jueves, 30 de enero de 2014

11


Hace rato que ya ha amanecido, pero yo llevo despierta mucho antes. No sé porque estar aquí me produce tanto insomnio. Se supone que al tener una cama tan buena y unas sabanas de seda dormiría como una reina, pero nada de eso. En cuanto me meto bajo las sábanas y cierro los ojos la temperatura sube y las sábanas empiezan a pesar. La noche se vuelve insoportable para mí. Me siento impotente porque necesito hacer algo, salir a algún sitio; pero no se a donde ir. Los únicos lugares en los que me sentía segura ahora están a millones de kilómetros.
Qué alegría.
Echo la cabeza hacia atrás y la apoyo en la pared. Después de haber recorrido la habitación entera unas cien veces y haberle pegado una patada a la mesa cuando la ira me ha llenado me he sentado a un lado de la puerta, con la espalda pegada a la pared. Hay tantas cosas en la habitación pero a ninguna le veo utilidad. Y menos la televisión. No pienso encender esa monstruosidad en mi vida.
En otro tiempo propinarle una buena patada a la mesa y romperla contra la pared me habría hecho sentirme mejor; pero ya no. Cuando estoy sola la ansiedad me inunda. Nunca antes he sufrido esto, siempre he estado segura de mi misma, de mis fuerzas. No es que tenga poca autoestima, nada de eso, es la inseguridad. Inseguridad no por mí, sino por mi vida ahora. Antes lo tenía todo controlado. Sabía cada calle, cada hueco, cada árbol; conocía cada casa, cada nube, cada estrella. Había estado mirando el cielo tantas horas durante tantos años que acabé por memorizarlo. Antes sabía quiénes eran los que me rodeaban, quién era yo. Y ahora todo eso se ha acabado. Ni siquiera sé como llegar a mi estúpida habitación. Incluso el cielo es diferente aquí.
En los pocos días que llevo aquí se me ha pasado por la cabeza esa cosa de suicidarse, nada menos que dos veces. ¿Qué pasaría si Palham cuando viniese a mi habitación para avisarme de otra pelea me encontrase colgada de la lámpara del techo? Sinceramente, aún muerta, me quedaría un poco más como espíritu o lo que sea sólo para ver la reacción de todos; y luego ya iré donde tenga que ir. No tengo ni idea de qué manera me mataría; pero si tengo que acabar con mi vida no será una muerte simple.
Y es que no sé cuánto tiempo más seguiré aguantando. ¿Un día? ¿Una semana? ¿O ni siquiera una hora? Soy fuerte pero en este sitio parece que mis murallas estuviesen cayendo. No entiendo nada. Cada vez que empiezo a asimilarlo algo extraño e imposible me sorprende. ¿Cómo puede estar todo esto tan escondido? Si alguien de la ciudad viese toda esta ciudad, llena de felicidad estúpida y lugares extraños, no se creerían lo que ven.
No puedo evitar preguntarme que estarán haciendo ahora mis padres y Adonis. Probablemente ya habrán olvidado que tenían una hija y una hermana. No me sorprendería que hasta hayan convertido mi habitación en una nueva habitación de Adonis para hacer el imbécil. Estúpidos. Sinceramente espero que no me hayan olvidado, que su última imagen de mi se les haya quedado grabado a fuego en sus estúpidos cerebros; y que, como les dije, se hayan podrido en el infierno.
Mientras en mi cabeza se arremolinan todo tipo de insultos hacia mi familia mi cuerpo se tensa. Unos pasos resuenan en el pasillo. Son pasos pesados y pausados, apretando demasiado el suelo con cada paso. No es Palham. Me agazapo más contra la pared y pego la oreja. Está cerca pero aún así va a velocidad de tortuga. Además de los pasos escucho unos chirridos metálicos. La cosa chirría más fuerte y con un ruido seco para y escucho un choque. Los pasos se paran y alguien maldice por lo bajo. Alguien gruñe y la cosa vuelve a chirriar. Empiezan a avanzar de nuevo, cada vez más cerca de mí. Los pasos pesados se paran delante de mi puerta y con un chasquido se abre. La puerta me tapa y una silueta entra en mi habitación empujando una especie de cacharro de metal. A través del espacio que hay desde la puerta hasta la pared sólo consigo ver su espalda. Una espalda azul. Definitivamente no es Palham.
Mis instintos se activan. Antes de que se de la vuelta para cerrar la puerta me levanto y la cierro de golpe. El hombre da un traspié y empuja el cacharro. Le agarro del cuello y le empujo contra la pared.
-¡Para, por favor! -suplica el hombre con voz pesada, en un intento de grito.
Intenta apartar mis manos de su cuello, pero parece que tiene tan poca fuerza que solo llega a empujarme un poco el hombro. Su respiración es tan rápida y basta que parece que se va a ahogar de un momento para otro. Disminuyo la presión de su cuello y le agarro por los hombros pero el hombre sigue respirando pesadamente. Rápidamente le suelto y me alejo unos pasos.
El hombre tiene que tener más de los sesenta años,tal vez incluso menos, pero parece más viejo. Sobre todo por las heridas y los moratones que tiene en torno la cara y el cuello. En la cara tiene varias cicatrices que parecen recientes, sobre las mejillas, incluso con algunos restos de sangre. Su pelo está gris, salvo algunos mechones negros desperdigados. Viste una especie de blusa azul, muchas tallas más grande que la suya, y unos pantalones marrones bastante andrajosos. Pero lo que me sorprende es que va descalzo. Sus pies están completamente en carne viva llenos de polvo y de sangre por todas partes. Además le faltan algunas uñas.
-Lo siento muchísimo, señorita -murmura con la cabeza gacha-. Perdóneme, por favor.
Su voz suena agarrotada y seca. Me pregunto cuánto tiempo lleva sin beber agua. Vuelve la vista hacia el cacharro y yo lo observo también: no es el objeto que yo pensaba que era, es un carrito de metal que me llega hasta la cintura y tiene varias baldas completamente llenas de comida.
Con movimientos torpes agarra de nuevo el carrito y lo empuja hacia el centro de la habitación. Se mueve lentamente, arrastrando las piernas. Nunca pensé que llegaría a ver un hombre aquí de ese modo. Tubo que ser muy alto, se nota por sus largas piernas, pero aún así es bajo; porque tiene la espalda retorcida en un bulto que le sobresale un poco. Parece enfermo y le han tenido que meter una buena tunda, unas cuantas. ¿Será una especie de esclavo? No, eso es imposible. Ya no existen los esclavos. En Aprendizaje me dijeron que hace muchísimos años, en el Mundo Oscuro, hubieron muchísimos esclavos. Todas las personas que eran de un color diferente o de un rango menor eran utilizados como objetos para servir a otros. La mayoría de dueños eran estúpidos con un gran ego y poco cerebro. Pero los esclavos dejaron de existir hace mucho. Ahora si haces algo mal o eres diferente no te esclavizan; te matan. Tan directo como eso. Incluso las torturas han cambiado. Las pistolas se modernizaron convirtiéndose en armaros (aunque todavía quedan pistolas, para producir algún que otro daño de vez en cuando). Son pistolas, a simple vista, pero no tienen la misma función que las antiguas. Éstas no están cargadas de balas, sencillamente no están cargadas. Nadie sabe que tienen dentro, si es que tienen algo, pero sí saben que es lo que hacen. Hacen algo peor que matar: te quitan el alma. Puede sonar absurdo pero es la cosa más dolorosa que puede pasarte en la vida. Yo misma he visto lo que pasa cuando te disparan con eso. La última vez no fue hace mucho, cuando conocí a Noah. Cuando me giré no sujetaba una pistola normal, era un armaro. Y Gritón había sido asesinado por él. Según me han explicado, lo más doloroso es que sientes cómo una parte de ti se desplaza de tu cuerpo, arrastrando con él todo lo vivo que hay en ti y eso provoca que todos tus órganos exploten y que mueras convertido en un cuerpo gris cubierto de sangre. Porque el alma es lo único que nos pertenece, lo único que realmente es nuestro; así que, sin ella, ¿qué seríamos? Sencillo, no seríamos nada. El alma es lo único que de un modo u otro nos hace estar vivos y sentirnos como tales.
Se para delante de la mesa volcada y con una aspiración fuerte se acerca.
-¡No!
Corro hacia la mesa y me coloco a su lado. El hombre me mira, confundido, con los ojos abiertos. Me agacho y agarro la mesa por la esquina. Tiro y coloco la mesa como estaba antes. El hombre sigue mirándome. Hace una mueca. Bueno, una mueca no. Más bien sonríe. Unos segundos pero sonríe. El labio le empieza a temblar y su sonrisa se contrae en una mueca de dolor. Le debe de doler bastante. Agacha la cabeza y vuelve a respiración fuertemente.
-No se debe haber molestado, señorita.-susurra.
Me sorprendo porque suena sincero. Vuelve la vista al carrito y lo empuja hacia la mesa. La mano izquierda le empieza a temblar y el hombre gime. Giro la cabeza y consigo ver lo que se asoma por un manga: una mancha púrpura.
-¿Se encuentra bien? -me acerco hacia él y le agarro por encima del codo. El hombre empieza a retorcerse y a negar con la cabeza pero consigo levantarle la manga. El moratón se extiende por toda la muñeca.
-¿Cuándo te lo has hecho? -le pregunto.
Agacha la cabeza y se queda callado, retira el brazo con cuidado y lo sostiene con el otro contra su pecho.
-Dímelo. -insisto.
Vuelve la vista al carrito y cierra los ojos un momento. Resopla y agacha la cabeza de nuevo.
-Hace unos minutos. -murmura, tan bajo como si se estuviese hablándole a sí mismo.
Le observo la muñeca. Debe de tener un esguince al menos.
-Espere aquí. -y corro hacia el cuarto de baño. Rebusco entre los cajones y encuentro una caja llena de vendas y tubos. La cojo y la llevo a la mesa. El hombre me mira confuso y da un paso hacia atrás. Cojo algunas vendas y miro entre los tubos. En el fondo de la caja hay un aparato plano del tamaño de una mano. Es igual de fino que una hoja pero más consistente y duro. Al tocar el centro un pitido suena y una onda azul se extiende por el objeto.
Miro interrogante al hombre, que contesta:
  • Es una Analizador. Es para saber cuál es tu herida o tu enfermedad, y te dice que tienes que tomar para curarte.
Observo unos momentos el aparato. Esta mierda no puede hacer todo eso. Nunca había escuchado nada sobre esta cosa. Ni siquiera he pensado que podría existir esto. En medio de la placa de metal hay un circulo azul que brilla, parpadeando. Me muerdo el labio y presiono el circulo. Lo suelto pero no pasa nada. Maldigo entre dientes y vuelvo a presionar el circulo.
-Tienes que dejarlo pulsado y pasarlo por la herida. -murmura el hombre, divertido. Vuelvo la vista hacia él y veo que está riendo. Bueno, intentando reír. Más bien su cara es un revoltijo de risas y muecas por el dolor.
Observo un poco más el aparato y le tiendo la mano. El hombre mira la mano sin entender y sin soltar el brazo. Le miro a los ojos y alzo las cejas. Frunce los labios y, lentamente, coloca su mano encima de la mía. Aprieto el circulo y, sin dejar de pulsarlo, paso el aparato por encima de su muñeca. El aparato empieza a pitar y una luz azul alumbra el brazo del hombre. La cosa pita una vez más y el circulo desaparece. En la pantalla empiezan a salir letras.

Herida por fractura en la muñeca izquierda.
Aplicar tubo 3 sobre la herida y vendar pausadamente.
En caso de nueva fractura aplicar tubo 6.

En la caja hay cerca de doce tubos, por lo menos. El problema es que son todos iguales. Tubos largos de color gris. Cojo uno y le doy la vuelta. Tiene un número grabado en la parte de abajo. 5. Rebusco en la caja y le doy la vuelta a todos los tubos hasta que encuentro el tubo con el 3 grabado. Tiro de los laterales y un trozo se desprende dejando ver un spray.
-Tienes que estar bromeando.
El hombre me mira, aguantando la risa, y asiente con la cabeza. Resoplo y le aplico una buena cantidad de spray por toda la muñeca. Cojo las vendas y le vendo completamente la muñeca, apretando fuertemente. No sé como un poco de spray y vendas va a sanar una rotura pero no al hombre parece no dolerle tanto. Cuando vuelvo la vista hacia él para ver su reacción veo que tiene la mirada fija en mis manos. Me quedo quieta pero él sigue mirando. Guardo las cosas en la caja, apartando la mirada. Cuando me vuelvo ya no me está mirando las manos, sino la cara. Un estremecimiento me recorre la espalda de arriba abajo. Sus ojos están muy abiertos, observando cada centímetro de mi cara. Pero lo extraño no es eso, es el brillo familiar que hay en ellos.
-¿Qué ocurre? -pregunto.
Vuelve en sí y agacha la cabeza de nuevo.
-Nada, lo siento. Es que … -se mira la muñeca ya vendada y respira lentamente- te pareces a alguien que conocí una vez.
Analizo cada una de sus palabras. Por eso se debía ese brillo familiar, como si me conociera. Pero eso es imposible. Este hombre no ha podido conocerme.
-¿A quién?
Su cuerpo se tensa y me da la impresión de que la joroba de su espalda se ha aplastado un poco. Empieza a respirar algo más rápido de lo normal y se lleva las manos a la cara. Intenta darse la vuelta pero le agarro del brazo.
-Por favor, conteste -le pido-. Encima de que le he curado la herida al menos debería contestarme una puñetera pregunta. -replico.
Se queda parado mirando al vacío, sopesando mis palabras, entonces contesta:
-La última vez que la vi tenía unos tres años, pero ya había aprendido a hablar y a caminar. Era la niña más inteligente que he conocido nunca. Cada vez que me veía venía corriendo y empezaba a contarme todo lo que había aprendido ese día, se llevaba horas hablando sin descanso y no paraba de reír. Ella siempre estaba preocupada por todos, intentaba ayudar en todo cuanto podía; y todo eso a la edad de tres años. Me acuerdo que una vez me corté un dedo con un cuchillo mientras ayudaba a su madre con la comida y ella vino corriendo con vendas a curarme.
-¿Y qué fue de esa niña?-pregunto.
Se queda mirando al vacío y sus ojos empiezan a humedecerse.
-Un día unos guardias entraron en su casa sin previo aviso y acabaron con su vida y con la de su madre. -responde.
Me quedo de piedra, incapaz de quitar la vista de aquel hombre a punto de derrumbarse. No puedo evitar imaginarme a aquella niña de tres años, jugando en la cocina con su madre, cuando de repente unos guardias entran y las matan sin dejarles tiempo a hacer nada para salvarse.
De repente el hombre se recompone, se aparta de mi.
-En ese carrito está toda la comida que desea, señorita. Vendré más tarde a retirarla. Muchísimas gracias por todo. -sin apenas mirarme se da la vuelta.
-¡Eh! ¡Espera! -se da la vuelta, con la cabeza gacha y la espalda encorvada.
-¿Sí, señorita?
-¿Cómo te llamas? -pregunto.
El fantasma triste de una sonrisa se asoma por sus labios amoratados.
-No tengo nombre, señorita. -responde- Hace tiempo tuve uno, pero eso fue en el pasado. -hace ademán de irse pero le paro.
-¿Y cuál era su nombre en el pasado?
Se para y vuelve la vista hacia mí. Analiza mi rostro y dice, sin apartar sus ojos tristes de mí:
-Antes de perder mi nombre y mi vida, me llamaba Josan.
Esta vez le dejo irse. La puerta se cierra lentamente tras su espalda y yo me quedo otra vez sola. Toda la ansiedad vuelve a inundarme, pero esta vez con más potencia. Porque conozco ese nombre.



sábado, 11 de enero de 2014

10.


-¿Qué es todo esto? –pregunto a Palham, sin poder apartar la mirada de la jaula y del gentío.
Siento su mano sobre mi brazo y aprieta suavemente, con afecto.
-Bienvenida al mundo real. –susurra intentando sonar tranquilizador. Pero no lo consigue. Su voz tiembla levemente.
Con una luz lineal algo sale de los bordes de la jaula. La luz avanza hacia mí rápidamente y choca contra mi columna. Una barra de metal conecta mi columna con la jaula. Palham se revuelve a mi lado, nervioso. Dirige la mirada hacia mí, frunce la boca y suspira.
Sin apenas mirarme lo entiendo. Tengo que entrar en la jaula. Por una extraña razón pienso que tal Palham ya sabía esto. Haz un buen espectáculo, pequeña guerrera.  
Yo, por supuesto, soy la última en enterarme de todo.
Mi guardián coloca la mano en mi hombro y murmura:
-Tú solo intenta aguantar. –y se aparta.
La soledad me abruma de repente pero sacudo la cabeza y empiezo a caminar por el camino. En cuanto estoy casi tocando la jaula un hueco se desliza hacia arriba, dejando una puerta. El ruido de afuera resuena en mi cabeza. Atravieso la puerta. Estoy dentro de la jaula.
El ruido de otra puerta me despierta y me vuelvo rápidamente. Tienen que estar bromeando. El tipo de la cicatriz me sonríe con su podrida sonrisa. Alguien me tiene que odiar, muchísimo.
Sin previo aviso las puertas se cierran a nuestras espaldas y el ruido se apaga, como si lo hubieran hecho con el filo de un cuchillo.
La pelea ha comenzado. Me pongo en guardia y el de la cicatriz me imita. Al final de la jaula algo se materializa de la nada: dos espadas. Antes de reaccionar ya estoy corriendo hacia ella. La jaula era más grande de lo que pensaba. Cuando consigo agarrar el mango de la espada la giro rápidamente y la precipito hacia el de la cicatriz. Nuestras espadas chocan, parece que ha sido igual de rápido que yo. No por mucho tiempo.
Empuja su espada contra la mía, intentando que se me caiga. Pero la muevo y le intento atacar desde el otro lado. Las espadas chocan de nuevo. Nunca ante había cogido una espada. Un cuchillo sí, pero esto no. El peso hace desestabilizar mi mano pero la mantengo firme. Empujo la espada hacia delante y da un traspié. Aprovecho ese segundo para mover un poco la espada y acostumbrarme a su peso. Muevo la espada con un giro de muñeca y la precipito hacia el tío, pero se aparta y corta el vacío. Reacciono rápido y con el mango le pego fuertemente en la espalda. Me aparto a un lado para que no me ataque y se da la vuelta rápidamente con la espada en la mano. Consigo echarme hacia atrás y repeler el ataque. Antes de que haga su siguiente movimiento le pego una patada en el hombro. Mueve el hombro hacia atrás por el golpe y me mira con ira. Aprieta la boca en una horrible mueca y se abalanza sobre mí con un grito. Aguanto su golpe con mi espada, pero por la fuerza me deslizo hacia atrás. Consigo repeler todos sus golpes y esquivarlos lo más rápido posible. Arrastro el pie y le pongo la zancadilla. En un segundo de dubitación aprovecho y me coloco a su espalda. Le agarro del cuello hacia atrás y estoy a punto de clavarle la espalda cuando algo extraño ocurre. La espada se convierte en arena y cae de mi mano, desapareciendo. Suelto al tío, que cae de espaldas. Su espada también se ha desmaterializado. ¿Cómo ha podido desaparecer la espada?
Miro hacia todos lados, esperando que algo nuevo se materialice pero nada ocurre. Parece que esta vez será con los puños. Este es mi territorio.
Cicatriz se levanta de un salto y se lanza hacia mí. Le esquivo y le doy con el codo en la cabeza, pero él adivina mi movimiento y me agarra del brazo. Con el otro brazo me pega un puñetazo en el estómago y me empuja hacia atrás. Caigo de espaldas y el aire desaparece de mis pulmones por un segundo. Vamos, Isia.
Cicatriz aprovecha que estoy indefensa en el suelo para pegarme una patada, pero la veo antes, le agarro del tobillo y tiro. Cae al suelo y ruedo hacia un lado para no ser aplastada por su pierna. Pero no consigo ver su próximo movimiento. Antes de que me dé cuenta Cicatriz ha saltado sobre mí y me agarra del cuello aplastándome la tráquea. Intento revolverme y echarme a un lado pero su peso me aplasta el cuerpo, inmovilizándome. Mueve las piernas y empuja las rodillas con las mías, abriéndome las piernas.
Acerca su horrible y degenerado rostro al mío hasta que sus ojos están a centímetros de los míos.
-Así es cómo deberías estar: abiertas de piernas debajo de un hombre.
La ira me traspasa y ya no siento su cuerpo pesado aplastándome los huesos. Sólo siento el fuego, que se extiende por todos lados. Las llamas me corroen y algo despierta entro de mí. Ya he vivido esto antes. Un hombre debilitándome, haciendo quedar como pura mierda tirada en el suelo. Nunca más.
La ira y el fuego me ciegan y ya no me asfixio.
Con un rodillazo Cicatriz cae hacia un lado, atónito. No espero a que reaccione. Giro y me coloco encima de él de la misma manera que él antes y con todas mis fuerzas le pego un puñetazo. Mi puño colapsa contra su mandíbula y suena un crujido. Cicatriz aúlla de dolor y le clavo la rodilla en sus partes.  Se dobla por la mitad y grita. Empieza a revolverse como un gusano y me levanto. Sin esperar a que se levante le pego una patada en la espalda y vuelve a gritar. Le agarro del cuello y le estampo la cabeza contra la pared.
Acerco la cara, como él hizo antes. No puedo evitar reírme al ver sus ojos llenos de miedo.
-Así es como deberías estar: con los huevos aplastados asfixiándote debajo de una mujer.
Levanto el puño para pegarle el último golpe pero algo me lo impide. Unos brazos me rodean y me empujan hacia atrás. Palham. Me intento soltar y abalanzarme otra vez sobre Cicatriz, que está respirando rápidamente agarrándose el cuello, pero Palham me aprieta fuertemente.
-Es suficiente, Isia.- espeta.
Pero intento no escucharle. No es suficiente. Intento respirar lentamente pero mis pulmones arden. Me empieza a doler todo el cuerpo fuertemente y el fuego se aplaca. Por fin miro a los ojos a Palham, él me mira y me sonríe.
-Has ganado, pequeña guerrera.
Consigo levantarme y hago una mueca por el dolor en mi estómago. Palham me empuja hacia delante y atravesamos la jaula. La puerta está abierta. El guardián de Cicatriz pasa la otra puerta y corre hacia donde está él. Pero no miro atrás. En cuanto salimos de la jaula el ruido me pita los oídos. Todos están gritando y mirando hacia mí. Atravesamos el camino y nos colocamos de nuevo en la columna. El camino desaparece con un haz de luz y la columna empieza a bajar. Los demás Elegidos me miran atónitos. Yo no aparto la mirada. Caminamos por el camino entre las columnas y el ruido no cesa. Mi nombre resuena una y otra vez.
Palham me pega un golpecito en el hombro y señala hacia delante. Miro hacia donde señala y me quedo sin habla. Antes no las había visto. Aunque es difícil no verlas. En cada pared de cristal hay unas placas enormes que casi lo ocupan todo. Pero no son placas, son como el rectángulo raro de mi habitación, pantallas. En la primera hay imágenes de la pelea, al igual que en la otra lateral. Yo pegando un puñetazo a Cicatriz en la cara, él retorciéndose en el suelo, la pelea de espadas… Y en la pantalla en medio, está mi rostro mirando hacia delante. Miro a todos lados pero no encuentro ninguna cámara que me esté grabando. ¿Entonces cómo? Pero rápidamente me olvido de eso. Debajo de la pantalla una silueta me mira, expectante. Al encontrarme con su mirada sonríe de lado y se inclina haciendo una especie de reverencia. Noah.
Un guardia me empuja hacia una puerta negra y todo desaparece. El ruido, la jaula, el jaleo. Pero es como si todavía siguiesen gritando mi nombre en mi cabeza.

Nadie habla en el camino hacia mi habitación. El guardia que me empujó antes y unos cuantos guardias más nos están escoltando, protegiéndonos las espaldas. Siento todos los ojos de los guardias en mi nuca. Si no estuviera cansada le mostraría mis puños a cada uno.
Los pasillos están todos en silencio. Me pregunto si ahora habrá otros dos Elegidos luchando en la jaula. Probablemente sí.
Nos paramos delante de mi puerta y los guardias dan un paso hacia atrás. Entro sin decir nada y Palham cierra la puerta tras de sí. Me tiro sobre la cama, derrotada, y hundo la cara sobre el colchón. El colchón parece estar hecho de plumas, nada que ver con el colchón de piedra de mi antigua habitación. Esto es gloria.
Noto el colchón hundirse por el peso de Palham. Empieza a reír.
-Es que es imposible. –dice entre risas.
Levanto la cara del colchón y la coloco  sobre el brazo. Levanto las cejas. Palham está con la cabeza hacia atrás rompiendo en carcajadas. ¿Qué le ha dado?
-¿Te has visto? –Pregunta, con una mano señalando hacia mí, antes de volver a reír- ¿Has visto cómo peleas? ¿Tú?
No sé si tomármelo como un insulto o un cumplido así que no digo nada. Sigue riéndose hasta que por fin se serena y se tapa la cara con las manos.
-No puedo creer lo que has hecho. –Murmura- Nunca pensé que podrías… ¿Dónde has aprendido a pelear así? Nadie te ha podido enseñar.
Asiento y cierro los ojos.
-Exacto. Nadie me ha enseñado. He aprendido sola. –le respondo, con tono cansado.
No puedo ver su rostro pero puedo imaginármelo. Se queda largo rato en silencio, pensando y recapitulando supongo, hasta que por fin habla.
-Pero eso es imposible. –Espeta- ¿Cómo has podido aprender tu sola como eso?
-No lo sé. –respondo simplemente.
Estoy cansada de tener que explicarlo todo una y otra vez. Es como si todo sobre mí no tuviese sentido.
-Cuando te vi peleando me quedé de piedra. Te movías tan ágilmente, como si ya estuvieses acostumbrada  los puñetazos y a los golpes. Por un momento pensé que tenías todos los movimientos calculados. Entonces ese estúpido te tiró al suelo y dijo aquella asquerosidad. No puedo creer que haya dicho algo así, ese cabrón. –Abrí los ojos para mirarle, incapaz de creer lo que estaba escuchando. Él está mirando hacia la ventana, como si pudiese ver algo más después de la Ciudad Extraña- Todo se quedó en silencio y pensé que todo había acabado. Pero entonces algo pasó. Con una fuerza sobrenatural tumbaste al Elegido y le golpeaste. Una y otra vez. Nadie podía creer lo que veía. –vuelve la vista hacia mí y me agarra la mano- El día que te vi por primera vez subida en aquel muro con aquella mirada, como si lo estuvieses analizando todo, sentí algo raro. Entonces te vi avanzar entre la multitud y yo…
-¿Y tú qué? –pregunto, sin apenas voz.
Me suelta la mano y se levanta. Camina hacia la ventana y mira hacia la ciudad. La luz que se proyecta desde los cristales le ilumina la cara. Su pelo de color gris adquiere un tono luminoso y sus ojos grises brillan como si fuesen estrellas. La verdad es que Palham tuvo       que ser una belleza de joven, porque todavía lo es de adulto. Pero a la luz del sol parece tan solitario. Y su rostro está contraído en una mueca de dolor.
No sé cómo Palham acabó siendo guardián. Ni cómo era su vida antes de serlo. Pero viéndolo así me recuerda a los rostros de las familias de los Elegidos el día de la Elección. Un rostro contraído por el dolor y por la pérdida por algo que sabes que nunca más volverás a ver.
No debe de tener familia si está aquí. En realidad no sé si los demás, los guardias y los otros guardianes, tienen familia. Todos los tuvieron que abandonar. En un mundo como éste o dices adiós a todos o ves como mueren en tus manos.
Mirando todavía al cielo responde, como si estuviese hablando con sí mismo:
-Y yo supe que tú serías la esperanza que nos salvaría a todos.

Estoy corriendo. Tan rápido que el paisaje pasa en flases a mi alrededor. Pero algo de repente me detiene. Es el muro, el que hay al lado de la tienda del señor Harris, el muro que vi cuando salvé a la esposa del preso. Y el ángel, el gigante ángel pintado de color blanco sobre él.
-Eres tú. –susurra una voz a mi espalda.
Me doy la vuelta. La esposa del preso. Está igual que la última vez que la vi, con esa camiseta llena de suciedad y los brazos llenos de heridas, salvo que parece más joven. Pero de repente cambia y ya no es ella. Es Noah. Sus ojos marrones brillan y por un momento parecen dorados.
-La que nos salvará a todos. –Se acerca a mí y me acaricia la mejilla- La que me salvará a mí.
Muevo la mano para tocarle la mano pero desaparece en un remolino de luz y la oscuridad me rodea. Ya no me encuentro en el callejón, estoy en la plaza. La plaza de mi ciudad. Hay una gran muchedumbre enfrente de mí, que me mira. Miro abajo. Estoy en la plataforma de ejecución. Tengo las manos atadas a la espalda y las rodillas en el suelo. Intento gritar pero ningún ruido sale de mi garganta. Me revuelvo pero eso hace que la presión en mis muñecas aumente. Intento gritar de nuevo pero mi boca no se abre. Nadie de la plaza se mueve. Todos me miran, sin pestañear.
-Podrás salvarlos a todos. –me giro ante la voz familiar. Adonis, está vestido como un guardia y sostiene en la mano una pistola.- Pero, ¿quién te salvara a ti?
Entonces mi hermano levanta la pistola y dispara.
Apenas he dormido unas horas. No puedo. Sencillamente no puedo. Esa pesadilla se repite una y otra vez en mi cabeza. Lo único que consigo es despertar con las manos cubriendo mi boca, aguantando el grito. Afuera la ciudad duerme apaciblemente. El cielo está repleto de estrellas.
No puedo olvidar las palabras de Palham. Nunca pensé que alguien diría algo así sobre mí. Todo cuando he escuchado han sido insultos y palabras horrendas, pero nunca algo que se asemeje a eso.  Es como si alguien hubiese visto algo que está dentro de mí. Algo que tanto tiempo deseé que alguien viese. Que soy algo más que una chica peligrosa y solitaria. Algo más.
Cada segundo en esta ciudad me asombra y me asusta a la vez. La jaula, ese lugar con espectadores, el bosque encerrado, los edificios. No para de asombrarme. No sé qué más cosas hay aquí, escondidas. Todo es tan extraño. Es como si estuviese sacado de un sueño-pesadilla. Tan bello y tan espeluznante.
No sé qué pasará mañana. Mi vida ahora mismo es una continua interrogación que no se va nunca. Todavía hay tantas preguntas y ninguna respuesta. Pero empiezo a sentir algo.
Tal vez ser la Elegida no es tan malo, al fin y al cabo.
Me abrazo las rodillas y hundo la cabeza en los brazos.

Pero, ¿quién te salvará a ti? 

jueves, 2 de enero de 2014

9.

Palham se da la vuelta y abre la boca para decir algo pero se queda petrificado con los ojos abiertos como platos. Pasa la mirada por mi cuerpo de arriba abajo, desde mi cabeza hasta mis pies y su asombro aumenta. Cierro la puerta de un portazo y paso por su lado escondiendo una sonrisa. ¿No querían verme? Pues así me verán mejor. 
Me doy la vuelta y sonrío de lado. Deberían fotografiar la cara de Palham y hacer electrodomésticos con su foto. 
-¿Qué pasa? -digo, sonando lo más inocente que puedo- ¿Te ha comido la lengua el gato? 
Palham empieza a balbucear y se pasa la mano por la cara intentando recuperarse. Este momento no lo olvidaré nunca. 
Agacho la cabeza y me muerdo el labio porque se que en cualquier momento voy a estallar en risas.
- ¿Que-que le has hecho a la ropa? -pregunta, clavo mis ojos en él. 
- Unos arreglillos sin importancia. -digo, moviendo la mano quitándole importancia al asunto. 
La verdad es que mucho más que unos simple arreglillos. La camiseta, que me llevaba hasta por debajo de los muslos ahora me llega por encima del ombligo, las  mangas tan largas ahora son tirantes negros y grises, y el cuello de la camiseta ahora cortado deja ver las clavículas quedando por encima del escote y los  pantalones se me pegan a las piernas como sí fuesen una segunda piel. Mi pelo despeinado cae en cascada por mis hombros y los mechones se desordenan unos lisos y otros rizados. 
Si hubiese llegado esto en la ciudad probablemente, además de causar un buen revuelo, me torturarían para que así aprendiese la lección. Aunque conociendo a las guardias hubieran hecho algo más conmigo. Pero ya no estoy en la ciudad.
Palham empieza a reír y dice: 
- Eres malvada. 
Sonrío con satisfacción y hago una reverencia. No sería la primera vez que me lo dicen. 
- Vamos. Otra vez somos los últimos en llegar. 
Empieza a caminar y yo le sigo. No puedo evitar pensar en mi habitación.
La mayoría de la ropa del armario era de deporte, eso significa que lo principal que haremos será entrenar. Pero, ¿para qué? Construyen Batalleros para que peleen y se preparen para le Elección desde niños. Y luego tras la Elección hay que seguir entrenando y preparándose para algo. Ni siquiera se que hacemos aquí, en este extraño edificio lleno de guardias. Es como sí fuese la entrada de Ciudad Extraña. La muralla. Una idea me traspasa la mente. No puede ser. Si de verdad nos estuviesen preparando para pelear debería haber un contrincante. Y no creo que lo haya...¿o sí? ¿ Y si lo hubiese?Un grupo fuerte y peligroso que quisiese acabar con los Superiores. Con la mierda en que nos hemos convertido. Porque si no no estuviesen preparándonos para luchar, para defendernos. Para una guerra. ¿ Y si todos estos años habían creado ese grupo de Elegidos para poner más filas en su ejército?
No estamos perdidos. Puede que todo mi plan no tenga que ser olvidado. Podemos ser salvados, todos nosotros. Oslihum puede volver a ser lo que fue: la Tierra. Tal vez hay gente que no tiene miedo, que son fuertes y  quieren luchar. Que tienen esperanza. 
Pero un pequeño grupo de personas luchadoras no basta. Se necesita ciudades enteras. Y para que eso suceda se necesita algo. Para aumentar esa esperanza hay que crear algo en lo que el pueblo crea. Un símbolo que aplaque el miedo y cambie a las personas. Que aterrorice a los Superiores. 
Un símbolo.
Un ángel. 
El Ángel de las Sombras. 
Yo. 

Palham se para delante de una puerta gigantesca de metal oscuro, me paro a su lado. Se da la vuelta, colocandose delante de mi. Me pone la mano encima del hombro.
- En cuanto atravieses esa puerta vas a estar expuesta a todo el mundo. Todos estarán mirándote. No tienes nada que temer. -su rostro se endurece- Eres fuerte, se que lo eres, demuéstramelo a todos. Hazle a todos recordar tu nombre. 
Los dos asentimos y le miro una última vez. No tengo miedo. No he llegado tan alto para echarme atrás. No ahora que sé algo que puede cambiarlo todo. 
De repente la puerta se abre y, como dijo Palham, nos deja expuestos. ¿Qué demonios es esto? No voy a retroceder. 
No es ninguna sala, ninguna habitación de entrenamiento. Nada que haya visto antes. A través del techo de cristal se ve el sol, el cielo, como si estuviese dibujado en el cristal. A lo lejos del cristal, se ve la Ciudad Extraña. Es una especie de cúpula de cristal. Un campo de batalla...con espectadores. A ambos lados de la cúpula, hay gradas llenas de personas con esa ropa tan horrenda. Todos están boquiabiertos. En medio de todo, un grupo vestidos todos de negro están mirando hacia mi, igual de boquiabiertos que los de las gradas. Los Elegidos. Están colocados cada uno encima de unas columnas con sus guardianes al lado. Pensaba que sólo existía nuestra ciudad, pero me equivocaba.  Todos esos chicos no son de mi ciudad, son de otras ciudades. El día que llegamos no pensé en ello por mi aturdimiento pero ahora sí. Más ciudades, más personas. Más esperanza. 
Detrás de las columnas algo familiar se alza. Una jaula de cristal. Pero no hay un bosque dentro, no hay nada. Se que habrá dentro: nosotros. Es una jaula de lucha, al menos eso creo. Para pelear sin que nadie pueda escapar de su muerte. Miro a Palham, que me mira también. Le miro interrogante pero él solo niega con la cabeza. No sé que entender con eso. Mi mirada va más allá de la jaula de cristal, atrás de todo, encima de una plataforma de metal, mirándome como sí hubiese visto un fantasma, Noah. 
Empiezo a bajar las escaleras de metal, con la cabeza alta. Palham me sigue y escucho su risa tras mi espalda. Empiezo a sonreír. Se pone a mi lado y me susurra al oído: 
- Haz un buen espectáculo, pequeña guerrera.
Asiento y sonrío. Ningún problema. 
Llegamos al campo de batalla y unos guardias se acercan. 
- Llegáis tarde. -gruñe uno, sin despegar la mirada de mi. 
- ¿Crees que una belleza como ella no necesita su tiempo? - responde Palham. 
Me tapo la boca con la mano. No puedo empezar a reírme como una loca delante de todos. Compostura, Isia. 
Los guardias me miran y asienten a la vez. Palham me agarra del brazo y le miro. Tiene la cabeza ladeada y esa mirada de no-aplastes-cabezas-porfavor. Suspiro, resignada, y me relajo. Esta bien, por esta vez. 
Me conduce hacia las columnas de metal  y caminamos por el sendero que dejan la colocación de éstas. Me asombra la cantidad que hay. Y, como no, en ellas solo chicos.
 Palham se para en la primera fila,  en la mitad. 
- Bromeas. -susurro. 
Palham niega con la cabeza muy serio y me empuja sobre un cuadrado negro que hay en el suelo. Las otras están más altas, pero ésta está a nivel del suelo. Pero por poco tiempo. Todo empieza a subir a mi alrededor y ya no tengo la misma perspectiva de antes. Miro hacia abajo:  el cuadrado de metal ha subido, creando una columna. 
El recinto estalla en aplausos y vítores. Miro a las gradas. Todos los espectadores están levantados de sus asientos, aplaudiendo y gritando cosas que no llego a entender. El miedo empieza a salir de su escondrijo. Aprieto los puños fuertemente y me muerdo el interior de la mejilla. Pero de repente el miedo desaparece. Una imagen aparece en mi cabeza: una Isia pequeña y débil tirada en el suelo entre lágrimas, con la rodilla llena de sangre y tierra, rodeada de niños que la miran desde lo alto. Todos estallan en risas e insultos y la miran, como si fuese un trasto muerto. Y ahora todos esos niños han desaparecido. Ya no hay insultos. Ya no hay lágrimas ni sangre. Me aplauden,  gritan mi nombre con admiración. Todo cuanto era, esa niña llorona y torpe que se caía con sus propios pies, esa niña que todos pensaban que acabaría sola de la peor manera posible, ha cambiado. Esa niña ahora no es esa sombra, ahora es algo más, mucho más importante que cualquier cosa. Esa niña ya no tiene miedo de nada, ya no llora más, ya no volverá a caer. Ahora es fuerte, y todos lo saben.