiría nunca al entregar a su hijo para que acabe muerto o peor.

Ya ha anochecido cuando bajo del muro. No hay nadie por las calles. Paso por delante de una casa que tiene una pirámide negra en la puerta. Tiene todas las ventanas cerradas. Probablemente querrán un poco de intimidad alejados de la mirada de los guardias para despedirse.
Esto es una mierda.
Llego a mi casa. La pirámide sigue en su sitio. Mi casa ya no volverá a ser la misma.
Entro.
En el salón están mis padres y mi hermano sentados en el sofá. Los tres me miran nada más que entro. Cierro la puerta y me acerco.  Todos están muy serios.
-          ¿Qué ocurre?
Mis padres se miran y asienten. Adonis no deja de mirar al suelo.
-          Mañana es la selección. –susurra mi madre.
Por alguna razón sé que algo va mal. Mi hermano tiene los brazos apoyados en las rodillas y no para de mirar al suelo.  Solo mi madre me mira.
-          ¿Le pasa algo a Adonis?-pregunto.
Él me mira. Y por primera vez me mira como siempre he querido que me mirase. Como si yo le importase. Pero su mirada me parte en dos.
No entiendo nada.
-          ¿Qué está pasando?
De repente mi padre me mira, como si mirase a la basura, y dice:
-          ¿En serio pensabas que enviaremos a Adonis?
Todos me miran. Y entonces lo entiendo.  Nadie enviaría a Adonis, el dios renacido al que todos quieren y adoran a una muerte segura. Además mi hermano es demasiado cobarde para ir. Haría cualquier cosa por salvarse el pellejo aunque eso conlleve poner más vidas en peligro. No aguantaría en una pelea ni dos minutos.
Empiezo a reír.
Una parte de mí ya lo sabía. Soy basura para mi familia y necesitaban deshacerse de mí. No soy nadie. Ni un solo segundo he llegado a importarle a mi familia, ni uno.  No iba a importarles ahora. No les importa si muero o si vivo, si me matan o mato, si me torturan o torturo. Todo lo que les importa es Adonis, y nada más.
Algo se rompe dentro de mí. No tengo nada. Ni siquiera una familia. No tengo a nadie al que le importe.  ‘Nadie moverá un dedo por ti’ Nadie lo hará.
Lo peor de todo fue darme cuenta de que la realidad es peor que las pesadillas.
Y la realidad es esta:

Soy la elegida. 

miércoles, 27 de noviembre de 2013

3.


Han pasado una semana y media desde que volé por los aires la plataforma de ejecución y algo ha cambiado: la gente está cambiando. Ya no pasan delante de los guardias con miedo sino con la cabeza alta, empiezan a salir cuando el sol se está ocultando, se ríen a carcajadas en las plazas sin temor alguno.
Por alguna extraña razón ya no tienen miedo.
Y eso es peligroso para los Superiores. Si la gente empieza a ser valiente, no les temerán. ¿Y cómo puedes gobernar un mundo si no hay nadie que te tema? Por eso han incrementado la seguridad. En cada callejón hay un guardia que vigila, cuando un niño llora un guardia aparece, si se te cae por accidente algo en medio de la calle un guardia te agarra por detrás y te cachea para saber que es lo que llevas encima. Parece que somos delincuentes y presos. Y esto está empezando a parecerse a una prisión. Si antes ya controlaban tu vida al centímetro ahora lo quieren controlar todo, lo que haces, lo que piensas, lo que dices,... todo.
La plataforma está volviendo a ser construida. Hace unos pocos días grandes camiones de metal circularon las calles y se instalaron en la plaza. Muchos guardias salieron de entre los camiones y empezaron a recoger todos los trozos de la explosión. Horas después sacaron la primera pieza de metal. Dentro de pocos días volverá a estar en funcionamiento. Pero ahora algo está ocurriendo.
La gente está pintando en las paredes ángeles. En cada rincón oscuro, en una puerta, en una ventana incluso en algunos árboles del Bosque Prohibido.
Un ángel.
El Ángel de las Sombras, le llaman.
La persona invisible que fue capaz de pasar sin ser visto delante de los guardias e hizo explotar en mil pedazos la plataforma.
Yo.
Por la ciudad circula cada día la historia de que un ángel salvador que se esconde en las sombras que protege a la ciudad. Susurran sobre la destrucción sin miedo a que les maten por ello.
Puede que esto sea el principio del fin. El principio de la guerra que pondrá fin a lo que comenzó hace tantos años. Aunque la guerra ahora parece tan lejana. A nadie se le ocurriría hacer una guerra si es que tiene un poco de sentido común. Una guerra ahora significaría solo una cosa. Perder. Y perder haría más fuertes a los Superiores y a todos los que ahora controlan Oshlium.
Aunque puede que una guerra de otra manera, en el momento exacto y con los planes adecuados si pueda. Sólo necesitamos algo que poca gente tiene en estos tiempos: esperanza. Pero yo la tengo.

Camino por las calles rápidamente. Acabo de pasar por delante de unos guardias y no han dejado de mirarme en todo momento. Imbéciles.
¿Y si sospechan de mí?
No, no lo hacen. Miran a todo el mundo. No te sientas especial, miran a todos no solamente a ti. Eres una ciudadana más de los miles que hay. No te sientas importante.
Respiro hondo y ando más lento. Sin previo aviso un grito resuena a pocos metros de mí.
Un circulo de guardias y gente hay en medio de la calle. Me acerco corriendo. Unos tres guardias agarran a la mujer que me reconoció el día de la explosión mientras la intentan inmovilizar. Mierda. Tenía que huir.
Alguien con una capucha se acerca. No es normal que alguien lleve capucha (salvo yo, claro está) Le observo. Tiene un cuchillo en la mano. Le miro atrás de la capucha. El preso. Ah, no.
Le agarro del brazo y tiro de él empujándole detrás de una tienda. Él me intenta pegar puñetazos pero le agarro el brazo y le piso la pierna.
  • ¡Tranquilízate! -no para de forcejear- ¡JODER PARA! -me mira y se queda quieto.
  • No lo entiendes.-susurra.- Tengo que hacerlo.-grita.
  • Pues claro que lo entiendo. Si te ven, estás muerto. -me intenta pegar un puñetazo pero me agacho a tiempo- ¡Escúchame! No puedes salvarla. Y menos con eso -digo señalando al cuchillo con la cabeza. El hombre baja la cabeza- Pero yo sí. -me mira- Escucha atentamente. Tú no te vas a mover de aquí, ¿está claro? -tras algo de tiempo confuso asiente- Aunque escuches un grito, o aunque escuches diez. No te mueves. -asiente de nuevo.
  • No vas a poder hacer nada.- suelta.
  • Yo fui quién hizo estallar la plataforma.- me levanto y al hombre se le descompone la cara.- Ve hacia la tienda del señor Harris y escóndete detrás de las cajas que hay en la calle siguiente. Espérame allí.- me agacho, cojo el cuchillo y salgo corriendo.
En la calle los guardias han conseguido mover a la mujer. Tengo un plan. No sé como pero lo tengo. Me pongo la capucha y agarro el cuchillo con todas mis fuerzas. Estás loca, Isia. Demonios si lo estoy. Esto va a ser difícil.
Una mujer de unos cuarenta años observa la situación al lado de la pared. Me acerco a ella y le agarro de la cabeza poniendo el cuchillo en su cuello. La mujer grita.
  • ¡QUE NADIE SE MUEVA O LA MATO!
Los guardias se paran y dejan en el suelo tirada a la mujer, que no para de gemir mientras se toca las muñecas. Toda la calle me mira, estupefacta. Perfecto.
  • ¡VOSOTROS!-señalo a los guardias con el codo- ¡ALEJAROS DE AHÍ!- los guardias lentamente se alejan de la mujer mientras se dispersan por la calle. Todos están con la boca abierta, sin saber como reaccionar. Supongo que no habrán visto en su vida a alguien a punto de matar a una persona delante de guardias, a nadie cuerdo se le ocurriría eso. Menos mal que yo no lo estoy.
    Por hacer esto me torturarían mil veces. Que pena que no vallan a poder hacerlo.
    Los guardias se acercan lentamente, preparando sus armas en la espalda. Cada vez están más cerca. 
    Que empiece el espectáculo. Empujo a la mujer contra los guardias y dos de ellos caen. El tercero corre hacia mi, me agacho esquivando la pistola y le clavo el cuchillo en la pierna. El cuchillo se hunde en la carne del guardia. Los trajes tienen una coraza en el pecho pero las piernas solo están cubiertas por los pantalones. Estúpidos.
    El guardia grita y saco el cuchillo. Clavarle un cuchillo no era sólo mi idea principal. Le agarro de la cintura y paso el cuchillo por sus pantalones, rompiendo la hebilla. Y caen, dejando al aire los calzoncillos blancos del guardia, que cae al suelo.Esta imagen se me quedará grabada en mi mente toda mi vida.
Corro hacia la mujer. Le agarro de la espalda y le ayudo a levantarse, sin tocarle los brazos.
  • Vamos.
La mujer me mira y sus lágrimas paran. De repente sonríe y me toca la cabeza.
  • Un ángel.-susurra riendo.
Levanto la vista. Toda la calle me está mirando. Mirando al encapuchado.
Entonces lo veo en sus rostros: esperanza.
  • ¡COGEDLE! -grita de repente un guardia.
  • Señora, hay que correr.
Y corremos. Nunca pensé que la mujer podría correr tan rápido. Corremos por la calle estrecha que está conectada con la principal. Llegamos a la valla y la ayudo a subir. La dejamos atrás y nos pegamos a la pared. Se escucha los ruidos que hacen las pistolas al chocar con el caparazón. Esperamos y los ruidos se van. Corremos. La trampilla está cerca. Solo unos pasos más. Solo unos pasos.
  • ¡Alto!
Mierda. La mujer se para y yo me voy la vuelta. El guardia está mirándome, preparado para luchar. No puedo evitar reírme. Es el guardia al que le patee el culo el otro día. Siempre habrá tiempo para repetirlo.
Me acerco hacia él y me echo a un lado esquivando su patata. Demasiado fácil. Le agarro la pierna antes de que la baje y tiro de ella hacia mí. Antes de que choque conmigo le pego una patada en el estómago y cae al suelo. Le cojo la pistola y se la pongo en el cuello.
  • Te hace comer suelo una tía y un encapuchado te restriega por él. Tienes un serio problema con el suelo, muchacho.
Le pego fuerte con la pistola y se queda en el suelo. Necesitamos tiempo para escapar.
Agarro a la mujer del brazo, que está mirándome sonriente y corremos. Sólo unos pasos más.
La trampilla. La abro y dejo a la mujer pasar primero, me meto y cierro colocando la tapadera. Los conductos.
  • Vamos, su marido le espera.
Echo a correr,con la mujer agarrándome la mano. No paramos. Los conductos están oscuros pero yo los conozco demasiado bien para equivocarme.
Llegamos a la pared. La palpo con las manos hasta que encuentro la escalera y empiezo a subir. La mujer me copia y sube también. Levanto los brazos y empujo la tapa de la alcantarilla, conseguimos salir.
El callejón. Detrás de unas cajas distingo al preso. Bien hecho. La mujer grita y corre hacia el hombre, que la abraza fuerte y le besa el pelo. Y, bueno, pues se saludan a su modo.
Yo me quedo mirando. No sé que más hacer. La pareja se está besando o eso creo.  Que cosa más rara.
¿Cuánto tiempo llevan sin verse por dios?
 Tengo que pensar en otra cosa. Mis pulmones arden. Centro mis pensamientos a los pulmones. Pulmones... pulmones. Me acabo de dar cuenta de que no tengo ni idea de que forma tienen. ¿Serán redondos o cuadrados? 
Tendré que buscarlo algún día.
La pareja para y se ríe. Se dan la vuelta y corren hacia mí. Menos mal que se han acordado de que sigo aquí. 
  • No puedo explicar como me siento ahora mismo.-dice el hombre, ahora que sonríe parece guapo- Lo que has hecho...-se para y me mira a los ojos- Todo lo que has hecho. Hiciste que no me ejecutaran y ahora salvas a mi esposa de una ejecución inminente. Estaremos en deuda contigo siempre.
  • No me deben nada.- digo dándome la vuelta.
Me agarran del brazo y me doy la vuelta. Me encuentro el rostro lloroso de la mujer y vuelvo a recordar el día de la explosión.
No podrá tener más de cincuenta años, pero aún así parece más vieja. Incluso tiene algunas canas. Eso es lo que te hace vivir bajo el techo de un mundo de esclavitud. Pero aún así es guapa.
  • Eres nuestra salvación.-susurra- Lo sé. Lo supe el día que te vi. Estás destinada a volar, ángel. No dejes que nadie te corte las alas. -me da un beso en la frente y se van. No sé a dónde. No sé que ha pasado en la calle. No sé si al salir un guardia estará esperándome y me matará. Sólo soy capaz de quedarme mirando la pared.
Hay un gran ángel pintando de blanco en ella, con unas enormes alas que se despliegan a lo largo de la pared, imponente.
No dejes que nadie te corte las alas.
No soy débil. Nadie puede herirme.
Puedo parecer frágil, pero soy irrompible.
Ya no seré cristal nunca más, mis venas ahora son fuego.
No volveré a derramar lágrimas, sólo derramaré las de mis enemigos.
He sido débil, he llorado y me he roto pero ahora soy un ángel.
Y todos saben que nadie puede vencer a los ángeles.
Cuando la luz salga de entre la oscuridad será el principio del fin.
Entonces, seré libre. Juro por el mundo que seré libre.
El mundo lo será.


Unos brazos me rodean y me aparto corriendo. Adonis se ríe y su risa de superficial resuena en mi cabeza.
  • Lárgate. Me duele la cabeza y que tú estés aquí no ayuda.-le pego un empujón y me doy la vuelta, me estrujo la cabeza con los brazos.
Su risa vuelve a resonar. Se sienta a mi lado y se pasa la manos por el pelo. Me intenta abrazar de nuevo.
  • Vamos, hermanita, nadie puede resistirse a mis abrazos.-dice.
Ahora mismo le pegaría un puñetazo bien fuerte en todas sus...
  • Vamos no te enfades. -apoya la espalda en la pared y estira las piernas, pone sus brazos detrás de su cabeza entrelazados.- ¿Te has enterado de lo que ha pasado hoy? Un capullo por poco mata a un guardia y ha secuestrado a una mujer.
Me quedo de piedra.
¿Un capullo? ¿Secuestrado? ¿Pero qué demonios? Yo no he secuestrado a nadie. La he salvado de una muerte lenta. Son dos cosas diferentes.
  • ¿De qué hablas? -pregunto apretando los puños.
Mi hermano cierra los ojos.
  • Pues eso. Un tío ha aparecido en una calle le ha clavado un cuchillo a un guardia, por poco se carga a una mujer y se ha secuestrado a otra. No se sabe dónde está la mujer ahora. Probablemente esté muerta.
¿¡MUERTA?! No sé donde están. Si cogiditos de la mano caminando por yo que sé donde o tumbados en el bosque o encima de un tejado, pero muertos no eso es seguro.
  • Bueno, pues eso era. -dice. Abre los ojos y me mira con el ceño fruncido- ¿En serio no te has enterado? ¿Qué estabas otra vez en una esquina amargada huyendo de la gente o estabas tirando piedras a los niños?
Me abalanzo sobre él y le estampo la cabeza contra la pared.
  • ¿Te importa tu cara? Porque en diez segundos te voy a dejar sin ella.
Se queda mirándome, serio y por una vez pienso que tal vez haya una posibilidad de que deje de ser el creído estúpido tío me-creo-que-soy-un-dios y sea un hermano de verdad.
Entonces dice:
  • Nadie va a quererte nunca como sigas así, estúpida.
Toda posibilidad, por muy microscópica que sea, se evapora.

La plaza y la calle principal está abarrotada. Miles de personas hablan a la vez y se mueven de un lado para otro sin sentido.
Ya ha empezado.
La elección.
En cinco puertas de cinco familias aparecerá el signo negro de los Superiores, una pirámide, y entonces un chico se irá a no se sabe donde para no volver.
Nadie sabe porque se los llevan. Ni con qué fin. Simplemente las familias apuntan el nombre de los elegidos en una de las cinco placas de metal que colocan en la plaza, rodeando la plataforma, y esos se irán para luchar o para morir a dónde quiera que les llevan los guardias. Lo único que se sabe es que todo el que se va nunca vuelve.
Los guardias dicen que el hecho de que elijan a tu familia es todo un honor, porque eso significa que los Superiores te conocen y han puesto fe en ti ya que ellos mismos elijen a las familias. Todos se lo creen y sonríen cuando ven una pirámide en su puerta. Pero yo no.
Hay algo que no cuadra. No pueden llevarse cada año cinco chicos, hacer creer a todo el mundo que van a ser alguien importante y luego hacerles desaparecer sin dejar rastro. No veo nada de honor en eso.
Camino tropezando con la gente y consigo salir de la calle sin que nadie me haya pisado ni tirado al suelo. Las calles están infectadas de guardias. Lo que hice el otro día debe de haberlos asustado bastante a los de arriba. No dejo de mirar al suelo hasta que los dejo atrás.
Atravieso la calle y llego a mi casa. Pero no puedo verla. Hay una masa de gente delante. Me acerco a empujones apartando a la gente para avanzar cuando tropiezo con mi padre. Está mirando hacia delante, embobado. Miro atrás y me encuentro con una masa de gente que mira hacia delante con la misma cara que mi padre.
Vuelvo la vista hacia donde miran.
Delante está mi madre abrazada por mi hermano y más delante está mi casa. Pero hay algo raro. Algo que no encaja en ella. Algo que nunca esperé ver en mis propios cimientos.
Una pirámide negra.





sábado, 23 de noviembre de 2013

2.


Dejan de sonreír. Me parece que es la primera vez que una tía se ríe de ellos. Para todo hay una primera vez. 
-Repítelo, puta -me escupe el que antes me gritó- , y te lo haré tragar.
Ha elegido mal día para desafiarme. Le miro a los ojos y digo:
-Quiero. Ver. Vuestros. Culos. Arrastrarse. Por el suelo. -sonrío y digo lentamente-
C a b r o n e s.
Tiran las armas y se acercan. El fuego arde en llamas en mi pecho.
El gritón me lanza un puñetazo pero me agacho y le pego una patada en la pantorrilla. Da un traspié y se cae al suelo. Grita de furia.
Las llamas me corroen.
El segundo embiste y corre hacia a mí, me aparto a tiempo y le pego un codazo en la espalda, haciéndole comer el suelo. El gritón vuelve a levantarse.
-Hija de puta. Voy a matarte.
Río. Qué patético.
Se tira sobre mí y me pega un puñetazo en la cara. Una sacudida de dolor me traspasa la cara. Levanto la rodilla y le doy fuerte en la entrepierna. El gritón grita y se lleva las manos a las piernas tirándose al suelo. Giro colocándome encima de él y le pego un puñetazo en el mismo sitio en el que él me pego antes. Unos brazos me sujetan por detrás y me levantan. Me pega una patada en la espalda y grito. Hijo de... Me impulso con las piernas y doy una voltereta haciéndole caer hacia atrás. Me suelta los brazos. Gritón me agarra de las piernas y tira. Mi cabeza da contra el suelo. El segundo me agarra de por los brazos. Lleva una pistola en la mano. Se la pasa a Gritón. Me apunta.
El fuego sigue.
Sangre sale de su boca y su nariz, se la quita con la mano. Sonríe con su boca de sangre.
Me agarran los brazos y las piernas, que pena que no sean bastante listos. Le pego un cabezazo y me suelta los brazos. Gritón afloja la presión y consigo quitarle la pistola con el pie. Aterriza en el suelo a pocos metros. Me levanto y corro a por ella.
Un grito brutal se escucha tras mi espalda.
Gritón está de pie, con las cuencas de los ojos blancas y la cara gris. La boca llena de sangre tan abierta que parece estar apunto de caerse. Se derrumba en el suelo. Empieza a salir sangre de su boca a borbotones. Un hombre con una pistola en la mano aparece detrás de él. Para ser un guardia no lleva puesto el caparazón explicito, sino una camiseta pegada negra. Tampoco puede pasar de los veinte. Me está mirando. El segundo guardia se está arrastrando por el suelo sin dejar de mirar el cuerpo de su amigo.
El tipo de la chaqueta le mira y dice:
-Levántate -vocaliza cada letra con desprecio, me gusta- Ahora.
Rápidamente se levanta y se pone recto como una estatua. Una carcajada se me escapa y el tipo de camiseta vuelve la vista a mí. Sus ojos marrones se pasean por todo mi cuerpo esta vez.
No dejes que te intimide.
Vuelve a mirarme a los ojos y... sonríe.
Se da la vuelta.
-Tráemela -dice.

El guardia se me acerca pero se para y me hace una señal con la cabeza de que ande. Buen chico. Empiezo a caminar. Voy a entrar en el Batallero. La primera chica que entra, y soy yo.
Atravieso la puerta dorada. Al final de un pasillo de color blanco, aparece una enorme sala aparece. En las paredes hay soportes llenos de espadas, cuchillos y otros objetos afilados. A un lado hay unas barras de las que cuelgan tíos sudorosos sin camiseta haciendo flexiones. Al lado hay pesas amontonadas y varios hombres están levantándolas. A la izquierda hay una sala más grande con dos tíos luchando cuerpo a cuerpo.
-Valla espectáculo que has montado ahí fuera, ¿eh?
Me giro. El tipo de la camiseta negra está de cara a mí apoyado en la pared con los brazos cruzados a la altura del pecho. Ahora que estamos solos, con la luz del pasillo le veo mejor.
Al contrario de los demás guardias no tiene el pelo tan corto casi rapado, sino lo tiene largo y despeinado. De un marrón que brilla por la luz que se filtran por la claraboya del techo. Todos los guardias son musculosos y fuertes, él no es una excepción. A través de la pegada camiseta negra se le marca cada uno de los músculos. Es guapo y está bueno. El primer guardia que veo así. Le podría hacer sombra a Adonis perfectamente.
Pero hay algo raro en él, lo noto. Es como si... un aura extraña le rodease. En Aprendizaje me enseñaron a diferenciar las diferentes almas y auras, y sentir de algún modo extraño las vibraciones y todo ese rollo. Y, francamente, no se me daba tan mal. Pues hay algo extraño en él, lo sé.
Me apoyo en la pared y le copio cruzando los brazos.
-Tampoco ha sido para tanto.-respondo.
Alza las cejas y por primera vez se ríe. Para ser un tío que tiene pinta de poder dejarte KO en menos de cinco minutos tiene una risa bonita.
-¿Ah, no?-pregunta sarcástico ladeando la cabeza- Pues, si te soy sincero, eres la primera chica a la que veo pelear. E incluso es difícil ver a un chico pelear como lo has hecho tu. Es... impresionante. -Se incorpora y se queda en la mitad del pasillo, a pocos centímetros de mí.
-¿Creías que por ser chica no sabía pelear?-le replico.
Da un paso más.
-Sólo digo, que nunca había visto a nadie pelear así sin entrenamiento y siendo.... chica.
Resoplo.
-Machista.
Vuelve a reírse y se pasa la mano por el pelo.
-¿Cuál es tu nombre?-pregunta.
-¿Cuál es el tuyo?-pregunto.
Se queda largo rato observándome, como si estuviese evaluándome. Si lo que pretende es intimidarme no va a conseguirlo. Le sostengo la mirada.
De repente se relaja y susurra:
-Tengo muchos nombres. Pero el nombre que pusieron al nacer es Noah.
Noah. Nunca antes había escuchado ese nombre.
-¿No es nombre de chica?
Ríe y contesta:
-Es de chico. Pero nadie me llama así. Todos me llaman Jark.
-A mí me gusta más Noah. Jark suena a arcada.-respondo.
Estalla a carcajadas y me mira sonriendo.
  • Eres la primera persona que me dice eso. No se, ya no soy Noah. Solo Jark.
  • Pues yo no pienso llamarte Jark. No quiero que cuando te llame todos piensen que voy a vomitar.
Se pasa la mano por la boca y se rasca la nuca.
  • Puedes llamarme como quieras, preciosa. -da un paso más, está a poco centímetros de mí. Se agacha, susurra- Te diré un secreto: eres la primera persona que sabe mi verdadero nombre.- se queda parado unos segundos cerca de mi cuello y se aparta volviendo a la mitad del pasillo.
  • ¿Y porqué me lo has contado?
Frunce el ceño y se rasca la barbilla, como no si realmente no supiera la respuesta.
  • Si te soy sincero, no lo sé. -dice sin dejar de mirarme.
  • Osea, que le has dicho tu nombre secreto a una desconocida sin saber porqué. Valla, tu inteligencia me abruma.
Sonríe de lado y ladea la cabeza cual gato.
  • Ya sabía el hecho de que te abrumo. Llevas mirándome desde que aparecí en tu campo de visión, preciosa.
Además de estúpido, creído. Ya me doy cuenta de porqué es un guardia.
  • Es que era mirarte o mirar el cuerpo lleno de sangre del otro guardia. Y sinceramente no me apasiona ver cuerpos sin alma desangrarse.
Se queda con la boca entre abierta.
  • Aunque tal vez debería haberme quedado con él. Seguro que incluso muerto es más inteligente que tú. -remato.
Se queda varios segundos callado mirando la puerta.
  • No debió hacer lo que hizo. Tuve que matarle...-susurró como para sí.
  • ¿Porqué?
Se sobresalta como si se diese cuenta de mi presenta y me mira por un segundo con miedo. Pero vuelve a mirarme serio.
  • Yo solo lo tuve que hacer y ya esta.- mira al suelo y levanta la cabeza súbitamente- Todavía no me has dicho tu nombre.
Me incorporo y me dirijo a la puerta.
  • No lo necesitas -respondo.
No sé como lo hizo, pero aparece delante de mí, interponiéndose entre la puerta y yo.
  • ¿Cómo has...
  • Tu nombre.- me interrumpe.
Respiro hondo.
  • Isia. Es... Isia.- digo.
  • Isia. -repite- Me gusta.
Que tío más raro.
  • Vale me ha encantado esta conversación intelectual contigo pero tengo que irme. -no se aparta.- Vamos a ver, cielo, si no te apartas de la puerta, no puedo pasar, ¿comprendes?
  • Sabes que podría hacer que te ejecuten de la peor manera posible ahora mismo, ¿verdad? - Retrocedo y asiento- ¿No te importa? 
    Un escalofrío me traspasa por la columna vertebral. 
  • La verdad es que no. Ya me han enseñado todo eso de las normas de los Superiores y cómo debemos actuar y pensar y sinceramente, me importa una mierda. Puedes hacer que me ejecuten ahora mismo, que me claven un junker o que me torturen postrándome en el Santuario que seguirá importándome una mierda vuestras leyes.
Se supone que cualquier guardia habría estampado mi cabeza contra la pared y haberme clavado un cuchillo exparsor en la espalda, pero él sonríe.
  • Algún día volveremos a vernos, Isia. -acerca su boca a mi oreja- Estaré esperando.
Se va, despareciendo en el grupo de tíos sudorosos de los entrenamientos. Me quedo sola ante la puerta dorad con la sensación de que me ha hecho una promesa peligrosa.

Está lloviendo. Con la capucha puesta escalo la torre Halbo. La torre de metal parece más oscura hoy. Voy metiendo los pies en los barrotes y me encaramo a las barras impulsándome hacia arriba.
Llego a la cima.
Salto el último barrote y toco suelo por fin. El final de la torre tiene techo, así que me quito la capucha. Desde aquí se ve toda la ciudad. Me siento en suelo, apoyo la cara en la barra de metal de la barrera. A los lejos se ve el bosque, el bosque infinito. Y luego el cielo. Pero allí atrás, al final del bosque hay algo más. No sé el qué pero hay algo. Un día lo sabré y saldré de aquí. Les plantaré cara a los Superiores y entonces todo volverá a ser como en los tiempos en los que Oshlium se hacía llamar la Tierra.
Agarro fuertemente mi collar y cierro los ojos.
Voy a ser libre, cueste lo que cueste.

1.


El pitido suena, mi señal, empiezo a correr. Tengo el camino ya memorizado así que es fácil meterme por los callejones. A lo lejos se escucha el bullicio. La calle principal está abarrotada de gente que corre aturdida o que se cubre, me integro en ella. La gente se acerca al lugar de donde provino el ruido y yo voy con ella. Llegamos a la plaza.
No puedo evitar sonreír al verlo.
Lo conseguí: la plataforma de ejecución está doblada por la mitad, miles de trozos de metal están incrustados en el suelo, los guardias yacen en el suelo observando el lugar, el preso no está. La plaza está llena de rostros asombrados, rostros ocultando felicidad, rostros llenos de miedo.
Sonrío más y agarro fuertemente mi collar.
Entonces todos los rostros cambian. Tres docenas de guardias se despliegan por la plaza y vuelven los gritos. Mi corazón late rápido dentro de mi pecho. Actúo rápido. Me pongo la capucha y mi rostro queda oculto. Los guardias empiezan a cachear a los primeros de la muchedumbre. Poco a poco voy echándome hacia atrás. Los guardias se acercan. Voy caminando esquivando personas lentamente, pasando desapercibida.
Una mano se posa sobre mi brazo. Giro lentamente la cabeza. A través de la capucha veo el rostro lloroso de una mujer. Se acerca a mí y susurra:
  • Gracias.
Y se va, abriéndose paso entre la muchedumbre. Sigo caminando.
El ruido y los gritos se quedan atrás y llego al silencio de las calles desiertas. Camino rápidamente, sin quitar la mirada del suelo. Como no estoy segura de que nadie me haya seguido no me bajo la capucha.
He destruido la plataforma de ejecución. Ahora habrá un largo tiempo sin ejecuciones hasta que pongan una plataforma nueva, al menos eso espero.
No puedo olvidar a la mujer del rostro lloroso.
  • Gracias.
Supo que yo lo había hecho, que había hecho explotar la plataforma, y me dio las gracias por eso. Tal vez fuese la esposa del preso, por eso las lágrimas. Ojala hayan podido escapar, escapar lejos.
Escapar lejos, muy lejos...

Noté la sombra mucho antes de verla reflejada en la pared por la luz. Llevo largo rato caminando, y la sombra me sigue. Puede ser un guardia. Me han descubierto.¿Pero cómo? La capucha ha sido muy llamativa, quizás. O me vieron correr antes de que todo explotase. Maldición Isia.
Tengo que saber su identidad.
Para una persona como yo, solitaria, silenciosa y peligrosa, la ciudad se convierte en tu fortaleza. Saber cuando hay una calle oscura, una abertura, el hueco de una cañería o un callejón sin salida puede salvarte en los momentos en los que la muerte está detrás.
El perseguidor tiene que ser acorralado, y ahí sabré quién es y porqué me sigue.
Tuerzo en el siguiente callejón. Un callejón sin salida, lleno de cajas y basura. Como el perseguidor está a una distancia considerable trepo por la pared tomando impulso en muro y me escondo tras un balcón de hierro de una de las casas. Espero agazapada tras el hierro, mirando por los huecos de los barrotes. Segundos después la sombra tuerce y aparece en mi campo se visión. Se queda parado y empieza a caminar lentamente, observándolo todo.
Eso es.
Gracias a la luz que llega de la calle consigo verle la espalda. Lleva una camiseta celeste remangada por los codos. No es un guardia. Salto del balcón y camino por el muro observándole. No consigo verle la cara. A lo largo del callejón hay barras de metal desniveladas. Me apoyo en una y toco el suelo sin hacer ruido. No se da cuenta de mi presencia. Voy caminando agachándome en cada caja hasta que estoy a pocos metros de su espalda. Escucho su respiración rápida.
El fuego se propaga por mi cuerpo.
Le agarro del cuello y lo empujo contra el muro. Mi perseguidor suelta una exclamación y se estampa ruidosamente contra el muro, arrastrándose por la pared hasta el suelo. Le hago levantarse y le levanto la cara.
Estúpido.
-¿Qué haces aquí, Adonis?-pregunto.
Mi hermano se queda mirándome respirando pesadamente y cuando le suelto se lleva las manos al cuello y se lo masajea.
-¿Así tratas a todos los que entran en callejones? -dice y resoplo.
-Sólo a los que me persiguen. -me aparto el pelo de la cara y me alejo de él.
Adonis se coloca la camiseta y se apoya contra el muro de nuevo, con las manos metidas en los bolsillos de los pantalones y una pierna flexionada contra el muro. Imbécil.
Lo peor de ser guapo es que lo sabe. Y se lo cree. Encima tiene ese nombre, Adonis, uno de los dioses más hermosos que consiguió enamorar a la misma afrodita. Pero que al final murió atacado por un jabalí. Estúpido.
Y es que parece un dios. O algo parecido. Hace deporte, solo corre y tal vez haga flexiones y poco más, pero aún así cuando se pasea por la plaza con la camiseta quitada hace que todos se queden mirando las formas de su cuerpo. En realidad, todas. Se puede decir que todas las mujeres de la ciudad han oído hablar de Adonis, el dios renacido (así le llaman). Su pelo rubio que aunque lleve días sin peinarse parezca una obra de arte y sus ojos color cielo completan toda esa patraña del dios. Además de que es molestamente amable y está continuamente ayudando a todos.
Luego estoy yo. Todo dios tiene una sombra, y esa soy yo. La sombra que pasea por las calles sin ser vista.
Yo también tengo nombre de diosa. Bueno, a medias. Mis padres cambiaron la última ese por una a y en vez de ser Isis, la reina egipcia de todos los dioses, soy Isia, y ya está.
La verdad es que no soy amable y eso hace que me meta en continuos problemas. Y no pienso como los demás. No me gusta tragarme las cosas y en este mundo eso es malo, muy malo. A pesar de ser una chica, sé luchar, mejor que los tíos más fuertes de la ciudad incluso. Aprendí a pelear cuando sólo era una niña. Odio ser débil. Ser débil significa tener debilidades, y si las tienes ellos pueden hacerte daño.
Nadie puede dañarme, ni nada.
-Bueno, yo voy a seguir andando. Busca a más gente a la que perseguir.- me alejo del callejón. Los pasos de mi hermano resuenan detrás de mí.
-Eh, Isia -mi hermano me agarra del hombro y yo le pego un tirón, me doy la vuelta. Sonríe.- vamos, no te enfades, sólo quería saber si estabas bien. -pone su sonrisa de soy-un-dios-y-por-eso-te-derrites-por-mi-sonrisa-porque-me-lo-tengo-creído.
Imbécil.
Me río.
-Qué buen actor eres, hermanito. Por poco hasta me creo que te importa. Por un poquito. -camino hacia atrás sin despegar los ojos de él.-Vas a tener que seguir practicando.
Sigo caminando alejándome de él incapaz de no reír al recordar la cara has-herido-mi-ego al irme.

Apenas está amaneciendo cuando salgo de casa. La ciudad está en silencio. Correr a estas horas es lo mejor. Nadie está para mirarte ni para susurrar cosas cuando pasas. Eso es lo último que necesito. Huyo de las calles principales, me reservo a los callejones saltando los obstáculos. Salgo de la ciudad.
Después de la ciudad solo hay bosque... y la nada. No hay nada más, nada más que nadie sepa. Nadie ha salido de la ciudad. Salvo los guardias y los Elegidos.
Rodeo el bosque sin adentrarme en él. Mejor no hacerlo si no quieres que te pongan de rodillas en la plataforma de ejecución y que te claven un jurken en el brazo.
Ya empieza a amanecer. Las primeras luces del días se filtran por las ramas, haciéndolas brillar.
Algún día traspasaré el bosque y nadie me cogerá. Entonces por fin seré libre.
Algún día.
Desde donde estoy se puede ver el Batallero. El Batallero es un edificio anguloso de mármol hecho por los Superiores donde algunos jóvenes van a aprender a luchar y a prepararse por si algún día es Elegido. Allí se llevan largo tiempo peleando y usando armas mientras se fortalecen y aprenden a defenderse. Pero solo hay tíos. Los Superiores tienen prohibido a cualquier chica estar en cualquier Batallero. Nunca ha habido una Elegida. Machistas asquerosos.
Voy ralentizando el ritmo y empiezo a caminar. Mi corazón vuelve a latir lentamente en mi pecho. Paso enfrente del Batallero. En la puerta dorada hay dos guardias que me observan, mirándome de arriba abajo. No pasan de los veinte años. Llevan puestos el traje negro pegado al cuerpo marcando de cintura para arriba cada músculo protegido por una coraza que hace los parecer más fuertes que te dice 'soy un guardia, apártate', con una pistola del mismo color que el traje aguantada en la mano derecha. Son unos creídos. Casi tanto como Adonis.
Una vez escuché que un guardia cogió a una chica y la violó por diversión, nunca se supo más de ella. Y más innumerables historias asquerosas sobre ellos.
Al llevar tanto tiempo corriendo estoy cubierta de sudor que hace que se me pegue la camiseta a la piel y mi pelo brilla por el sol algo despeinado sujetado por la coleta. Mis pintas tienen que ser impresionantes. Los guardias se miran y se ríen.
-¿Cuando tenemos el relevo?-pregunta uno sin dejar de mirarme.
-Dentro de quince minutos.-responde otro sonriendo de lado.
-Eh, preciosa -me dice elevando la voz- pásate dentro de quince minutos y nos divertiremos.
Me paro delante de ellos y sus sonrisas asquerosas aumentan. El fuego se enciende.
-Por supuesto que me pasaré -respondo poniendo los manos en las caderas- para ver como vuestros culos se arrastran por el suelo, cabrones.