viernes, 21 de febrero de 2014

13.


Nunca he estado en una sala de entrenamiento, por la sencilla razón de que nunca he tenido ningún entrenamiento ni ninguna práctica de lucha. Sólo vislumbré lo que era el Batallero desde la lejanía de la puerta, pero nada ha llegado más allá.
Hasta hoy.
Después de la inquietante charla de Noah,el silencio desapareció de repente. Pensé que el día de hoy sólo constaría de la prueba y de la charla para meternos miedo; pero ni de lejos. Cuando todavía el silencio sucumbía la habitación los guardias empezaron a moverse: agarraron a un Elegido por los brazos y lo arrastraron hacia la puerta. Pero no fue el único. Uno a uno, los guardias que estaban a sus espaldas, los inmovilizaron por los brazos y los arrastraron a todos sacándolos de la habitación. Yo, por supuesto, fui la última. Parece que no conocen el dicho de 'las señoritas primero' por aquí. Aunque claro, por ser la última no voy a ser igual que los demás. Cuando les tocaba a los guardias agarrarme de los brazos me di la vuelta y les encaré. Uno de los guardias dio un paso atrás, los demás dudaron con los brazos un poco levantados. Entonces miraron a Noah, supongo que para recibir las nuevas órdenes. No me di la vuelta, después de haber visto la otra cara de Noah no sabía si sería capaz de aguantarle la mirada sin pegarle un puñetazo; y eso, esta vez, no me la iban a dejar pasar. Noah no es un guardia cualquiera, es más que eso. Así que pegarle un puñetazo no puede estar en mi mente a no ser que quiera una muerte inminente. Aunque tengo una cosa clara ahora, si tengo que morir quiero que sea de esa manera: por haberle pegado una paliza. Así moriré, me matarán, de la peor manera posible, sí, pero al menos moriré con la satisfacción de que antes de quedarme sin latidos le he dejado sin cara.
La leve risa de Palham me resonó en el oído. Me volteé a mirarle y vi que estaba mirando a los guardias con un brillo divertido en los ojos. Miré a los guardias, ellos habían dado un paso hacia atrás, colocándose al mismo nivel que el otro guardia. Y comprendí. No me iban a arrastrar como a los demás, iba a salir con mi propio pie. Esta vez, a pesar del dolor de la cara, me reí. Aunque claro, después de hacerlo me arrepentí, un dolor tremendo me atravesó por toda la cara y el labio me empezó a temblar. En ese momento me di cuenta del penoso aspecto que tenía que tener. Apenas he dormido en días, no me sorprendería que tuviese unas ojeras terribles. Por no decir que todavía me quedan secuelas de la pelea con Cicatrices, y ahora por la pelea con los guardias. Pero me compadecí de mi aspecto al ver el de los guardias: la sangre se les había secado y eso hacía que tuvieran un aspecto más asqueroso que el de antes. Al primer guardia se le había coagulado la sangre en torno a la boca y su labio parecía que había explotado por un lado, además bajando el cuello tenía chorreando bastante sangre. También tenía la boca algo doblada en un ángulo extraño así que supongo que se le habrá desencajado la mandíbula. El segundo no tenía mejor suerte: la nariz estaba doblada en ángulos extraños por la rotura y también se le había secado la sangre que tenía al rededor de la nariz, y por los orificios de la nariz todavía caía sangre que llegaba hasta la barbilla y le caía sobre el pecho. El último no tenía la cara tan destrozada, sólo tenía un poco de sangre por la nariz y unas cuantas magulladuras sobre las mejillas. Pero su mano parecía que había sido un intento de mutilación: el dedo índice estaba lleno de sangre y parecía que le faltaba gran parte de dedo. Lo mejor de todo es que tenía grabado mis dientes en su mano, así recordará por un tiempo quién le ha hecho eso. Los tres presentaban un aspecto deplorable, por no decir patético. En esos casos me reiría en sus caras pero la verdad es que no quería que volviese a pasar lo de antes, ya se lo que es reír después de que te hayan pegado un puñetazo en la cara.
Miré una última vez a los guardias e hice un asentimiento con la cabeza de modo de agradecimiento. Podría parecer que les agradecía por haberme dejado largarme sola pero en realidad era por haberme alegrado con la paliza de esta mañana. Después de días llenos de angustia y desesperación me merecía tener algo de diversión, digo yo. Volví la vista a Palham y empecé a andar hacia la puerta. Los guardias empezaron a caminar unos metros separados de mi, pero una voz resonó a nuestras espaldas:
-No. Vosotros os quedáis, tenemos asuntos que aclarar -su voz no había cambiado, seguía sonando dura y fría, todavía con esa carga de odio. No había cambiado, y eso hizo que me estremeciera.
Los guardias se pararon y dieron la vuelta pesadamente para enfrentarse a lo que se que signifique asuntos pendientes, y para su tono de voz no será nada bueno. Sentía los ojos de Noah en mi espalda, siguiendo cada movimiento. Apreté los puños y centré mis pensamientos en la puerta. Cuando atravesamos la puerta y giramos hacia otro pasillo Palham me pasó el brazo por los hombros.
-No sabes lo orgulloso que estoy de ti -susurró. Hice una mueca, a modo de sonrisa. Yo también estaba orgullosa -. No sé como lo has hecho, pero lo hiciste. ¿Cómo supiste que venían a por ti?
-Fácil. Porque los escuché -respondí.
Me miró por unos segundos sin comprender hasta que asintió con la cabeza.
-¿Cuánto tiempo llevas sin poder dormir? -preguntó, con un tono extraño.
-Desde que supe que sería la Elegida -le respondí. No quería reconocerlo pero, era verdad. No iba a contarle nada acerca de mi angustia ni mi preocupación, pero al menos eso podía contárselo. Al decirlo un suspiro salió de mi pecho. No estoy acostumbrada ha decir como me siento, y hacerlo me hace sentir transparente, como si me estuviese exponiendo ante todos.
Se paró y se volteó hacia mí. Por un momento se limitó a mirarme, con un brillo raro en los ojos. No sabía como interpretar aquello. No era la primera vez que Palham me miraba así, con esa mirada cargada de dolor y tristeza, además de algo más. Y no podía identificar que era aquello. Entonces caí en la cuenta de algo: se parecía al modo en el que Jolsan me miró, pero con más tristeza y dolor recargado. Tenía que hablarle de Jolsan a Palham, al menos si quería tener una pregunta sin respuesta y una incertidumbre menos. Pero mis pensamientos se dispersaron cuando, de repente, Palham se agachó y me abrazó. No era un abrazo que se da para infligir algo de compasión, en señal de que todo iba a salir bien; era todo lo contrario. Parecía como si Palham se estuviese ahogando y yo fuese oxígeno, se agarraba a mí con tal fuerza que tenía miedo de que se me rompieran los huesos. Tenía la cara hundida en mi pelo y noté que su cuerpo tiritaba, pero no porque tuviese frío. Era como si estuviese llorando por dentro, su cuerpo se estremecía por los gritos silenciosos. Conozco perfectamente cómo es eso, en eso soy toda una profesional. Hay personas como yo que no podemos permitirnos llorar por fuera así que tenemos que hacerlo por dentro, donde nadie nos puede oír ni ver. Después de haber recibido aquella paliza cuando era pequeña no volví a llorar exteriormente, pero eso no significaba que no lo hiciese por dentro. Y eso estaba haciendo Palham. No supe como reaccionar ante aquello, ese arrebato de emociones tan dolorosas. Por un momento el dolor de Palham me abrumó, pero se esfumó después de los pocos segundos que duró el abrazo. Se separó de mi pero no se ocultó, sino que me miró directamente a los ojos.
-No tengas miedo, no pienses que estás sola; porque no lo estás. Aunque tu no lo sepas hay personas a las que les importas y están cuidando de ti. Nada va a pasarte. Tu antigua vida se ha ido, ya no tienes que sufrir en soledad. Recuerda esto, pequeña guerrera.
Después de eso Palham volvió a ser como antes y me sonrió, y era una sonrisa de verdad. Me condujo entre pasillos hasta que llegamos a una gran puerta, pero yo apenas me di cuenta de que estaba parada como una estúpida delante de una puerta abierta. Las palabras de Palham todavía me tenían confusa, no podía parar de darle vueltas una y otra vez. ¿Era verdad? Si lo era entonces hay personas que confían en mi y que quieren protegerme. Eso es esperanzador... y a la vez escalofriante, por el hecho de que no se quienes son.
Hasta este momento no me di cuenta lo que tenía ante mis ojos. Era lo que siempre quise, lo que tantas noches soñé con poder entrar, lo que tan prohibido tenía. Una sala de entrenamiento. No se describir como es, sobre todo por las dimensiones que tiene. Es enorme, tanto de largo como de ancho.
Y las cosas extrañas siguen.
Por supuesto que nunca he visto bien lo que es una sala de entrenamiento, pero esto no se parece en nada a lo que se supone que debe ser. Esta lleno de maquinas extrañas hechas de metal negro, aunque no son más que meras platas de metal con una vara a modo de soporto que las ancla al suelo. La sala está llena de grandes construcciones angulosas, llenas también de desniveles, como una pequeña copia del edificio.
Los Elegidos están sentados a un lado, en lo que parece unas gradas altas de metal negro. Empiezo a cansarme de su obsesión con las cosas negras, la verdad. A petición de Palham me acerco a la grada y me siento en la fila de arriba. Noto unos golpecitos en mi hombro y veo a Dainel a mi lado. Cuando subí las escaleras para llegar a la última fila me negué a mirar a nadie, aún sabiendo que todos me estaban mirando, así que no sabía con quien me había sentado. Y, francamente, no me importaba pegarle un puñetazo si se pasaba de la raya. Pero ahora lo del puñetazo se ha borrado de mi mente. Agradezco tener a alguien que no me produzca fuego por las venas, aunque solo sea una persona. La verdad es que Dainel me da una sensación de paz, de algún modo. Sobre todo por sus miradas sinceras. Y, digamos, que por aquí la sinceridad no es algo que muchos practiquen.
-Un poco más y te los cargas -me susurra agachando la cabeza, con una sonrisa en la boca.
Estúpido. Le pego un codazo y le señalo mi boca, él ríe y asiente comprendiendo. La próxima que intente hacerme reír no dudaré en pegarle una bofetada.
-Si ellos me atacan yo les ataco. Así es como funciona -respondo, encogiéndome de hombros.
-Recordaré eso -murmura, sin dejar de mirar a todos lados. Mira con desconfianza hacia los guardias que están enfrente de la grada, además de a los otros Elegidos. Por eso habla tan bajo, para que nadie escuche sus palabras. Parece que hay otra persona que no confía en nadie, además de mi -. ¿No tienes la sensación de que están vigilándonos? -susurra, de repente.
Le miró incapaz de articular palabra. Tengo esa sensación todo el tiempo. Como si unos ojos invisibles estuviesen observándome todo el tiempo, por la espalda; pero, por supuesto, nunca hay nadie mirándome. He llegado a pensar que puede ser una efecto secundario del cansancio y el estrés, pero que Dainel también lo admita aclara mis sospechas.
-Como si estuviesen observándonos en cada movimiento que hacemos -susurro, bajando también la voz.
Dainel por fin vuelve la vista hacia mí y me clava sus ojos azules. Tiene mejor aspecto, las ojeras ya han desaparecido y tiene mejor color de cara. El miedo ya ha desaparecido completamente de sus ojos, tiene el pelo peinado y, por fin, se ha cambiado de camiseta. Menos mal, porque llevar la misma camiseta después de pelear no creo que sea saludable para la gente que tenga que respirar cerca suya. La verdad es que parece otro. Ahora parece un tío malo, con su camiseta negra dejando ver sus brazos musculosos tan pegada al cuerpo que deja libre a la imaginación.
Bueno, aunque en realidad aquí todos lo parecen.
-Exacto -susurra a escasos centímetros de mí. Siento su aliento en mi nariz – Yo creo que puede que esto esté lleno de cámaras.
Me enderezo y me acerco más a él.
-¿Qué quieres decir?
-Pues -responde-, si te das cuenta hay muy poca seguridad para tener un edificio lleno de personas con entrenamiento suficiente para matar a alguien. Los dos lo hemos comprobado. La primera vez, bueno, segunda vez -se corrige- que nos conocimos. Tu estabas paseando por los pasillos y nadie te interceptó.
-Salvo tú -le recuerdo.
Sonríe, recordándolo, y asiente.
-Salvo yo -repite-. A lo que voy es que apenas hay seguridad -asiento-. Así que la única razón por la que hay tan poca es que nos tienen vigilados de otra forma, una forma más camuflada.
-Por cámaras -respondo, con el ceño fruncido. Tiene razón. Hay muy poca seguridad, apenas nos vigilan. Podemos salir cuando queramos de nuestras habitaciones y circular por los pasillos sin encontrarte con casi nadie. Así que tiene sentido. No van a dejar que paseemos como queramos por donde queramos. Nos tienen que controlar. Y el truco es que nosotros no sepamos que lo hacen.
-Bingo -asiente-. No se exactamente donde las tienen escondidas, pero las voy a encontrar.
Aparta la mirada, apoya la cabeza sobre la pared y cierra los ojos. En esa posición me recuerda a con Adonis. Una belleza tranquila, con la cabeza mirando al cielo, esperando algo sin nombre. De algún modo es como si se pareciese a él. Él no es Adonis. Por supuesto que no, Adonis es la persona más estúpida y rastrera que hay en la ciudad. Por no decir gilipollas. Él dio mi vida, la vida de su hermana, a una muerte segura solo para salvar la suya. Ninguna persona con algo de corazón lo haría. Pero claro, Adonis no lo tiene. Dainel es diferente. A diferencia de Adonis él sí tiene corazón. Yo misma lo he visto el día de la Elección, cuando tuvo que decir adiós a toda su familia. Él no es Adonis. Tal vez, en el pueda confiar. Tal vez.
-Te ayudaré -susurró.
Dainel abre los ojos y vuelve a mirarme. Me mira durante unos segundos, alarga la mano y agarra la mía. Me quedo mirando nuestras manos cogidas, los pocos segundos que dura nuestra unión. Dainel me da un apretón suave y sonríe.
-Gracias.
Unos pasos resuenan en la puerta y todos nos quedamos callados. Noah aparece en la sala, ni rastro de los guardias. No quiero pensar que les habrá pasado, por mi experiencia sé que Noah no trata muy bien, que digamos, a los guardias. Así que me espero lo peor. Se coloca en frente de las gradas y pego un respingo. Parece que ya vuelve a ser el Noah de antes (si es que ese Noah existe).
-Bien. Esta sala será vuestra vida el tiempo que yo crea conveniente. Aquí lo aprenderéis todo, hasta quién sois -dice Noah-. Aquí tendréis que demostrar vuestras habilidades y de qué madera estáis hechos. Aquí, es donde empieza todo. Ya demostrasteis en la jaula de lo que sois capaces, ahora os toca mejorar lo que tenéis aprendido.
No sé si ofenderme o no por su discurso ya que a mi nunca nadie me ha enseñado nada, así que no puedo mejorar puesto que no tengo nada aprendido. Solo sé lo que me ha enseñado la calle; y, creo, que eso no es a lo que Noah se refiere.
Como si me estuviese leyendo el pensamiento, Noah me mira. Sus ojos vuelven a tener esa calidez que era propio de él, pero ahora veo algo de oscuridad en ellos. Él me sonríe de lado, como siempre, pero yo no le devuelvo la sonrisa. Su sonrisa se esfuma y me mira confuso. Si pensaba que iba a tragarme su trola más vale que espabile, porque no voy a caer en su trampa. Segundos después aleja la mirada y mira a los demás.
-Vuestros primeros entrenamientos fueron de preparación física, así que lo primero que haremos será eso.
Uno de los Elegidos bufa.
-Yo no necesito más preparación física, ya estoy preparado.
Noah centra su mirada en él, otra vez con aire divertido.
-Entonces, acércate.
El Elegido duda unos segundos pero coge aire y se levanta muy erguido. Baja las escaleras y se coloca en frente de Noah. El Elegido es Cicatrices. A la velocidad del rayo Noah le ataca. Nadie vio venir su ataque. No sé que fue lo que hizo, una especie de llave quizás, pero su puño y sus pies impactaban por todas partes en el cuerpo de Cicatrices y en menos de seis segundos estaba tirado en el suelo con la cara estrujada contra el suelo.
-No estás preparado -dice Noah en el oído de Cicatrices.
Cicatrices se queda unos minutos tendido en el suelo, hasta que se levanta pesadamente, un crujido resuena y gime. Le ha tenido que hacer bastante daño. Un hilo de sangre le corre por la nariz y empieza a bajarle por la barbilla, pero él no hace nada para pararla. Intentando no mirar a Noah sube las escaleras lentamente, con la cabeza gacha, y se sienta de nuevo en su asiento. Creo que la poca dignidad que le quedaba después de haber sido vencido por una chica se ha esfumado. Qué pena.
-Lo que acabáis de ver es una demostración de lo poco preparados que estáis. La preparación que recibisteis no tiene nada que ver con la que vais a recibir ahora. Así que prepararse, porque va a ser duro -añade, sacudiéndose las manos.
Miro de reojo a Dainel y me sorprendo porque él también me está mirando. No se qué pensar. De entre todos soy la única que no tiene preparación y eso me pone en el nivel más bajo. No sé como fueron las preparaciones para todos, pero supongo que fueron malas (no creo que esos cuerpos tan musculosos se hagan tan fácilmente). Pero lo peor de todo es que los entrenamientos de ahora van a ser mucho peores.
Tengo que hacer algo, no puedo estar con tanta desventaja cuando mi vida está sostenida por un hilo; y quién sabe cuando ese hilo se romperá. Porque lo hará, tarde o temprano, todo depende de mí. No puedo permitirme llegar tan alto para perecer tan rápidamente.
Observo los cuerpos que hay por la grada, todos son musculosos, algunos tienen heridas o deformaciones por peleas, incluso cicatrices, y eso sólo les hace parecer más fuertes. Todos ellos han aprendido cómo luchar de mano de los mejores, yo sólo he podido permitirme espiar un entrenamiento y sobrevivir con esa hora de espionaje.
Una cabeza me sorprende. Su pelo, un poco largo para como lo suelen llevar los Elegidos, es de un color rubio pero muy apagado. Un rubio muerto. Tiene algunos mechones dorados, unos rayos de sol sobre la oscuridad, pero aún así tiene algo extraño. Me revuelvo en mi asiento y me muevo un poco hacia la izquierda, pegándome un poco hacia Dainel, aunque él ni se inmuta. Desde aquí le veo mejor. No tiene cicatrices ni heridas como los demás, ni siquiera tiene músculos. Está pálido, demasiado pálido y su piel resalta más por el negro de su camiseta. Está en una esquina, separado ligeramente del Elegido que hay a su lado, como si le tuviese miedo. Tan alejado de todo, con una mano apretándose el brazo, parece tan pequeño e insignificante que me da la sensación que estoy soñando. ¿Qué hace él ahí? Tiene toda la pinta de estar enfermo, entonces, ¿porqué ha venido?
Da un respingo, se estremece y se abraza más los brazos, el pelo le cae hacia delante y la poca piel de la cara que veía antes queda oculta. Entonces, después de una respiración, mueve la cabeza y sus ojos me observan traes las rendijas de su pelo. Toda la habitación parece desaparecer a mi alrededor, lo único que existe son sus ojos, que me absorben. Siento como el aire de mis pulmones se esfuman, de pronto. Sus ojos, verdes como los árboles, como el bosque, tan bellos como grandes. Pero lo que me sorprende no es su color, ni los grandes círculos oscuros que rodean sus ojos; es que están muertos. Unos ojos muertos de una persona muerta. Están llenos de muerte, de tristeza, de dolor y de vacío. Sus ojos encuentran los míos. Por un momento estoy atrapada en ellos, girando en un remolino de muerte y desesperación en un verde infinito, hasta que algo cruza su mirada. Un brillo. Sólo duró unos segundos, justo antes de que sus ojos volviesen a desaparecer entre aquella mata de pelo muerta. Pero me bastó para ver algo. Vida. Un resplandor viviente entre aquella muerte sin retorno. El aire vuelve a mis pulmones. No se quién es ese chico, tan enfermizo y pequeño rodeado de tanta musculatura y estupidez. No podrá tener más de quince años, quizás menos, aunque sus ojos parecían más viejos, con más sabiduría y madurez que un niño de su edad. Una presión me oprime el pecho porque sé su realidad: ese chico ha venido a morir. Aunque, ¿cómo pueden matar algo que ya está muerto?

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