miércoles, 25 de diciembre de 2013

8.

Los primeros rayos de sol luchan contra la oscuridad en el horizonte. Es extraño. Es el primer amanecer que veo fuera de mi casa y, de alguna manera, es diferente. Como si ahora estuviese en otro mundo; para mí lo estoy. Esto es lo que se ocultaba detrás del bosque: un lugar lleno de luces, de posibilidades, de vida pero también de corrupción, estupidez y peligros. Por primera vez echo de menos todo lo que dejé de atrás, lo poco que dejé. Mi habitación, pequeña y vieja, no era gran cosa pero era mía, algo que realmente me pertenecía.  Y ahora estoy en otra habitación, llena de aparatos inservibles y estúpidos y objetos sin uso. Y no hay nada que me pertenezca, nada. Las pocas cosas que tenía se quedaron en mi habitación y ya no las volveré a ver, jamás. Porque sé que nunca más volveré. O moriré o me quedaré encerrada aquí. Recuerdo todas esas veces que quería salir de allí, huir a un lugar mejor, donde pueda empezar de nuevo. Esto no era precisamente el lugar mejor a donde quería ir. Más bien he pasado de un lugar malo a uno peor.
Siempre he pensado que en Oslihum había un sitio mejor, donde no haya ejecuciones ni sangre ni lágrimas derramadas pero me equivocaba. Oslihum está perdido, a la deriva. Pero puede haber una solución.
Siempre hay salida.  

No he vuelto a mi habitación, principalmente porque no sé dónde está. Pero después de perderme por los pasillos interminables encontré una ventana, suficientemente grande para pasar. Y debajo de la cornisa hay un techo. Agradezco que el edificio sea anguloso porque hay techos por todas partes, por los desniveles. Así que estoy agazapada en el techo, con la espalda pegada a la pared, observando la ciudad. Ahora la llamo La Ciudad Extraña,  y es que lo es. Ya no hay tantas luces por los caminos, solo unas pocas, pero aun así los edificios son espeluznantes, imponentes. No sé cómo alguien puede encontrar bello esas cosas.
No he podido dormir nada en la noche. Ni un solo minuto. Cada vez que cerraba los ojos me daba la sensación de que alguien me observaba. Aunque no había nadie, tenía la continua sensación de que me espiaban desde todos lados. Y luego está el miedo. Toda mi vida he intentado ocultarlo pero siempre ha estado ahí, y ahora ya no puedo ocultarlo más. No sé qué voy a hacer ahora ni que va a pasar ahora. ¿Qué harán con todos nosotros? Esa pregunta ha estado siempre en mi cabeza pero en tercera persona. Antes eran ellos, pero ahora soy yo. Y sigo sin respuesta. Aunque esta vez no puedo quedarme de brazos cruzados y olvidar la pregunta, esta vez no. Esta vez está de por medio mi vida, no puedo consumirme esperando una respuesta que nunca vendrá hasta que sea demasiado tarde.
¿Por qué nadie vuelve? ¿Es porque mueren o simplemente desaparecen de la faz de la tierra? O tal vez, vallan a la Ciudad Extraña. ¿Y entonces qué? ¿Se convertirán en uno más de los descerebrados, vestirán ropa horrible, y verán a palillos pasear por plataformas de ejecución? Toda una vida de sufrimiento y lucha para acabar en nada, en ser otro más de los muchos.  Tantos esfuerzos, tantas pérdidas para luego acabar en el olvido.
Pero ese no va a ser mi caso.
Me encaramo a la cornisa y me impulso hacia arriba. Apoyo una rodilla en la ventana y paso mi cuerpo por ella. De nuevo en el pasillo. Ya no está tan silencioso, se escucha el eco de muchas voces. ¿Qué estará pasando?
Camino lentamente, insegura, cuando alguien tropieza conmigo. Me pega un empujón y me doy contra la pared.
-¿Pero qué demonios haces? –grito, furiosa.
Cuando le miro, mi furia se disipa. En frente de mí, hay un chico con una cara horrible: bajo sus ojos azules hay unas ojeras  que han intentado borrarlas con poco éxito, su pelo está completamente echo una mierda, sin peinar y lleva la misma camiseta que la última vez que le vi.
Dainel.
El chico que me sorprendió el día de la Elección, por el miedo en sus ojos; el miedo sigue ahí. Está mirándome perplejo, intentando decir algo.
-Lo siento –dice- no veía por donde iba.
Intento no reírme, valla excusa mala.
Se queda mirándome, como si me evaluase. Estoy harta de que todos me miren así. Ni que nunca hayan visto a una chica, por Dios.
-Tu eres de mi ciudad. –Espeta, de repente- Te recuerdo, eres Isia, ¿no? La chica del corte de manga –sonríe por primera vez, divertido- Tengo que reconocer que entre toda esa mierda que había allí, lo que hiciste nos hizo a todos sonreír, a pesar de… eso.
No puedo evitar reír.
-Sí, si no recuerdo mal eres Dainel. –parece como si se sorprendiera al saber que sé su nombre, pero sonríe.- Tienes una familia hermosa –deja de sonreír y en su mirada se distingue algo más: tristeza-  Ojala yo hubiese tenido una familia así –susurro sin darme cuenta. Intento cerrar la boca a tiempo pero ya es tarde: lo he dicho.
Dainel se queda quieto, al igual que yo. No sé qué más decir. Esa es una de las razones por la que reparé tanto en su familia,  porque era algo que yo nunca tuve: una verdadera familia, unida. Al contrario de él, nadie lloró por mí, nadie deseó que me quedase, nadie me dijo nada. No tenía a nadie.
No tengo a nadie.
-Lo siento –dice de nuevo- Conocía a tu hermano, ¿sabes? Yo pensaba que él era el Elegido. Y cuando tu nombre apareció en la placa me quedé de piedra. Sabía que Adonis era un cabrón pero no tanto como para enviar a su hermana a la Elección.
Adonis, cabrón. Me quedo de piedra.
-Pensaba que era la única que pensaba eso de mi hermano.
Niega con la cabeza y sonríe.
-Aunque valla con esa fachada de chico bueno y perfecto en realidad es un cabrón sin escrúpulos.
Ahora mismo, creo que le aplaudiría.
-Me caes bien. –le suelto.
Él ríe y me mira.
-Y tú a mí. Y eso que pensaba que ibas a ser una estirada problemática que está enfadada con el mundo.
-¿Estirada problemática? Oh, valla, es una de las cosas más bonitas que me han dicho nunca. Gracias. –digo, sarcástica.
Dainel abre la boca para replicar pero alguien le interrumpe.
-¡Dainel!
Los dos nos giramos hacia la voz. Es su guardián. Todavía le recuerdo. Se acerca a Dainel y le pone una mano sobre el hombro.
-¿Qué haces aquí? Vamos, debes prepararte.-de repente repara en mí y me mira- ¿Qué…qué haces tú aquí?
-Me he perdido.-respondo.
Abre la boca y se acerca hacia mí.
-¿Sabe tu guardián dónde estás? –pregunta con el ceño fruncido.
-Si lo supiera yo no estaría perdida. –respondo. Estúpido.
Vuelve a abrir la boca y asiente para sí. Se lleva la mano a la oreja y dice:
-La he encontrado. Está conmigo, en el sector siete. Manda a alguien para que la recoja.
¿Está hablando solo? Miro a Dainel por el hombro del guardián, interrogante, pero él está igual de perplejo que yo. Genial.
Aleja la mano de su oreja y se vuelve hacia mí.
-Dentro de unos segundos alguien vendrá a por ti y te llevará de vuelta a tu habitación.
Se da la vuelta, coge del brazo a Dainel y lo arrastra por el pasillo. Él se da la vuelta y me dice adiós, yo le despido con la mano y veo como desaparecen por el pasillo.
Todo esto es tan extraño.

Un guardia aparece delante de mí.
-Vamos, tengo que acompañarte a tu habitación.
Me aparto de la pared y sigo al guardia. Intento no mirarle, pero sé que él me está mirando. Todos estarán mirándote.  Odio esto.
Me giro hacia él y le pillo en pleno acto.
-¿Puedes dejar de mirarme, imbécil? –le grito.
El frunce el ceño y mira hacia delante.
-Eso es difícil. –susurra.
Aprieto el puño. Quiero hacerle tragar sus palabras. Tengo que controlarme. Si le pego un puñetazo no hay una posibilidad de que no me lleve un castigo. Esto no es como en la ciudad. Aquí no tengo una capucha, todos me ven. Y saben quién soy.
Se para delante de una puerta y la abre. Entro por ella y cierro violentamente. De nuevo en mi jaula. Palham está sentado en una silla con el codo apoyado sobre la mesa.
-Te dije que descansaras. ¿Has dormido?
Me siento en la silla enfrente de él y apoyo las piernas encima de la mesa.
-¿Crees que puedo?
Me mira y niega con la cabeza.
-No. ¿Dónde has estado?
-La verdad es, que no lo sé. –Palham alza una ceja y suspiro- Es verdad. No lo sé. Empecé a andar y me perdí.
Espero a que empiece con su reprimenda pero no lo hace.
-Hoy empiezan los entrenamientos. Tienes que prepararte.
Se acerca a una de las puertas grandes y las abre. La habitación parece estar a oscuras, pero nada más que las puertas se abren muchas luces empiezan a parpadear. Me acerco lentamente. Parece ser un armario. Dentro de él los cajones empiezan a abrirse solos y las perchas empiezan a moverse hacia delante. Toda la ropa es del mismo color, negro y gris. Pero hay un problema: es ropa de hombre.
Miro a Palham y él se rasca la cabeza.
-Todas las habitaciones están preparadas para que sean habitadas por… hombres. Nunca llegamos a pensar que una mujer llegase a venir nunca.
Aunque me suena demasiado machista, lo entiendo. Nadie pensaría nunca que una chica llegase a ser una Elegida.
-Creo que hay ropa de talla pequeña que te puede quedar más o menos bien.  –Se da la vuelta- Estaré esperando fuera.


Después de estar largo rato revolviendo entre ropa de hombre he llevado a encontrar unos pantalones de tejido elástico que se me quedan pegados a las piernas y una camiseta que más o menos es de mi talla. Más o menos. Aun así sigue pareciendo de hombre. Las mangas son demasiado largas y el cuello de la camiseta es demasiado pequeño. Entro en la otra puerta y encuentro un aseo enorme. Rebusco entre los cajones y encuentro unas tijeras. Perfecto.  
Corto las mangas, la longitud de la camiseta y el cuello.

 Sonrío al verme en el espejo. No pienso vestir como ellos y rebajarme a su nivel. Si lo que quieren es verme, tendré que resaltar para que lo hagan. 

martes, 17 de diciembre de 2013

7.

Palham se para delante de una puerta dorada después de largo tiempo andando. No sé en qué parte del edificio estamos. Desde que atravesamos de la entrada no hemos parado de subir escaleras y andar por pasillos interminables, cada uno diferente al anterior. Pensé que sólo sería angulosa la fachada, pero me equivocaba. Todo está lleno de pasillos y escaleras y ventanas de cristal.
Abre la puerta y se adentra en la habitación. Dios.
La habitación puede ser más grande que mi casa entera, sin exagerar. Y eso que en mi casa podíamos tener una habitación individual cada uno. Hay un gran balcón en medio en el que unas cortinas blancas bailan con el aire. A la derecha hay una cama tan grande que hubiésemos podido dormir mi familia entera dentro. (No es tu familia) Pegada delante de la cama hay un banco dorado donde descansan unas pilas de libros. A pesar de los muebles dorados la habitación parece tan vacía. Las paredes grises están desnudas, a pesar de la gran pirámide negra que está encima de la cama a modo de cabecero  y de los cuadros extraños. Intento no poner cara de asco delante de Palham pero no puedo. Al mirarla me viene a la cabeza mi casa, mi antigua casa, y su puerta, con esa pintada que lo cambió todo. Una sola pirámide de pintura lo cambió todo. Más patético no puede sonar. Y vuelvo a aparecer, encima de la cama, para cada vez que valla a dormir o despierte, recuerde que en realidad no valgo nada, que lo único que lo hace son ellos. Los Superiores. Los seres más importantes del planeta. Y una mierda.  No pienso dormir con esa cosa encima de mi cabeza. En la izquierda hay muchos sillones y una mesa gigante donde hay cuencos llenos de frutas y comida. Y al lado de la mesa, suspendido en la pared, un rectángulo enorme negro.
Me acerco lentamente a él. ¿Qué demonios es eso? Parece una tabla, o algo así. Puede ser para practicar el tiro de cuchillos, creo. No puedo evitar tocarlo.  De repente con un clic una imagen aparece y salto hacia atrás. Un hombre aparece dentro del rectángulo, hablando. Intento no gritar. Han encerrado a un hombre dentro de una caja. Preparo el puño para golpearlo pero algo me agarra el codo.
-           ¡EH! ¡Eh! ¡EH! Tranquila. – Palham me tira del brazo hacia atrás pero le pego un tirón y me suelto - Sólo es una televisión, pequeña guerrera.
-           ¿Una qué?
-           Televisión. –responde lentamente- Es… un aparato que utilizamos aquí para… ver cosas. Eso, - dice y señala al hombre encerrado- es un presentador. Es un hombre que nos informa de lo que pasa.
Vuelvo a mirar al hombre. Ha desaparecido, a su vez hay una especie de plataforma alargada por la que pasean tías. Más bien son palillos andantes, y llevan la ropa más fea que he visto en mi vida. A cada lado de la plataforma alargada hay dos grupos de personas sentados en sillas que miran con cara de estúpidos a los palillos. Visten igual que mal que ellas. Una de los palillos desaparece tras una pared y de la plataforma aparece torrentes de fuego. La gente aplaude y ríe y del suelo sale una mujer. Parece que es otro palillo pero no viste tan mal y no es tan joven. Sonríe con una sonrisa perfecta y artificial y se agacha varias veces antes de irse.
-           ¿Qué mierda es esta? –susurro.
Palham se ríe a mis espaldas. Me doy la vuelta y le encaramo.
-           Es un desfile de ropa. –responde cuando se serena- De una diseñadora  importante. por cierto.
-           ¿Un qué?
-           No importa. No tiene nada que ver contigo. No es más que una de las más estupideces de aquí. – toca un lateral de la televisión y se apaga. El desfile desaparece.- Bien, -se acerca al banco dorado de la cama y se sienta- ahora todo el mundo tiene conocimiento de tu llegada. Ya todos los guardias saben que estás aquí. La primera mujer en el Santuario. Esto es todo un notición. – Me hace un gesto con la mano y me siento en una silla enfrente de él- Tienes que controlarte, Isia. Sé que habrá innumerable de veces que querrás golpear la cabeza de alguien contra la pared, y aunque sé que muchas veces lo harás diga lo que te diga, tienes que intentar bajar el número de golpeados. Tienes que medir tus palabras, y la intensidad de ellas. Cualquier palabra que digas, mínima cuál sea, puede ser vista como un atentado contra los Superiores. Toda palabra  será escuchada e incluso a veces grabada. No puedes decir cualquier cosa al azar. Porque si alguien piensa que atentas contra ellos, estás muerta.   
Asiento lentamente memorizando cada palabra. Si alguien llegase a saber los planes que tengo, desde hace años, estoy muerta. No puedo confiar en nadie, ni siquiera en Palham. Estoy sola.
Palham asiente también y se levanta.
-           Creo que deberías descansar algo. –dice- las primera pruebas no empiezan hasta mañana. Hoy es un día de tregua. Yo volveré dentro de unas horas.
No llego a escuchar las últimas palabras de Palham. Creo que ha sido un ‘hasta luego’ o un ‘te dejo sola para que vengan unos tíos y te ataquen.’ No lo sé. Todo es posible. Por un momento no escucho nada, ni puedo moverme. No puedo apartar la vista del balcón. Lejos del edificio dorado, tras un camino de las flores extrañas, un lugar que nunca pensé ver se alza. Creo que he escuchado hablar de él en Aprendizaje, o en los callejones. Pero un nombre aparece en mi cabeza. La Ciudad Real. Y ahí está, delante de mí, como si fuese un espejismo.
El único recuerdo que me queda es la vista de la ciudad desde la torre Halbo: sus casas oscuras, su plataforma de metal brillando por el sol, sus pequeñas tiendas, sus edificios de trabajo, el bosque. Esto no se parece a la  ciudad ni en los árboles.
Si me dijesen que Ciudad Real ocupa la mitad de Oslihum me lo creería. Desde la altura de mi balcón (que es muchísima) no consigo ver el final. Solo una ciudad que desaparece en el cielo.
Aquí no hay  casas de madera, ni plataformas de ejecución, ni miedo, sólo luces. Luces como estrellas. Hay millones de edificios angulosos parecidos al Santuario extendidos por la ciudad, todos de color oro, plata y de mármol. Edificios tan altos que si te subieras a lo alto tocarías las nubes. Hay mies de caminos luminosos y objetos de colores que se mueven por ellos.
Todo es tan extraño. Nunca pensé ni imaginé algo así. Un mundo diferente dentro de otro. Mientras en la ciudad la gente trabaja y muere por trabajar,  aquí hay palillos que se pasean por plataformas con ropa fea en vez de morir en ella. Todo lo que decían los Superiores, de ‘ahora Oslihum es un sitio mejor’  no es más que otra mentira. No es un sitio mejor. Es un sitio dividido en esclavos y asesinos.
Y para mí, se acabó ser esclava.

La pirámide de metal se estampa contra la pared y el golpe resuena en toda la habitación. Sonrío orgullosa. Ya puedo dormir tranquila sin esa cosa encima.
 Me quedo mirando la extraña habitación. Tengo que salir de aquí.
La verdad es que no sé dónde está mi habitación, y posiblemente no sepa volver después, pero no puedo aguantar un solo segundo más encerrada dentro de ella. Cierro la puerta e intento memorizar el pasillo, pero me da la sensación de que son todos iguales. Qué más da.
Mi pasillo está desierto, al igual que la escalera así que puedo bajar tranquila. Pero en cuanto llego al siguiente nivel se escuchan voces de hombres cerca.
-           ¿La has visto? – dice uno.
-           Sí. –responde otro- Creo que es la tía más buena que he visto en mi vida. Pero, ¿qué hace aquí?
-           Ni idea. ¿No estaba prohibido a las mujeres estar en la Elección?
-           Eso creo. Eso creía. –se corrige- Creo que este año va a ser todo diferente.
-           Y que lo digas.
Los dos se quedan callados y el mismo, pregunta:
-           ¿Sabes cuál es su habitación?
Ríe.
-           Creo que es en el nivel 9.7 .
Ríen de nuevo. Y sé lo que van a hacer. Me escondo detrás de la columna que hay al lado de la escalera.
-           Vamos a hacerle una pequeña visita.
Escucho sus pasos avanzar hacia mí y me apretujo más contra la columna, silenciosa. Sus pasos fuertes resuenan en la escalera y desaparecen en el pasillo.
No entiendo porque todos los guardias son tan imbéciles. Todas las historias sobre esos maltratos y violaciones de chicas producidas por los guardias ahora no me parecen solo historias. Si piensan que voy a ser otra historia más que se preparen.
Salgo de la columna y camino por el pasillo en el que estaban antes los guardias. Al final hay una gran escalera de piedra. Bajo por ella, apoyando la espalda en la pared mirando a todos lados. Estoy sola dentro de un edificio lleno de guardias, no puedo simplemente andar como si caminase por mi casa.
Es una habitación parecida a la gran sala donde nos recibieron, salvo por una cosa: no hay una plataforma, ni sillas. Hay una gran jaula de cristal. Dentro de la jaula hay un bosque, inundado por agua. La jaula llega hasta el techo, al igual que las ramas de los árboles.
 Un bosque lleno de agua. Eso no es bueno para el bosque. Las raíces no podrían absorber tanta agua y acabarían muriendo. Pero ahí está, un bosque. Vivito y coleando. Como cualquier otro.  No entiendo la finalidad de esto.
Me acerco con parsimonia a la jaula y toco el cristal. Es como si pudiese sentir el bosque pidiendo a gritos la libertad. De repente me siento bosque, enjaulada y desterrada al eterno ahogamiento, sin posibilidad de salir.
-           Un día te sacaré de aquí.- le juro.
Gracias al cristal consigo ver la sombra que hay detrás de mí. Con un movimiento rápido me doy la vuelta y, agarrándole del cuello, le estampo contra el cristal.
Una sonrisa ladeada me da la bienvenida.
-           ¿Debo apuntarme que te gusta golpear las cabezas de la gente con las cosas?
Noah.
-           Me estabas espiando.- contrataco y le suelto- ¿No te han dicho nunca que es de mala educación espiar a la gente?
-           La verdad es que no. –responde simplemente.- ¿No te han dicho nunca que hablar con los árboles es cosa de locos?
-           Tal vez esté loca. –respondo imitándole.
Me mira, como si me conociese, como si pudiese ver algo más a través de mis ojos, como si hubiese estado esperándome.
El momento se rompe con su risa. Tengo que admitir que echaba de menos esa risa.
-           Echaba de menos tu sarcasmo locuaz. No hay tías por aquí que digan que están locas.
-           Eso es porque realmente lo están. Lo que pasa es que lo ocultan, por vergüenza quizás.  A mí, en cambio, me da igual decirlo. Si lo estoy, lo estoy. No hay otra salida.
Se pasa la mano por el pelo y siento deja vu. Pero ese momento ahora parece tan lejano. Todo respecto a la ciudad lo está.
-           Siempre hay una salida. – responde con ese tono extraño de voz.
Ahora soy yo la que le mira. No recordaba que sus ojos castaños fuesen tan claros, no sé si será por la iluminación, por el hecho de que ha pasado tiempo, o porque no he dormido nada en días. Su pelo sigue siendo un desbarajuste de mechones marrones y sus músculos siguen marcándose en su camiseta negra. Pero aun así es como si hubiese cambiado, como si hubiésemos cambiado los dos. Ya no estamos en el Batallero después de haberles pegado una paliza a dos guardias, estamos en Ciudad Real, y a diferente de esa vez ahora tengo miedo. Pero no voy a dejar que nadie sepa eso.
Su rostro cambia. Ya no está tan sereno ni irónica, frunce los labios y entrecierra los ojos. Gruñe y le pega un puñetazo a la jaula, que para mi sorpresa no se rompe. Me quedo paralizada mirándole como se queda se espaldas hacia mí, con la cara pegada al cristal respirando pesadamente. No sé qué hacer, si darle una palmadita en la espalda o salir corriendo. Me quedo quieta.
-           No deberías estar aquí. No tienes que estar aquí. –gruñe.
-           ¿Crees que estoy aquí por gusto? – pregunto, cansada. Ya sé perfectamente que no tengo que estar aquí. No hace falta que todos lo digan y me lo recuerden.
Se da la vuelta y apoya la espalda en la jaula.
-           Tu familia no sabe dónde te ha metido. –escupe.
-           ¿Lo sabes tú? –ataco.
Mi pregunta le pilla por sorpresa. Su fachada de guaperas seguro de sí mismo  se rompe de nuevo, como la vez en la que le pregunté porque había matado al guardia. Parece ser que al fin y al cabo no es invulnerable.
-           Saberlo no te ayudará a sobrevivir.
Lo que me sorprende no son las palabras, sino la dureza de ellas.
-           ¿No crees que pueda sobrevivir?
Su rostro se ablanda y se acerca a mí.
-           Después de haberte visto pegarles la paliza de su vida a dos guardias, te creo capaz de todo, preciosa.



martes, 3 de diciembre de 2013

6.

- Palham. Ese es mi nombre.- dice mi guardián sonriente. – Y, pequeña guerrera, tu nombre hará historia. Créeme.
Saboreo cada palabra. Yo. Historia. No suena tan mal.
-          Lo que has hecho en la Elección ha sido increíble. Y el corte de manga… -ríe y echa la cabeza hacia atrás – Esa imagen va a perdurar durante siglos, pequeña guerrera.
Ellos se merecen eso y más. Por todo lo que han hecho, por todo lo que me han hecho.
-          Si creían que iba a abrazarles y a llorar por ellos la llevaban claro.- digo y miro la puerta de metal.
Palham se echa hacia delante y apoya los codos en las rodillas. Me mira intensamente, tiene algo raro en la mirada. Algo como… tristeza.  Así se lleva largo rato. Y yo no sé qué hacer. 
-          Tú no deberías haber estado en esa placa. –dice al fin. Niega con la cabeza y vuelve a mirarme a los ojos.- Tú no ibas a ser la Elegida. Tenía que ser tu hermano, no tú.
-          Cuéntame algo que no sepa. -digo poniendo los ojos en blanco.
Ojala alguien hubiera dicho eso cuando mi nombre apareció en la placa, ojala alguien hubiera gritado y no me hubiera dejado marchar. Pero nadie dijo nada, nadie grito ni lloró. Sólo se quedaron mirando cómo me monté en el camión para desaparecer para siempre.
Te quedarás sola en la oscuridad y nadie te recordará. 
- Escúchame atentamente, pequeña guerrera, olvida toda tu vida en la ciudad porque esto no va a ser ni la mitad de peligroso. Intentarán encontrar tu punto débil y si lo encuentran estás muerta. Si te pegan, por muy doloroso que haya sido el golpe, te levantas. –tiene la cara tan seria que creo cada una de sus palabras.- En Oslihum hay gente muy peligrosa y estarán observándote. Cada movimiento, cada cara que pongas, cada palabra que digas, todo. Nunca, jamás –resalta cada palabra- ha habido una chica. Nunca ha habido una Elegida. El mundo entero estará mirándote. Querrá saber todo sobre la Elegida. Todos hablarán de la Elegida. De ti. – Pone una mano sobre mi rodilla y aprieta mi mano.- No tienes que tener miedo. Yo sé que no eres una simple chica estúpida de ciudad. Eres especial. Lo supe desde el momento que te vi subida en aquel muro. Vas a hacer grandes cosas, Isia. Lo sé.  
Palham me mira aprieta la mano una vez más y se recuesta en su asiento.
-          Va a ser un viaje largo, así que te sugiero que te acomodes. –dice y mira hacia el teco.
Yo no me muevo. Sólo observo. Y reproduzco en mi cabeza cada palabra. Vas a hacer grandes cosas, Isia. Ojalá tenga razón.
-          No saben lo que te han hecho –susurra cuando cierra los ojos.
Un escalofrío me traspasa la espalda. Eso no suena nada bien. Siento miedo, un frío miedo. Y me abrazo las piernas. No te va a pasar nada. No importa que estés sola, eres fuerte. Eres más fuerte que ellos.
Eres el Ángel de las Sombras, Isia.
Sonrío y apoyo la cabeza contra la pared de metal.
Todo va a ir bien. En una esquina de mi cabeza un susurro me dice que no.

No sé cuánto tiempo llevaremos. Ni dónde estamos. Pero no he podido dormir. No consigo cerrar los ojos. Palham sigue dormido en la misma posición. No se ha movido desde entonces. Yo no sé qué hacer. Intento pensar pero no sé en qué. Mi cabeza es un caos ahora mismo.
En el camión no hay ventanas, ni ninguna abertura, así que no tengo ningún lugar por el que ver lo que hay afuera. Me estoy poniendo nerviosa. Estoy encerrada en un camión sin saber a dónde voy, sin saber qué van a hacer conmigo, completamente desarmada y con un tío que ronca enfrente de mí. Valla plan.
Respiro y cierro los ojos, apoyando la cabeza en la pared. El recuerdo desde la torre Halbo aparece en mi cabeza. La ciudad. ¿Cómo estará en este momento? ¿Qué estarán haciendo todos? ¿Qué hay de las familias de los demás Elegidos? ¿De mi familia? No, ellos ya no son tu familia. Nunca más.
¿Seguirá la ciudad su curso?
 Nadie estará echándote de menos.  
Lo sé.
De repente alguien golpe la pared y me levanto de un salto. Palham se despierta y me sonríe. El camión ha parado.
-          Ya hemos llegado, pequeña guerrera.
Las puertas del camión se abren y unos guardias aparecen, vestidos con sus caparazones negros. Palham me hace una señal con los brazos y bajo primera. Los guardias se quedan de piedra mirándome y miran a Palham, que asiente. Vuelven a mirarme y se apartan.
No puedo creer lo que veo.
¿Qué es esto? No es nada comparado con la ciudad, ni nada que se le asemeje. Parece un palacio, pero al mismo tiempo no lo parece. Es una  construcción gigantesca de color marfil. Hay plantas y plantas apiladas de forma angular y puestas estratégicamente para que parezca un monumento. Incluso hay desniveles. Es increíble. Puede ser más grande que la ciudad entera. Incluso más grande que la ciudad sumaba con los alrededores.
 Una reja de oro me da la bienvenida. Con la misma reja hay dibujados en ella unos especies de dibujos llenos de líneas y círculos que acaban en el círculo que hay en lo alto, a la mitad de la puerta.  Y dentro del círculo, una pirámide de oro. El signo de los Superiores.
Palham me agarra del brazo y me hace avanzar. Hasta llegar a la puerta hay un gran camino hecho con unas especies de flores. Flores en un camino. ¿Qué demonios es esto?  Piso una flor y levanto el pie esperando ver una flor espachurra. Pero está intacta.
-          Ni siquiera las flores son iguales a las de la ciudad.- dice Palham, que me observa divertido.
Miro una última vez la flor y empiezo a caminar por el camino sin dejar de mirar a todos lados. Una especie de bosque se extiende alrededor del extraño edificio. Es un bosque extraño. Los árboles son extraños. Sus hojas son… doradas. Mi boca cae. Hojas doradas. Árboles dorados. ¿Dónde estoy?
-          Isia eres la última. No deberías tardar más.- me reprende Palham.
Y entramos por la gigantesca puerta dorada. En el interior hay una gran sala. Tan grande como la misma plaza. Hay extrañas decoraciones por las paredes. En medio de la habitación hay muchas sillas doradas, apiladas de forma pulcra, y en frente hay una gran plataforma.  La habitación está llena de tíos, sólo chicos. Todos me miran.  
La gigante habitación se ha quedado en silencio mientras todos los ojos están puestos en mí. Escucho la risa de Palham tras mi espalda. Se acerca y me susurra:
-          Te dije que todo el mundo estaría observándote. Además, -añade- una chica tan increíble como tú en una habitación llena de jóvenes con las hormonas revolucionadas ocasiona problemas como éste.
No puedo evitar reírme. Mi risa resuena en toda la habitación. Esto va a ser divertido. Una sola chica en un edificio sólo de chicos.
Los guardianes, que antes estaban al lado de la plataforma en silencio, se acercan a sus Elegidos y es obligan a sentarse. Hago lo mismo que ellos antes de que mi guardián me diga nada. Los tíos se sientan, pero sin dejar de observándome. Me siento en el sitio que queda. En la esquina del todo de la última fila. A mi lado tengo un chico muy alto, con el cabello largo de color cobre, tiene una cicatriz que le cruza desde la mejilla derecha hasta el labio. Me mira de refilón. Imbécil.
La puerta grande de color negro que hay en la izquierda se abre y un grupo de hombres entra.
No, por favor, más hombres no. Esto es deprimente.
Un grupo de caparazones se queda rodeando la plataforma, protegiéndola. Un grupo disminuido de hombres muy arreglados sube. Se colocan todos en fila. Mi corazón se para. Le veo. Está mirando a los Elegidos, uno a uno. Va vestido con una camiseta blanca y una chaqueta negra remangada metódicamente hasta el codo y unos pantalones negros. De repente atrapa mi mirada.  Y su cara se deforma. Se queda paralizado y su boca se abre. Frunce el ceño, cómo si no entendiese. Y ahí está, aparece como un flash y se va del mismo modo, miedo.
Noah.
Uno de los hombres, vestido de traje se pone en medio de la plataforma y habla:
-          Bienvenidos, Elegidos, al Santuario. Este será vuestro hogar ahora. – Noah sigue mirándome con el rostro descompuesto- Todo sobre vuestra vida pasada debe ser olvidado. Esto, el ahora, es una nueva vida.  Y habéis renacido. Esto es un nuevo mundo, vosotros lo conoceréis y el mundo os conocerá. Vuestros guardianes ahora serán vuestra familia. Y los demás Elegidos serán vuestros hermanos. Aprenderéis a vivir aquí, y si lo hacéis bien seréis recompensados. Pero si lo hacéis mal… –el hombre se calla, para darle una tensión teatral. Valla gilipollez. - Todo error tiene su castigo.
Se hace el silencio en la sala y el hombre tras aplaudirse a sí mismo, vuelve a la fila. Noah se mueve y se coloca en medio de la plataforma.
-          Muy bien, chicos – me mira y se para- Mi nombre es Jark y así será como me llamaréis. Si queréis sobrevivir tendréis que intentar seguirme el ritmo, y no es fácil. –sonríe de medio lado – Si pensabais que ser Elegido implicaba no hacer nada y estar todo el día tirado lo lleváis claro. Mañana empieza los entrenamientos, conmigo, os lo pasaréis bien. Prepararse. Hay entrenamientos todos los días y muchas veces. Así que si soy unos completos vagos, iros aplicando la idea de que aquí los vagos solo tienen un futuro y no es bonito, creedme.
Noah se retira y vuelve a la fila. Tras unas palabras más de uno de los tíos dándonos las gracias por nuestra presencia se van. Ni que tuviésemos otra opción para estar aquí.
El ruido vuelve a la habitación en cuanto los hombres atraviesan la puerta negra. No despego la vista de la espalda de Noah hasta que desaparece.
Alguien me toca el hombro y me doy la vuelta. El chico de la cicatriz. Ahora que lo veo de frente me da la impresión de que está colocado, al menos tiene cara de estarlo. Tiene una sonrisa estúpida de me-creo-guay-por-tener-una-cicatriz y me mira de forma rara.
-          ¿Qué se le ha perdido a una chica tan guapa como tú en un sitio como este? – fantástico. También tiene voz de borracho.
¿Se supone que eso es un flirteo? Porque si lo es este tío se merece un buen puñetazo que le arregle la cara.
-          ¿Qué se te ha perdido a ti, guapo? –pregunto de forma brusca- Ah, déjame adivinar, el cerebro. –chasqueo la lengua y sonrío- Deberías buscarlo, pareces estúpido sin él.
Me levanto de la silla y me acerco a Palham, que se ríe. Escucho muchas risas a mis espaldas.
-          ¿Puedes sacarme de aquí? Estar cerca de tantos tíos estúpidos me está poniendo mala. – Asiente y me agarra del brazo y me lleva a la misma puerta por la que antes Noah pasó.

Recuerdo la promesa que me hizo.  Y sonrío. Tenía razón. 

lunes, 2 de diciembre de 2013

5.


La ciudad parece que de un modo me esté diciendo adiós. Estoy sentada en la torre Halbo, con los barrotes pegados a mi cara. Hay miles de luces, como luciérnagas, en todas partes. Todas las luces de las casas están encendidas. Es algo impresionante. Es como si las estrellas hubiesen bajado del cielo.
Esto es lo único que me queda. Estrellas en la tierra. Sólo quedan unas horas para la elección. Unas horas para desaparecer para siempre.
No pienso llorar, no lo haré.
Me viene una canción a la cabeza, una canción que escuché una vez que estaba agazapada en un callejón mientras lloraba, y que nunca olvidaré. Una canción sobre estrellas.
Y canto.
Hacia el bosque corrí y allí me oculté.
 Entre los árboles y las espinas me quedé dormida y lloré.
Lloré por todos mi amor caído.
Por la sangre de mi familia derramada.
Por mi alma quebrada.
Entre lagunas de lágrimas desperté y miré al cielo.
Las estrellas me observaban.
Y bajaron del cielo.  
Sanaron mi alma rota y me tendieron una mano; que yo cogí.
Me llevaron con ellas, a lo alto, el cielo, y ya no sentí dolor.
Mi alma quebrada brilló, finalmente libre, y se convirtió en una estrella en el infinito.

Las estrellas han bajado del cielo. Puede que para sanar mi alma quebrada. Puede que para llevarme con ellas a cielo. Así no sentiré nunca más dolor.
Aparto la cara de los barrotes. Algún día las estrellas bajaran de nuevo y me llevarán con ellas. Pero no hoy. Todavía hay unas cuantas cosas que tengo que hacer.

Ya ha amanecido, pero yo sigo en la torre. Ya se escucha el jaleo de la ciudad por el evento. Antes de que el sol saliera llegaron los camiones. Cinco, para ser exactos. Dentro de poco yo estaré en uno de ellos.
Ya es la hora.
Me levanto y miro la ciudad una última vez.  Lo memorizo todo. Cada casa, cada calle, cada árbol, cada edificio. 
-Adiós.-susurro, y sé que éste adiós es para siempre.
Bajo de la torre con la panorámica de la ciudad todavía en mi cabeza. Esto es todo lo que me queda ahora: un recuerdo.
Comienzo a andar.
Vislumbro la plaza. Tan lejos pero a la vez tan cerca. Me encaramo a un muro y me subo. Voy subiendo balcones y llego a la plaza. No se ve nada. Sólo se ve miles de puntos. Puntos, personas. Todos los puntos enfrente de la plataforma. Los camiones detrás de cada placa. Las familias de los elegidos en el lado izquierdo. Cada elegido con su familia. Pero a la quinta familia le falta su elegido. Yo. No pienso ponerme junto a ellos, no pienso estar ahí de pie como si ellos fuesen mi familia. Ya no lo son.
Nunca más.
Me siento en el muro. Los guardianes ya han salido. Cinco hombres esperan en la escalera a que sus elegidos aparezcan, vestidos con sus trajes grises. Uno de ellos me descubre mirándoles. Podrá tener unos cincuenta años o así, tiene el pelo gris, es alto y extrañamente delgado. Me mira con extrañeza, pero de repente me sonríe. Yo le miro extrañada también y sonrío un poco. El guardia aparta la vista y vuelve a su sitio.
Que cosa más rara.
Centro la mirada en las familias. Una de ellas me llama la atención.
 La primera familia está compuesta por seis miembros: un hombre mayor abrazando a su mujer por detrás, la mujer sujeta un niño pequeño en sus brazos. Dos chicos gemelos, uno chico y otra chica, están a ambos lados de un joven. Debe de haber estado entrenando durante años ya que los músculos bien formados se les notan bastante a través de la camiseta negra, es bastante alto y además es guapo. Tiene el pelo dorado oscuro, y unos ojos azules preciosos. Pero no es eso lo que me llama la atención. Es su rostro. Su rostro lleno de miedo y de tristeza. Tiene la mirada cansada, apagada, como si llevase días sin dormir, y no deja de mirar a los gemelos que tiene cogidos de las manos.  Los chicos se esconden detrás de sus piernas como si fuesen una muralla.  Para tener pinta de ser un tío duro rompecorazones parece que está a punto de llorar.
Esto es lo que los Superiores hacen. Te arrebatan todo lo que tienes. Y si no tienes nada, se llevarán lo único que te hace ser fuerte. El alma.
La plaza entera se queda en silencio. Me enderezo. De un altavoz aparece una voz, que resuena en lo más dentro de mi cabeza.
-Bienvenidos, otro año más, a la Elección. Los Superiores este año han sido muy específicos con las familias, cada una es una parte muy importante en este nueva Elección. Agradecemos su aportación. Dicho esto, procedamos con el revelamiento de los nombres.
Su aportación. Ni que fuésemos comida.
El primer guardián sube a la plataforma y se coloca delante de la placa. Hace una pausa y coloca la mano encima de la placa. Desde aquí puedo ver perfectamente el resplandor de la placa, un solo segundo, y entonces aparece el nombre.
Dainel.
Un sollozo rompe el silencio. La mujer, que antes estaba abrazada por su marido, está de rodillas en el suelo y ahora su marido está a su lado, también de rodillas, abrazándola más fuerte intentando contener los sollozos. Los gemelos se agarran a las piernas de Dainel y él les pone las manos encima de la cabeza. Los chicos se sueltan y todos se arrodillan en el suelo. El hombre abraza a su hijo y le susurra cosas en el oído que hace partirse en dos. Dainel besa la cabeza del bebé que está en los brazos de su madre y pasa los brazos por el cuello de esta. Los gemelos se unen al abrazo y su padre le sigue. Y así se quedan, seis almas sollozando, hasta que se apartan y Dainel se levanta y se va sin mirar atrás. Llega a la plataforma y sube las escaleras. Está destrozado. Tiene los ojos rojos, está intentado contener las lágrimas, pero al final un torrente cae por sus mejillas. El guardián pone la mano encima de su hombro y sonríe. Pero él no le devuelve la sonrisa.
El siguiente guardia sube las escaleras y se sitúa enfrente de la siguiente placa. La placa resplandece y aparece el nombre.
Kalh.
La siguiente familia está compuesta únicamente por un joven y sus padres. Se abrazan y la madre llora. El chico le pasa la mano por la mejilla y la besa en la frente. Una chica aparece corriendo y le besa. Él la envuelve en sus brazos y la besa miles de veces. Susurra cosas y ella ríe a pesar de las lágrimas. Se vuelven a abrazar y se va.  El chico sube decidido a la plataforma. Tiene el pelo negro como el carbón, al igual que sus ojos, y está completamente bronceado. Pero a pesar la calidez de su cuerpo, su mirada es fría y llena de tristeza. No deja de mirar a la chica. Y ella cae al suelo de rodillas.
El siguiente guardia toca la placa y otro nombre.
Adbam.
Un nuevo sollozo. Más abrazos. Un nuevo chico que llega a la plataforma.
Otro guardián. Otra placa. Otro nombre. Yehg. Más gritos. Otra familia que se abraza. Más besos. Más lágrimas que se derraman por la tierra.
Y el último guardián sube. Para mi sorpresa, es el tío que antes me sonrió.
¿Preparada?
El guardián se coloca delante de la última placa y coloca la mano.
Siempre.
El resplandor aparece, acompañado de un último nombre.
Mi nombre.

Si antes había silencio, ahora hay más que silencio. Rostros petrificados. Un nombre de chica. Sí, es un nombre de chica. Es mi nombre. Y está en la Elección. Esto es historia. El guardián se queda mirando el nombre y desde aquí puedo verle la cara. No puede creerse lo que ve.
Toda la ciudad vuelve la vista hacia mi familia, que están mirándose entre sí. Todos tienen cara interrogativa. Nadie sabe dónde está la chica. No se encuentra con su familia. Entonces, ¿dónde está?
-          Estoy aquí.
Bajo del muro. Y poco a poco se van echando hacia atrás, dejando un camino. Les miro antes de empezar a caminar. Todos son rostros conocidos. Recorro el camino con paso decidido. Todos me miran, incluso mi familia. Sonrío. El camino se acaba y llego. Mis padres y mi hermano me miran, expectantes, esperando a que me una a ellos. No va a pasar eso, imbéciles. Paso delante de ellos sin mirarles y camino hacia la plataforma. Pero antes de pasar la última familia me paro.
 ¿De verdad vas a irte así? Déjales un recuerdo que tengan para siempre en la memoria.
Me doy la vuelta. Mi familia sigue mirándome.  Mi madre pone su cara hago-como-que-me-importa-mi-hija y sonríe. Nada de eso. Les miro, sonríe radiantemente y levanto el dedo corazón. Mi madre deja de sonreír.
-          Pudrirse en el infierno, cabrones.
Sus rostros se descomponen y me doy la vuelta. Así recordarán, día tras día, lo que le hicieron a su hija.
Por primera vez en mi vida subo a la plataforma. Los guardianes y los elegidos me miran. Pero sonríen. Me pongo delante de mi guardia y él se queda mirándome. Sonríe y se acerca a mí.
-          Tengo la sensación de que vas a dar mucha guerra, cariño. –susurra.
Sonrío.
Si tú supieras…
La voz resuena de nuevo:
-          Y estos son los Elegidos de este año.
Noto un golpe en mi hombro y mi guardián me empuja suavemente para que baje las escaleras. Subimos al camión y no miro atrás.
Las puertas se cierran, dejándome encerrada dentro del camión de metal y noto la mirada sarcástica del guardián. No dice nada, solo me mira.
El camión arranca y empieza a moverse. Algo en mi estómago se retuerce.
Voy a salir de aquí. Estoy saliendo de aquí. Todo lo que he estado imaginando durante años se está haciendo realidad.

Esto es sólo el principio de mi libertad.