Nunca
he estado en una sala de entrenamiento, por la sencilla razón de que
nunca he tenido ningún entrenamiento ni ninguna práctica de lucha.
Sólo vislumbré lo que era el Batallero desde la lejanía de la
puerta, pero nada ha llegado más allá.
Hasta
hoy.
Después
de la inquietante charla de Noah,el silencio desapareció de repente.
Pensé que el día de hoy sólo constaría de la prueba y de la
charla para meternos miedo; pero ni de lejos. Cuando todavía el
silencio sucumbía la habitación los guardias empezaron a moverse:
agarraron a un Elegido por los brazos y lo arrastraron hacia la
puerta. Pero no fue el único. Uno a uno, los guardias que estaban a
sus espaldas, los inmovilizaron por los brazos y los arrastraron a
todos sacándolos de la habitación. Yo, por supuesto, fui la última.
Parece que no conocen el dicho de 'las señoritas primero'
por aquí. Aunque claro, por ser la última no voy a ser igual que
los demás. Cuando les tocaba a los guardias agarrarme de los brazos
me di la vuelta y les encaré. Uno de los guardias dio un paso atrás,
los demás dudaron con los brazos un poco levantados. Entonces
miraron a Noah, supongo que para recibir las nuevas órdenes. No me
di la vuelta, después de haber visto la otra cara de Noah no sabía
si sería capaz de aguantarle la mirada sin pegarle un puñetazo; y
eso, esta vez, no me la iban a dejar pasar. Noah no es un guardia
cualquiera, es más que eso. Así que pegarle un puñetazo no puede
estar en mi mente a no ser que quiera una muerte inminente. Aunque
tengo una cosa clara ahora, si tengo que morir quiero que sea de esa
manera: por haberle pegado una paliza. Así moriré, me matarán, de
la peor manera posible, sí, pero al menos moriré con la
satisfacción de que antes de quedarme sin latidos le he dejado sin
cara.
La
leve risa de Palham me resonó en el oído. Me volteé a mirarle y vi
que estaba mirando a los guardias con un brillo divertido en los
ojos. Miré a los guardias, ellos habían dado un paso hacia atrás,
colocándose al mismo nivel que el otro guardia. Y comprendí. No me
iban a arrastrar como a los demás, iba a salir con mi propio pie.
Esta vez, a pesar del dolor de la cara, me reí. Aunque claro,
después de hacerlo me arrepentí, un dolor tremendo me atravesó por
toda la cara y el labio me empezó a temblar. En ese momento me di
cuenta del penoso aspecto que tenía que tener. Apenas he dormido en
días, no me sorprendería que tuviese unas ojeras terribles. Por no
decir que todavía me quedan secuelas de la pelea con Cicatrices, y
ahora por la pelea con los guardias. Pero me compadecí de mi aspecto
al ver el de los guardias: la sangre se les había secado y eso hacía
que tuvieran un aspecto más asqueroso que el de antes. Al primer
guardia se le había coagulado la sangre en torno a la boca y su
labio parecía que había explotado por un lado, además bajando el
cuello tenía chorreando bastante sangre. También tenía la boca
algo doblada en un ángulo extraño así que supongo que se le habrá
desencajado la mandíbula. El segundo no tenía mejor suerte: la
nariz estaba doblada en ángulos extraños por la rotura y también
se le había secado la sangre que tenía al rededor de la nariz, y
por los orificios de la nariz todavía caía sangre que llegaba hasta
la barbilla y le caía sobre el pecho. El último no tenía la cara
tan destrozada, sólo tenía un poco de sangre por la nariz y unas
cuantas magulladuras sobre las mejillas. Pero su mano parecía que
había sido un intento de mutilación: el dedo índice estaba lleno
de sangre y parecía que le faltaba gran parte de dedo. Lo mejor de
todo es que tenía grabado mis dientes en su mano, así recordará
por un tiempo quién le ha hecho eso. Los tres presentaban un aspecto
deplorable, por no decir patético. En esos casos me reiría en sus
caras pero la verdad es que no quería que volviese a pasar lo de
antes, ya se lo que es reír después de que te hayan pegado un
puñetazo en la cara.
Miré
una última vez a los guardias e hice un asentimiento con la cabeza
de modo de agradecimiento. Podría parecer que les agradecía por
haberme dejado largarme sola pero en realidad era por haberme
alegrado con la paliza de esta mañana. Después de días llenos de
angustia y desesperación me merecía tener algo de diversión, digo
yo. Volví la vista a Palham y empecé a andar hacia la puerta. Los
guardias empezaron a caminar unos metros separados de mi, pero una
voz resonó a nuestras espaldas:
-No.
Vosotros os quedáis, tenemos asuntos que aclarar -su voz no había
cambiado, seguía sonando dura y fría, todavía con esa carga de
odio. No había cambiado, y eso hizo que me estremeciera.
Los
guardias se pararon y dieron la vuelta pesadamente para enfrentarse a
lo que se que signifique asuntos pendientes, y
para su tono de voz no será nada bueno. Sentía los ojos de
Noah en mi espalda, siguiendo cada movimiento. Apreté los puños y
centré mis pensamientos en la puerta. Cuando atravesamos la puerta y
giramos hacia otro pasillo Palham me pasó el brazo por los hombros.
-No
sabes lo orgulloso que estoy de ti -susurró. Hice una mueca, a modo
de sonrisa. Yo también estaba orgullosa -. No sé como lo has hecho,
pero lo hiciste. ¿Cómo supiste que venían a por ti?
-Fácil.
Porque los escuché -respondí.
Me
miró por unos segundos sin comprender hasta que asintió con la
cabeza.
-¿Cuánto
tiempo llevas sin poder dormir? -preguntó, con un tono extraño.
-Desde
que supe que sería la Elegida -le respondí. No quería reconocerlo
pero, era verdad. No iba a contarle nada acerca de mi angustia ni mi
preocupación, pero al menos eso podía contárselo. Al decirlo un
suspiro salió de mi pecho. No estoy acostumbrada ha decir como me
siento, y hacerlo me hace sentir transparente, como si me estuviese
exponiendo ante todos.
Se
paró y se volteó hacia mí. Por un momento se limitó a mirarme,
con un brillo raro en los ojos. No sabía como interpretar aquello.
No era la primera vez que Palham me miraba así, con esa mirada
cargada de dolor y tristeza, además de algo más. Y no podía
identificar que era aquello. Entonces caí en la cuenta de algo: se
parecía al modo en el que Jolsan me miró, pero con más tristeza y
dolor recargado. Tenía que hablarle de Jolsan a Palham, al menos si
quería tener una pregunta sin respuesta y una incertidumbre menos.
Pero mis pensamientos se dispersaron cuando, de repente, Palham se
agachó y me abrazó. No era un abrazo que se da para infligir algo
de compasión, en señal de que todo iba a salir bien; era todo lo
contrario. Parecía como si Palham se estuviese ahogando y yo fuese
oxígeno, se agarraba a mí con tal fuerza que tenía miedo de que se
me rompieran los huesos. Tenía la cara hundida en mi pelo y noté
que su cuerpo tiritaba, pero no porque tuviese frío. Era como si
estuviese llorando por dentro, su cuerpo se estremecía por los
gritos silenciosos. Conozco perfectamente cómo es eso, en eso soy
toda una profesional. Hay personas como yo que no podemos permitirnos
llorar por fuera así que tenemos que hacerlo por dentro, donde nadie
nos puede oír ni ver. Después de haber recibido aquella paliza
cuando era pequeña no volví a llorar exteriormente, pero eso no
significaba que no lo hiciese por dentro. Y eso estaba haciendo
Palham. No supe como reaccionar ante aquello, ese arrebato de
emociones tan dolorosas. Por un momento el dolor de Palham me abrumó,
pero se esfumó después de los pocos segundos que duró el abrazo.
Se separó de mi pero no se ocultó, sino que me miró directamente a
los ojos.
-No
tengas miedo, no pienses que estás sola; porque no lo estás. Aunque
tu no lo sepas hay personas a las que les importas y están cuidando
de ti. Nada va a pasarte. Tu antigua vida se ha ido, ya no tienes que
sufrir en soledad. Recuerda esto, pequeña guerrera.
Después
de eso Palham volvió a ser como antes y me sonrió, y era una
sonrisa de verdad. Me condujo entre pasillos hasta que llegamos a una
gran puerta, pero yo apenas me di cuenta de que estaba parada como
una estúpida delante de una puerta abierta. Las palabras de Palham
todavía me tenían confusa, no podía parar de darle vueltas una y
otra vez. ¿Era verdad? Si lo era entonces hay personas que confían
en mi y que quieren protegerme. Eso es esperanzador... y a la vez
escalofriante, por el hecho de que no se quienes son.
Hasta
este momento no me di cuenta lo que tenía ante mis ojos. Era lo que
siempre quise, lo que tantas noches soñé con poder entrar, lo que
tan prohibido tenía. Una sala de entrenamiento. No se describir como
es, sobre todo por las dimensiones que tiene. Es enorme, tanto de
largo como de ancho.
Y
las cosas extrañas siguen.
Por
supuesto que nunca he visto bien lo que es una sala de entrenamiento,
pero esto no se parece en nada a lo que se supone que debe ser. Esta
lleno de maquinas extrañas hechas de metal negro, aunque no son más
que meras platas de metal con una vara a modo de soporto que las
ancla al suelo. La sala está llena de grandes construcciones
angulosas, llenas también de desniveles, como una pequeña copia del
edificio.
Los
Elegidos están sentados a un lado, en lo que parece unas gradas
altas de metal negro. Empiezo a cansarme de su obsesión con las
cosas negras, la verdad. A petición de Palham me acerco a la grada y
me siento en la fila de arriba. Noto unos golpecitos en mi hombro y
veo a Dainel a mi lado. Cuando subí las escaleras para llegar a la
última fila me negué a mirar a nadie, aún sabiendo que todos me
estaban mirando, así que no sabía con quien me había sentado. Y,
francamente, no me importaba pegarle un puñetazo si se pasaba de la
raya. Pero ahora lo del puñetazo se ha borrado de mi mente.
Agradezco tener a alguien que no me produzca fuego por las venas,
aunque solo sea una persona. La verdad es que Dainel me da una
sensación de paz, de algún modo. Sobre todo por sus miradas
sinceras. Y, digamos, que por aquí la sinceridad no es algo que
muchos practiquen.
-Un
poco más y te los cargas -me susurra agachando la cabeza, con una
sonrisa en la boca.
Estúpido.
Le pego un codazo y le señalo mi boca, él ríe y asiente
comprendiendo. La próxima que intente hacerme reír no dudaré en
pegarle una bofetada.
-Si
ellos me atacan yo les ataco. Así es como funciona -respondo,
encogiéndome de hombros.
-Recordaré
eso -murmura, sin dejar de mirar a todos lados. Mira con desconfianza
hacia los guardias que están enfrente de la grada, además de a los
otros Elegidos. Por eso habla tan bajo, para que nadie escuche sus
palabras. Parece que hay otra persona que no confía en nadie, además
de mi -. ¿No tienes la sensación de que están vigilándonos?
-susurra, de repente.
Le
miró incapaz de articular palabra. Tengo esa sensación todo el
tiempo. Como si unos ojos invisibles estuviesen observándome todo el
tiempo, por la espalda; pero, por supuesto, nunca hay nadie
mirándome. He llegado a pensar que puede ser una efecto secundario
del cansancio y el estrés, pero que Dainel también lo admita aclara
mis sospechas.
-Como
si estuviesen observándonos en cada movimiento que hacemos -susurro,
bajando también la voz.
Dainel
por fin vuelve la vista hacia mí y me clava sus ojos azules. Tiene
mejor aspecto, las ojeras ya han desaparecido y tiene mejor color de
cara. El miedo ya ha desaparecido completamente de sus ojos, tiene el
pelo peinado y, por fin, se ha cambiado de camiseta. Menos mal,
porque llevar la misma camiseta después de pelear no creo que sea
saludable para la gente que tenga que respirar cerca suya. La verdad
es que parece otro. Ahora parece un tío malo, con su camiseta negra
dejando ver sus brazos musculosos tan pegada al cuerpo que deja libre
a la imaginación.
Bueno,
aunque en realidad aquí todos lo parecen.
-Exacto
-susurra a escasos centímetros de mí. Siento su aliento en mi nariz
– Yo creo que puede que esto esté lleno de cámaras.
Me
enderezo y me acerco más a él.
-¿Qué
quieres decir?
-Pues
-responde-, si te das cuenta hay muy poca seguridad para tener un
edificio lleno de personas con entrenamiento suficiente para matar a
alguien. Los dos lo hemos comprobado. La primera vez, bueno, segunda
vez -se corrige- que nos conocimos. Tu estabas paseando por los
pasillos y nadie te interceptó.
-Salvo
tú -le recuerdo.
Sonríe,
recordándolo, y asiente.
-Salvo
yo -repite-. A lo que voy es que apenas hay seguridad -asiento-. Así
que la única razón por la que hay tan poca es que nos tienen
vigilados de otra forma, una forma más camuflada.
-Por
cámaras -respondo, con el ceño fruncido. Tiene razón. Hay muy poca
seguridad, apenas nos vigilan. Podemos salir cuando queramos de
nuestras habitaciones y circular por los pasillos sin encontrarte con
casi nadie. Así que tiene sentido. No van a dejar que paseemos como
queramos por donde queramos. Nos tienen que controlar. Y el truco es
que nosotros no sepamos que lo hacen.
-Bingo
-asiente-. No se exactamente donde las tienen escondidas, pero las
voy a encontrar.
Aparta
la mirada, apoya la cabeza sobre la pared y cierra los ojos. En esa
posición me recuerda a con Adonis. Una belleza tranquila, con la
cabeza mirando al cielo, esperando algo sin nombre. De algún modo es
como si se pareciese a él. Él no es Adonis. Por
supuesto que no, Adonis es la persona más estúpida y rastrera que
hay en la ciudad. Por no decir gilipollas. Él dio mi vida, la vida
de su hermana, a una muerte segura solo para salvar la suya. Ninguna
persona con algo de corazón lo haría. Pero claro, Adonis no lo
tiene. Dainel es diferente. A diferencia de Adonis él sí tiene
corazón. Yo misma lo he visto el día de la Elección, cuando tuvo
que decir adiós a toda su familia. Él no es
Adonis. Tal vez, en el pueda confiar. Tal vez.
-Te
ayudaré -susurró.
Dainel
abre los ojos y vuelve a mirarme. Me mira durante unos segundos,
alarga la mano y agarra la mía. Me quedo mirando nuestras manos
cogidas, los pocos segundos que dura nuestra unión. Dainel me da un
apretón suave y sonríe.
-Gracias.
Unos
pasos resuenan en la puerta y todos nos quedamos callados. Noah
aparece en la sala, ni rastro de los guardias. No quiero pensar que
les habrá pasado, por mi experiencia sé que Noah no trata muy bien,
que digamos, a los guardias. Así que me espero lo peor. Se coloca en
frente de las gradas y pego un respingo. Parece que ya vuelve a ser
el Noah de antes (si es que ese Noah existe).
-Bien.
Esta sala será vuestra vida el tiempo que yo crea conveniente. Aquí
lo aprenderéis todo, hasta quién sois -dice Noah-. Aquí tendréis
que demostrar vuestras habilidades y de qué madera estáis hechos.
Aquí, es donde empieza todo. Ya demostrasteis en la jaula de lo que
sois capaces, ahora os toca mejorar lo que tenéis aprendido.
No
sé si ofenderme o no por su discurso ya que a mi nunca nadie me ha
enseñado nada, así que no puedo mejorar puesto que no tengo nada
aprendido. Solo sé lo que me ha enseñado la calle; y, creo, que eso
no es a lo que Noah se refiere.
Como
si me estuviese leyendo el pensamiento, Noah me mira. Sus ojos
vuelven a tener esa calidez que era propio de él, pero ahora veo
algo de oscuridad en ellos. Él me sonríe de lado, como siempre,
pero yo no le devuelvo la sonrisa. Su sonrisa se esfuma y me mira
confuso. Si pensaba que iba a tragarme su trola más vale que
espabile, porque no voy a caer en su trampa. Segundos después aleja
la mirada y mira a los demás.
-Vuestros
primeros entrenamientos fueron de preparación física, así que lo
primero que haremos será eso.
Uno
de los Elegidos bufa.
-Yo
no necesito más preparación física, ya estoy preparado.
Noah
centra su mirada en él, otra vez con aire divertido.
-Entonces,
acércate.
El
Elegido duda unos segundos pero coge aire y se levanta muy erguido.
Baja las escaleras y se coloca en frente de Noah. El Elegido es
Cicatrices. A la velocidad del rayo Noah le ataca. Nadie vio venir su
ataque. No sé que fue lo que hizo, una especie de llave quizás,
pero su puño y sus pies impactaban por todas partes en el cuerpo de
Cicatrices y en menos de seis segundos estaba tirado en el suelo con
la cara estrujada contra el suelo.
-No
estás preparado -dice Noah en el oído de Cicatrices.
Cicatrices
se queda unos minutos tendido en el suelo, hasta que se levanta
pesadamente, un crujido resuena y gime. Le ha tenido que hacer
bastante daño. Un hilo de sangre le corre por la nariz y empieza a
bajarle por la barbilla, pero él no hace nada para pararla.
Intentando no mirar a Noah sube las escaleras lentamente, con la
cabeza gacha, y se sienta de nuevo en su asiento. Creo que la poca
dignidad que le quedaba después de haber sido vencido por una chica
se ha esfumado. Qué pena.
-Lo
que acabáis de ver es una demostración de lo poco preparados que
estáis. La preparación que recibisteis no tiene nada que ver con la
que vais a recibir ahora. Así que prepararse, porque va a ser duro
-añade, sacudiéndose las manos.
Miro
de reojo a Dainel y me sorprendo porque él también me está
mirando. No se qué pensar. De entre todos soy la única que no tiene
preparación y eso me pone en el nivel más bajo. No sé como fueron
las preparaciones para todos, pero supongo que fueron malas (no creo
que esos cuerpos tan musculosos se hagan tan fácilmente). Pero lo
peor de todo es que los entrenamientos de ahora van a ser mucho
peores.
Tengo
que hacer algo, no puedo estar con tanta desventaja cuando mi vida
está sostenida por un hilo; y quién sabe cuando ese hilo se
romperá. Porque lo hará, tarde o temprano, todo depende de mí. No
puedo permitirme llegar tan alto para perecer tan rápidamente.
Observo
los cuerpos que hay por la grada, todos son musculosos, algunos
tienen heridas o deformaciones por peleas, incluso cicatrices, y eso
sólo les hace parecer más fuertes. Todos ellos han aprendido cómo
luchar de mano de los mejores, yo sólo he podido permitirme espiar
un entrenamiento y sobrevivir con esa hora de espionaje.
Una
cabeza me sorprende. Su pelo, un poco largo para como lo suelen
llevar los Elegidos, es de un color rubio pero muy apagado. Un rubio
muerto. Tiene algunos mechones dorados, unos rayos de sol sobre la
oscuridad, pero aún así tiene algo extraño. Me revuelvo en mi
asiento y me muevo un poco hacia la izquierda, pegándome un poco
hacia Dainel, aunque él ni se inmuta. Desde aquí le veo mejor. No
tiene cicatrices ni heridas como los demás, ni siquiera tiene
músculos. Está pálido, demasiado pálido y su piel resalta más
por el negro de su camiseta. Está en una esquina, separado
ligeramente del Elegido que hay a su lado, como si le tuviese miedo.
Tan alejado de todo, con una mano apretándose el brazo, parece tan
pequeño e insignificante que me da la sensación que estoy soñando.
¿Qué hace él ahí? Tiene toda la pinta de estar enfermo, entonces,
¿porqué ha venido?
Da
un respingo, se estremece y se abraza más los brazos, el pelo le cae
hacia delante y la poca piel de la cara que veía antes queda oculta.
Entonces, después de una respiración, mueve la cabeza y sus ojos me
observan traes las rendijas de su pelo. Toda la habitación parece
desaparecer a mi alrededor, lo único que existe son sus ojos, que me
absorben. Siento como el aire de mis pulmones se esfuman, de pronto.
Sus ojos, verdes como los árboles, como el bosque, tan bellos como
grandes. Pero lo que me sorprende no es su color, ni los grandes
círculos oscuros que rodean sus ojos; es que están muertos. Unos
ojos muertos de una persona muerta. Están llenos de muerte, de
tristeza, de dolor y de vacío. Sus ojos encuentran los míos. Por un
momento estoy atrapada en ellos, girando en un remolino de muerte y
desesperación en un verde infinito, hasta que algo cruza su mirada.
Un brillo. Sólo duró unos segundos, justo antes de que sus ojos
volviesen a desaparecer entre aquella mata de pelo muerta. Pero me
bastó para ver algo. Vida. Un resplandor viviente entre aquella
muerte sin retorno. El aire vuelve a mis pulmones. No se quién es
ese chico, tan enfermizo y pequeño rodeado de tanta musculatura y
estupidez. No podrá tener más de quince años, quizás menos,
aunque sus ojos parecían más viejos, con más sabiduría y madurez
que un niño de su edad. Una presión me oprime el pecho porque sé
su realidad: ese chico ha venido a morir. Aunque, ¿cómo pueden
matar algo que ya está muerto?