Hoy no vengo con otro capítulo más, sino con noticias. Así que empiezo.
La verdad es que la novela no tenía rumbo, está mal escrita y hay poco diálogo. Y me he dado cuenta de que he llegado a un punto en el que no sabía porqué pasaba esto y porqué pasará aquello. Así que he decidido hacer borrón y cuenta nueva. Y no, no me refiero a borrarlo todo y empezar otra cosa diferente. Isia no se va a ninguna parte, pero va a retroceder hasta el principio. Llevo pensando y pensando durante semanas y la historia por fin se ha reproducido en mi cabeza, con principio y final. Y ahora sí, esto sí vale la pena escribir.
Todo esto significa que voy a reescribir la Elegida, una mejor Elegida, lo prometo. Lo que no tengo aún claro es si los capitulos nuevos los publicaré aquí, o los guardaré hasta que termine la novela por completo. Pero creo que acabaré publicándolos, porque si no lo hago muchas personas atentarán contra mi vida y no quiero que eso suceda.
Siento todo esto, pero yo había perdido el rumbo y ahora Isia lo ha encontrado por mí. Espero que no dejéis de lado esta historia y prometo que esto no es el final, sino el principio (y puede que este principio dure más que una sola novela, quien sabe).
Lucía.
La elegida.
miércoles, 16 de julio de 2014
sábado, 24 de mayo de 2014
15.
Las
pesadillas se han ido, al menos por ahora.
Ahora puedo cerrar los ojos sin que me aborden imágenes de mi
aprisionamiento en el Cuadrado. Y me siento bien, cosa que hace unos días me
parecía imposible; pero es verdad. Aunque el miedo sigue ahí, pero ahora está
encerrado en un cuarto oscuro, dentro de mi cabeza, y sus gritos están
amortiguados por los muros invisibles. Espero que se queden encerrados una
buena temporada (por mi bien).
El miedo es la única
cosa que puede ser mi perdición ahora mismo. Si me hubiese dejado llevar por el
miedo en el Cuadrado ahora estaría muerta; no puedo evitar estremecerme al
pensar eso. Aquello era un agujero sin salida, y yo estaba herida, muy herida.
Lo peor de todo es que estaba sola, estaba encerrada en la oscuridad y nadie
podía venir a salvarme. En ese momento la ansiedad se apropió de mí, pero no la
dejé pasar los límites. A pesar de que se habían barajado las cartas y yo me
había llevado las peores no decaí, porque una voz resonó dentro de mí, en el
fondo de mi corazón, una voz tan leve pero tan fuerte que me abrió los ojos.
“Siempre hay salida.”
Nunca he sido
negativa, no era como las demás chicas de Aprendizaje que por cualquier cosa,
por muy insignificante y estúpida que sea, se ponían a llorar desconsoladas
diciendo que iba a ser su fin o el de otro. Llorar y lamentarse no sirve para
nada y, por supuesto, no va a arreglarte la vida; así que para qué hacerlo. Ya
he aprendido que ante los problemas lo mejor es plantarles cara, aunque ello
conlleve saltar al abismo. Aunque en ese momento, dentro del Cuadrado, lo de
plantarle cara al problema no parecía una buena opción, yo pensaba que todas
las acciones llevaban a lo mismo: la muerte. Pero me equivocaba. Siempre hay
salida. Tres simples palabras, una sola voz. Sólo eso, nada más que eso sirvió
para salvarme. Así conseguí ver que, por primera vez en mi vida, podía confiar
en las palabras de alguien.
Pero eso no
significa que llegue a confiar en esa persona. La confianza es algo inexistente
aquí.
Mis heridas ya han sanado. Sólo
me queda una cicatriz limpia en el hombro y algunas más en los brazos. Aunque
tengo un poco de migraña, pero no es nada que no pueda manejar. Me está empezando a gustar la tecnología
extraña de aquí (solo un poco).
Me sorprendo
cuando, al levantarme, no me cruje ninguna parte del cuerpo, y eso que llevo
como cinco días tumbada en la cama sin apenas moverme. Al andar tampoco me
duele nada, así que me apuro. Cruzo la habitación en pocos pasos y me quedo en
frente de la puerta cerrada. Palham me ha dicho como mil veces que no podía
salir hasta que las cosas se calmen, pero también hasta que tengan la seguridad
de que mi asesino no va a intentar atacar de nuevo. Yo le escuché todas las
veces que lo dijo, lo prometo, y le hice caso, he estado cinco días esperando
incluso, pero mi paciencia tiene un límite. No pueden pretender tenerme
encerrada como un animal mientras ellos buscan a mí asesino. Lo primero, no soy
un animal. Segundo, sé valerme por mí misma. Y tercero, no quiero esconderme.
Si hay un chalado con la intención de matarme le plantaré cara y le sacaré las
respuestas a golpes si hace falta. Palham debería saber ya que no puede
controlarme, pero aun así me deja sola con una sola puerta separándome de mi
libertad.
Aplaudo la ingenuidad de Palham.
Empujo el pomo hacia
abajo y la puerta se abre fácilmente con un chasquido. Gracias, Palham. La
puerta da a un pasillo con poca iluminación que parece no tener fin. Está
desierto y no se escucha ningún sonido, ni siquiera mi respiración. ¿En qué
parte estaré? Esto no está cerca de la parte de los dormitorios, puesto que no
se parece en nada. Tiene que estar en una parte muy alejada. Aunque no
apostaría mi vida por ello puesto que no sé si quiera donde está mi habitación,
así que no quiero aventurar nada. La
verdad es que el pasillo es tan oscuro y
lúgubre que hace que se me hielen los huesos. Si doy un paso hacia atrás
volveré a la seguridad de mi habitación, podré tumbarme de nuevo en mi cama,
taparme con la cálida manta y Palham volverá y no estaré sola.
Tengo ganas de
pegarme un puñetazo. Isia despierta, no
seas estúpida me digo. Creo que eso de estar encerrada sin salir me ha
afectado al cerebro. No puedes caer tan
bajo Isia. No, claro que no. Llevo
en una cama cinco días, si paso un solo día más en esa cama sin moverme juro me
volveré loca (o puede que lo esté ya, quien sabe).
Con paso decidido
avanzo sigilosamente por el pasillo. Con forme avanzo se va oscureciendo cada
vez más. Maldigo a quien se le haya
ocurrido dejar a oscuras el pasillo. Por mucho que acelere el paso el pasillo
sigue pareciendo ser igual de largo así que acabo corriendo. Me siento rara, como si ya no recordase quien soy realmente.
Me siento… nueva. Mi vida anterior es ahora un espejismo a medio borrar. Ya
apenas recuerdo como era, como eran todos. Sólo han pasado unas semanas desde
que me fui y parecen años. Pero nada ha cambiado, he sido yo. Yo he cambiado.
La experiencia en el Cuadrado me ha hecho despertar. Ya no soy aquella Isia que
se escondía en los callejones. Aquella persona se quedó bajo tierra en la
ciudad. Y yo he despertado. Tengo la sensación de haber estado toda mi vida
dormida, ya era hora de despertar. Me siento viva, por fin.
Acelero la carrera
todo lo que puedo, hasta mi límite, y mis pulmones no arden. Llego a un primer cruce, por fin, y lo tomo.
Este camino no es tan oscuro por lo que dejo de correr, pero no dejo de caminar
rápido. Ni siquiera me duelen los músculos, no me duele nada. El pasillo es
largo, al igual que todos, y tampoco tiene ventanas. Sólo entra luz por la
pared de cristal que hay al final del pasillo. No ocupa toda la pared pero sí
una buena parte. A su lado hay unas escaleras tras un muro de piedra que bajan
hacia otro nivel. Por el cristal puedo ver pasillos iluminados (ya era hora) y
las columnas tradicionales que hay en la zona de dormitorios; aunque algo me
dice que no estoy tan cerca.
Unas voces
amortiguadas llegan a través del cristal y de uno de los pasillos aparecen dos
guardias arrastrando a un hombre. Cada uno lo agarra por un pie y tiran, con
mucha violencia. El hombre se revuelve y grita, pero no puede hacer nada. Lleva
la ropa hecha jirones y está cubierto de sangre, que deja manchas en el suelo, intenta agarrarse a una columna pero un
guardia le pisa el brazo y le pega una patada. El hombre grita y los guardias
siguen arrastrándole. Es en el momento en el que grita cuando le reconozco,
sigue llevando la misma ropa aunque su camiseta azul ahora está cubierta de
sangre y de mugre. El guardia le ha pisado el mismo brazo de la mano que yo le
curé hace días, todavía sigue llevando el vendaje que le puse pero recubierto
de suciedad y más sangre.
Me hierve la sangre: es Jolsan. Los guardias lo empujan al medio de la habitación y uno de ellos le agarra
del pelo y tira hacia atrás. Jolsan grita y su rostro se contrae en una mueca
de dolor, mueve los brazos hacia arriba pero el otro guardia le agarra y le
aprieta los brazos hacia atrás, y Jolsan chilla más fuerte. Borbotones de
sangre salen de su nariz y tiene una brecha rojiza en la frente. El guardia que
le pisó coloca su apestosa boca en el oído de Jolsan.
-Ahora sí que vas
a sufrir, pedazo de mierda –le dice lo suficientemente fuerte para que yo lo
oiga.
Y exploto. Mi pie impacta contra el
cristal con todas mis fuerzas y se rompe en pedazos. Los trozos de cristal caen
sobre el nivel y los guardias se cubren la cara con los brazos. Jolsan cae al
suelo y pega la cara al suelo, cubriéndose torpemente de los cristales. Antes
de que los guardias vuelvan la vista hacia arriba yo ya estoy escondida en la
escalera, detrás del muro de piedra. Todo está en puro en silencio salvo por
las respiraciones cortantes de Jolsan. Los guardias son sigilosos, pero no
suficiente. Sé que ya han sacado sus armas y que avanzan hacia aquí. Sé que en
cualquier momento van a llegar a la escalera y me dispararán. Y sé que cuando
ellos lleguen a la escalera para matarme, yo ya no estaré ahí.
En menos de
diez segundos los guardias han llegado a la escalera y han soltado una
exclamación ahogada porque no hay nadie. Gracias a la gran abertura de la pared
he podido quedarme colgando agarrándome al suelo. Me dejo caer lentamente y
cuando llego al suelo ruedo sobre mi misma para que caiga sobre los cristales. Jolsan
me mira con los ojos abiertos como platos y le hago una señal para que guarde
silencio. Cojo un trozo grande de cristal y avanzo sigilosamente apretándome
contra el muro hacia la escalera. En mis venas el fuego me quema, abrasándome. Aprieto
fuertemente el cristal y noto como me corta la mano y la sangre se desliza por
mi mano, pero aparto el dolor a un lado.
Escucho las respiraciones rápidas de los
guardias cuando llego al final del muro. Un guardia se echa hacia atrás,
desconcertado, y ataco. El cristal se hunde en su muslo y cae de rodillas. Sin
perder tiempo agarro la pistola que se le ha caído y me agacho esquivando el
disparo del otro. Antes de que dispare otra vez estampo mi pie contra su mano
con fuerza, la pistola se le resbala de las manos y cae al suelo. Cargo contra
él, el guardia mueve su codo contra mi cara y me agacho pegándole un puñetazo
en el costado. Se dobla por la mitad y estampo la culata de la pistola contra
su cabeza, el guardia pone los ojos en blanco y su cuerpo cae con un golpe
sordo. El otro guardia sigue en el
suelo, gimiendo. Me voy la vuelta y le cazo arrastrándose para atrapar la
pistola de su compañero. Se queda quieto y clava sus ojos llenos de dolor y
sorpresa en los míos y no siento nada, solo odio. El fuego me abrasa más fuerte
y aprieto los dientes: es el guardia que le pisó a Jolsan y le maltrató. Sin
dejar de mirarle, aprieto mi pie contra su mano extendida e intenta no gritar,
pero no me aparto, sino que aprieto más fuerte.
-¿Qué se siente
al sufrir, pedazo de mierda? –susurro junto a su oído.
El guardia
aprieta los dientes, escupe sangre y
susurra:
-Voy a matarte
zo –su voz se quiebra cuando estampo su cabeza contra el suelo. Suena un
chasquido y deja de moverse. Le muevo la cabeza y observo su rostro. Tiene la
nariz doblada en un extraño ángulo y una cascada de sangre se precipita por
ella. Como le hicieron a Jolsan. La sangre se extiende por el suelo y le
ensucia toda la cara. El guardia es joven, no puede sobrepasar los treinta,
pero su rostro es oscuro y amenazante. Esto
no es humano. No son humanos, ninguno de ellos; son monstruos.
Los Superiores
dijeron que los antiguos habitantes, los terráqueos, destruyeron su planeta,
ellos mismos, por las guerras, la violencia y el egoísmo. Se mataban entre
ellos mismos sin motivos aparentes y hacían cosas perjudiciales para su
planeta; pero les daba igual. Ellos seguían matando y destruyendo todo a su
paso mientras su planeta moría hasta que consiguieron la destrucción completa
de la Tierra y la muerte de todos sus habitantes. Pero antes de eso un grupo de
personas que se dieron cuenta de lo que estaba pasando, los Superiores, idearon
un plan de escape para cuando el final llegase. Reclutaron a un gran número de
personas y construyeron bunkers bajo tierra y allí almacenaron víveres y cosas
que llevar al nuevo mundo. Cuando la Tierra murió los únicos que sobrevivieron
fueron ellos. A partir de las cenizas
crearon el mundo que es ahora, Oslihum, el Nuevo Mundo, el Superviviente.
Crearon nuevas ciudades y poco a poco la población empezó a crecer. Poco
después los Superiores crearon la Elección, una fecha al año donde cinco familias
deberán dar a un miembro de su familia para que sea llevado ante los
Superiores. Nadie sabe por qué, de dónde vino, pero nadie es capaz de
preguntar.
Los Superiores,
en los videos que nos ponen en Aprendizaje, nos dicen que ellos salvaron el
mundo de la destrucción y dieron paso a un mundo mejor y más pacífico donde
todos podemos vivir en paz. Y una mierda. No vivimos en paz, vivimos con miedo.
Miedo a no poder alimentar a tu familia, miedo a que los guardias encuentren
una razón para torturarte, miedo a morir. La vida se resume en miedo. Te
acuestas por la noche y no cierras los ojos por temor a no abrirlos nunca más.
En mi ciudad hubo una familia que se acostó una noche y no volvió a despertarse
jamás. Por lo visto el padre había estado espiando a un grupo de guardias
mientras ellos hablaban y la madre también había estado involucrada en una
serie de robos en una de las panaderías de la ciudad. Por la noche los guardias
metieron dentro de la casa unas bombas de humo y los asfixiaron hasta la
muerte, a ellos y a sus tres hijos pequeños. Al día siguiente los guardias
quemaron hasta los cimientos la casa y construyeron otra encima para una nueva
familia, como si no hubiese ocurrido una masacre, como si la muerte de esa familia
solo fuese una piedra en el camino. La gente cuando pasa delante, donde estuvo
esa casa, se queda mirando. Al principio susurraban traidores, pero después no decían nada. Tal vez porque ya no
supieron por qué eran traidores. El hombre puede que estaba caminando, pasó
delante de los guardias y ellos pensaron que los estaba espiando. La mujer
robaba para alimentar a sus ojos porque no había comida que llevarse a la boca.
Sólo querían sobrevivir y la gente los llamaba traidores por ello. Hasta que
olvidaron. Después de un año la gente seguía parándose delante de la casa y la
miraba, miraba el suelo, porque eso es lo que queda de ella. Yo solía mirar a
la gente desde lo alto del tejado de la casa de al lado e imaginaba que era lo
que pensaban. Lo que pensaba yo es que no eran traidores, eran unas personas
que querían vivir. Pero eso es lo que somos todos, pero que queramos vivir no
significa que vayamos a vivir para siempre. Bien sabemos que no lo haremos
jamás, porque ya están ahí los guardias para acabar con nuestra vida antes de que lo pensemos.
Los Superiores no salvaron
el mundo, crearon otro nuevo peor al anterior. Transformaron a personas en
monstruos para que torturasen y matasen a las personas que no cumplían las
reglas y extendieron el miedo, como la peste.
Me levanto y
esquivo el cuerpo inconsciente del guardia. El cristal sigue clavado en su
muslo y se ha formado un charco rojizo debajo de su pierna. Paso por él y corro
hacia Jolsan. Sigue tirado en el suelo, gimiendo por el dolor. Le pongo una
mano en el hombro y le digo que se quede quieto. Cuando le miro a los ojos se
me rompe el alma: están llenos de lágrimas. Agarro mi camiseta y tiro rompiendo
un trozo de tela. Envuelvo mi mano sangrante por el cristal con la tela, hago un
nudo y tiro con ayuda de los dientes. Aprieto los dientes por el dolor.
-Tranquilo, ya
ha pasado todo. No volverán a hacerte daño –añado, y se limpia las lágrimas con
el dorso de la mano.
Verle tan débil,
tirado en el suelo, lleno de sangre, lágrimas y heridas hace que algo se me
remueva por dentro y siento algo extraño. El sentimiento de que lo conozco
aparece de nuevo. Jolsan tiene los ojos clavados en los míos llenos de un dolor
infinito que me presiona el alma. Abro la boca para decirle algo cuando se
mueve hacia delante y… me abraza. La respiración se me corta y mi cuerpo se
tensa. Jolsan entierra la cara en mi hombro y su cuerpo se convulsiona en
sollozos. Respiro hondo y le pongo el brazo sobre la espalda. Los segundos
pasan y yo sigo quieta sin saber qué hacer con el brazo rígido en la espalda de
Jolsan. Sus sollozos se hacen más fuertes e, instintivamente, le
paso el otro brazo por los hombros para sostenerle el peso.
-Lo siento, lo
siento tanto Della –gime-. No pude salvarte, no pude salvaros.
Mi boca se abre y respiro
entrecortadamente. Jolsan para de
repente y se incorpora, alertado. Tiene la cara llena de manchas rojas por las
lágrimas y la sangre se le ha pegado a la cara. Me mira un segundo y niega con
la cabeza una y otra vez. Yo no puedo evitar
mirarlo confusa. ¿Della?
-Lo siento, yo…
no pretendía que esto pasara, es que… -no continúa la frase.
Mi confusión desaparece
cuando Jolsan grita al mover una pierna. Me acerco y le remango el pantalón
rápidamente. Más arriba del tobillo, a la altura del gemelo tiene un moratón
que se extiende por una buena parte de la pierna. Le miro interrogante y él
asiente. Malditos guardias. Me muerdo el interior de la mejilla y miro hacia
atrás, las piernas del primer guardia sobresalen del muro y siguen sin moverse.
Si no estuviesen en ese estado les remataría hasta que se ahogasen en su propia
sangre. Todavía siguen inconscientes y por el golpe que les he metido diría que
tardará un buen rato hasta que uno de ellos despierte (y lo mejor será que no
esté cuando eso pase).
-Tengo que
sacarte de aquí.
Le agarro por la espalda e impulso hacia arriba para ayudarle. Él apoya
las piernas y, a pesar del dolor, se levanta. Jolsan mira su pierna herida
pensativo y la apoya en el suelo. Al segundo de esto gime y se muerde el labio.
Me temo que a partir de ahora va a cojear un poco.
-Apóyate en mí
–le digo y coloco su brazo alrededor de mi cintura. El rostro de Jolsan se pone
rojo de repente, rojo hasta el tope, pero no por haber llorado. Me mira con
incredulidad y luego mira su brazo tenso en mi cintura con la boca abierta. Me
muerdo el labio para no reír. Que este hombre le de vergüenza poner su brazo en
mi cintura pero no llorar sobre mi camiseta y llenármela de mucosidad es
bastante irónico.
-Vamos, agárrate
si no quieres que acabemos los dos en el suelo –río, y él pone su mano en mi
cadera, pero no relaja el brazo.
Entonces me doy
cuenta de que no sé dónde estoy y mi dignidad se va de golpe.
-¿Sabes salir de
aquí? –pregunto.
-Sí –responde
con rapidez-. Tenemos que tomar este pasillo, luego a la derecha y luego a…
-Vale tú nos
guías –le corto, puesto que había empezado a hablar a mucha velocidad y no
entendí ni la mitad de lo que dijo.
Jolsan asiente y
comenzamos a caminar. A pesar de la pierna de Jolsan avanzamos rápido.
Recorremos un largo pasillo hasta llegar a unas escaleras. Nos retrasamos
bastante en las escaleras, Jolsan tiene que saltar con la pierna herida
flexionada peldaño a peldaño, pero cuando tocamos el suelo del siente corredor
volvemos a retomar el paso. Tengo tantas preguntas que hacerle, tantas
preguntas sin respuesta… pero ahora no se me ocurre ninguna. El día que nos
conocimos fue raro, él estaba herido y yo estaba asustada, una mezcla poco
productiva. Yo tenía mi cabeza a punto de estallar por todas las preguntas que
me apretaban el cerebro cuando de repente apareció Jolsan y más preguntas me
martillearon la cabeza. Él me dijo que le recordaba a alguien, en concreto a
una niña pequeña que murió. No sé qué pensar sobre eso. No sé qué pensar porque
cuando me contó la historia sentí algo raro, algo se escondido se movió dentro
de mí. Me resultó familiar, la historia y Jolsan. Cuando Jolsan dijo su nombre
esa palabra taladró mi cerebro una y otra vez hasta que caí vencida en la cama.
Lo había escuchado antes, su nombre, y la historia me resultaba familiar. Lo
más seguro es que tal vez esa niña sea de mi ciudad y la haya escuchado por las
calles, en una ciudad pequeña no hay secreto; aunque no estoy muy segura.
Y ahora había aparecido
una pregunta más, pero esta vez no la dejo pasar. Empiezo a unir cables y una
bombilla se enciende sobre mi cabeza por primera vez en semanas. Ahora todo
encaja.
-Della es la
niña de la historia –suelto.
Jolsan se para bruscamente,
con los ojos muy abiertos, como si hubiese visto a un fantasma. No me mira,
mira hacia delante pero sin llegar a ver nada; yo me quedo parada mirándole. No
pienso moverme hasta que me diga una respuesta.
Finalmente suspira,
cansado y asiente. Yo suelto el aire que no sabía que estaba reteniendo de
golpe. La niña muerta se llamaba Della. La niña que le recordaba a mí. Ahora
entiendo el significado de lo que dijo después. No pude salvarte. La niña
murió a manos de un grupo de guardias además de la madre. No pude salvaros. Él se culpa porque no estuvo con ellas. Porque no
las salvó, a Della y a su madre. Pero si él hubiese estado allí también hubiese
muerto. Aunque mirando como está ahora, la muerte no parece tan mala.
-No fue tu culpa.
Jolsan me mira y niega
con la cabeza.
-Lo fue
–responde con voz ronca-. Ella me esperaba, las dos me esperaban. ¿Sabes? Se
suponía que ese día iba a ir a cuidarlas pero me quedé dormido –se restriega la
mano contra la cara y se estremece. Estalla en risas rotas -. Me quedé dormido.
¡Dormido! Y por eso están muertas.
-Si tú hubieses
estado con ellas estarías muerto –replico-. No hubieras podido hacer nada
muerto.
-¡PERO HUBIERA
LUCHADO! –Su reacción me sorprende tanto que me echo hacia detrás. Aprieta la
boca hasta que su boca es una fina línea y respira-. Hubiera luchado -dice en
un tono más bajo-, aunque hubiese muerto al final. Al menos hubiese hecho algo
para impedirlo. Pero no lo hice y ahora yo estoy vivo y ellas no. Nunca me lo
perdonaré. Y él tampoco. Aunque me
dijo que me había perdonado yo sé que no. Nunca me perdonará haber matado a su
familia –habla como si estuviese hablando consigo mismo, no conmigo.
-¿Él, quién?
–pregunto, pero se queda callado y sé que no va a hablar más. Resoplo y volvemos
a reanudar el paseo.
Cuando estamos
torciendo un pasillo oímos voces de fondo y tenemos que escondernos debajo de
una escalera. Hasta que las voces no se apagan por completo no seguimos
caminando. Jolsan intenta coger pasillos por los que poca gente pase pero aun
así no nos libramos de que alguien pasara por alguno de vez en cuando.
-¿Por qué iban a matarte
Jolsan? –pregunto.
Él se para de repente
e, inconscientemente, baja la mirada a su pierna herida. Algo me empuja, como
si su dolor pasase por mí, tan profundo que duele. En este momento parece tan
pequeño, tan insignificante que le agarro más fuerte por miedo a que se caiga.
Aprieto los dientes con fuerza cuando recuerdo lo que le hicieron los guardias.
-¿Por qué?
–insisto mirándole a los ojos.
Jolsan levanta la
cabeza con lentitud y me mira con los ojos vidriosos.
-Porque escuché
lo que no debí escuchar.
-¿A qué te
refieres? –Pregunto, con una nota de urgencia en la voz.- ¿Qué escuchaste?
No contesta, se queda
con la boca apretada en una fina línea mirándome. Y sé que está haciendo: me
está evaluando para ver si puede confiar en mí. Le sostengo la mirada con
decisión. Entiendo su postura, yo tampoco confío en nada, y menos aquí. Y
encima viendo todo lo que le han hecho es difícil confiar aunque sea un poco.
Pero si después de todo lo que he hecho por él no confía en mí aunque sólo sea
una pizca no sé qué más puedo hacer.
Jolsan suspira y abre
la boca, la cierra rápidamente y me mira.
-Se están
revelando –murmura.
-¿Quiénes?
-Todos –dice-.
Al principio sólo era un grupo pequeño de personas que pensaban diferente pero
ahora esto se ha extendido y son
muchos, muchísimos más. Allá afuera están pasando cosas y nadie dice nada. El
mundo está cambiando, Isia, ahora hay gente que lucha. Se llaman así mismos los
Ángeles Vengadores, y su líder es el Ángel de las Sombras. Están desesperados
por encontrarle, nadie sabe quién es ni de dónde procede, pero él provocó
muchos incidentes y, por lo visto, salvó a muchas personas. Aunque los Superiores
lo ven como un traidor y le han puesto precio a su cabeza. Él fue el principio
de todo, por lo que parece, y ellos han seguido sus pasos. Están preparando una
guerra, Isia –añade en un tono más bajo-. Una guerra. Se les está yendo de las
manos. El mundo se está viniendo abajo, y
nadie cuenta nada.
Esta vez es Jolsan el que
me agarra más fuerte para que no me caiga, y se lo agradezco. Mis rodillas
tiemblan amenazando con arrastrarme al suelo. Jolsan me mira con los ojos
abiertos, esperando que diga algo, que haga algo, pero no puedo moverme. Noto
como la sangre se va de mi rostro y el aire se esfuma de mis pulmones. Una
guerra. Va a haber una guerra. La gente se está revelando, está pasando lo que
siempre quise que pasara. Y su líder es el Ángel de las Sombras. Quien explotó
la plataforma de ejecución, quien salvó a un delincuente sin razón y a su mujer
de la muerte, quien luchó contra dos guardias provocando la muerte de uno de
ellos, quien atacó a tres guardias y salvó a una fugitiva. Quien fue enviado
como Elegido en vez de su hermano: yo. Y me están buscando. Incluso pagan para
que me maten. Mi boca se abre y suelto el poco oxígeno que me queda en el
cuerpo. Ya lo han intentado. Han intentado matarme y han fallado, eso quiere decir
que quien lo haya hecho no va a parar hasta conseguirlo. Eso quiere decir que
alguien sabe quién soy. ¿Pero y si no es sólo alguien? ¿Y si lo sabe más
personas? La idea de un grupo de sanguinarios buscando la forma de matarme se
me clava en la espalda como cuchillos afilados.
Y lo peor de todo es que no
puedo salir de aquí. Estoy encerrada en mi propia tumba.
Me paso la lengua por los
labios y respiro profundamente. No puedo venirme a bajo ahora, no cuando Jolsan
es un fugitivo y todavía nos falta un trecho para salir de aquí. Ya podré
derrumbarme cuando Jolsan esté a salvo.
-Jolsan tenemos
que correr. Tienes que salir de aquí. Si te encuentran te matarán, o algo peor.
Así que vamos –digo empujándole delicadamente en el hombro.
Jolsan me mira unos
segundos y empieza a cojear más rápido. Después de recorrer un largo pasillo y
pasar por un jardín interior llegamos a una escalera. Jolsan se para delante de
la pared y yo me quedo mirando sin entender. Tantea con las manos sobre la
pared y entonces se escucha un crujido metálico. Mete la mano por una ranura
que se ha formado de repente y tira hacia afuera. Se desprende un trozo de
metal que antes parecía ser pared, y cuando Jolsan coloca el trozo de metal a
un lado veo que hay una puerta
escondida.
Jolsan apoya una mano
sobre la superficie de la puerta y con la otra tira de una palanca plana. La
puerta se abre con un chasquido y Jolsan empuja. Tras la puerta hay un jardín, el
jardín que rodea el edificio. Jolsan atraviesa la puerta y le sigo. Estamos
fuera.
El aire me acaricia la
cara y por primera vez en días me siento libre. Soy libre. He salido del
edificio.
-¿Cómo sabías de
esta puerta? –pregunto.
-Yo sé muchas
cosas –responde solamente.
Ahora que ya no está
enjaulado en el Santuario Jolsan parece más joven, como si se le hubiese
quitado diez años de encima, y ya no está tan encorvado. Tiene los ojos
cerrados y la cabeza hacia atrás dejando al aire pasar por él. Ahora que lo
pienso realmente apenas sé nada sobre él. No sé cómo llegó a acabar aquí, ni
cómo era su vida pasada, ni siquiera sé su edad. Solo sé que se llama Jolsan y
que tuvo una historia con la muerte de una niña y su madre.
-Isia -susurra y doy un respingo al escuchar mi
nombre.
Jolsan ya no tiene los ojos
cerrados, está delante de mí mirándome. Su cuerpo sigue lleno de heridas pero
parece no importarle ahora, incluso apoya el pie herido. Se ha limpiado la
sangre de la nariz con la manga y su rostro ahora es sereno y fuerte.
-Tengo que irme
cuanto antes, ellos me están buscando. Pero antes quiero darte las gracias –se acerca
y coloca ambos brazos sobre mis hombros-. Me has salvado la vida, pequeña Isia.
Antes de conocerte lo único que quería era morir y abandonar este mundo, pero
tú me hiciste cambiar de idea. Ahora escúchame: te están vigilando. Lo hacen
todo el tiempo. Pero no puedes caer en sus redes. Lo que están haciendo supera
los límites humanos, así que tienes que salir de aquí cuanto antes. Hay alguien
que va a por ti, así que el tiempo apremia. No confíes en cualquiera, porque
puede ser uno de ellos. Hay muchos espías, incluso en el grupo de Elegidos. Para
ellos eres una amenaza, Isia, y una de las grandes. Superas el modelo que ellos tienen de las mujeres,
y eso no es bueno para su sistema. Superas el modelo de cualquier humano. Por
eso ellos intentarán destrozarte de todas las maneras posibles hasta que
caigas, pero debes aguantar. Yo sé que puedes.
-¿Por qué
sabiendo la existencia de la puerta no escapaste antes? –pregunto con voz
tensa.
-Porque antes
sólo quería morir, pero tú me has dado la esperanza para seguir viviendo.
Jolsan se mete la mano dentro de un
bolsillo del pantalón y saca una tira de tela. Coge mi muñeca y ata la tira alrededor.
En la tira hay dibujadas torpemente muchas rosas a lo largo de la tela, formando una fila. Están
muy mal hechas, como si lo hubiese hecho un niño pequeño.
-Ésta pulsera me
la dio Della, y ahora yo te la doy a ti.
Le miro con la boca entreabierta y
miro la pulsera.
-No, no puedo quedármela,
no…
-Sí vas a quedártela,
es mi regalo por todo. Cuando ella me la regaló me dijo: ‘mientras la lleves te
protegerá y yo siempre estaré contigo’. A mí no me ha dado mucha suerte pero sé
que a ti sí. Me recuerdas a Della, tan fuerte y tan bella. Siempre ayudando a
los demás. Siempre ayudándome a mí. Así que mientras lleves esto te protegerá y
nunca estarás sola, yo te ayudaré desde la distancia, como tú me ayudaste a mí.
Posa la mano sobre mi muñeca unos
segundos y se da la vuelta.
-¿Y ahora qué
vas a hacer? –pregunto elevando la voz para que me oiga.
Se da la vuelta y, con una
sonrisa, dice:
-Hacer lo que
debería haber hecho hace tiempo: luchar.
Y desaparece entre los árboles.
Yo me quedo de pie, mirando a
los árboles por donde Jolsan ha desaparecido. Siento la tira de tela en mi
muñeca quemándome la piel por dentro. Y
cuando el viento me alborota el pelo vuelvo a sentirme sola, ahora más que
nunca.
Intentarán destrozarte de todas las maneras
posibles hasta que caigas.
Alargo la mano al rectángulo de metal que
descansa sobre mi pecho y aprieto fuerte. El cielo está tan azul que parece un
río lleno de nubes. Todo está en calma, salvo por el ruido del viento que
retumba en mi oído. Sé que debería dar la vuelta y volver, sin embargo no me
muevo ni un centímetro. Estoy fuera, puedo correr y escapar y salir de aquí.
Adiós a la presión y a las pesadillas. Sólo unos cuantos pasos hacia delante y
soy libre.
Me doy la vuelta
y avanzo hacia la puerta.
Todavía me
quedan cosas por hacer.
domingo, 23 de marzo de 2014
14.
-Olvidad todo lo
que creéis, porque todo eso va a cambiar.
Una sonrisa
traviesa aparece en la cara de Noah y, acto seguido, algo pasa. La
gran sala de entrenamiento cambia. Las estructuras que había
repartidas por la sala empiezan a fundirse con el suelo hasta que
desaparecen por completo, el ruido de un mecanismo resuena, luego un
ruido seco y resonante, las luces de la sala empiezan a parpadear. Y,
a continuación, la oscuridad aparece. Vino como una ola de agua
negra, con furia, y chocó contra una barrera invisible en medio de
la sala que paró el impacto. Pero la ola no se fue ni se dispersó;
se quedó impregnada en la barrera. No sé como lo hicieron, pero la
única explicación que puede ser más o menos cierta es que al
chocar la ola contra la barrera se solidificó y se quedó incrustada
en el cristal. Desconozco si es o no cierto pero no puedo dejar de
observar lo que se alza ante mis ojos.
Ese lado de
la sala está completamente a oscuras, o al menos eso parece. La sala
parece haber sido engullida por la oscuridad. No se puede ver nada,
parece como si hubiesen pintado la barrera de color negro.
Entrecierro los ojos y me acerco a la baranda pero no consigo ver
nada más. ¿Qué habrá allí? Da la impresión de ser una simple
habitación a oscuras pero después de ver lo que la ola ya nada
parece normal. Algo hay ahí.
Toda
la grada está paralizada. Muchos de ellos se han alejado hasta la
escalera, seguramente porque pensaban que la ola les iba a engullir.
Los demás Elegidos no se mueven, están agazapados en sus asientos o
de pie, incapaces de despegar la vista. Otros han reaccionado como yo
y se han acercado más a la barra para intentar ver algo, pero por
las caras de todos tiene pinta que sin éxito.
-¿Qué
ha pasado? -pregunta Dainel a escasos centímetros de mi oreja.
-No
tengo ni idea.
Noah
había dicho que empezaríamos con la preparación física.
Francamente, éste no es el tipo de preparación física que pensé
que sería. Por lo que he escuchado los entrenamientos que se les
hacía se basan en flexiones, pesas como montañas, carreras por
terrenos dificultosos durante horas y lanzamientos de objetos
pesados. Necesitaríamos suerte para que nos pongan a hacer
flexiones. Algo me dice que esa preparación era el principio de la
verdadera preparación, una base para que tengan con que luchar en la
verdadera realidad.
La
realidad de ahora es esta: la oscuridad.
-Podéis
luchar contra lo que conocéis, pero no contra lo que teméis
-explica Noah-. ¿Y qué es lo que más teméis? No saber a lo que os
enfrentáis. Lo desconocido siempre ha sido el miedo de los hombres
-su voz se apaga por unos instantes y,aunque no le estoy mirando, sé
que está sonriendo-. Vuestra preparación física será enfrentaros
a la oscuridad.
No
sé si fue la realidad de las palabras de Noah lo que me produjo una
sensación de frío que me traspasó los huesos o la incertidumbre
que me produce no saber que se oculta en el otro lado de la sala.
Todo
lo que había dicho Noah es cierto. No sabemos luchar contra aquello
que no conocemos.
Aunque
en mi caso, eso no es del todo cierto. Hubo un tiempo en el que le
tenía miedo a la oscuridad, pero ese tiempo se fue.
Después
de aceptar mi situación me conciencié de que para sobrevivir
tendría que hacer muchas cosas, y una de ellas sería aprender a
vivir cuando el sol ya no brilla sobre el cielo. Cuando solo tenía
nueve años robé un trozo de pan de una tienda de las afueras. Ese
tiempo fue durante una de las muchas crisis financieras que destruían
la ciudad, pero, a diferencia de las muchas otras, esa fue la peor.
El trabajo de mi padre fue más duro, tenía que trabajar más horas
durante más días, las condiciones eran peores, muchas personas
resultaban heridas con gravedad por realizar el trabajo, mi padre por
poco pierde una pierna y otras partes del cuerpo, pero luego no
recibía ningún pago por ello. Nadie lo hacía. Eso ocasionó que la
comida se convirtiese en mi casa en algo invisible, ni la teníamos
ni se veía por la ciudad. Muchos decían que algo estábamos
haciendo mal para que los Superiores nos estuviesen castigando de
aquel modo, yo pienso que sólo querían vernos sufrir y morirr de
hambre y desesperación.
En
ese tiempo murió mucha gente, no a manos de los guardias, no
físicamente, claro, pero sí murieron por su culpa. Por el hambre,
por la desesperación, por la ausencia de esperanza. Aquellos fueron
días oscuros. El mundo parecía llegar a su fin, y nadie hacía nada
para remediarlo.
Yo
en aquel entonces ya había cambiado, ya había dejado atrás a la
Isia débil para centrarme en mi fortaleza, pero, también, en aquel
entonces me moría de hambre. Solía pasear por las calles buscando
algo que llevarme a la boca pero todo acto era sin éxito, y en mi
casa no tenía mejor suerte. Mi padre llegaba a las tantas de la
noche con la cara gacha y llena de heridas pero sin nada en las
manos. Entonces, un día, mientras me alejaba de la ciudad para huir
de la tristeza de la realidad encontré una panadería. O algo
parecido a una. Yo solo vi una construcción con trozos de pan en la
entrada. Me agazapé tras la pared y esperé a que el panadero se
diese la vuelta para luego correr y llevarme un trozo de pan en las
manos. Corrí todo lo rápido que pude, todo lo que mis débiles
piernas me permitieron, pero, desgraciadamente, el panadero me vio y,
en vez de tener un poco de misericordia por una niña pequeña
hambrienta, llamó a voces a los guardias gritando ladrón.
Los guardias me persiguieron por
toda la ciudad. Tuve que aguantar, muchas veces me caí porque mis
piernas no aguantaban más, pero me levantaba y seguía corriendo
como podía. A duras penas pude engañar a los guardias y perderme
por las calles hasta que dejaron de perseguirme. Encontré un
escondite bajo una alcantarilla y allí me metí, dentro de la mugre
y la suciedad del submundo. Allí pasé la noche, echa un revoltijo
en una esquina que posiblemente en un tiempo fue un nido de ratas. No
podía salir de allí, porque cada vez que miraba a través de la
rendijas de la alcantarilla escuchaba voces de fondo que gritaban. No
sabía si esas voces eran de los guardias, o si seguían buscándome
hasta por la noche, pero yo me quedé allí por si acaso. En la
alcantarilla había todo tipo de ruidos, y yo no supe clasificar
ninguno. Yo no veía nada, sólo podía escuchar y rezar para que no
se le ocurriera a lo que sea que viviese allí acercarse a mi
esquina. Muchas veces algo me rozaba la pierna, yo pataleaba en la
oscuridad alejando a lo que quiera que se acercaba. Fue una de las
noches más largas y horribles de mi vida, pero aprendí a vivir en
la oscuridad, sin saber que es lo que te rodea. A partir de ese día
salí más veces de noche y me alejé a las afueras para internarme
más en la oscuridad de la noche. A causa de eso, sufrí varias
heridas graves y roturas por los lugares en los que me internaba pero
eso solo fue un daño colateral. Nunca le conté a nadie lo que hacía
todos esos días que desaparecía, pero tampoco es que le importase a
nadie.
Así
aprendí a valerme por mi misma y a sobrevivir sin la ayuda de
nadie. Y lo más importante: a convertirme en otra sombra de la
oscuridad.
Siento
sobre mí la pesadez de una mirada y me doy la vuelta. Los ojos de
Noah están mirando hacia arriba, hacia la fila donde me encuentro,
pero no mira hacia mi. Está mirando algo un poco más abajo, con el
semblante lleno de ira. Sigo el camino de su mirada y descubro lo que
le irrita. No me había percatado, ni había sentido su tacto, pero,
tal vez, mientras la ola avanzaba amenazando con engullirnos, Dainel
me había cogido la mano. Nuestras manos cogidas descansaban encima
de mi muslo. Miro de reojo a Noah, pero él ya no está mirando
nuestras manos, me está mirando a mí, con un brillo en los ojos que
no logro entender.
Noah
aparta la mirada con un gesto irritable y me doy cuenta de una cosa.
Reconozco ese brillo. Me muerdo el labio inferior en un vano gesto de
retener la risa. Celos. Noah está celoso. El súper increíble e
indestructible Noah está celoso de un simple Elegido.
Noah
comienza a andar con paso firme y sin mirar a nadie hasta la
separación de la sala, se vuelve en nuestra dirección. Pasa la
vista por todos nosotros, y por mí. Sólo unos segundos, pero
suficientes para ver que ese brillo de celos sigue ahí y que aumenta
al mirar a Dainel.
Todavía
seguimos cogidos de la mano. A pesar de ir en contra de mis
principios no se lo he reprochado. También, porque nunca nadie me ha
cogido de la mano. Y tener la mano de Dainel sobre la mía me
transmite, de una manera u otra, seguridad. Además, he encontrado el
punto débil de Noah, y si esto tanto le irrita va a tener que
aguantarlo.
Noah
cierra los ojos un momento y, un segundo después, los vuelve a
abrir. El brillo de celos ha desaparecido, pero ha sido suplantado
por la ira.
Noah
dice:
-Vamos
a empezar. El entrenamiento de hoy será individual. Uno por uno
tendréis que entrar en el Cuadrado y pasar con éxito lo que os
espera dentro -sonríe para sí y, tras un momento, me mira-. Las
señoritas primero.
Todas
las miradas se vuelven hacia mí en menos de una décima de segundo.
Sin mirar a Dainel aparto la mano y bajo las escaleras con paso
decidido. La verdad es que estoy asustada porque no sé qué es lo
que me depara dentro, pero dejo el rostro impasible. Nadie debe saber
nunca que tengo miedo.
Atravieso
la distancia que nos separa y me coloco a su lado, esperando órdenes.
-Entra,
vamos a ver de qué eres capaz cuando no ves nada, preciosa.
Le
miro por una última vez y traspaso el límite. En cuanto lo cruzo
una especie de barrera invisible me traspasa. Me quedo durante unos
segundos sin aire pero se me pasa y el oxígeno vuelve. No veo nada.
Me doy la vuelta pero no encuentro más que una capa negra, ni rastro
de Noah ni de los demás.
Estoy
encerrada.
Muevo
los brazos, tanteando la oscuridad, en busca de algo que me rodee.
Pero no hay nada a mi alrededor. Intento recordar cómo de grande era
la sala, pero no sé con exactitud cuánto. Lo peor es que no puedo
verlo. No sé si han cerrado alguna parte de la sala, o si la han
agrandado, o si todavía queda agua por la ola, o si realmente hubo
agua. No sé nada.
No puedes
tener miedo. Cierro los ojos y
respiro lentamente, centrándome sólo en mi respiración. Poco a
poco se va estabilizando y los latidos de mi corazón van
decreciendo. Esto es sólo otra de las actividades
nocturnas en la ciudad, nada es diferente.
Pero
algo me dice que lo es.
Relajo
los brazos y me quedo en silencio, esperando. Un sonido resuena a lo
lejos. Es una especie de pitido, un pitido que se multiplica cada dos
segundos y luego se apaga durante dos segundos más. El pitido cada
vez se escucha más cerca, se está aproximando a mi situación.
Respiro. ¿Qué es ese sonido? Algo me dice que esto no va bien. El
pitido llegará en unos segundos. En ese momento algo peludo me roza
la muñeca. No hago ningún movimiento. Mi corazón vuelve a latir
fuerte en mi pecho. Respiro lentamente. Un sonido minúsculo se une
al pitido, el sonido de unos pasos sigilosos y acechadores. Siento
que algo me rodea, pero sigo sin moverme. Dos segundos. El pitido
resuena más cerca. Algo me toca la otra muñeca. Dos segundos. El
pitido vuelve a sonar y, esta vez, lo reconozco.
No
pueden estar hablando en serio.
Dos
segundos.
Uno.
Con
un movimiento rápido me agacho y me protejo la cara con los brazos.
El pitido explota y un fogonazo de luz roja estalla. Algo grita,
acompañando a mi propio grito, y espero. Cierro los ojos todo lo
fuerte que puedo y me protejo la cara con los brazos y el pelo, sin
embargo, la luz se filtra por los recovecos y me quema los ojos.
Empiezo a llorar sin darme cuenta. Aprieto la cara contra mis brazos
pero no para. Los ojos me escuecen como el infierno.
A
través de las rendijas de mi pelo observo lo que ha gritado. Nunca
había visto algo igual. Es un animal, tan grande que me tiene que
llegar a la altura de la cadera, está forrado de un pelo color caoba
y no tiene orejas. Tiene la boca abierta, de la que salen unos
colmillos del tamaño de mi pie. Tiene sus ojos puestos en el lugar
del que proviene la luz y la mira, amenazante. No le afecta lo más
mínimo.
La
luz se apaga. Sigo sin moverme. Otro pitido.
Dos
segundos. El animal emite un gemido y sus colmillos chirrían.
Dos
segundos. Separo los brazos de la cara y apoyo las manos en el suelo.
Dos
segundos. Abro los ojos y veo unas pequeñas luces que parpadean a lo
lejos.
Uno.
Con
la ayuda de las manos me impulso hacia el animal y me tumbo detrás
de él. El pitido explota otra vez y una lengua de fuego aparece de
entre la oscuridad. Los ojos del animal se encuentran con los míos
al tiempo que el fuego se estampa contra su cuerpo. Sus ojos son
rojos, tan rojos como la sangre y me miran, tan intensamente que me
duele la cabeza. Me empujo hacia atrás con los brazos, me alejo del
cuerpo en llamas. El animal se retuerce en el suelo, intentando
desprenderse del fuego. Grita y grita, corre, salta, se restriega
contra el suelo pero el fuego no se apaga. Sus lamentos resuenan por
todas partes hasta que deja de moverse.
Cierro
los ojos un momento y controlo mi respiración. No puede estar
pasando esto. Esto no puede ser parte del entrenamiento. Algo va mal.
Desde
mi posición observo el cuerpo muerto del animal, todavía envuelto
en llamas. De repente siento pena por el animal. Sin darse cuenta me
ha salvado la vida, y yo he destrozado la suya para salvar la mía.
Escucho
un chasquido. De repente algo se me clava en el brazo y me traspasa
la carne profundamente. Un dolor punzante me traspasa y caigo de
espaldas. Tanteo con las manos y encuentro el artilugio que se me ha
clavado en el brazo. Una flecha de metal. Me incorporo y trago
saliva. Respiro lentamente y, con un movimiento, tiro de la flecha.
El dolor me llena por todas partes y me muerdo el labio hasta que
empieza a sangrar. La flecha sale de mi carne y la suelto.
Súbitamente,
otro chasquido suena a mi derecha, pero esta vez me aparto a tiempo.
Me deslizo hacia delante y ruedo en el suelo. Mi brazo herido toca el
suelo y grito.
Esta
vez no suena un chasquido, no suena nada. Todo se queda en silencio.
Me quedo quieta, con una mano apoyada en el suelo y otra tapándome
la herida. Un mecanismo empieza a moverse y el suelo empieza a
vibrar. Todo se para y se queda en silencio, sólo se escucha mis
respiraciones rápidas.
Entonces
el suelo vuelve a vibrar, esta vez más fuerte. El suelo cede y mis
piernas caen. Mi grito rompe la oscuridad. Tengo medio cuerpo en el
vacío y el otro medio en lo que queda de suelo. Intento impulsarme
con las manos pero empiezo a resbalarme.
Mi
grito sigue resonando, como un eco eterno, y me estalla los oídos.
Busco con los pies algo en lo que apoyarme pero no hay nada, solo
vacío y oscuridad. Mis manos siguen resbalándose por el suelo
lentamente y mi cuerpo cada vez cae más. Mi brazo no para de
sangrar. El suelo empieza a convertirse en una superficie áspera y
me araña los brazos. Aprieto los brazos contra el suelo, algo
parecido a cuchillas minúsculas se me clavan en la piel pero dejo de
deslizarme por el suelo. Tengo todo el cuerpo en el vació salvo los
brazos. Tomo una buena bocanada de aire, presiono más fuerte los
brazos contra el suelo y, con un grito, me impulso hacia arriba. Por
un momento empiezo a salir, pero el brazo me falla y caigo de lado
deslizándome más hacia el vacío. Las cuchillas se me clavan de
nuevo en la piel. Intento pedir ayuda pero sé que nadie va a venir a
ayudarme. Estoy sola.
Mi
corazón late tan fuerte que parece que va a salir de mi pecho. La
ansiedad me envuelve y me cuesta respirar y pensar con claridad. No
puedo dejar que me pase esto. Vuelvo a respirar y clavo de nuevo los
brazos en el suelo. Mi brazo me pide a gritos que pare pero hago un
último esfuerzo. Con ayuda de las manos me impulso más fuerte y
consigo sacar todo el cuerpo. Caigo al suelo y el eco de mi grito se
para súbitamente.
Sigue
brotando sangre de la herida de la flecha, la noto deslizarse por mi
piel y llegar al suelo. Mi cabeza da vueltas, y ya no sé si estoy
despierta o todo esto es un sueño. Siento como si mi cuerpo flotase,
ya no escucho a mi corazón latir, ni me duele al respirar. En ese
momento no sé si estoy muerta o si sigo viva, no me importa la
respuesta. La sangre abandona mi cuerpo y se desliza por mi piel,
recordándome que estoy muriendo. Pequeñas luces empiezan a brillar
en el techo. Recuerdo el cielo de mi antigua ciudad. Mis pulmones
arden.
Entonces
suena un pitido. Pero esta vez no hay segundos.
Una
bola de fuego atraviesa la oscuridad hacia mí, y caigo hacia atrás.
Me levanto y otro pitido suena. Otra bola de fuego atraviesa y corro,
esquivándola por poco. Sigo corriendo, otro pitido, otra bola de
fuego aparece muy cerca de mi, giro. Mis piernas empiezan a ceder y
por poco me caigo al suelo justo encima del fuego. Pero ruedo en
dirección contraria. El fuego me rodea por todas partes y yo busco
una salida.
Un
nuevo pitido suena, pero esta vez más fuerte, y el fuego lo rodea
todo. Mis piernas ceden y caigo al suelo al tiempo en el que algo me
atraviesa dejándome sin respiración.
Escucho
voces a mi alrededor pero no entiendo lo que dicen, solo pienso en el
fuego y en las estrellas de mi antigua ciudad. Y mi mente se apaga.
Vuelvo
a estar en la oscuridad. Solo hay silencio. No puedo respirar,
intento moverme pero no puedo. Grito pero no sale ningún sonido de
mi garganta. Estoy sola.
Te
dije que nadie iba a quererte nunca, y tú solo has empeorado las
cosas.
Quiero
gritar que no es verdad pero no puedo hablar. Estoy atrapada en mi
propio cuerpo. No sé si tengo los ojos cerrados o es que estoy
rodeada de oscuridad, pero no puedo ver nada.
Unos
brazos me rodean y me aprisionan. Intento revolverme y pelear pero mi
cuerpo no se mueve. Le grito a mi cerebro que haga algo pero no me
escucha. Los brazos me aprietan más fuerte y me dejan sin
respiración. Algo se aprieta contra mi. Intento alejarle pero sigo
sin moverme.
Te
lo dije, y mira cómo has acabado.
Entonces
algo se me clava en el estómago y se hunde en mi carne. Noto como el
oxígeno desaparece de mis pulmones y como mi sangre empieza a
derramarse. Los brazos me sueltan y caigo. Mi cabeza choca contra
algo duro y mi cerebro estalla. El cuchillo choca contra el suelo a
unos centímetros de mi.
Te
has matado a ti misma, Isia.
Una
leve luz sale de entre la oscuridad e ilumina por un segundo el
rostro del asesino, que me mira desde arriba. Es mi rostro.
Mi
corazón se para.
-Isia,
despierta. ¿Me escuchas? Por
favor, despierta. Vamos.
Escucho esa
voz, y luego mis gritos. No puedo dejar de gritar, no puedo. Siento
una y otra vez el cuchillo clavándose en mi estómago. En mi cabeza
sus palabras están grabadas a fuego y me persiguen. Te has matado
a ti misma.
Y
luego aparece mi rostro. Es el mío, pero no del todo. Parecía que
una parte de mí se hubiese ido y fuese reemplaza por otra
completamente distinta. Mis ojos eran distintos. Me miraban, serenos,
miraban como me desangraba y como abandonaba todo rastro de vida. Mis
ojos estaban llenos de oscuridad, oscuridad y tinieblas. Y luego
estaba esa sonrisa. Mi sonrisa.
Yo estaba sonriendo,
me estaba sonriendo. Sonreía
mientras me moría. Pero no era mi sonrisa, era otra completamente
distinta. Era una sonrisa rota, vacía, parecía como si se me
hubiese desencajado la mandíbula y me la hubiesen colocado mal. Era
siniestra, como si me alegrase por morir, como si me alegrase por
matarme a mi misma.
Solo veo un
borrón blanco. Miro a todas partes pero no consigo ver nada. Por un
momento pienso que estoy muerta. Pero siento como el aire entra por
mis pulmones pesadamente y como mi corazón late rápidamente. Y no
dejo de gritar, no paro hasta que noto como una lágrima se desliza
por mi mejilla. Entonces paro y me tapo la cara con las manos para
dejar de llorar.
Pero no
puedo. Me presiono más fuerte la cara y rezo para que pare. Escucho
gritos a mi alrededor y mi nombre, pero no respondo. No puedo hablar.
Mi cuerpo está paralizado por el miedo.
Para,
deja de llorar. Todo está bien, estás bien.
Pienso
en el cielo de mi antigua ciudad, en las estrellas. Y dejo de llorar.
Pestañeo
varias veces y el borrón desaparece. Me aparto las manos de la cara
y veo a Palham. Sus ojos me miran, asustados, buscando un signo de
que estoy bien. Está despeinado y gotitas de sudor se han quedado
impregnadas en su frente.
Una cosa me
sorprende: el terror y la preocupación en sus ojos. ¿Qué ha
pasado?
-Isia, tranquila,
por favor. Estás bien, todo está bien. Sólo era una pesadilla
-susurra, pero yo no le creo.
El cuerpo de
Palham sigue en tensión, tiene las manos apoyadas en la camilla para
estar más cerca de mí. Me mira unos minutos y, entonces, se relaja.
Suspira lentamente y me mira una vez más. Me mira como si pudiese
ver a través de mis ojos, como si todos sus demonios se
arremolinaran entorno a mí, como si yo fuese una muñeca rota que no
se puede reparar; me mira como si él estuviese al borde del abismo y
yo fuese su única salvación. Alarga la mano y la coloca encima de
mi mejilla. Me da la caricia más triste del mundo: apenas tocó mi
piel unos segundos, pero a través de sus dedos pude sentir un dolor
lejano y un cariño que nunca he sentido en toda mi vida. En ese
momento llego a pensar que Palham me conoce, no sé como pero lo
hace. Y me siento desnuda.
Sus ojos me
miran, pero no a mí. A una
persona muy lejos de aquí.
Aparta
la mano segundos más tarde y se aleja unos metros. Tengo una mala
intuición.
-¿Qué
ha pasado?
Palham
no responde, ni me mira, sólo mira a la pared. Aprieta los puños y
sus ojos se llenan de ira.
-Alguien
ha amañado tu entrenamiento, Isia -contesta, con furia.
Al
principio no lo entiendo, la cabeza me da demasiadas vueltas para
llegar a comprender nada. Pero luego caigo en la cuenta de sus
palabras.
-Todo
lo que sufriste, la luz, el animal, las flechas, los agujeros y las
bolas de fuego no era parte del entrenamiento. No es parte de ningún
entrenamiento -explica Palham-. El verdadero entrenamiento consistía
en que tendrías que protegerte y luchar en la oscuridad contra unos
guardias que llevarían gafas con visor nocturno. Los guardias que
debían estar en el Cuadrado y atacarte han desaparecido. No sabemos
dónde están, pero los encontraremos. Alguien ha amañado el
entrenamiento para que no sea lo que tendría que ser. Alguien había
preparado todo eso para que murieses, si no en una prueba en otra -su
voz se apaga y me mira, incrédulo-. Pero sobreviviste.
La
pesadilla vuelve a reproducirse en mi cabeza, con el complemento de
tres palabras: alguien quiere matarme.
El
cuchillo, una y otra vez, estoy muerta. Estoy sola, sin fuerzas, mi
cabeza.
De
repente tengo unas ganas
infinitas de correr. De huir. De escapar de todo este lugar, de mis
pesadillas, de mí. Intento levantarme, y el borrón vuelve. Además
de dolor. Todo empieza a girar de nuevo.
-Eh, tranquila,
no te muevas -susurra-. Todavía no estás curada.
Palham me
empuja suavemente sobre los hombros para que me recueste. Pero
necesito huir. Me presiono la
frente con la mano y respiro lentamente, me tranquilizo mentalmente.
Voy a huir, lejos, muy lejos, pero en el momento adecuado. Sólo
necesito esperar. Ese momento llegará, y me iré. Nadie podrá
detenerme. En el momento adecuado.
Pero
por el momento tengo un problema con el que lidiar: alguien ha
intentado matarme, y me da la impresión de que no va a parar hasta
conseguirlo.
Palham
se sienta en un lado de la camilla y dice:
-Mientras
estabas en el Cuadrado no sabíamos lo que estaba pasando. Se suponía
que saldrías en dos minutos, pero esos dos minutos pasaron y tu no
saliste. Y, de repente, escuchamos tus gritos. Intentamos sacarte de
allí pero quien haya amañado tu entrenamiento se las ha arreglado
para que no pudieses salir de ahí de ningún modo. Hicimos todo lo
que pudimos a pesar de que no sabíamos que demonios estaba pasando.
Llamamos a más guardias para que buscasen la forma de sacarte, Jark
intentó meterse dentro pero el asesino también se las había
arreglado para que nadie pudiese entrar. Estábamos desesperados, tú
no parabas de gritar. Entonces atravesaste la barrera y caíste
inconsciente llena de sangre.
Cuando
Palham termina de hablar, a mí ya me cuesta respirar y todo empieza
a girar de nuevo.
Noto
el brazo raro, y recuerdo. La herida de flecha. Miro instintivamente
el hombro, donde la flecha de metal se clavó y descubro una venda.
Pero también descubro que no me duele. Abro la boca para preguntar
cuando recuerdo a los sprays y
el cuadradito extraño con el que curé a Jolsan.
Aquí
una herida, por muy grave que sea, es una cosa muy simple.
Sin
embargo, pensar en la flecha me hace pensar en otra cosa. Las flechas
tuvieron que ser disparadas por alguien. Alguien estaba dentro del
Cuadrado, acechándome, viendo como sufría, disparándome.
Me
empiezo a marear y mi estómago se revuelve.
-El
asesino estaba dentro -digo.
Palham
me mira rápidamente y abre la boca, pero no dice nada. Se queda unos
segundos con la boca abierta y los ojos entrecerrados hasta que suma
dos y dos y cae en la cuenta también. Sus ojos se abren y dice una
maldición.
-Estaba
contigo, el asesino estaba contigo -se levanta bruscamente y mira a
todos lados-. Estaba... -aprieta los dientes y, con una fuerza que no
creí que tenía, le pega un puñetazo a una televisión que
descansa sobre la pared; ésta se rompe en miles de trozos. Palham
gruñe y respira rápidamente, se queda mirando a la pared, ahora
desnuda. De la mano de Palham empieza a caer muchos hilos de sangre,
a él no parece importarle.
Se
queda parado en medio de la habitación y vuelve la vista hacia mí.
-Tengo
que informar de esto, rápidamente -se acerca a mí y me agarra de la
mano-. Lo que me acabas de contar es sumamente importante. Ese
bastardo estuvo dentro mientras tú por poco mueres -aprieta mi mano
y dice-. Isia, lo encontraré. Encontraré a ese cabrón asesino y le
haré pagar por todo lo que te ha hecho, te lo prometo -se aleja y,
esta vez, le creo. Añade.- Mandaré a alguien para que te cuide
mientras yo no estoy, no tardaré.
Observo
como Palham desaparece y escucho el sonido de la puerta al cerrarse.
Vuelvo a estar sola. Cierro los ojos con fuerza y la pesadilla
vuelve.
El
asesino estaba conmigo. Mi asesino estaba conmigo.
En
mi cabeza se reproduce la pesadilla de nuevo. Mi mente se llena de la
palabra asesino, el cuchillo vuelve a clavarse en mi estómago,
y el asesino vuelve a mirarme. El asesino en mi mente vuelvo a ser
yo.
Lo
encontraré.
No
sé cuánto tiempo ha pasado desde que Palham se fue y yo me dormí.
Me siento somnolienta y todos los miembros del cuerpo me duelen.
Siento como si llevase días sin dormir. Mi cabeza me pesa de tal
manera que apenas puedo moverme. Cierro los ojos de nuevo y algo se
remueve a mi lado. A regañadientes intento mover la cabeza y lo
consigo. Palham dijo que mandaría a alguien para que velase por mí
mientras él no estaba y dijo la verdad. Ha colocado una silla al
lado de la camilla, girada para que pueda verme. Un cuerpo vestido de
negro descansa sobre la silla. Pestañeo varias veces hasta que veo
nítidamente.
Noah
está dormido, con una mano apoyada en la silla y otra rozando mi
camilla. Tiene el pelo revuelto y lleva la misma ropa que antes, pero
más arrugada. Tiene cara de niño pequeño mientras duerme, parece
como si ahora tuviese muchos años menos. Sus facciones están
relajadas y tiene la boca un poco entreabierta; pero la preocupación
sigue reflejada en su rostro.
Siempre
he pensado que Noah era guapo pero ahora me doy cuenta de que no es
guapo, sino bello. Adonis también lo era, a su manera, pero no tanto
como Noah; la arrogancia de Adonis lo volvía feo. Además Adonis se
esforzaba al máximo por serlo, hacía cualquier cosa para que las
personas le mirasen con adoración y admiración. Incluso hacía
cosas para el bien de otros, aunque no le importase el bien de nadie
más que de sí mismo. Sin embargo Noah no hace nada para serlo, ni
siquiera hace nada para que todos lo adoren, simplemente lo es.
Su
mano descansa sobre mi camilla a pocos centímetros de mi cara, con
ademán protector. Lo más probable es que lo haya hecho de forma
inconsciente, mientras estaba sumido en su sueño. Pero aún así
siento que él realmente quiere protegerme.
Eso
hace preguntarme quién es Noah realmente. Fue Noah quien me metió
en el Cuadrado sólo porque sentía celos y, por su culpa, por poco
muero dentro. Fue Noah quien dijo que teníamos que matar si
queríamos sobrevivir. Pero, también, fue Noah quien disparó a un
guardia sin piedad para salvarme.
Parece
como si Noah tuviese dos caras, dos lados de la moneda. Cuando lo
conocí fue amistoso y, de algún modo, agradable. Pero cuando habló
después de la primera prueba parecía otra persona, más oscura y
peligrosa.
Ahora
me doy cuenta de una cosa, lo que me dijo el primer día que nos
conocimos. Su nombre es Noah pero tiene otro nombre más: Jark. En él
viven dos personas: Noah y Jark. Noah es la parte buena y sarcástica
y Jark es la oscura y capaz de matar a cualquiera sin pestañear.
Una
pregunta aparece en mi mente y me deja aturdida: ¿qué lado se
impondrá primero?
El
rostro relajado de Noah se contrae en una mueca de dolor. Empieza a
respirar rápidamente y agarra con fuerza las sábanas de la camilla.
Se revuelve en la silla y susurra palabras que no logro comprender.
Me incorporo como puedo, intentando no marearme, y me acerco a él.
Alargo la mano para despertarle cuando susurra otra palabra. Y la
entiendo:
Mara.
Mi
mano se queda suspendida en el aire, a medio camino de su cuerpo.
Noah sigue revolviéndose, susurrando el nombre de Mara mientras su
rostro se llena de dolor. ¿Quién es esa Mara?
Noah
se despierta bruscamente y apoya la cabeza sobre la camilla. Su
cuerpo se estremece violentamente y agarra las sábanas con tanta
fuerza que los nudillos se le ponen blancos.
-¿Noah?
Se
queda petrificado al oírme y levanta la cabeza.
-¿Isia?
Clava
sus ojos en los míos y veo otra cara más de Noah. En sus ojos puedo
ver un dolor lejano y una tristeza que me abruma. Entonces se
levanta, y me quedo de piedra. Pasa sus brazos por mi cintura y mi
nuca y me aprieta contra él. Sus brazos me aprisionan de tal modo
que me cuesta respirar, pero no le alejo. Hunde su cara en mi pelo y
yo me quedo quieta. Me siento rara, rara porque no estoy acostumbrada
a los abrazos y rara porque el que me está abrazando es la persona
que más confusa me tiene. Primero me manda al Cuadrado a una muerte
casi segura y luego me abraza hasta dejarme sin respiración. Noah
tiene un grave problema de personalidad, pero en este momento no me
importa. Después de todo lo que ha pasado me siento muy, muy cansada
así que apoyo mi cabeza en el hueco del cuello de Noah y cierro los
ojos.
-Lo
siento. Yo... -susurra contra mi pelo, casi rozándome la oreja- Todo
fue culpa mía. No tenía que haberte enviado la primera. Te estaba
mandando a una muerte segura y ni siquiera lo sabía. Y todo porque
te vi con... -no llegó a terminar la frase pero yo sé lo que
seguía: con Dainel. Noah estaba realmente celoso, y lo acaba de
aceptar. Cualquiera que estuviese en mi lugar se sentiría feliz
porque un tío tan imponente como Noah tenga celos porque otro tío
que tampoco está nada mal te haya cogido la mano; pero yo no sé que
pensar sobre eso. Sé que debería sentir algo respecto a eso, pero
no sé el qué. Nunca pensé que alguien como Noah pudiera tener
sentimientos hacia una simple chica con problemas familiares. Pero
aquí esta, abrazándome y pidiéndome perdón por haberse dejado
llevar por mis pensamientos.
Le
empujo con suavidad y le obligo a deshacer el abrazo.
-Pero
no estoy muerta, ¿vale? Estoy bien, estoy viva, he sobrevivido. Eso
es lo que importa. Así que no te martirices porque no eso no es lo
tuyo.
Sus
manos siguen en mi cadera, siento su contacto como si me quemase la
piel por dentro. Sus ojos parecen más claros con la luz de los
fluorescentes, se clavan en los míos y, por primera vez, me siento
expuesta. Siento como si pudiese mirar en mi interior y ver mis
miedos, como si los comprendiese. Su mirada llena de comprensión y
preocupación me reconforta. No quiero sentirme así, no quiero
sentirme unida a nadie. Y menos a alguien a quién no conozco. No
puedo permitirme sentir nada, no puedo confiar en nadie cuando
alguien quiere matarme y por poco lo consigue. El asesino podría ser
también Noah, él tiene las formas y las razones para hacerlo. Puede
estar mintiendo. Todos pueden estar mintiendo. En este momento, todos
pueden ser mi asesino.
La
preocupación abandona su rostro y sonríe, de lado. Vuelve a ser
Noah.
Aparta
las manos de mi cadera pero no se aleja.
-Voy
a arreglar esto -murmura-. Nadie va a volver a hacerte daño, te lo
prometo. Quien quiera que haya sido ha violado las leyes y eso se
paga con la muerte. Lo encontraré, cueste lo que cueste, y le haré
pagar por lo que ha hecho.
Me
estremezco, pero no de frío. Noah lo nota y me tapa con las sábanas.
Las sábanas no me quitan la extraña sensación que tengo por
dentro. Las palabras de Noah tienen la misma dureza y veracidad de
las de Palham, además, entre ellas se esconde un odio infinito y una
promesa que no logro comprender. No puedo evitar pensar que tal vez
Noah siente algo por mí, tal vez minúsculo, pero lo siente. Y eso
no sé si es bueno o es malo.
Durante
los pocos días que llevo aquí me he dado cuenta de una cosa: aquí
todos tienen secretos. Y Noah es el que se lleva la palma. Está sus
problemas de personalidad y doble vida, su insensibilidad por matar,
el porqué de que yo sepa su nombre verdadero y nadie más lo sepa,
el porqué de que me salvase, y luego está Mara. ¿Quién es? El
rostro de Noah se crispó en una mueca de sufrimiento cuando la
nombró. ¿Ella le producía dolor? ¿O sería al revés? Sea quien
sea esa tal Mara prueba que Noah sí tiene sentimientos y que, en su
vida pasada, quiso a alguien.
viernes, 21 de febrero de 2014
13.
Nunca
he estado en una sala de entrenamiento, por la sencilla razón de que
nunca he tenido ningún entrenamiento ni ninguna práctica de lucha.
Sólo vislumbré lo que era el Batallero desde la lejanía de la
puerta, pero nada ha llegado más allá.
Hasta
hoy.
Después
de la inquietante charla de Noah,el silencio desapareció de repente.
Pensé que el día de hoy sólo constaría de la prueba y de la
charla para meternos miedo; pero ni de lejos. Cuando todavía el
silencio sucumbía la habitación los guardias empezaron a moverse:
agarraron a un Elegido por los brazos y lo arrastraron hacia la
puerta. Pero no fue el único. Uno a uno, los guardias que estaban a
sus espaldas, los inmovilizaron por los brazos y los arrastraron a
todos sacándolos de la habitación. Yo, por supuesto, fui la última.
Parece que no conocen el dicho de 'las señoritas primero'
por aquí. Aunque claro, por ser la última no voy a ser igual que
los demás. Cuando les tocaba a los guardias agarrarme de los brazos
me di la vuelta y les encaré. Uno de los guardias dio un paso atrás,
los demás dudaron con los brazos un poco levantados. Entonces
miraron a Noah, supongo que para recibir las nuevas órdenes. No me
di la vuelta, después de haber visto la otra cara de Noah no sabía
si sería capaz de aguantarle la mirada sin pegarle un puñetazo; y
eso, esta vez, no me la iban a dejar pasar. Noah no es un guardia
cualquiera, es más que eso. Así que pegarle un puñetazo no puede
estar en mi mente a no ser que quiera una muerte inminente. Aunque
tengo una cosa clara ahora, si tengo que morir quiero que sea de esa
manera: por haberle pegado una paliza. Así moriré, me matarán, de
la peor manera posible, sí, pero al menos moriré con la
satisfacción de que antes de quedarme sin latidos le he dejado sin
cara.
La
leve risa de Palham me resonó en el oído. Me volteé a mirarle y vi
que estaba mirando a los guardias con un brillo divertido en los
ojos. Miré a los guardias, ellos habían dado un paso hacia atrás,
colocándose al mismo nivel que el otro guardia. Y comprendí. No me
iban a arrastrar como a los demás, iba a salir con mi propio pie.
Esta vez, a pesar del dolor de la cara, me reí. Aunque claro,
después de hacerlo me arrepentí, un dolor tremendo me atravesó por
toda la cara y el labio me empezó a temblar. En ese momento me di
cuenta del penoso aspecto que tenía que tener. Apenas he dormido en
días, no me sorprendería que tuviese unas ojeras terribles. Por no
decir que todavía me quedan secuelas de la pelea con Cicatrices, y
ahora por la pelea con los guardias. Pero me compadecí de mi aspecto
al ver el de los guardias: la sangre se les había secado y eso hacía
que tuvieran un aspecto más asqueroso que el de antes. Al primer
guardia se le había coagulado la sangre en torno a la boca y su
labio parecía que había explotado por un lado, además bajando el
cuello tenía chorreando bastante sangre. También tenía la boca
algo doblada en un ángulo extraño así que supongo que se le habrá
desencajado la mandíbula. El segundo no tenía mejor suerte: la
nariz estaba doblada en ángulos extraños por la rotura y también
se le había secado la sangre que tenía al rededor de la nariz, y
por los orificios de la nariz todavía caía sangre que llegaba hasta
la barbilla y le caía sobre el pecho. El último no tenía la cara
tan destrozada, sólo tenía un poco de sangre por la nariz y unas
cuantas magulladuras sobre las mejillas. Pero su mano parecía que
había sido un intento de mutilación: el dedo índice estaba lleno
de sangre y parecía que le faltaba gran parte de dedo. Lo mejor de
todo es que tenía grabado mis dientes en su mano, así recordará
por un tiempo quién le ha hecho eso. Los tres presentaban un aspecto
deplorable, por no decir patético. En esos casos me reiría en sus
caras pero la verdad es que no quería que volviese a pasar lo de
antes, ya se lo que es reír después de que te hayan pegado un
puñetazo en la cara.
Miré
una última vez a los guardias e hice un asentimiento con la cabeza
de modo de agradecimiento. Podría parecer que les agradecía por
haberme dejado largarme sola pero en realidad era por haberme
alegrado con la paliza de esta mañana. Después de días llenos de
angustia y desesperación me merecía tener algo de diversión, digo
yo. Volví la vista a Palham y empecé a andar hacia la puerta. Los
guardias empezaron a caminar unos metros separados de mi, pero una
voz resonó a nuestras espaldas:
-No.
Vosotros os quedáis, tenemos asuntos que aclarar -su voz no había
cambiado, seguía sonando dura y fría, todavía con esa carga de
odio. No había cambiado, y eso hizo que me estremeciera.
Los
guardias se pararon y dieron la vuelta pesadamente para enfrentarse a
lo que se que signifique asuntos pendientes, y
para su tono de voz no será nada bueno. Sentía los ojos de
Noah en mi espalda, siguiendo cada movimiento. Apreté los puños y
centré mis pensamientos en la puerta. Cuando atravesamos la puerta y
giramos hacia otro pasillo Palham me pasó el brazo por los hombros.
-No
sabes lo orgulloso que estoy de ti -susurró. Hice una mueca, a modo
de sonrisa. Yo también estaba orgullosa -. No sé como lo has hecho,
pero lo hiciste. ¿Cómo supiste que venían a por ti?
-Fácil.
Porque los escuché -respondí.
Me
miró por unos segundos sin comprender hasta que asintió con la
cabeza.
-¿Cuánto
tiempo llevas sin poder dormir? -preguntó, con un tono extraño.
-Desde
que supe que sería la Elegida -le respondí. No quería reconocerlo
pero, era verdad. No iba a contarle nada acerca de mi angustia ni mi
preocupación, pero al menos eso podía contárselo. Al decirlo un
suspiro salió de mi pecho. No estoy acostumbrada ha decir como me
siento, y hacerlo me hace sentir transparente, como si me estuviese
exponiendo ante todos.
Se
paró y se volteó hacia mí. Por un momento se limitó a mirarme,
con un brillo raro en los ojos. No sabía como interpretar aquello.
No era la primera vez que Palham me miraba así, con esa mirada
cargada de dolor y tristeza, además de algo más. Y no podía
identificar que era aquello. Entonces caí en la cuenta de algo: se
parecía al modo en el que Jolsan me miró, pero con más tristeza y
dolor recargado. Tenía que hablarle de Jolsan a Palham, al menos si
quería tener una pregunta sin respuesta y una incertidumbre menos.
Pero mis pensamientos se dispersaron cuando, de repente, Palham se
agachó y me abrazó. No era un abrazo que se da para infligir algo
de compasión, en señal de que todo iba a salir bien; era todo lo
contrario. Parecía como si Palham se estuviese ahogando y yo fuese
oxígeno, se agarraba a mí con tal fuerza que tenía miedo de que se
me rompieran los huesos. Tenía la cara hundida en mi pelo y noté
que su cuerpo tiritaba, pero no porque tuviese frío. Era como si
estuviese llorando por dentro, su cuerpo se estremecía por los
gritos silenciosos. Conozco perfectamente cómo es eso, en eso soy
toda una profesional. Hay personas como yo que no podemos permitirnos
llorar por fuera así que tenemos que hacerlo por dentro, donde nadie
nos puede oír ni ver. Después de haber recibido aquella paliza
cuando era pequeña no volví a llorar exteriormente, pero eso no
significaba que no lo hiciese por dentro. Y eso estaba haciendo
Palham. No supe como reaccionar ante aquello, ese arrebato de
emociones tan dolorosas. Por un momento el dolor de Palham me abrumó,
pero se esfumó después de los pocos segundos que duró el abrazo.
Se separó de mi pero no se ocultó, sino que me miró directamente a
los ojos.
-No
tengas miedo, no pienses que estás sola; porque no lo estás. Aunque
tu no lo sepas hay personas a las que les importas y están cuidando
de ti. Nada va a pasarte. Tu antigua vida se ha ido, ya no tienes que
sufrir en soledad. Recuerda esto, pequeña guerrera.
Después
de eso Palham volvió a ser como antes y me sonrió, y era una
sonrisa de verdad. Me condujo entre pasillos hasta que llegamos a una
gran puerta, pero yo apenas me di cuenta de que estaba parada como
una estúpida delante de una puerta abierta. Las palabras de Palham
todavía me tenían confusa, no podía parar de darle vueltas una y
otra vez. ¿Era verdad? Si lo era entonces hay personas que confían
en mi y que quieren protegerme. Eso es esperanzador... y a la vez
escalofriante, por el hecho de que no se quienes son.
Hasta
este momento no me di cuenta lo que tenía ante mis ojos. Era lo que
siempre quise, lo que tantas noches soñé con poder entrar, lo que
tan prohibido tenía. Una sala de entrenamiento. No se describir como
es, sobre todo por las dimensiones que tiene. Es enorme, tanto de
largo como de ancho.
Y
las cosas extrañas siguen.
Por
supuesto que nunca he visto bien lo que es una sala de entrenamiento,
pero esto no se parece en nada a lo que se supone que debe ser. Esta
lleno de maquinas extrañas hechas de metal negro, aunque no son más
que meras platas de metal con una vara a modo de soporto que las
ancla al suelo. La sala está llena de grandes construcciones
angulosas, llenas también de desniveles, como una pequeña copia del
edificio.
Los
Elegidos están sentados a un lado, en lo que parece unas gradas
altas de metal negro. Empiezo a cansarme de su obsesión con las
cosas negras, la verdad. A petición de Palham me acerco a la grada y
me siento en la fila de arriba. Noto unos golpecitos en mi hombro y
veo a Dainel a mi lado. Cuando subí las escaleras para llegar a la
última fila me negué a mirar a nadie, aún sabiendo que todos me
estaban mirando, así que no sabía con quien me había sentado. Y,
francamente, no me importaba pegarle un puñetazo si se pasaba de la
raya. Pero ahora lo del puñetazo se ha borrado de mi mente.
Agradezco tener a alguien que no me produzca fuego por las venas,
aunque solo sea una persona. La verdad es que Dainel me da una
sensación de paz, de algún modo. Sobre todo por sus miradas
sinceras. Y, digamos, que por aquí la sinceridad no es algo que
muchos practiquen.
-Un
poco más y te los cargas -me susurra agachando la cabeza, con una
sonrisa en la boca.
Estúpido.
Le pego un codazo y le señalo mi boca, él ríe y asiente
comprendiendo. La próxima que intente hacerme reír no dudaré en
pegarle una bofetada.
-Si
ellos me atacan yo les ataco. Así es como funciona -respondo,
encogiéndome de hombros.
-Recordaré
eso -murmura, sin dejar de mirar a todos lados. Mira con desconfianza
hacia los guardias que están enfrente de la grada, además de a los
otros Elegidos. Por eso habla tan bajo, para que nadie escuche sus
palabras. Parece que hay otra persona que no confía en nadie, además
de mi -. ¿No tienes la sensación de que están vigilándonos?
-susurra, de repente.
Le
miró incapaz de articular palabra. Tengo esa sensación todo el
tiempo. Como si unos ojos invisibles estuviesen observándome todo el
tiempo, por la espalda; pero, por supuesto, nunca hay nadie
mirándome. He llegado a pensar que puede ser una efecto secundario
del cansancio y el estrés, pero que Dainel también lo admita aclara
mis sospechas.
-Como
si estuviesen observándonos en cada movimiento que hacemos -susurro,
bajando también la voz.
Dainel
por fin vuelve la vista hacia mí y me clava sus ojos azules. Tiene
mejor aspecto, las ojeras ya han desaparecido y tiene mejor color de
cara. El miedo ya ha desaparecido completamente de sus ojos, tiene el
pelo peinado y, por fin, se ha cambiado de camiseta. Menos mal,
porque llevar la misma camiseta después de pelear no creo que sea
saludable para la gente que tenga que respirar cerca suya. La verdad
es que parece otro. Ahora parece un tío malo, con su camiseta negra
dejando ver sus brazos musculosos tan pegada al cuerpo que deja libre
a la imaginación.
Bueno,
aunque en realidad aquí todos lo parecen.
-Exacto
-susurra a escasos centímetros de mí. Siento su aliento en mi nariz
– Yo creo que puede que esto esté lleno de cámaras.
Me
enderezo y me acerco más a él.
-¿Qué
quieres decir?
-Pues
-responde-, si te das cuenta hay muy poca seguridad para tener un
edificio lleno de personas con entrenamiento suficiente para matar a
alguien. Los dos lo hemos comprobado. La primera vez, bueno, segunda
vez -se corrige- que nos conocimos. Tu estabas paseando por los
pasillos y nadie te interceptó.
-Salvo
tú -le recuerdo.
Sonríe,
recordándolo, y asiente.
-Salvo
yo -repite-. A lo que voy es que apenas hay seguridad -asiento-. Así
que la única razón por la que hay tan poca es que nos tienen
vigilados de otra forma, una forma más camuflada.
-Por
cámaras -respondo, con el ceño fruncido. Tiene razón. Hay muy poca
seguridad, apenas nos vigilan. Podemos salir cuando queramos de
nuestras habitaciones y circular por los pasillos sin encontrarte con
casi nadie. Así que tiene sentido. No van a dejar que paseemos como
queramos por donde queramos. Nos tienen que controlar. Y el truco es
que nosotros no sepamos que lo hacen.
-Bingo
-asiente-. No se exactamente donde las tienen escondidas, pero las
voy a encontrar.
Aparta
la mirada, apoya la cabeza sobre la pared y cierra los ojos. En esa
posición me recuerda a con Adonis. Una belleza tranquila, con la
cabeza mirando al cielo, esperando algo sin nombre. De algún modo es
como si se pareciese a él. Él no es Adonis. Por
supuesto que no, Adonis es la persona más estúpida y rastrera que
hay en la ciudad. Por no decir gilipollas. Él dio mi vida, la vida
de su hermana, a una muerte segura solo para salvar la suya. Ninguna
persona con algo de corazón lo haría. Pero claro, Adonis no lo
tiene. Dainel es diferente. A diferencia de Adonis él sí tiene
corazón. Yo misma lo he visto el día de la Elección, cuando tuvo
que decir adiós a toda su familia. Él no es
Adonis. Tal vez, en el pueda confiar. Tal vez.
-Te
ayudaré -susurró.
Dainel
abre los ojos y vuelve a mirarme. Me mira durante unos segundos,
alarga la mano y agarra la mía. Me quedo mirando nuestras manos
cogidas, los pocos segundos que dura nuestra unión. Dainel me da un
apretón suave y sonríe.
-Gracias.
Unos
pasos resuenan en la puerta y todos nos quedamos callados. Noah
aparece en la sala, ni rastro de los guardias. No quiero pensar que
les habrá pasado, por mi experiencia sé que Noah no trata muy bien,
que digamos, a los guardias. Así que me espero lo peor. Se coloca en
frente de las gradas y pego un respingo. Parece que ya vuelve a ser
el Noah de antes (si es que ese Noah existe).
-Bien.
Esta sala será vuestra vida el tiempo que yo crea conveniente. Aquí
lo aprenderéis todo, hasta quién sois -dice Noah-. Aquí tendréis
que demostrar vuestras habilidades y de qué madera estáis hechos.
Aquí, es donde empieza todo. Ya demostrasteis en la jaula de lo que
sois capaces, ahora os toca mejorar lo que tenéis aprendido.
No
sé si ofenderme o no por su discurso ya que a mi nunca nadie me ha
enseñado nada, así que no puedo mejorar puesto que no tengo nada
aprendido. Solo sé lo que me ha enseñado la calle; y, creo, que eso
no es a lo que Noah se refiere.
Como
si me estuviese leyendo el pensamiento, Noah me mira. Sus ojos
vuelven a tener esa calidez que era propio de él, pero ahora veo
algo de oscuridad en ellos. Él me sonríe de lado, como siempre,
pero yo no le devuelvo la sonrisa. Su sonrisa se esfuma y me mira
confuso. Si pensaba que iba a tragarme su trola más vale que
espabile, porque no voy a caer en su trampa. Segundos después aleja
la mirada y mira a los demás.
-Vuestros
primeros entrenamientos fueron de preparación física, así que lo
primero que haremos será eso.
Uno
de los Elegidos bufa.
-Yo
no necesito más preparación física, ya estoy preparado.
Noah
centra su mirada en él, otra vez con aire divertido.
-Entonces,
acércate.
El
Elegido duda unos segundos pero coge aire y se levanta muy erguido.
Baja las escaleras y se coloca en frente de Noah. El Elegido es
Cicatrices. A la velocidad del rayo Noah le ataca. Nadie vio venir su
ataque. No sé que fue lo que hizo, una especie de llave quizás,
pero su puño y sus pies impactaban por todas partes en el cuerpo de
Cicatrices y en menos de seis segundos estaba tirado en el suelo con
la cara estrujada contra el suelo.
-No
estás preparado -dice Noah en el oído de Cicatrices.
Cicatrices
se queda unos minutos tendido en el suelo, hasta que se levanta
pesadamente, un crujido resuena y gime. Le ha tenido que hacer
bastante daño. Un hilo de sangre le corre por la nariz y empieza a
bajarle por la barbilla, pero él no hace nada para pararla.
Intentando no mirar a Noah sube las escaleras lentamente, con la
cabeza gacha, y se sienta de nuevo en su asiento. Creo que la poca
dignidad que le quedaba después de haber sido vencido por una chica
se ha esfumado. Qué pena.
-Lo
que acabáis de ver es una demostración de lo poco preparados que
estáis. La preparación que recibisteis no tiene nada que ver con la
que vais a recibir ahora. Así que prepararse, porque va a ser duro
-añade, sacudiéndose las manos.
Miro
de reojo a Dainel y me sorprendo porque él también me está
mirando. No se qué pensar. De entre todos soy la única que no tiene
preparación y eso me pone en el nivel más bajo. No sé como fueron
las preparaciones para todos, pero supongo que fueron malas (no creo
que esos cuerpos tan musculosos se hagan tan fácilmente). Pero lo
peor de todo es que los entrenamientos de ahora van a ser mucho
peores.
Tengo
que hacer algo, no puedo estar con tanta desventaja cuando mi vida
está sostenida por un hilo; y quién sabe cuando ese hilo se
romperá. Porque lo hará, tarde o temprano, todo depende de mí. No
puedo permitirme llegar tan alto para perecer tan rápidamente.
Observo
los cuerpos que hay por la grada, todos son musculosos, algunos
tienen heridas o deformaciones por peleas, incluso cicatrices, y eso
sólo les hace parecer más fuertes. Todos ellos han aprendido cómo
luchar de mano de los mejores, yo sólo he podido permitirme espiar
un entrenamiento y sobrevivir con esa hora de espionaje.
Una
cabeza me sorprende. Su pelo, un poco largo para como lo suelen
llevar los Elegidos, es de un color rubio pero muy apagado. Un rubio
muerto. Tiene algunos mechones dorados, unos rayos de sol sobre la
oscuridad, pero aún así tiene algo extraño. Me revuelvo en mi
asiento y me muevo un poco hacia la izquierda, pegándome un poco
hacia Dainel, aunque él ni se inmuta. Desde aquí le veo mejor. No
tiene cicatrices ni heridas como los demás, ni siquiera tiene
músculos. Está pálido, demasiado pálido y su piel resalta más
por el negro de su camiseta. Está en una esquina, separado
ligeramente del Elegido que hay a su lado, como si le tuviese miedo.
Tan alejado de todo, con una mano apretándose el brazo, parece tan
pequeño e insignificante que me da la sensación que estoy soñando.
¿Qué hace él ahí? Tiene toda la pinta de estar enfermo, entonces,
¿porqué ha venido?
Da
un respingo, se estremece y se abraza más los brazos, el pelo le cae
hacia delante y la poca piel de la cara que veía antes queda oculta.
Entonces, después de una respiración, mueve la cabeza y sus ojos me
observan traes las rendijas de su pelo. Toda la habitación parece
desaparecer a mi alrededor, lo único que existe son sus ojos, que me
absorben. Siento como el aire de mis pulmones se esfuman, de pronto.
Sus ojos, verdes como los árboles, como el bosque, tan bellos como
grandes. Pero lo que me sorprende no es su color, ni los grandes
círculos oscuros que rodean sus ojos; es que están muertos. Unos
ojos muertos de una persona muerta. Están llenos de muerte, de
tristeza, de dolor y de vacío. Sus ojos encuentran los míos. Por un
momento estoy atrapada en ellos, girando en un remolino de muerte y
desesperación en un verde infinito, hasta que algo cruza su mirada.
Un brillo. Sólo duró unos segundos, justo antes de que sus ojos
volviesen a desaparecer entre aquella mata de pelo muerta. Pero me
bastó para ver algo. Vida. Un resplandor viviente entre aquella
muerte sin retorno. El aire vuelve a mis pulmones. No se quién es
ese chico, tan enfermizo y pequeño rodeado de tanta musculatura y
estupidez. No podrá tener más de quince años, quizás menos,
aunque sus ojos parecían más viejos, con más sabiduría y madurez
que un niño de su edad. Una presión me oprime el pecho porque sé
su realidad: ese chico ha venido a morir. Aunque, ¿cómo pueden
matar algo que ya está muerto?
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