sábado, 24 de mayo de 2014

15.


                              Las pesadillas se han ido, al menos por ahora.  Ahora puedo cerrar los ojos sin que me aborden imágenes de mi aprisionamiento en el Cuadrado. Y me siento bien, cosa que hace unos días me parecía imposible; pero es verdad. Aunque el miedo sigue ahí, pero ahora está encerrado en un cuarto oscuro, dentro de mi cabeza, y sus gritos están amortiguados por los muros invisibles. Espero que se queden encerrados una buena temporada (por mi bien).
                           El miedo es la única cosa que puede ser mi perdición ahora mismo. Si me hubiese dejado llevar por el miedo en el Cuadrado ahora estaría muerta; no puedo evitar estremecerme al pensar eso. Aquello era un agujero sin salida, y yo estaba herida, muy herida. Lo peor de todo es que estaba sola, estaba encerrada en la oscuridad y nadie podía venir a salvarme. En ese momento la ansiedad se apropió de mí, pero no la dejé pasar los límites. A pesar de que se habían barajado las cartas y yo me había llevado las peores no decaí, porque una voz resonó dentro de mí, en el fondo de mi corazón, una voz tan leve pero tan fuerte que me abrió los ojos.
Siempre hay salida.”
                           Nunca he sido negativa, no era como las demás chicas de Aprendizaje que por cualquier cosa, por muy insignificante y estúpida que sea, se ponían a llorar desconsoladas diciendo que iba a ser su fin o el de otro. Llorar y lamentarse no sirve para nada y, por supuesto, no va a arreglarte la vida; así que para qué hacerlo. Ya he aprendido que ante los problemas lo mejor es plantarles cara, aunque ello conlleve saltar al abismo. Aunque en ese momento, dentro del Cuadrado, lo de plantarle cara al problema no parecía una buena opción, yo pensaba que todas las acciones llevaban a lo mismo: la muerte. Pero me equivocaba. Siempre hay salida. Tres simples palabras, una sola voz. Sólo eso, nada más que eso sirvió para salvarme. Así conseguí ver que, por primera vez en mi vida, podía confiar en las palabras de alguien.
                            Pero eso no significa que llegue a confiar en esa persona. La confianza es algo inexistente aquí.
                               Mis heridas ya han sanado. Sólo me queda una cicatriz limpia en el hombro y algunas más en los brazos. Aunque tengo un poco de migraña, pero no es nada que no pueda manejar.  Me está empezando a gustar la tecnología extraña de aquí (solo un poco).
                             Me sorprendo cuando, al levantarme, no me cruje ninguna parte del cuerpo, y eso que llevo como cinco días tumbada en la cama sin apenas moverme. Al andar tampoco me duele nada, así que me apuro. Cruzo la habitación en pocos pasos y me quedo en frente de la puerta cerrada. Palham me ha dicho como mil veces que no podía salir hasta que las cosas se calmen, pero también hasta que tengan la seguridad de que mi asesino no va a intentar atacar de nuevo. Yo le escuché todas las veces que lo dijo, lo prometo, y le hice caso, he estado cinco días esperando incluso, pero mi paciencia tiene un límite. No pueden pretender tenerme encerrada como un animal mientras ellos buscan a mí asesino. Lo primero, no soy un animal. Segundo, sé valerme por mí misma. Y tercero, no quiero esconderme. Si hay un chalado con la intención de matarme le plantaré cara y le sacaré las respuestas a golpes si hace falta. Palham debería saber ya que no puede controlarme, pero aun así me deja sola con una sola puerta separándome de mi libertad.
                          Aplaudo la ingenuidad  de Palham.
                         Empujo el pomo hacia abajo y la puerta se abre fácilmente con un chasquido. Gracias, Palham. La puerta da a un pasillo con poca iluminación que parece no tener fin. Está desierto y no se escucha ningún sonido, ni siquiera mi respiración. ¿En qué parte estaré? Esto no está cerca de la parte de los dormitorios, puesto que no se parece en nada. Tiene que estar en una parte muy alejada. Aunque no apostaría mi vida por ello puesto que no sé si quiera donde está mi habitación, así que no quiero aventurar nada.  La verdad es que el pasillo es  tan oscuro y lúgubre que hace que se me hielen los huesos. Si doy un paso hacia atrás volveré a la seguridad de mi habitación, podré tumbarme de nuevo en mi cama, taparme con la cálida manta y Palham volverá y no estaré sola.
                          Tengo ganas de pegarme un puñetazo. Isia despierta, no seas estúpida me digo. Creo que eso de estar encerrada sin salir me ha afectado al cerebro. No puedes caer tan bajo Isia. No, claro que no.  Llevo en una cama cinco días, si paso un solo día más en esa cama sin moverme juro me volveré loca (o puede que lo esté ya, quien sabe).
                              Con paso decidido avanzo sigilosamente por el pasillo. Con forme avanzo se va oscureciendo cada vez más.  Maldigo a quien se le haya ocurrido dejar a oscuras el pasillo. Por mucho que acelere el paso el pasillo sigue pareciendo ser igual de largo así que acabo corriendo.  Me siento rara,  como si ya no recordase quien soy realmente. Me siento… nueva. Mi vida anterior es ahora un espejismo a medio borrar. Ya apenas recuerdo como era, como eran todos. Sólo han pasado unas semanas desde que me fui y parecen años. Pero nada ha cambiado, he sido yo. Yo he cambiado. La experiencia en el Cuadrado me ha hecho despertar. Ya no soy aquella Isia que se escondía en los callejones. Aquella persona se quedó bajo tierra en la ciudad. Y yo he despertado. Tengo la sensación de haber estado toda mi vida dormida, ya era hora de despertar. Me siento viva, por fin.
                             Acelero la carrera todo lo que puedo, hasta mi límite, y mis pulmones no arden.  Llego a un primer cruce, por fin, y lo tomo. Este camino no es tan oscuro por lo que dejo de correr, pero no dejo de caminar rápido. Ni siquiera me duelen los músculos, no me duele nada. El pasillo es largo, al igual que todos, y tampoco tiene ventanas. Sólo entra luz por la pared de cristal que hay al final del pasillo. No ocupa toda la pared pero sí una buena parte. A su lado hay unas escaleras tras un muro de piedra que bajan hacia otro nivel. Por el cristal puedo ver pasillos iluminados (ya era hora) y las columnas tradicionales que hay en la zona de dormitorios; aunque algo me dice que no estoy tan cerca.
                              Unas voces amortiguadas llegan a través del cristal y de uno de los pasillos aparecen dos guardias arrastrando a un hombre. Cada uno lo agarra por un pie y tiran, con mucha violencia. El hombre se revuelve y grita, pero no puede hacer nada. Lleva la ropa hecha jirones y está cubierto de sangre, que deja manchas en el suelo,  intenta agarrarse a una columna pero un guardia le pisa el brazo y le pega una patada. El hombre grita y los guardias siguen arrastrándole. Es en el momento en el que grita cuando le reconozco, sigue llevando la misma ropa aunque su camiseta azul ahora está cubierta de sangre y de mugre. El guardia le ha pisado el mismo brazo de la mano que yo le curé hace días, todavía sigue llevando el vendaje que le puse pero recubierto de suciedad y más sangre.
                             Me hierve la sangre: es Jolsan.  Los guardias lo empujan  al medio de la habitación y uno de ellos le agarra del pelo y tira hacia atrás. Jolsan grita y su rostro se contrae en una mueca de dolor, mueve los brazos hacia arriba pero el otro guardia le agarra y le aprieta los brazos hacia atrás, y Jolsan chilla más fuerte. Borbotones de sangre salen de su nariz y tiene una brecha rojiza en la frente. El guardia que le pisó coloca su apestosa boca en el oído de Jolsan.
-Ahora sí que vas a sufrir, pedazo de mierda –le dice lo suficientemente fuerte para que yo lo oiga.
                                   Y exploto. Mi pie impacta contra el cristal con todas mis fuerzas y se rompe en pedazos. Los trozos de cristal caen sobre el nivel y los guardias se cubren la cara con los brazos. Jolsan cae al suelo y pega la cara al suelo, cubriéndose torpemente de los cristales. Antes de que los guardias vuelvan la vista hacia arriba yo ya estoy escondida en la escalera, detrás del muro de piedra. Todo está en puro en silencio salvo por las respiraciones cortantes de Jolsan. Los guardias son sigilosos, pero no suficiente. Sé que ya han sacado sus armas y que avanzan hacia aquí. Sé que en cualquier momento van a llegar a la escalera y me dispararán. Y sé que cuando ellos lleguen a la escalera para matarme, yo ya no estaré ahí.
                                  En menos de diez segundos los guardias han llegado a la escalera y han soltado una exclamación ahogada porque no hay nadie. Gracias a la gran abertura de la pared he podido quedarme colgando agarrándome al suelo. Me dejo caer lentamente y cuando llego al suelo ruedo sobre mi misma para que caiga sobre los cristales. Jolsan me mira con los ojos abiertos como platos y le hago una señal para que guarde silencio. Cojo un trozo grande de cristal y avanzo sigilosamente apretándome contra el muro hacia la escalera. En mis venas el fuego me quema, abrasándome. Aprieto fuertemente el cristal y noto como me corta la mano y la sangre se desliza por mi mano, pero aparto el dolor a un lado.
                              Escucho las respiraciones rápidas de los guardias cuando llego al final del muro. Un guardia se echa hacia atrás, desconcertado, y ataco. El cristal se hunde en su muslo y cae de rodillas. Sin perder tiempo agarro la pistola que se le ha caído y me agacho esquivando el disparo del otro. Antes de que dispare otra vez estampo mi pie contra su mano con fuerza, la pistola se le resbala de las manos y cae al suelo. Cargo contra él, el guardia mueve su codo contra mi cara y me agacho pegándole un puñetazo en el costado. Se dobla por la mitad y estampo la culata de la pistola contra su cabeza, el guardia pone los ojos en blanco y su cuerpo cae con un golpe sordo.  El otro guardia sigue en el suelo, gimiendo. Me voy la vuelta y le cazo arrastrándose para atrapar la pistola de su compañero. Se queda quieto y clava sus ojos llenos de dolor y sorpresa en los míos y no siento nada, solo odio. El fuego me abrasa más fuerte y aprieto los dientes: es el guardia que le pisó a Jolsan y le maltrató. Sin dejar de mirarle, aprieto mi pie contra su mano extendida e intenta no gritar, pero no me aparto, sino que aprieto más fuerte.
-¿Qué se siente al sufrir, pedazo de mierda? –susurro junto a su oído.
                                El guardia aprieta los dientes, escupe sangre  y susurra:
-Voy a matarte zo –su voz se quiebra cuando estampo su cabeza contra el suelo. Suena un chasquido y deja de moverse. Le muevo la cabeza y observo su rostro. Tiene la nariz doblada en un extraño ángulo y una cascada de sangre se precipita por ella. Como le hicieron a Jolsan. La sangre se extiende por el suelo y le ensucia toda la cara. El guardia es joven, no puede sobrepasar los treinta, pero su rostro es oscuro y amenazante. Esto no es humano. No son humanos, ninguno de ellos; son monstruos.
                               Los Superiores dijeron que los antiguos habitantes, los terráqueos, destruyeron su planeta, ellos mismos, por las guerras, la violencia y el egoísmo. Se mataban entre ellos mismos sin motivos aparentes y hacían cosas perjudiciales para su planeta; pero les daba igual. Ellos seguían matando y destruyendo todo a su paso mientras su planeta moría hasta que consiguieron la destrucción completa de la Tierra y la muerte de todos sus habitantes. Pero antes de eso un grupo de personas que se dieron cuenta de lo que estaba pasando, los Superiores, idearon un plan de escape para cuando el final llegase. Reclutaron a un gran número de personas y construyeron bunkers bajo tierra y allí almacenaron víveres y cosas que llevar al nuevo mundo. Cuando la Tierra murió los únicos que sobrevivieron fueron ellos. A partir de las  cenizas crearon el mundo que es ahora, Oslihum, el Nuevo Mundo, el Superviviente. Crearon nuevas ciudades y poco a poco la población empezó a crecer. Poco después los Superiores crearon la Elección, una fecha al año donde cinco familias deberán dar a un miembro de su familia para que sea llevado ante los Superiores. Nadie sabe por qué, de dónde vino, pero nadie es capaz de preguntar. 
                               Los Superiores, en los videos que nos ponen en Aprendizaje, nos dicen que ellos salvaron el mundo de la destrucción y dieron paso a un mundo mejor y más pacífico donde todos podemos vivir en paz. Y una mierda. No vivimos en paz, vivimos con miedo. Miedo a no poder alimentar a tu familia, miedo a que los guardias encuentren una razón para torturarte, miedo a morir. La vida se resume en miedo. Te acuestas por la noche y no cierras los ojos por temor a no abrirlos nunca más. En mi ciudad hubo una familia que se acostó una noche y no volvió a despertarse jamás. Por lo visto el padre había estado espiando a un grupo de guardias mientras ellos hablaban y la madre también había estado involucrada en una serie de robos en una de las panaderías de la ciudad. Por la noche los guardias metieron dentro de la casa unas bombas de humo y los asfixiaron hasta la muerte, a ellos y a sus tres hijos pequeños. Al día siguiente los guardias quemaron hasta los cimientos la casa y construyeron otra encima para una nueva familia, como si no hubiese ocurrido una masacre, como si la muerte de esa familia solo fuese una piedra en el camino. La gente cuando pasa delante, donde estuvo esa casa, se queda mirando. Al principio susurraban traidores, pero después no decían nada. Tal vez porque ya no supieron por qué eran traidores. El hombre puede que estaba caminando, pasó delante de los guardias y ellos pensaron que los estaba espiando. La mujer robaba para alimentar a sus ojos porque no había comida que llevarse a la boca. Sólo querían sobrevivir y la gente los llamaba traidores por ello. Hasta que olvidaron. Después de un año la gente seguía parándose delante de la casa y la miraba, miraba el suelo, porque eso es lo que queda de ella. Yo solía mirar a la gente desde lo alto del tejado de la casa de al lado e imaginaba que era lo que pensaban. Lo que pensaba yo es que no eran traidores, eran unas personas que querían vivir. Pero eso es lo que somos todos, pero que queramos vivir no significa que vayamos a vivir para siempre. Bien sabemos que no lo haremos jamás, porque ya están ahí los guardias para acabar con  nuestra vida antes de que lo pensemos.
                     Los Superiores no salvaron el mundo, crearon otro nuevo peor al anterior. Transformaron a personas en monstruos para que torturasen y matasen a las personas que no cumplían las reglas y extendieron el miedo, como la peste.
Me levanto y esquivo el cuerpo inconsciente del guardia. El cristal sigue clavado en su muslo y se ha formado un charco rojizo debajo de su pierna. Paso por él y corro hacia Jolsan. Sigue tirado en el suelo, gimiendo por el dolor. Le pongo una mano en el hombro y le digo que se quede quieto. Cuando le miro a los ojos se me rompe el alma: están llenos de lágrimas. Agarro mi camiseta y tiro rompiendo un trozo de tela. Envuelvo mi mano sangrante por el cristal con la tela, hago un nudo y tiro con ayuda de los dientes. Aprieto los dientes por el dolor.
-Tranquilo, ya ha pasado todo. No volverán a hacerte daño –añado, y se limpia las lágrimas con el dorso de la mano.
                            Verle tan débil, tirado en el suelo, lleno de sangre, lágrimas y heridas hace que algo se me remueva por dentro y siento algo extraño. El sentimiento de que lo conozco aparece de nuevo. Jolsan tiene los ojos clavados en los míos llenos de un dolor infinito que me presiona el alma. Abro la boca para decirle algo cuando se mueve hacia delante y… me abraza. La respiración se me corta y mi cuerpo se tensa. Jolsan entierra la cara en mi hombro y su cuerpo se convulsiona en sollozos. Respiro hondo y le pongo el brazo sobre la espalda. Los segundos pasan y yo sigo quieta sin saber qué hacer con el brazo rígido en la espalda de Jolsan.  Sus sollozos  se hacen más fuertes e, instintivamente, le paso el otro brazo por los hombros para sostenerle el peso.
-Lo siento, lo siento tanto Della –gime-. No pude salvarte, no pude salvaros.
                          Mi boca se abre y respiro entrecortadamente.  Jolsan para de repente y se incorpora, alertado. Tiene la cara llena de manchas rojas por las lágrimas y la sangre se le ha pegado a la cara. Me mira un segundo y niega con la cabeza una y otra vez.  Yo no puedo evitar mirarlo confusa.  ¿Della?
-Lo siento, yo… no pretendía que esto pasara, es que… -no continúa la frase.
                        Mi confusión desaparece cuando Jolsan grita al mover una pierna. Me acerco y le remango el pantalón rápidamente. Más arriba del tobillo, a la altura del gemelo tiene un moratón que se extiende por una buena parte de la pierna. Le miro interrogante y él asiente. Malditos guardias. Me muerdo el interior de la mejilla y miro hacia atrás, las piernas del primer guardia sobresalen del muro y siguen sin moverse. Si no estuviesen en ese estado les remataría hasta que se ahogasen en su propia sangre. Todavía siguen inconscientes y por el golpe que les he metido diría que tardará un buen rato hasta que uno de ellos despierte (y lo mejor será que no esté cuando eso pase).
-Tengo que sacarte de aquí.
                         Le agarro por la espalda  e  impulso hacia arriba para ayudarle. Él apoya las piernas y, a pesar del dolor, se levanta. Jolsan mira su pierna herida pensativo y la apoya en el suelo. Al segundo de esto gime y se muerde el labio. Me temo que a partir de ahora va a cojear un poco.
-Apóyate en mí –le digo y coloco su brazo alrededor de mi cintura. El rostro de Jolsan se pone rojo de repente, rojo hasta el tope, pero no por haber llorado. Me mira con incredulidad y luego mira su brazo tenso en mi cintura con la boca abierta. Me muerdo el labio para no reír. Que este hombre le de vergüenza poner su brazo en mi cintura pero no llorar sobre mi camiseta y llenármela de mucosidad es bastante irónico.
-Vamos, agárrate si no quieres que acabemos los dos en el suelo –río, y él pone su mano en mi cadera, pero no relaja el brazo.
                            Entonces me doy cuenta de que no sé dónde estoy y mi dignidad se va de golpe.
-¿Sabes salir de aquí? –pregunto.
-Sí –responde con rapidez-. Tenemos que tomar este pasillo, luego a la derecha y luego a…
-Vale tú nos guías –le corto, puesto que había empezado a hablar a mucha velocidad y no entendí ni la mitad de lo que dijo.
                            Jolsan asiente y comenzamos a caminar. A pesar de la pierna de Jolsan avanzamos rápido. Recorremos un largo pasillo hasta llegar a unas escaleras. Nos retrasamos bastante en las escaleras, Jolsan tiene que saltar con la pierna herida flexionada peldaño a peldaño, pero cuando tocamos el suelo del siente corredor volvemos a retomar el paso. Tengo tantas preguntas que hacerle, tantas preguntas sin respuesta… pero ahora no se me ocurre ninguna. El día que nos conocimos fue raro, él estaba herido y yo estaba asustada, una mezcla poco productiva. Yo tenía mi cabeza a punto de estallar por todas las preguntas que me apretaban el cerebro cuando de repente apareció Jolsan y más preguntas me martillearon la cabeza. Él me dijo que le recordaba a alguien, en concreto a una niña pequeña que murió. No sé qué pensar sobre eso. No sé qué pensar porque cuando me contó la historia sentí algo raro, algo se escondido se movió dentro de mí. Me resultó familiar, la historia y Jolsan. Cuando Jolsan dijo su nombre esa palabra taladró mi cerebro una y otra vez hasta que caí vencida en la cama. Lo había escuchado antes, su nombre, y la historia me resultaba familiar. Lo más seguro es que tal vez esa niña sea de mi ciudad y la haya escuchado por las calles, en una ciudad pequeña no hay secreto; aunque no estoy muy segura.
                          Y ahora había aparecido una pregunta más, pero esta vez no la dejo pasar. Empiezo a unir cables y una bombilla se enciende sobre mi cabeza por primera vez en semanas. Ahora todo encaja.
-Della es la niña de la historia –suelto.
                          Jolsan se para bruscamente, con los ojos muy abiertos, como si hubiese visto a un fantasma. No me mira, mira hacia delante pero sin llegar a ver nada; yo me quedo parada mirándole. No pienso moverme hasta que me diga una respuesta.
                         Finalmente suspira, cansado y asiente. Yo suelto el aire que no sabía que estaba reteniendo de golpe. La niña muerta se llamaba Della. La niña que le recordaba a mí. Ahora entiendo el significado de lo que dijo después. No pude salvarte.  La niña murió a manos de un grupo de guardias además de la madre. No pude salvaros. Él se culpa porque no estuvo con ellas. Porque no las salvó, a Della y a su madre. Pero si él hubiese estado allí también hubiese muerto. Aunque mirando como está ahora, la muerte no parece tan mala.
-No fue tu culpa.
                       Jolsan me mira y niega con la cabeza.
-Lo fue –responde con voz ronca-. Ella me esperaba, las dos me esperaban. ¿Sabes? Se suponía que ese día iba a ir a cuidarlas pero me quedé dormido –se restriega la mano contra la cara y se estremece. Estalla en risas rotas -. Me quedé dormido. ¡Dormido! Y por eso están muertas.
-Si tú hubieses estado con ellas estarías muerto –replico-. No hubieras podido hacer nada muerto.
-¡PERO HUBIERA LUCHADO! –Su reacción me sorprende tanto que me echo hacia detrás. Aprieta la boca hasta que su boca es una fina línea y respira-. Hubiera luchado -dice en un tono más bajo-, aunque hubiese muerto al final. Al menos hubiese hecho algo para impedirlo. Pero no lo hice y ahora yo estoy vivo y ellas no. Nunca me lo perdonaré. Y él tampoco. Aunque me dijo que me había perdonado yo sé que no. Nunca me perdonará haber matado a su familia –habla como si estuviese hablando consigo mismo, no conmigo.
-¿Él, quién? –pregunto, pero se queda callado y sé que no va a hablar más. Resoplo y volvemos a reanudar el paseo.
                        Cuando estamos torciendo un pasillo oímos voces de fondo y tenemos que escondernos debajo de una escalera. Hasta que las voces no se apagan por completo no seguimos caminando. Jolsan intenta coger pasillos por los que poca gente pase pero aun así no nos libramos de que alguien pasara por alguno de vez en cuando.           
                       -¿Por qué iban a matarte Jolsan? –pregunto.
                         Él se para de repente e, inconscientemente, baja la mirada a su pierna herida. Algo me empuja, como si su dolor pasase por mí, tan profundo que duele. En este momento parece tan pequeño, tan insignificante que le agarro más fuerte por miedo a que se caiga. Aprieto los dientes con fuerza cuando recuerdo lo que le hicieron los guardias.
-¿Por qué? –insisto mirándole a los ojos.
                        Jolsan levanta la cabeza con lentitud y me mira con los ojos vidriosos.
-Porque escuché lo que no debí escuchar.
-¿A qué te refieres? –Pregunto, con una nota de urgencia en la voz.- ¿Qué escuchaste?
                         No contesta, se queda con la boca apretada en una fina línea mirándome. Y sé que está haciendo: me está evaluando para ver si puede confiar en mí. Le sostengo la mirada con decisión. Entiendo su postura, yo tampoco confío en nada, y menos aquí. Y encima viendo todo lo que le han hecho es difícil confiar aunque sea un poco. Pero si después de todo lo que he hecho por él no confía en mí aunque sólo sea una pizca no sé qué más puedo hacer.
                        Jolsan suspira y abre la boca, la cierra rápidamente y me mira.
-Se están revelando –murmura.
-¿Quiénes?
-Todos –dice-. Al principio sólo era un grupo pequeño de personas que pensaban diferente pero ahora esto se ha extendido y son muchos, muchísimos más. Allá afuera están pasando cosas y nadie dice nada. El mundo está cambiando, Isia, ahora hay gente que lucha. Se llaman así mismos los Ángeles Vengadores, y su líder es el Ángel de las Sombras. Están desesperados por encontrarle, nadie sabe quién es ni de dónde procede, pero él provocó muchos incidentes y, por lo visto, salvó a muchas personas. Aunque los Superiores lo ven como un traidor y le han puesto precio a su cabeza. Él fue el principio de todo, por lo que parece, y ellos han seguido sus pasos. Están preparando una guerra, Isia –añade en un tono más bajo-. Una guerra. Se les está yendo de las manos. El mundo se está viniendo abajo, y  nadie cuenta nada.
                    Esta vez es Jolsan el que me agarra más fuerte para que no me caiga, y se lo agradezco. Mis rodillas tiemblan amenazando con arrastrarme al suelo. Jolsan me mira con los ojos abiertos, esperando que diga algo, que haga algo, pero no puedo moverme. Noto como la sangre se va de mi rostro y el aire se esfuma de mis pulmones. Una guerra. Va a haber una guerra. La gente se está revelando, está pasando lo que siempre quise que pasara. Y su líder es el Ángel de las Sombras. Quien explotó la plataforma de ejecución, quien salvó a un delincuente sin razón y a su mujer de la muerte, quien luchó contra dos guardias provocando la muerte de uno de ellos, quien atacó a tres guardias y salvó a una fugitiva. Quien fue enviado como Elegido en vez de su hermano: yo. Y me están buscando. Incluso pagan para que me maten. Mi boca se abre y suelto el poco oxígeno que me queda en el cuerpo. Ya lo han intentado. Han intentado matarme y han fallado, eso quiere decir que quien lo haya hecho no va a parar hasta conseguirlo. Eso quiere decir que alguien sabe quién soy. ¿Pero y si no es sólo alguien? ¿Y si lo sabe más personas? La idea de un grupo de sanguinarios buscando la forma de matarme se me clava en la espalda como cuchillos afilados.
                    Y lo peor de todo es que no puedo salir de aquí. Estoy encerrada en mi propia tumba.
                    Me paso la lengua por los labios y respiro profundamente. No puedo venirme a bajo ahora, no cuando Jolsan es un fugitivo y todavía nos falta un trecho para salir de aquí. Ya podré derrumbarme cuando Jolsan esté a salvo.
-Jolsan tenemos que correr. Tienes que salir de aquí. Si te encuentran te matarán, o algo peor. Así que vamos –digo empujándole delicadamente en el hombro.
                     Jolsan me mira unos segundos y empieza a cojear más rápido. Después de recorrer un largo pasillo y pasar por un jardín interior llegamos a una escalera. Jolsan se para delante de la pared y yo me quedo mirando sin entender. Tantea con las manos sobre la pared y entonces se escucha un crujido metálico. Mete la mano por una ranura que se ha formado de repente y tira hacia afuera. Se desprende un trozo de metal que antes parecía ser pared, y cuando Jolsan coloca el trozo de metal a un lado veo que hay una puerta  escondida.
                       Jolsan apoya una mano sobre la superficie de la puerta y con la otra tira de una palanca plana. La puerta se abre con un chasquido y Jolsan empuja. Tras la puerta hay un jardín, el jardín que rodea el edificio. Jolsan atraviesa la puerta y le sigo. Estamos fuera.
                       El aire me acaricia la cara y por primera vez en días me siento libre. Soy libre. He salido del edificio.
-¿Cómo sabías de esta puerta? –pregunto.
-Yo sé muchas cosas –responde solamente.
                        Ahora que ya no está enjaulado en el Santuario Jolsan parece más joven, como si se le hubiese quitado diez años de encima, y ya no está tan encorvado. Tiene los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás dejando al aire pasar por él. Ahora que lo pienso realmente apenas sé nada sobre él. No sé cómo llegó a acabar aquí, ni cómo era su vida pasada, ni siquiera sé su edad. Solo sé que se llama Jolsan y que tuvo una historia con la muerte de una niña y su madre.
-Isia  -susurra y doy un respingo al escuchar mi nombre.
            Jolsan ya no tiene los ojos cerrados, está delante de mí mirándome. Su cuerpo sigue lleno de heridas pero parece no importarle ahora, incluso apoya el pie herido. Se ha limpiado la sangre de la nariz con la manga y su rostro ahora es sereno y fuerte.
-Tengo que irme cuanto antes, ellos me están buscando. Pero antes quiero darte las gracias –se acerca y coloca ambos brazos sobre mis hombros-. Me has salvado la vida, pequeña Isia. Antes de conocerte lo único que quería era morir y abandonar este mundo, pero tú me hiciste cambiar de idea. Ahora escúchame: te están vigilando. Lo hacen todo el tiempo. Pero no puedes caer en sus redes. Lo que están haciendo supera los límites humanos, así que tienes que salir de aquí cuanto antes. Hay alguien que va a por ti, así que el tiempo apremia. No confíes en cualquiera, porque puede ser uno de ellos. Hay muchos espías, incluso en el grupo de Elegidos. Para ellos eres una amenaza, Isia, y una de las grandes.  Superas el modelo que ellos tienen de las mujeres, y eso no es bueno para su sistema. Superas el modelo de cualquier humano. Por eso ellos intentarán destrozarte de todas las maneras posibles hasta que caigas, pero debes aguantar. Yo sé que puedes.
-¿Por qué sabiendo la existencia de la puerta no escapaste antes? –pregunto con voz tensa.
-Porque antes sólo quería morir, pero tú me has dado la esperanza para seguir viviendo.
           Jolsan se mete la mano dentro de un bolsillo del pantalón y saca una tira de tela. Coge mi muñeca y ata la tira alrededor. En la tira hay dibujadas torpemente muchas rosas  a lo largo de la tela, formando una fila. Están muy mal hechas, como si lo hubiese hecho un niño pequeño.
-Ésta pulsera me la dio Della, y ahora yo te la doy a ti.
          Le miro con la boca entreabierta y miro la pulsera.
-No, no puedo quedármela, no…
-Sí vas a quedártela, es mi regalo por todo. Cuando ella me la regaló me dijo: ‘mientras la lleves te protegerá y yo siempre estaré contigo’. A mí no me ha dado mucha suerte pero sé que a ti sí. Me recuerdas a Della, tan fuerte y tan bella. Siempre ayudando a los demás. Siempre ayudándome a mí. Así que mientras lleves esto te protegerá y nunca estarás sola, yo te ayudaré desde la distancia, como tú me ayudaste a mí.
            Posa la mano sobre mi muñeca unos segundos y se da la vuelta.
-¿Y ahora qué vas a hacer? –pregunto elevando la voz para que me oiga.
             Se da la vuelta y, con una sonrisa, dice:
-Hacer lo que debería haber hecho hace tiempo: luchar.
              Y desaparece entre los árboles.
               Yo me quedo de pie, mirando a los árboles por donde Jolsan ha desaparecido. Siento la tira de tela en mi muñeca  quemándome la piel por dentro. Y cuando el viento me alborota el pelo vuelvo a sentirme sola, ahora más que nunca.
Intentarán destrozarte de todas las maneras posibles hasta que caigas.
                 Alargo la mano al rectángulo de metal que descansa sobre mi pecho y aprieto fuerte. El cielo está tan azul que parece un río lleno de nubes. Todo está en calma, salvo por el ruido del viento que retumba en mi oído. Sé que debería dar la vuelta y volver, sin embargo no me muevo ni un centímetro. Estoy fuera, puedo correr y escapar y salir de aquí. Adiós a la presión y a las pesadillas. Sólo unos cuantos pasos hacia delante y soy libre.
Me doy la vuelta y avanzo hacia la puerta.
Todavía me quedan cosas por hacer.


2 comentarios:

  1. Madre mía. Necesito que lo sigas pero yaaa. Me declaro oficialmente fan tuyo y de tu historia que por cierto, me encanta y harías bien en dejarlo aquí, y publicarlo en un libro porque a esta historia le veo muchísimo éxito. Me declaro oficialmente "elegido", ya tengo otro fandom más jajajaja
    Por cierto, ¿cual es tu twitter?

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    1. Ai muchisimas gracias. La verdad es que tengo pensado mandarla a editoriales cuando la termine, pero todavía queda mucho. Muchisimas gracias en serio. Sé que tardo mucho pero es que no tengo mucho tiempo por el instituto y tal pero hago todo lo que puedo, así que por eso tardo tanto siempre y porque quiero que me salgan bien los capitulos así que los reviso mucho y añado cosas y así. Mi twitter es @luciacafeina

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