miércoles, 16 de julio de 2014

Noticias.

Hoy no vengo con otro capítulo más, sino con noticias. Así que empiezo.
La verdad es que la novela no tenía rumbo, está mal escrita  y hay poco diálogo. Y me he dado cuenta de que he llegado a un punto en el que no sabía porqué pasaba esto y porqué pasará aquello. Así que he decidido hacer borrón y cuenta nueva. Y no, no me refiero a borrarlo todo y empezar otra cosa diferente. Isia no se va a ninguna parte, pero va a retroceder hasta el principio. Llevo pensando y pensando durante semanas y la historia por fin se ha reproducido en mi cabeza, con principio y final. Y ahora sí, esto sí vale la pena escribir.
Todo esto significa que voy a reescribir la Elegida, una mejor Elegida, lo prometo. Lo que no tengo aún claro es si los capitulos nuevos los publicaré aquí, o los guardaré hasta que termine la novela por completo. Pero creo que acabaré publicándolos, porque si no lo hago muchas personas atentarán contra mi vida y no quiero que eso suceda.
Siento todo esto, pero yo había perdido el rumbo y ahora Isia lo ha encontrado por mí. Espero que no dejéis de lado esta historia y prometo que esto no es el final, sino el principio (y puede que este principio dure más que una sola novela, quien sabe).

Lucía.

sábado, 24 de mayo de 2014

15.


                              Las pesadillas se han ido, al menos por ahora.  Ahora puedo cerrar los ojos sin que me aborden imágenes de mi aprisionamiento en el Cuadrado. Y me siento bien, cosa que hace unos días me parecía imposible; pero es verdad. Aunque el miedo sigue ahí, pero ahora está encerrado en un cuarto oscuro, dentro de mi cabeza, y sus gritos están amortiguados por los muros invisibles. Espero que se queden encerrados una buena temporada (por mi bien).
                           El miedo es la única cosa que puede ser mi perdición ahora mismo. Si me hubiese dejado llevar por el miedo en el Cuadrado ahora estaría muerta; no puedo evitar estremecerme al pensar eso. Aquello era un agujero sin salida, y yo estaba herida, muy herida. Lo peor de todo es que estaba sola, estaba encerrada en la oscuridad y nadie podía venir a salvarme. En ese momento la ansiedad se apropió de mí, pero no la dejé pasar los límites. A pesar de que se habían barajado las cartas y yo me había llevado las peores no decaí, porque una voz resonó dentro de mí, en el fondo de mi corazón, una voz tan leve pero tan fuerte que me abrió los ojos.
Siempre hay salida.”
                           Nunca he sido negativa, no era como las demás chicas de Aprendizaje que por cualquier cosa, por muy insignificante y estúpida que sea, se ponían a llorar desconsoladas diciendo que iba a ser su fin o el de otro. Llorar y lamentarse no sirve para nada y, por supuesto, no va a arreglarte la vida; así que para qué hacerlo. Ya he aprendido que ante los problemas lo mejor es plantarles cara, aunque ello conlleve saltar al abismo. Aunque en ese momento, dentro del Cuadrado, lo de plantarle cara al problema no parecía una buena opción, yo pensaba que todas las acciones llevaban a lo mismo: la muerte. Pero me equivocaba. Siempre hay salida. Tres simples palabras, una sola voz. Sólo eso, nada más que eso sirvió para salvarme. Así conseguí ver que, por primera vez en mi vida, podía confiar en las palabras de alguien.
                            Pero eso no significa que llegue a confiar en esa persona. La confianza es algo inexistente aquí.
                               Mis heridas ya han sanado. Sólo me queda una cicatriz limpia en el hombro y algunas más en los brazos. Aunque tengo un poco de migraña, pero no es nada que no pueda manejar.  Me está empezando a gustar la tecnología extraña de aquí (solo un poco).
                             Me sorprendo cuando, al levantarme, no me cruje ninguna parte del cuerpo, y eso que llevo como cinco días tumbada en la cama sin apenas moverme. Al andar tampoco me duele nada, así que me apuro. Cruzo la habitación en pocos pasos y me quedo en frente de la puerta cerrada. Palham me ha dicho como mil veces que no podía salir hasta que las cosas se calmen, pero también hasta que tengan la seguridad de que mi asesino no va a intentar atacar de nuevo. Yo le escuché todas las veces que lo dijo, lo prometo, y le hice caso, he estado cinco días esperando incluso, pero mi paciencia tiene un límite. No pueden pretender tenerme encerrada como un animal mientras ellos buscan a mí asesino. Lo primero, no soy un animal. Segundo, sé valerme por mí misma. Y tercero, no quiero esconderme. Si hay un chalado con la intención de matarme le plantaré cara y le sacaré las respuestas a golpes si hace falta. Palham debería saber ya que no puede controlarme, pero aun así me deja sola con una sola puerta separándome de mi libertad.
                          Aplaudo la ingenuidad  de Palham.
                         Empujo el pomo hacia abajo y la puerta se abre fácilmente con un chasquido. Gracias, Palham. La puerta da a un pasillo con poca iluminación que parece no tener fin. Está desierto y no se escucha ningún sonido, ni siquiera mi respiración. ¿En qué parte estaré? Esto no está cerca de la parte de los dormitorios, puesto que no se parece en nada. Tiene que estar en una parte muy alejada. Aunque no apostaría mi vida por ello puesto que no sé si quiera donde está mi habitación, así que no quiero aventurar nada.  La verdad es que el pasillo es  tan oscuro y lúgubre que hace que se me hielen los huesos. Si doy un paso hacia atrás volveré a la seguridad de mi habitación, podré tumbarme de nuevo en mi cama, taparme con la cálida manta y Palham volverá y no estaré sola.
                          Tengo ganas de pegarme un puñetazo. Isia despierta, no seas estúpida me digo. Creo que eso de estar encerrada sin salir me ha afectado al cerebro. No puedes caer tan bajo Isia. No, claro que no.  Llevo en una cama cinco días, si paso un solo día más en esa cama sin moverme juro me volveré loca (o puede que lo esté ya, quien sabe).
                              Con paso decidido avanzo sigilosamente por el pasillo. Con forme avanzo se va oscureciendo cada vez más.  Maldigo a quien se le haya ocurrido dejar a oscuras el pasillo. Por mucho que acelere el paso el pasillo sigue pareciendo ser igual de largo así que acabo corriendo.  Me siento rara,  como si ya no recordase quien soy realmente. Me siento… nueva. Mi vida anterior es ahora un espejismo a medio borrar. Ya apenas recuerdo como era, como eran todos. Sólo han pasado unas semanas desde que me fui y parecen años. Pero nada ha cambiado, he sido yo. Yo he cambiado. La experiencia en el Cuadrado me ha hecho despertar. Ya no soy aquella Isia que se escondía en los callejones. Aquella persona se quedó bajo tierra en la ciudad. Y yo he despertado. Tengo la sensación de haber estado toda mi vida dormida, ya era hora de despertar. Me siento viva, por fin.
                             Acelero la carrera todo lo que puedo, hasta mi límite, y mis pulmones no arden.  Llego a un primer cruce, por fin, y lo tomo. Este camino no es tan oscuro por lo que dejo de correr, pero no dejo de caminar rápido. Ni siquiera me duelen los músculos, no me duele nada. El pasillo es largo, al igual que todos, y tampoco tiene ventanas. Sólo entra luz por la pared de cristal que hay al final del pasillo. No ocupa toda la pared pero sí una buena parte. A su lado hay unas escaleras tras un muro de piedra que bajan hacia otro nivel. Por el cristal puedo ver pasillos iluminados (ya era hora) y las columnas tradicionales que hay en la zona de dormitorios; aunque algo me dice que no estoy tan cerca.
                              Unas voces amortiguadas llegan a través del cristal y de uno de los pasillos aparecen dos guardias arrastrando a un hombre. Cada uno lo agarra por un pie y tiran, con mucha violencia. El hombre se revuelve y grita, pero no puede hacer nada. Lleva la ropa hecha jirones y está cubierto de sangre, que deja manchas en el suelo,  intenta agarrarse a una columna pero un guardia le pisa el brazo y le pega una patada. El hombre grita y los guardias siguen arrastrándole. Es en el momento en el que grita cuando le reconozco, sigue llevando la misma ropa aunque su camiseta azul ahora está cubierta de sangre y de mugre. El guardia le ha pisado el mismo brazo de la mano que yo le curé hace días, todavía sigue llevando el vendaje que le puse pero recubierto de suciedad y más sangre.
                             Me hierve la sangre: es Jolsan.  Los guardias lo empujan  al medio de la habitación y uno de ellos le agarra del pelo y tira hacia atrás. Jolsan grita y su rostro se contrae en una mueca de dolor, mueve los brazos hacia arriba pero el otro guardia le agarra y le aprieta los brazos hacia atrás, y Jolsan chilla más fuerte. Borbotones de sangre salen de su nariz y tiene una brecha rojiza en la frente. El guardia que le pisó coloca su apestosa boca en el oído de Jolsan.
-Ahora sí que vas a sufrir, pedazo de mierda –le dice lo suficientemente fuerte para que yo lo oiga.
                                   Y exploto. Mi pie impacta contra el cristal con todas mis fuerzas y se rompe en pedazos. Los trozos de cristal caen sobre el nivel y los guardias se cubren la cara con los brazos. Jolsan cae al suelo y pega la cara al suelo, cubriéndose torpemente de los cristales. Antes de que los guardias vuelvan la vista hacia arriba yo ya estoy escondida en la escalera, detrás del muro de piedra. Todo está en puro en silencio salvo por las respiraciones cortantes de Jolsan. Los guardias son sigilosos, pero no suficiente. Sé que ya han sacado sus armas y que avanzan hacia aquí. Sé que en cualquier momento van a llegar a la escalera y me dispararán. Y sé que cuando ellos lleguen a la escalera para matarme, yo ya no estaré ahí.
                                  En menos de diez segundos los guardias han llegado a la escalera y han soltado una exclamación ahogada porque no hay nadie. Gracias a la gran abertura de la pared he podido quedarme colgando agarrándome al suelo. Me dejo caer lentamente y cuando llego al suelo ruedo sobre mi misma para que caiga sobre los cristales. Jolsan me mira con los ojos abiertos como platos y le hago una señal para que guarde silencio. Cojo un trozo grande de cristal y avanzo sigilosamente apretándome contra el muro hacia la escalera. En mis venas el fuego me quema, abrasándome. Aprieto fuertemente el cristal y noto como me corta la mano y la sangre se desliza por mi mano, pero aparto el dolor a un lado.
                              Escucho las respiraciones rápidas de los guardias cuando llego al final del muro. Un guardia se echa hacia atrás, desconcertado, y ataco. El cristal se hunde en su muslo y cae de rodillas. Sin perder tiempo agarro la pistola que se le ha caído y me agacho esquivando el disparo del otro. Antes de que dispare otra vez estampo mi pie contra su mano con fuerza, la pistola se le resbala de las manos y cae al suelo. Cargo contra él, el guardia mueve su codo contra mi cara y me agacho pegándole un puñetazo en el costado. Se dobla por la mitad y estampo la culata de la pistola contra su cabeza, el guardia pone los ojos en blanco y su cuerpo cae con un golpe sordo.  El otro guardia sigue en el suelo, gimiendo. Me voy la vuelta y le cazo arrastrándose para atrapar la pistola de su compañero. Se queda quieto y clava sus ojos llenos de dolor y sorpresa en los míos y no siento nada, solo odio. El fuego me abrasa más fuerte y aprieto los dientes: es el guardia que le pisó a Jolsan y le maltrató. Sin dejar de mirarle, aprieto mi pie contra su mano extendida e intenta no gritar, pero no me aparto, sino que aprieto más fuerte.
-¿Qué se siente al sufrir, pedazo de mierda? –susurro junto a su oído.
                                El guardia aprieta los dientes, escupe sangre  y susurra:
-Voy a matarte zo –su voz se quiebra cuando estampo su cabeza contra el suelo. Suena un chasquido y deja de moverse. Le muevo la cabeza y observo su rostro. Tiene la nariz doblada en un extraño ángulo y una cascada de sangre se precipita por ella. Como le hicieron a Jolsan. La sangre se extiende por el suelo y le ensucia toda la cara. El guardia es joven, no puede sobrepasar los treinta, pero su rostro es oscuro y amenazante. Esto no es humano. No son humanos, ninguno de ellos; son monstruos.
                               Los Superiores dijeron que los antiguos habitantes, los terráqueos, destruyeron su planeta, ellos mismos, por las guerras, la violencia y el egoísmo. Se mataban entre ellos mismos sin motivos aparentes y hacían cosas perjudiciales para su planeta; pero les daba igual. Ellos seguían matando y destruyendo todo a su paso mientras su planeta moría hasta que consiguieron la destrucción completa de la Tierra y la muerte de todos sus habitantes. Pero antes de eso un grupo de personas que se dieron cuenta de lo que estaba pasando, los Superiores, idearon un plan de escape para cuando el final llegase. Reclutaron a un gran número de personas y construyeron bunkers bajo tierra y allí almacenaron víveres y cosas que llevar al nuevo mundo. Cuando la Tierra murió los únicos que sobrevivieron fueron ellos. A partir de las  cenizas crearon el mundo que es ahora, Oslihum, el Nuevo Mundo, el Superviviente. Crearon nuevas ciudades y poco a poco la población empezó a crecer. Poco después los Superiores crearon la Elección, una fecha al año donde cinco familias deberán dar a un miembro de su familia para que sea llevado ante los Superiores. Nadie sabe por qué, de dónde vino, pero nadie es capaz de preguntar. 
                               Los Superiores, en los videos que nos ponen en Aprendizaje, nos dicen que ellos salvaron el mundo de la destrucción y dieron paso a un mundo mejor y más pacífico donde todos podemos vivir en paz. Y una mierda. No vivimos en paz, vivimos con miedo. Miedo a no poder alimentar a tu familia, miedo a que los guardias encuentren una razón para torturarte, miedo a morir. La vida se resume en miedo. Te acuestas por la noche y no cierras los ojos por temor a no abrirlos nunca más. En mi ciudad hubo una familia que se acostó una noche y no volvió a despertarse jamás. Por lo visto el padre había estado espiando a un grupo de guardias mientras ellos hablaban y la madre también había estado involucrada en una serie de robos en una de las panaderías de la ciudad. Por la noche los guardias metieron dentro de la casa unas bombas de humo y los asfixiaron hasta la muerte, a ellos y a sus tres hijos pequeños. Al día siguiente los guardias quemaron hasta los cimientos la casa y construyeron otra encima para una nueva familia, como si no hubiese ocurrido una masacre, como si la muerte de esa familia solo fuese una piedra en el camino. La gente cuando pasa delante, donde estuvo esa casa, se queda mirando. Al principio susurraban traidores, pero después no decían nada. Tal vez porque ya no supieron por qué eran traidores. El hombre puede que estaba caminando, pasó delante de los guardias y ellos pensaron que los estaba espiando. La mujer robaba para alimentar a sus ojos porque no había comida que llevarse a la boca. Sólo querían sobrevivir y la gente los llamaba traidores por ello. Hasta que olvidaron. Después de un año la gente seguía parándose delante de la casa y la miraba, miraba el suelo, porque eso es lo que queda de ella. Yo solía mirar a la gente desde lo alto del tejado de la casa de al lado e imaginaba que era lo que pensaban. Lo que pensaba yo es que no eran traidores, eran unas personas que querían vivir. Pero eso es lo que somos todos, pero que queramos vivir no significa que vayamos a vivir para siempre. Bien sabemos que no lo haremos jamás, porque ya están ahí los guardias para acabar con  nuestra vida antes de que lo pensemos.
                     Los Superiores no salvaron el mundo, crearon otro nuevo peor al anterior. Transformaron a personas en monstruos para que torturasen y matasen a las personas que no cumplían las reglas y extendieron el miedo, como la peste.
Me levanto y esquivo el cuerpo inconsciente del guardia. El cristal sigue clavado en su muslo y se ha formado un charco rojizo debajo de su pierna. Paso por él y corro hacia Jolsan. Sigue tirado en el suelo, gimiendo por el dolor. Le pongo una mano en el hombro y le digo que se quede quieto. Cuando le miro a los ojos se me rompe el alma: están llenos de lágrimas. Agarro mi camiseta y tiro rompiendo un trozo de tela. Envuelvo mi mano sangrante por el cristal con la tela, hago un nudo y tiro con ayuda de los dientes. Aprieto los dientes por el dolor.
-Tranquilo, ya ha pasado todo. No volverán a hacerte daño –añado, y se limpia las lágrimas con el dorso de la mano.
                            Verle tan débil, tirado en el suelo, lleno de sangre, lágrimas y heridas hace que algo se me remueva por dentro y siento algo extraño. El sentimiento de que lo conozco aparece de nuevo. Jolsan tiene los ojos clavados en los míos llenos de un dolor infinito que me presiona el alma. Abro la boca para decirle algo cuando se mueve hacia delante y… me abraza. La respiración se me corta y mi cuerpo se tensa. Jolsan entierra la cara en mi hombro y su cuerpo se convulsiona en sollozos. Respiro hondo y le pongo el brazo sobre la espalda. Los segundos pasan y yo sigo quieta sin saber qué hacer con el brazo rígido en la espalda de Jolsan.  Sus sollozos  se hacen más fuertes e, instintivamente, le paso el otro brazo por los hombros para sostenerle el peso.
-Lo siento, lo siento tanto Della –gime-. No pude salvarte, no pude salvaros.
                          Mi boca se abre y respiro entrecortadamente.  Jolsan para de repente y se incorpora, alertado. Tiene la cara llena de manchas rojas por las lágrimas y la sangre se le ha pegado a la cara. Me mira un segundo y niega con la cabeza una y otra vez.  Yo no puedo evitar mirarlo confusa.  ¿Della?
-Lo siento, yo… no pretendía que esto pasara, es que… -no continúa la frase.
                        Mi confusión desaparece cuando Jolsan grita al mover una pierna. Me acerco y le remango el pantalón rápidamente. Más arriba del tobillo, a la altura del gemelo tiene un moratón que se extiende por una buena parte de la pierna. Le miro interrogante y él asiente. Malditos guardias. Me muerdo el interior de la mejilla y miro hacia atrás, las piernas del primer guardia sobresalen del muro y siguen sin moverse. Si no estuviesen en ese estado les remataría hasta que se ahogasen en su propia sangre. Todavía siguen inconscientes y por el golpe que les he metido diría que tardará un buen rato hasta que uno de ellos despierte (y lo mejor será que no esté cuando eso pase).
-Tengo que sacarte de aquí.
                         Le agarro por la espalda  e  impulso hacia arriba para ayudarle. Él apoya las piernas y, a pesar del dolor, se levanta. Jolsan mira su pierna herida pensativo y la apoya en el suelo. Al segundo de esto gime y se muerde el labio. Me temo que a partir de ahora va a cojear un poco.
-Apóyate en mí –le digo y coloco su brazo alrededor de mi cintura. El rostro de Jolsan se pone rojo de repente, rojo hasta el tope, pero no por haber llorado. Me mira con incredulidad y luego mira su brazo tenso en mi cintura con la boca abierta. Me muerdo el labio para no reír. Que este hombre le de vergüenza poner su brazo en mi cintura pero no llorar sobre mi camiseta y llenármela de mucosidad es bastante irónico.
-Vamos, agárrate si no quieres que acabemos los dos en el suelo –río, y él pone su mano en mi cadera, pero no relaja el brazo.
                            Entonces me doy cuenta de que no sé dónde estoy y mi dignidad se va de golpe.
-¿Sabes salir de aquí? –pregunto.
-Sí –responde con rapidez-. Tenemos que tomar este pasillo, luego a la derecha y luego a…
-Vale tú nos guías –le corto, puesto que había empezado a hablar a mucha velocidad y no entendí ni la mitad de lo que dijo.
                            Jolsan asiente y comenzamos a caminar. A pesar de la pierna de Jolsan avanzamos rápido. Recorremos un largo pasillo hasta llegar a unas escaleras. Nos retrasamos bastante en las escaleras, Jolsan tiene que saltar con la pierna herida flexionada peldaño a peldaño, pero cuando tocamos el suelo del siente corredor volvemos a retomar el paso. Tengo tantas preguntas que hacerle, tantas preguntas sin respuesta… pero ahora no se me ocurre ninguna. El día que nos conocimos fue raro, él estaba herido y yo estaba asustada, una mezcla poco productiva. Yo tenía mi cabeza a punto de estallar por todas las preguntas que me apretaban el cerebro cuando de repente apareció Jolsan y más preguntas me martillearon la cabeza. Él me dijo que le recordaba a alguien, en concreto a una niña pequeña que murió. No sé qué pensar sobre eso. No sé qué pensar porque cuando me contó la historia sentí algo raro, algo se escondido se movió dentro de mí. Me resultó familiar, la historia y Jolsan. Cuando Jolsan dijo su nombre esa palabra taladró mi cerebro una y otra vez hasta que caí vencida en la cama. Lo había escuchado antes, su nombre, y la historia me resultaba familiar. Lo más seguro es que tal vez esa niña sea de mi ciudad y la haya escuchado por las calles, en una ciudad pequeña no hay secreto; aunque no estoy muy segura.
                          Y ahora había aparecido una pregunta más, pero esta vez no la dejo pasar. Empiezo a unir cables y una bombilla se enciende sobre mi cabeza por primera vez en semanas. Ahora todo encaja.
-Della es la niña de la historia –suelto.
                          Jolsan se para bruscamente, con los ojos muy abiertos, como si hubiese visto a un fantasma. No me mira, mira hacia delante pero sin llegar a ver nada; yo me quedo parada mirándole. No pienso moverme hasta que me diga una respuesta.
                         Finalmente suspira, cansado y asiente. Yo suelto el aire que no sabía que estaba reteniendo de golpe. La niña muerta se llamaba Della. La niña que le recordaba a mí. Ahora entiendo el significado de lo que dijo después. No pude salvarte.  La niña murió a manos de un grupo de guardias además de la madre. No pude salvaros. Él se culpa porque no estuvo con ellas. Porque no las salvó, a Della y a su madre. Pero si él hubiese estado allí también hubiese muerto. Aunque mirando como está ahora, la muerte no parece tan mala.
-No fue tu culpa.
                       Jolsan me mira y niega con la cabeza.
-Lo fue –responde con voz ronca-. Ella me esperaba, las dos me esperaban. ¿Sabes? Se suponía que ese día iba a ir a cuidarlas pero me quedé dormido –se restriega la mano contra la cara y se estremece. Estalla en risas rotas -. Me quedé dormido. ¡Dormido! Y por eso están muertas.
-Si tú hubieses estado con ellas estarías muerto –replico-. No hubieras podido hacer nada muerto.
-¡PERO HUBIERA LUCHADO! –Su reacción me sorprende tanto que me echo hacia detrás. Aprieta la boca hasta que su boca es una fina línea y respira-. Hubiera luchado -dice en un tono más bajo-, aunque hubiese muerto al final. Al menos hubiese hecho algo para impedirlo. Pero no lo hice y ahora yo estoy vivo y ellas no. Nunca me lo perdonaré. Y él tampoco. Aunque me dijo que me había perdonado yo sé que no. Nunca me perdonará haber matado a su familia –habla como si estuviese hablando consigo mismo, no conmigo.
-¿Él, quién? –pregunto, pero se queda callado y sé que no va a hablar más. Resoplo y volvemos a reanudar el paseo.
                        Cuando estamos torciendo un pasillo oímos voces de fondo y tenemos que escondernos debajo de una escalera. Hasta que las voces no se apagan por completo no seguimos caminando. Jolsan intenta coger pasillos por los que poca gente pase pero aun así no nos libramos de que alguien pasara por alguno de vez en cuando.           
                       -¿Por qué iban a matarte Jolsan? –pregunto.
                         Él se para de repente e, inconscientemente, baja la mirada a su pierna herida. Algo me empuja, como si su dolor pasase por mí, tan profundo que duele. En este momento parece tan pequeño, tan insignificante que le agarro más fuerte por miedo a que se caiga. Aprieto los dientes con fuerza cuando recuerdo lo que le hicieron los guardias.
-¿Por qué? –insisto mirándole a los ojos.
                        Jolsan levanta la cabeza con lentitud y me mira con los ojos vidriosos.
-Porque escuché lo que no debí escuchar.
-¿A qué te refieres? –Pregunto, con una nota de urgencia en la voz.- ¿Qué escuchaste?
                         No contesta, se queda con la boca apretada en una fina línea mirándome. Y sé que está haciendo: me está evaluando para ver si puede confiar en mí. Le sostengo la mirada con decisión. Entiendo su postura, yo tampoco confío en nada, y menos aquí. Y encima viendo todo lo que le han hecho es difícil confiar aunque sea un poco. Pero si después de todo lo que he hecho por él no confía en mí aunque sólo sea una pizca no sé qué más puedo hacer.
                        Jolsan suspira y abre la boca, la cierra rápidamente y me mira.
-Se están revelando –murmura.
-¿Quiénes?
-Todos –dice-. Al principio sólo era un grupo pequeño de personas que pensaban diferente pero ahora esto se ha extendido y son muchos, muchísimos más. Allá afuera están pasando cosas y nadie dice nada. El mundo está cambiando, Isia, ahora hay gente que lucha. Se llaman así mismos los Ángeles Vengadores, y su líder es el Ángel de las Sombras. Están desesperados por encontrarle, nadie sabe quién es ni de dónde procede, pero él provocó muchos incidentes y, por lo visto, salvó a muchas personas. Aunque los Superiores lo ven como un traidor y le han puesto precio a su cabeza. Él fue el principio de todo, por lo que parece, y ellos han seguido sus pasos. Están preparando una guerra, Isia –añade en un tono más bajo-. Una guerra. Se les está yendo de las manos. El mundo se está viniendo abajo, y  nadie cuenta nada.
                    Esta vez es Jolsan el que me agarra más fuerte para que no me caiga, y se lo agradezco. Mis rodillas tiemblan amenazando con arrastrarme al suelo. Jolsan me mira con los ojos abiertos, esperando que diga algo, que haga algo, pero no puedo moverme. Noto como la sangre se va de mi rostro y el aire se esfuma de mis pulmones. Una guerra. Va a haber una guerra. La gente se está revelando, está pasando lo que siempre quise que pasara. Y su líder es el Ángel de las Sombras. Quien explotó la plataforma de ejecución, quien salvó a un delincuente sin razón y a su mujer de la muerte, quien luchó contra dos guardias provocando la muerte de uno de ellos, quien atacó a tres guardias y salvó a una fugitiva. Quien fue enviado como Elegido en vez de su hermano: yo. Y me están buscando. Incluso pagan para que me maten. Mi boca se abre y suelto el poco oxígeno que me queda en el cuerpo. Ya lo han intentado. Han intentado matarme y han fallado, eso quiere decir que quien lo haya hecho no va a parar hasta conseguirlo. Eso quiere decir que alguien sabe quién soy. ¿Pero y si no es sólo alguien? ¿Y si lo sabe más personas? La idea de un grupo de sanguinarios buscando la forma de matarme se me clava en la espalda como cuchillos afilados.
                    Y lo peor de todo es que no puedo salir de aquí. Estoy encerrada en mi propia tumba.
                    Me paso la lengua por los labios y respiro profundamente. No puedo venirme a bajo ahora, no cuando Jolsan es un fugitivo y todavía nos falta un trecho para salir de aquí. Ya podré derrumbarme cuando Jolsan esté a salvo.
-Jolsan tenemos que correr. Tienes que salir de aquí. Si te encuentran te matarán, o algo peor. Así que vamos –digo empujándole delicadamente en el hombro.
                     Jolsan me mira unos segundos y empieza a cojear más rápido. Después de recorrer un largo pasillo y pasar por un jardín interior llegamos a una escalera. Jolsan se para delante de la pared y yo me quedo mirando sin entender. Tantea con las manos sobre la pared y entonces se escucha un crujido metálico. Mete la mano por una ranura que se ha formado de repente y tira hacia afuera. Se desprende un trozo de metal que antes parecía ser pared, y cuando Jolsan coloca el trozo de metal a un lado veo que hay una puerta  escondida.
                       Jolsan apoya una mano sobre la superficie de la puerta y con la otra tira de una palanca plana. La puerta se abre con un chasquido y Jolsan empuja. Tras la puerta hay un jardín, el jardín que rodea el edificio. Jolsan atraviesa la puerta y le sigo. Estamos fuera.
                       El aire me acaricia la cara y por primera vez en días me siento libre. Soy libre. He salido del edificio.
-¿Cómo sabías de esta puerta? –pregunto.
-Yo sé muchas cosas –responde solamente.
                        Ahora que ya no está enjaulado en el Santuario Jolsan parece más joven, como si se le hubiese quitado diez años de encima, y ya no está tan encorvado. Tiene los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás dejando al aire pasar por él. Ahora que lo pienso realmente apenas sé nada sobre él. No sé cómo llegó a acabar aquí, ni cómo era su vida pasada, ni siquiera sé su edad. Solo sé que se llama Jolsan y que tuvo una historia con la muerte de una niña y su madre.
-Isia  -susurra y doy un respingo al escuchar mi nombre.
            Jolsan ya no tiene los ojos cerrados, está delante de mí mirándome. Su cuerpo sigue lleno de heridas pero parece no importarle ahora, incluso apoya el pie herido. Se ha limpiado la sangre de la nariz con la manga y su rostro ahora es sereno y fuerte.
-Tengo que irme cuanto antes, ellos me están buscando. Pero antes quiero darte las gracias –se acerca y coloca ambos brazos sobre mis hombros-. Me has salvado la vida, pequeña Isia. Antes de conocerte lo único que quería era morir y abandonar este mundo, pero tú me hiciste cambiar de idea. Ahora escúchame: te están vigilando. Lo hacen todo el tiempo. Pero no puedes caer en sus redes. Lo que están haciendo supera los límites humanos, así que tienes que salir de aquí cuanto antes. Hay alguien que va a por ti, así que el tiempo apremia. No confíes en cualquiera, porque puede ser uno de ellos. Hay muchos espías, incluso en el grupo de Elegidos. Para ellos eres una amenaza, Isia, y una de las grandes.  Superas el modelo que ellos tienen de las mujeres, y eso no es bueno para su sistema. Superas el modelo de cualquier humano. Por eso ellos intentarán destrozarte de todas las maneras posibles hasta que caigas, pero debes aguantar. Yo sé que puedes.
-¿Por qué sabiendo la existencia de la puerta no escapaste antes? –pregunto con voz tensa.
-Porque antes sólo quería morir, pero tú me has dado la esperanza para seguir viviendo.
           Jolsan se mete la mano dentro de un bolsillo del pantalón y saca una tira de tela. Coge mi muñeca y ata la tira alrededor. En la tira hay dibujadas torpemente muchas rosas  a lo largo de la tela, formando una fila. Están muy mal hechas, como si lo hubiese hecho un niño pequeño.
-Ésta pulsera me la dio Della, y ahora yo te la doy a ti.
          Le miro con la boca entreabierta y miro la pulsera.
-No, no puedo quedármela, no…
-Sí vas a quedártela, es mi regalo por todo. Cuando ella me la regaló me dijo: ‘mientras la lleves te protegerá y yo siempre estaré contigo’. A mí no me ha dado mucha suerte pero sé que a ti sí. Me recuerdas a Della, tan fuerte y tan bella. Siempre ayudando a los demás. Siempre ayudándome a mí. Así que mientras lleves esto te protegerá y nunca estarás sola, yo te ayudaré desde la distancia, como tú me ayudaste a mí.
            Posa la mano sobre mi muñeca unos segundos y se da la vuelta.
-¿Y ahora qué vas a hacer? –pregunto elevando la voz para que me oiga.
             Se da la vuelta y, con una sonrisa, dice:
-Hacer lo que debería haber hecho hace tiempo: luchar.
              Y desaparece entre los árboles.
               Yo me quedo de pie, mirando a los árboles por donde Jolsan ha desaparecido. Siento la tira de tela en mi muñeca  quemándome la piel por dentro. Y cuando el viento me alborota el pelo vuelvo a sentirme sola, ahora más que nunca.
Intentarán destrozarte de todas las maneras posibles hasta que caigas.
                 Alargo la mano al rectángulo de metal que descansa sobre mi pecho y aprieto fuerte. El cielo está tan azul que parece un río lleno de nubes. Todo está en calma, salvo por el ruido del viento que retumba en mi oído. Sé que debería dar la vuelta y volver, sin embargo no me muevo ni un centímetro. Estoy fuera, puedo correr y escapar y salir de aquí. Adiós a la presión y a las pesadillas. Sólo unos cuantos pasos hacia delante y soy libre.
Me doy la vuelta y avanzo hacia la puerta.
Todavía me quedan cosas por hacer.


domingo, 23 de marzo de 2014

14.


-Olvidad todo lo que creéis, porque todo eso va a cambiar.
Una sonrisa traviesa aparece en la cara de Noah y, acto seguido, algo pasa. La gran sala de entrenamiento cambia. Las estructuras que había repartidas por la sala empiezan a fundirse con el suelo hasta que desaparecen por completo, el ruido de un mecanismo resuena, luego un ruido seco y resonante, las luces de la sala empiezan a parpadear. Y, a continuación, la oscuridad aparece. Vino como una ola de agua negra, con furia, y chocó contra una barrera invisible en medio de la sala que paró el impacto. Pero la ola no se fue ni se dispersó; se quedó impregnada en la barrera. No sé como lo hicieron, pero la única explicación que puede ser más o menos cierta es que al chocar la ola contra la barrera se solidificó y se quedó incrustada en el cristal. Desconozco si es o no cierto pero no puedo dejar de observar lo que se alza ante mis ojos.
Ese lado de la sala está completamente a oscuras, o al menos eso parece. La sala parece haber sido engullida por la oscuridad. No se puede ver nada, parece como si hubiesen pintado la barrera de color negro. Entrecierro los ojos y me acerco a la baranda pero no consigo ver nada más. ¿Qué habrá allí? Da la impresión de ser una simple habitación a oscuras pero después de ver lo que la ola ya nada parece normal. Algo hay ahí.
Toda la grada está paralizada. Muchos de ellos se han alejado hasta la escalera, seguramente porque pensaban que la ola les iba a engullir. Los demás Elegidos no se mueven, están agazapados en sus asientos o de pie, incapaces de despegar la vista. Otros han reaccionado como yo y se han acercado más a la barra para intentar ver algo, pero por las caras de todos tiene pinta que sin éxito.
-¿Qué ha pasado? -pregunta Dainel a escasos centímetros de mi oreja.
-No tengo ni idea.
Noah había dicho que empezaríamos con la preparación física. Francamente, éste no es el tipo de preparación física que pensé que sería. Por lo que he escuchado los entrenamientos que se les hacía se basan en flexiones, pesas como montañas, carreras por terrenos dificultosos durante horas y lanzamientos de objetos pesados. Necesitaríamos suerte para que nos pongan a hacer flexiones. Algo me dice que esa preparación era el principio de la verdadera preparación, una base para que tengan con que luchar en la verdadera realidad.
La realidad de ahora es esta: la oscuridad.
-Podéis luchar contra lo que conocéis, pero no contra lo que teméis -explica Noah-. ¿Y qué es lo que más teméis? No saber a lo que os enfrentáis. Lo desconocido siempre ha sido el miedo de los hombres -su voz se apaga por unos instantes y,aunque no le estoy mirando, sé que está sonriendo-. Vuestra preparación física será enfrentaros a la oscuridad.
No sé si fue la realidad de las palabras de Noah lo que me produjo una sensación de frío que me traspasó los huesos o la incertidumbre que me produce no saber que se oculta en el otro lado de la sala.
Todo lo que había dicho Noah es cierto. No sabemos luchar contra aquello que no conocemos.
Aunque en mi caso, eso no es del todo cierto. Hubo un tiempo en el que le tenía miedo a la oscuridad, pero ese tiempo se fue.
Después de aceptar mi situación me conciencié de que para sobrevivir tendría que hacer muchas cosas, y una de ellas sería aprender a vivir cuando el sol ya no brilla sobre el cielo. Cuando solo tenía nueve años robé un trozo de pan de una tienda de las afueras. Ese tiempo fue durante una de las muchas crisis financieras que destruían la ciudad, pero, a diferencia de las muchas otras, esa fue la peor. El trabajo de mi padre fue más duro, tenía que trabajar más horas durante más días, las condiciones eran peores, muchas personas resultaban heridas con gravedad por realizar el trabajo, mi padre por poco pierde una pierna y otras partes del cuerpo, pero luego no recibía ningún pago por ello. Nadie lo hacía. Eso ocasionó que la comida se convirtiese en mi casa en algo invisible, ni la teníamos ni se veía por la ciudad. Muchos decían que algo estábamos haciendo mal para que los Superiores nos estuviesen castigando de aquel modo, yo pienso que sólo querían vernos sufrir y morirr de hambre y desesperación.
En ese tiempo murió mucha gente, no a manos de los guardias, no físicamente, claro, pero sí murieron por su culpa. Por el hambre, por la desesperación, por la ausencia de esperanza. Aquellos fueron días oscuros. El mundo parecía llegar a su fin, y nadie hacía nada para remediarlo.
Yo en aquel entonces ya había cambiado, ya había dejado atrás a la Isia débil para centrarme en mi fortaleza, pero, también, en aquel entonces me moría de hambre. Solía pasear por las calles buscando algo que llevarme a la boca pero todo acto era sin éxito, y en mi casa no tenía mejor suerte. Mi padre llegaba a las tantas de la noche con la cara gacha y llena de heridas pero sin nada en las manos. Entonces, un día, mientras me alejaba de la ciudad para huir de la tristeza de la realidad encontré una panadería. O algo parecido a una. Yo solo vi una construcción con trozos de pan en la entrada. Me agazapé tras la pared y esperé a que el panadero se diese la vuelta para luego correr y llevarme un trozo de pan en las manos. Corrí todo lo rápido que pude, todo lo que mis débiles piernas me permitieron, pero, desgraciadamente, el panadero me vio y, en vez de tener un poco de misericordia por una niña pequeña hambrienta, llamó a voces a los guardias gritando ladrón. Los guardias me persiguieron por toda la ciudad. Tuve que aguantar, muchas veces me caí porque mis piernas no aguantaban más, pero me levantaba y seguía corriendo como podía. A duras penas pude engañar a los guardias y perderme por las calles hasta que dejaron de perseguirme. Encontré un escondite bajo una alcantarilla y allí me metí, dentro de la mugre y la suciedad del submundo. Allí pasé la noche, echa un revoltijo en una esquina que posiblemente en un tiempo fue un nido de ratas. No podía salir de allí, porque cada vez que miraba a través de la rendijas de la alcantarilla escuchaba voces de fondo que gritaban. No sabía si esas voces eran de los guardias, o si seguían buscándome hasta por la noche, pero yo me quedé allí por si acaso. En la alcantarilla había todo tipo de ruidos, y yo no supe clasificar ninguno. Yo no veía nada, sólo podía escuchar y rezar para que no se le ocurriera a lo que sea que viviese allí acercarse a mi esquina. Muchas veces algo me rozaba la pierna, yo pataleaba en la oscuridad alejando a lo que quiera que se acercaba. Fue una de las noches más largas y horribles de mi vida, pero aprendí a vivir en la oscuridad, sin saber que es lo que te rodea. A partir de ese día salí más veces de noche y me alejé a las afueras para internarme más en la oscuridad de la noche. A causa de eso, sufrí varias heridas graves y roturas por los lugares en los que me internaba pero eso solo fue un daño colateral. Nunca le conté a nadie lo que hacía todos esos días que desaparecía, pero tampoco es que le importase a nadie.
Así aprendí a valerme por mi misma y a sobrevivir sin la ayuda de nadie. Y lo más importante: a convertirme en otra sombra de la oscuridad.
Siento sobre mí la pesadez de una mirada y me doy la vuelta. Los ojos de Noah están mirando hacia arriba, hacia la fila donde me encuentro, pero no mira hacia mi. Está mirando algo un poco más abajo, con el semblante lleno de ira. Sigo el camino de su mirada y descubro lo que le irrita. No me había percatado, ni había sentido su tacto, pero, tal vez, mientras la ola avanzaba amenazando con engullirnos, Dainel me había cogido la mano. Nuestras manos cogidas descansaban encima de mi muslo. Miro de reojo a Noah, pero él ya no está mirando nuestras manos, me está mirando a mí, con un brillo en los ojos que no logro entender.
Noah aparta la mirada con un gesto irritable y me doy cuenta de una cosa. Reconozco ese brillo. Me muerdo el labio inferior en un vano gesto de retener la risa. Celos. Noah está celoso. El súper increíble e indestructible Noah está celoso de un simple Elegido.
Noah comienza a andar con paso firme y sin mirar a nadie hasta la separación de la sala, se vuelve en nuestra dirección. Pasa la vista por todos nosotros, y por mí. Sólo unos segundos, pero suficientes para ver que ese brillo de celos sigue ahí y que aumenta al mirar a Dainel.
Todavía seguimos cogidos de la mano. A pesar de ir en contra de mis principios no se lo he reprochado. También, porque nunca nadie me ha cogido de la mano. Y tener la mano de Dainel sobre la mía me transmite, de una manera u otra, seguridad. Además, he encontrado el punto débil de Noah, y si esto tanto le irrita va a tener que aguantarlo.
Noah cierra los ojos un momento y, un segundo después, los vuelve a abrir. El brillo de celos ha desaparecido, pero ha sido suplantado por la ira.
Noah dice:
-Vamos a empezar. El entrenamiento de hoy será individual. Uno por uno tendréis que entrar en el Cuadrado y pasar con éxito lo que os espera dentro -sonríe para sí y, tras un momento, me mira-. Las señoritas primero.
Todas las miradas se vuelven hacia mí en menos de una décima de segundo. Sin mirar a Dainel aparto la mano y bajo las escaleras con paso decidido. La verdad es que estoy asustada porque no sé qué es lo que me depara dentro, pero dejo el rostro impasible. Nadie debe saber nunca que tengo miedo.
Atravieso la distancia que nos separa y me coloco a su lado, esperando órdenes.
-Entra, vamos a ver de qué eres capaz cuando no ves nada, preciosa.
Le miro por una última vez y traspaso el límite. En cuanto lo cruzo una especie de barrera invisible me traspasa. Me quedo durante unos segundos sin aire pero se me pasa y el oxígeno vuelve. No veo nada. Me doy la vuelta pero no encuentro más que una capa negra, ni rastro de Noah ni de los demás.
Estoy encerrada.
Muevo los brazos, tanteando la oscuridad, en busca de algo que me rodee. Pero no hay nada a mi alrededor. Intento recordar cómo de grande era la sala, pero no sé con exactitud cuánto. Lo peor es que no puedo verlo. No sé si han cerrado alguna parte de la sala, o si la han agrandado, o si todavía queda agua por la ola, o si realmente hubo agua. No sé nada.
No puedes tener miedo. Cierro los ojos y respiro lentamente, centrándome sólo en mi respiración. Poco a poco se va estabilizando y los latidos de mi corazón van decreciendo. Esto es sólo otra de las actividades nocturnas en la ciudad, nada es diferente.
Pero algo me dice que lo es.
Relajo los brazos y me quedo en silencio, esperando. Un sonido resuena a lo lejos. Es una especie de pitido, un pitido que se multiplica cada dos segundos y luego se apaga durante dos segundos más. El pitido cada vez se escucha más cerca, se está aproximando a mi situación. Respiro. ¿Qué es ese sonido? Algo me dice que esto no va bien. El pitido llegará en unos segundos. En ese momento algo peludo me roza la muñeca. No hago ningún movimiento. Mi corazón vuelve a latir fuerte en mi pecho. Respiro lentamente. Un sonido minúsculo se une al pitido, el sonido de unos pasos sigilosos y acechadores. Siento que algo me rodea, pero sigo sin moverme. Dos segundos. El pitido resuena más cerca. Algo me toca la otra muñeca. Dos segundos. El pitido vuelve a sonar y, esta vez, lo reconozco.
No pueden estar hablando en serio.
Dos segundos.
Uno.
Con un movimiento rápido me agacho y me protejo la cara con los brazos. El pitido explota y un fogonazo de luz roja estalla. Algo grita, acompañando a mi propio grito, y espero. Cierro los ojos todo lo fuerte que puedo y me protejo la cara con los brazos y el pelo, sin embargo, la luz se filtra por los recovecos y me quema los ojos. Empiezo a llorar sin darme cuenta. Aprieto la cara contra mis brazos pero no para. Los ojos me escuecen como el infierno.
A través de las rendijas de mi pelo observo lo que ha gritado. Nunca había visto algo igual. Es un animal, tan grande que me tiene que llegar a la altura de la cadera, está forrado de un pelo color caoba y no tiene orejas. Tiene la boca abierta, de la que salen unos colmillos del tamaño de mi pie. Tiene sus ojos puestos en el lugar del que proviene la luz y la mira, amenazante. No le afecta lo más mínimo.
La luz se apaga. Sigo sin moverme. Otro pitido.
Dos segundos. El animal emite un gemido y sus colmillos chirrían.
Dos segundos. Separo los brazos de la cara y apoyo las manos en el suelo.
Dos segundos. Abro los ojos y veo unas pequeñas luces que parpadean a lo lejos.
Uno.
Con la ayuda de las manos me impulso hacia el animal y me tumbo detrás de él. El pitido explota otra vez y una lengua de fuego aparece de entre la oscuridad. Los ojos del animal se encuentran con los míos al tiempo que el fuego se estampa contra su cuerpo. Sus ojos son rojos, tan rojos como la sangre y me miran, tan intensamente que me duele la cabeza. Me empujo hacia atrás con los brazos, me alejo del cuerpo en llamas. El animal se retuerce en el suelo, intentando desprenderse del fuego. Grita y grita, corre, salta, se restriega contra el suelo pero el fuego no se apaga. Sus lamentos resuenan por todas partes hasta que deja de moverse.
Cierro los ojos un momento y controlo mi respiración. No puede estar pasando esto. Esto no puede ser parte del entrenamiento. Algo va mal.
Desde mi posición observo el cuerpo muerto del animal, todavía envuelto en llamas. De repente siento pena por el animal. Sin darse cuenta me ha salvado la vida, y yo he destrozado la suya para salvar la mía.
Escucho un chasquido. De repente algo se me clava en el brazo y me traspasa la carne profundamente. Un dolor punzante me traspasa y caigo de espaldas. Tanteo con las manos y encuentro el artilugio que se me ha clavado en el brazo. Una flecha de metal. Me incorporo y trago saliva. Respiro lentamente y, con un movimiento, tiro de la flecha. El dolor me llena por todas partes y me muerdo el labio hasta que empieza a sangrar. La flecha sale de mi carne y la suelto.
Súbitamente, otro chasquido suena a mi derecha, pero esta vez me aparto a tiempo. Me deslizo hacia delante y ruedo en el suelo. Mi brazo herido toca el suelo y grito.
Esta vez no suena un chasquido, no suena nada. Todo se queda en silencio. Me quedo quieta, con una mano apoyada en el suelo y otra tapándome la herida. Un mecanismo empieza a moverse y el suelo empieza a vibrar. Todo se para y se queda en silencio, sólo se escucha mis respiraciones rápidas.
Entonces el suelo vuelve a vibrar, esta vez más fuerte. El suelo cede y mis piernas caen. Mi grito rompe la oscuridad. Tengo medio cuerpo en el vacío y el otro medio en lo que queda de suelo. Intento impulsarme con las manos pero empiezo a resbalarme.
Mi grito sigue resonando, como un eco eterno, y me estalla los oídos. Busco con los pies algo en lo que apoyarme pero no hay nada, solo vacío y oscuridad. Mis manos siguen resbalándose por el suelo lentamente y mi cuerpo cada vez cae más. Mi brazo no para de sangrar. El suelo empieza a convertirse en una superficie áspera y me araña los brazos. Aprieto los brazos contra el suelo, algo parecido a cuchillas minúsculas se me clavan en la piel pero dejo de deslizarme por el suelo. Tengo todo el cuerpo en el vació salvo los brazos. Tomo una buena bocanada de aire, presiono más fuerte los brazos contra el suelo y, con un grito, me impulso hacia arriba. Por un momento empiezo a salir, pero el brazo me falla y caigo de lado deslizándome más hacia el vacío. Las cuchillas se me clavan de nuevo en la piel. Intento pedir ayuda pero sé que nadie va a venir a ayudarme. Estoy sola.
Mi corazón late tan fuerte que parece que va a salir de mi pecho. La ansiedad me envuelve y me cuesta respirar y pensar con claridad. No puedo dejar que me pase esto. Vuelvo a respirar y clavo de nuevo los brazos en el suelo. Mi brazo me pide a gritos que pare pero hago un último esfuerzo. Con ayuda de las manos me impulso más fuerte y consigo sacar todo el cuerpo. Caigo al suelo y el eco de mi grito se para súbitamente.
Sigue brotando sangre de la herida de la flecha, la noto deslizarse por mi piel y llegar al suelo. Mi cabeza da vueltas, y ya no sé si estoy despierta o todo esto es un sueño. Siento como si mi cuerpo flotase, ya no escucho a mi corazón latir, ni me duele al respirar. En ese momento no sé si estoy muerta o si sigo viva, no me importa la respuesta. La sangre abandona mi cuerpo y se desliza por mi piel, recordándome que estoy muriendo. Pequeñas luces empiezan a brillar en el techo. Recuerdo el cielo de mi antigua ciudad. Mis pulmones arden.
Entonces suena un pitido. Pero esta vez no hay segundos.
Una bola de fuego atraviesa la oscuridad hacia mí, y caigo hacia atrás. Me levanto y otro pitido suena. Otra bola de fuego atraviesa y corro, esquivándola por poco. Sigo corriendo, otro pitido, otra bola de fuego aparece muy cerca de mi, giro. Mis piernas empiezan a ceder y por poco me caigo al suelo justo encima del fuego. Pero ruedo en dirección contraria. El fuego me rodea por todas partes y yo busco una salida.
Un nuevo pitido suena, pero esta vez más fuerte, y el fuego lo rodea todo. Mis piernas ceden y caigo al suelo al tiempo en el que algo me atraviesa dejándome sin respiración.
Escucho voces a mi alrededor pero no entiendo lo que dicen, solo pienso en el fuego y en las estrellas de mi antigua ciudad. Y mi mente se apaga.


Vuelvo a estar en la oscuridad. Solo hay silencio. No puedo respirar, intento moverme pero no puedo. Grito pero no sale ningún sonido de mi garganta. Estoy sola.
Te dije que nadie iba a quererte nunca, y tú solo has empeorado las cosas.
Quiero gritar que no es verdad pero no puedo hablar. Estoy atrapada en mi propio cuerpo. No sé si tengo los ojos cerrados o es que estoy rodeada de oscuridad, pero no puedo ver nada.
Unos brazos me rodean y me aprisionan. Intento revolverme y pelear pero mi cuerpo no se mueve. Le grito a mi cerebro que haga algo pero no me escucha. Los brazos me aprietan más fuerte y me dejan sin respiración. Algo se aprieta contra mi. Intento alejarle pero sigo sin moverme.
Te lo dije, y mira cómo has acabado.
Entonces algo se me clava en el estómago y se hunde en mi carne. Noto como el oxígeno desaparece de mis pulmones y como mi sangre empieza a derramarse. Los brazos me sueltan y caigo. Mi cabeza choca contra algo duro y mi cerebro estalla. El cuchillo choca contra el suelo a unos centímetros de mi.
Te has matado a ti misma, Isia.
Una leve luz sale de entre la oscuridad e ilumina por un segundo el rostro del asesino, que me mira desde arriba. Es mi rostro.
Mi corazón se para.

-Isia, despierta. ¿Me escuchas? Por favor, despierta. Vamos.
Escucho esa voz, y luego mis gritos. No puedo dejar de gritar, no puedo. Siento una y otra vez el cuchillo clavándose en mi estómago. En mi cabeza sus palabras están grabadas a fuego y me persiguen. Te has matado a ti misma.
Y luego aparece mi rostro. Es el mío, pero no del todo. Parecía que una parte de mí se hubiese ido y fuese reemplaza por otra completamente distinta. Mis ojos eran distintos. Me miraban, serenos, miraban como me desangraba y como abandonaba todo rastro de vida. Mis ojos estaban llenos de oscuridad, oscuridad y tinieblas. Y luego estaba esa sonrisa. Mi sonrisa. Yo estaba sonriendo, me estaba sonriendo. Sonreía mientras me moría. Pero no era mi sonrisa, era otra completamente distinta. Era una sonrisa rota, vacía, parecía como si se me hubiese desencajado la mandíbula y me la hubiesen colocado mal. Era siniestra, como si me alegrase por morir, como si me alegrase por matarme a mi misma.
Solo veo un borrón blanco. Miro a todas partes pero no consigo ver nada. Por un momento pienso que estoy muerta. Pero siento como el aire entra por mis pulmones pesadamente y como mi corazón late rápidamente. Y no dejo de gritar, no paro hasta que noto como una lágrima se desliza por mi mejilla. Entonces paro y me tapo la cara con las manos para dejar de llorar.
Pero no puedo. Me presiono más fuerte la cara y rezo para que pare. Escucho gritos a mi alrededor y mi nombre, pero no respondo. No puedo hablar. Mi cuerpo está paralizado por el miedo.
Para, deja de llorar. Todo está bien, estás bien.
Pienso en el cielo de mi antigua ciudad, en las estrellas. Y dejo de llorar.
Pestañeo varias veces y el borrón desaparece. Me aparto las manos de la cara y veo a Palham. Sus ojos me miran, asustados, buscando un signo de que estoy bien. Está despeinado y gotitas de sudor se han quedado impregnadas en su frente.
Una cosa me sorprende: el terror y la preocupación en sus ojos. ¿Qué ha pasado?
-Isia, tranquila, por favor. Estás bien, todo está bien. Sólo era una pesadilla -susurra, pero yo no le creo.
El cuerpo de Palham sigue en tensión, tiene las manos apoyadas en la camilla para estar más cerca de mí. Me mira unos minutos y, entonces, se relaja. Suspira lentamente y me mira una vez más. Me mira como si pudiese ver a través de mis ojos, como si todos sus demonios se arremolinaran entorno a mí, como si yo fuese una muñeca rota que no se puede reparar; me mira como si él estuviese al borde del abismo y yo fuese su única salvación. Alarga la mano y la coloca encima de mi mejilla. Me da la caricia más triste del mundo: apenas tocó mi piel unos segundos, pero a través de sus dedos pude sentir un dolor lejano y un cariño que nunca he sentido en toda mi vida. En ese momento llego a pensar que Palham me conoce, no sé como pero lo hace. Y me siento desnuda.
Sus ojos me miran, pero no a mí. A una persona muy lejos de aquí.
Aparta la mano segundos más tarde y se aleja unos metros. Tengo una mala intuición.
-¿Qué ha pasado?
Palham no responde, ni me mira, sólo mira a la pared. Aprieta los puños y sus ojos se llenan de ira.
-Alguien ha amañado tu entrenamiento, Isia -contesta, con furia.
Al principio no lo entiendo, la cabeza me da demasiadas vueltas para llegar a comprender nada. Pero luego caigo en la cuenta de sus palabras.
-Todo lo que sufriste, la luz, el animal, las flechas, los agujeros y las bolas de fuego no era parte del entrenamiento. No es parte de ningún entrenamiento -explica Palham-. El verdadero entrenamiento consistía en que tendrías que protegerte y luchar en la oscuridad contra unos guardias que llevarían gafas con visor nocturno. Los guardias que debían estar en el Cuadrado y atacarte han desaparecido. No sabemos dónde están, pero los encontraremos. Alguien ha amañado el entrenamiento para que no sea lo que tendría que ser. Alguien había preparado todo eso para que murieses, si no en una prueba en otra -su voz se apaga y me mira, incrédulo-. Pero sobreviviste.
La pesadilla vuelve a reproducirse en mi cabeza, con el complemento de tres palabras: alguien quiere matarme.
El cuchillo, una y otra vez, estoy muerta. Estoy sola, sin fuerzas, mi cabeza.
De repente tengo unas ganas infinitas de correr. De huir. De escapar de todo este lugar, de mis pesadillas, de mí. Intento levantarme, y el borrón vuelve. Además de dolor. Todo empieza a girar de nuevo.
-Eh, tranquila, no te muevas -susurra-. Todavía no estás curada.
Palham me empuja suavemente sobre los hombros para que me recueste. Pero necesito huir. Me presiono la frente con la mano y respiro lentamente, me tranquilizo mentalmente. Voy a huir, lejos, muy lejos, pero en el momento adecuado. Sólo necesito esperar. Ese momento llegará, y me iré. Nadie podrá detenerme. En el momento adecuado.
Pero por el momento tengo un problema con el que lidiar: alguien ha intentado matarme, y me da la impresión de que no va a parar hasta conseguirlo.
Palham se sienta en un lado de la camilla y dice:
-Mientras estabas en el Cuadrado no sabíamos lo que estaba pasando. Se suponía que saldrías en dos minutos, pero esos dos minutos pasaron y tu no saliste. Y, de repente, escuchamos tus gritos. Intentamos sacarte de allí pero quien haya amañado tu entrenamiento se las ha arreglado para que no pudieses salir de ahí de ningún modo. Hicimos todo lo que pudimos a pesar de que no sabíamos que demonios estaba pasando. Llamamos a más guardias para que buscasen la forma de sacarte, Jark intentó meterse dentro pero el asesino también se las había arreglado para que nadie pudiese entrar. Estábamos desesperados, tú no parabas de gritar. Entonces atravesaste la barrera y caíste inconsciente llena de sangre.
Cuando Palham termina de hablar, a mí ya me cuesta respirar y todo empieza a girar de nuevo.
Noto el brazo raro, y recuerdo. La herida de flecha. Miro instintivamente el hombro, donde la flecha de metal se clavó y descubro una venda. Pero también descubro que no me duele. Abro la boca para preguntar cuando recuerdo a los sprays y el cuadradito extraño con el que curé a Jolsan.
Aquí una herida, por muy grave que sea, es una cosa muy simple.
Sin embargo, pensar en la flecha me hace pensar en otra cosa. Las flechas tuvieron que ser disparadas por alguien. Alguien estaba dentro del Cuadrado, acechándome, viendo como sufría, disparándome.
Me empiezo a marear y mi estómago se revuelve.
-El asesino estaba dentro -digo.
Palham me mira rápidamente y abre la boca, pero no dice nada. Se queda unos segundos con la boca abierta y los ojos entrecerrados hasta que suma dos y dos y cae en la cuenta también. Sus ojos se abren y dice una maldición.
-Estaba contigo, el asesino estaba contigo -se levanta bruscamente y mira a todos lados-. Estaba... -aprieta los dientes y, con una fuerza que no creí que tenía, le pega un puñetazo a una televisión que descansa sobre la pared; ésta se rompe en miles de trozos. Palham gruñe y respira rápidamente, se queda mirando a la pared, ahora desnuda. De la mano de Palham empieza a caer muchos hilos de sangre, a él no parece importarle.
Se queda parado en medio de la habitación y vuelve la vista hacia mí.
-Tengo que informar de esto, rápidamente -se acerca a mí y me agarra de la mano-. Lo que me acabas de contar es sumamente importante. Ese bastardo estuvo dentro mientras tú por poco mueres -aprieta mi mano y dice-. Isia, lo encontraré. Encontraré a ese cabrón asesino y le haré pagar por todo lo que te ha hecho, te lo prometo -se aleja y, esta vez, le creo. Añade.- Mandaré a alguien para que te cuide mientras yo no estoy, no tardaré.
Observo como Palham desaparece y escucho el sonido de la puerta al cerrarse. Vuelvo a estar sola. Cierro los ojos con fuerza y la pesadilla vuelve.
El asesino estaba conmigo. Mi asesino estaba conmigo.
En mi cabeza se reproduce la pesadilla de nuevo. Mi mente se llena de la palabra asesino, el cuchillo vuelve a clavarse en mi estómago, y el asesino vuelve a mirarme. El asesino en mi mente vuelvo a ser yo.
Lo encontraré.


No sé cuánto tiempo ha pasado desde que Palham se fue y yo me dormí. Me siento somnolienta y todos los miembros del cuerpo me duelen. Siento como si llevase días sin dormir. Mi cabeza me pesa de tal manera que apenas puedo moverme. Cierro los ojos de nuevo y algo se remueve a mi lado. A regañadientes intento mover la cabeza y lo consigo. Palham dijo que mandaría a alguien para que velase por mí mientras él no estaba y dijo la verdad. Ha colocado una silla al lado de la camilla, girada para que pueda verme. Un cuerpo vestido de negro descansa sobre la silla. Pestañeo varias veces hasta que veo nítidamente.
Noah está dormido, con una mano apoyada en la silla y otra rozando mi camilla. Tiene el pelo revuelto y lleva la misma ropa que antes, pero más arrugada. Tiene cara de niño pequeño mientras duerme, parece como si ahora tuviese muchos años menos. Sus facciones están relajadas y tiene la boca un poco entreabierta; pero la preocupación sigue reflejada en su rostro.
Siempre he pensado que Noah era guapo pero ahora me doy cuenta de que no es guapo, sino bello. Adonis también lo era, a su manera, pero no tanto como Noah; la arrogancia de Adonis lo volvía feo. Además Adonis se esforzaba al máximo por serlo, hacía cualquier cosa para que las personas le mirasen con adoración y admiración. Incluso hacía cosas para el bien de otros, aunque no le importase el bien de nadie más que de sí mismo. Sin embargo Noah no hace nada para serlo, ni siquiera hace nada para que todos lo adoren, simplemente lo es.
Su mano descansa sobre mi camilla a pocos centímetros de mi cara, con ademán protector. Lo más probable es que lo haya hecho de forma inconsciente, mientras estaba sumido en su sueño. Pero aún así siento que él realmente quiere protegerme.
Eso hace preguntarme quién es Noah realmente. Fue Noah quien me metió en el Cuadrado sólo porque sentía celos y, por su culpa, por poco muero dentro. Fue Noah quien dijo que teníamos que matar si queríamos sobrevivir. Pero, también, fue Noah quien disparó a un guardia sin piedad para salvarme.
Parece como si Noah tuviese dos caras, dos lados de la moneda. Cuando lo conocí fue amistoso y, de algún modo, agradable. Pero cuando habló después de la primera prueba parecía otra persona, más oscura y peligrosa.
Ahora me doy cuenta de una cosa, lo que me dijo el primer día que nos conocimos. Su nombre es Noah pero tiene otro nombre más: Jark. En él viven dos personas: Noah y Jark. Noah es la parte buena y sarcástica y Jark es la oscura y capaz de matar a cualquiera sin pestañear.
Una pregunta aparece en mi mente y me deja aturdida: ¿qué lado se impondrá primero?
El rostro relajado de Noah se contrae en una mueca de dolor. Empieza a respirar rápidamente y agarra con fuerza las sábanas de la camilla. Se revuelve en la silla y susurra palabras que no logro comprender. Me incorporo como puedo, intentando no marearme, y me acerco a él. Alargo la mano para despertarle cuando susurra otra palabra. Y la entiendo:
Mara.
Mi mano se queda suspendida en el aire, a medio camino de su cuerpo. Noah sigue revolviéndose, susurrando el nombre de Mara mientras su rostro se llena de dolor. ¿Quién es esa Mara?
Noah se despierta bruscamente y apoya la cabeza sobre la camilla. Su cuerpo se estremece violentamente y agarra las sábanas con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos.
-¿Noah?
Se queda petrificado al oírme y levanta la cabeza.
-¿Isia?
Clava sus ojos en los míos y veo otra cara más de Noah. En sus ojos puedo ver un dolor lejano y una tristeza que me abruma. Entonces se levanta, y me quedo de piedra. Pasa sus brazos por mi cintura y mi nuca y me aprieta contra él. Sus brazos me aprisionan de tal modo que me cuesta respirar, pero no le alejo. Hunde su cara en mi pelo y yo me quedo quieta. Me siento rara, rara porque no estoy acostumbrada a los abrazos y rara porque el que me está abrazando es la persona que más confusa me tiene. Primero me manda al Cuadrado a una muerte casi segura y luego me abraza hasta dejarme sin respiración. Noah tiene un grave problema de personalidad, pero en este momento no me importa. Después de todo lo que ha pasado me siento muy, muy cansada así que apoyo mi cabeza en el hueco del cuello de Noah y cierro los ojos.
-Lo siento. Yo... -susurra contra mi pelo, casi rozándome la oreja- Todo fue culpa mía. No tenía que haberte enviado la primera. Te estaba mandando a una muerte segura y ni siquiera lo sabía. Y todo porque te vi con... -no llegó a terminar la frase pero yo sé lo que seguía: con Dainel. Noah estaba realmente celoso, y lo acaba de aceptar. Cualquiera que estuviese en mi lugar se sentiría feliz porque un tío tan imponente como Noah tenga celos porque otro tío que tampoco está nada mal te haya cogido la mano; pero yo no sé que pensar sobre eso. Sé que debería sentir algo respecto a eso, pero no sé el qué. Nunca pensé que alguien como Noah pudiera tener sentimientos hacia una simple chica con problemas familiares. Pero aquí esta, abrazándome y pidiéndome perdón por haberse dejado llevar por mis pensamientos.
Le empujo con suavidad y le obligo a deshacer el abrazo.
-Pero no estoy muerta, ¿vale? Estoy bien, estoy viva, he sobrevivido. Eso es lo que importa. Así que no te martirices porque no eso no es lo tuyo.
Sus manos siguen en mi cadera, siento su contacto como si me quemase la piel por dentro. Sus ojos parecen más claros con la luz de los fluorescentes, se clavan en los míos y, por primera vez, me siento expuesta. Siento como si pudiese mirar en mi interior y ver mis miedos, como si los comprendiese. Su mirada llena de comprensión y preocupación me reconforta. No quiero sentirme así, no quiero sentirme unida a nadie. Y menos a alguien a quién no conozco. No puedo permitirme sentir nada, no puedo confiar en nadie cuando alguien quiere matarme y por poco lo consigue. El asesino podría ser también Noah, él tiene las formas y las razones para hacerlo. Puede estar mintiendo. Todos pueden estar mintiendo. En este momento, todos pueden ser mi asesino.
La preocupación abandona su rostro y sonríe, de lado. Vuelve a ser Noah.
Aparta las manos de mi cadera pero no se aleja.
-Voy a arreglar esto -murmura-. Nadie va a volver a hacerte daño, te lo prometo. Quien quiera que haya sido ha violado las leyes y eso se paga con la muerte. Lo encontraré, cueste lo que cueste, y le haré pagar por lo que ha hecho.
Me estremezco, pero no de frío. Noah lo nota y me tapa con las sábanas. Las sábanas no me quitan la extraña sensación que tengo por dentro. Las palabras de Noah tienen la misma dureza y veracidad de las de Palham, además, entre ellas se esconde un odio infinito y una promesa que no logro comprender. No puedo evitar pensar que tal vez Noah siente algo por mí, tal vez minúsculo, pero lo siente. Y eso no sé si es bueno o es malo.
Durante los pocos días que llevo aquí me he dado cuenta de una cosa: aquí todos tienen secretos. Y Noah es el que se lleva la palma. Está sus problemas de personalidad y doble vida, su insensibilidad por matar, el porqué de que yo sepa su nombre verdadero y nadie más lo sepa, el porqué de que me salvase, y luego está Mara. ¿Quién es? El rostro de Noah se crispó en una mueca de sufrimiento cuando la nombró. ¿Ella le producía dolor? ¿O sería al revés? Sea quien sea esa tal Mara prueba que Noah sí tiene sentimientos y que, en su vida pasada, quiso a alguien.



viernes, 21 de febrero de 2014

13.


Nunca he estado en una sala de entrenamiento, por la sencilla razón de que nunca he tenido ningún entrenamiento ni ninguna práctica de lucha. Sólo vislumbré lo que era el Batallero desde la lejanía de la puerta, pero nada ha llegado más allá.
Hasta hoy.
Después de la inquietante charla de Noah,el silencio desapareció de repente. Pensé que el día de hoy sólo constaría de la prueba y de la charla para meternos miedo; pero ni de lejos. Cuando todavía el silencio sucumbía la habitación los guardias empezaron a moverse: agarraron a un Elegido por los brazos y lo arrastraron hacia la puerta. Pero no fue el único. Uno a uno, los guardias que estaban a sus espaldas, los inmovilizaron por los brazos y los arrastraron a todos sacándolos de la habitación. Yo, por supuesto, fui la última. Parece que no conocen el dicho de 'las señoritas primero' por aquí. Aunque claro, por ser la última no voy a ser igual que los demás. Cuando les tocaba a los guardias agarrarme de los brazos me di la vuelta y les encaré. Uno de los guardias dio un paso atrás, los demás dudaron con los brazos un poco levantados. Entonces miraron a Noah, supongo que para recibir las nuevas órdenes. No me di la vuelta, después de haber visto la otra cara de Noah no sabía si sería capaz de aguantarle la mirada sin pegarle un puñetazo; y eso, esta vez, no me la iban a dejar pasar. Noah no es un guardia cualquiera, es más que eso. Así que pegarle un puñetazo no puede estar en mi mente a no ser que quiera una muerte inminente. Aunque tengo una cosa clara ahora, si tengo que morir quiero que sea de esa manera: por haberle pegado una paliza. Así moriré, me matarán, de la peor manera posible, sí, pero al menos moriré con la satisfacción de que antes de quedarme sin latidos le he dejado sin cara.
La leve risa de Palham me resonó en el oído. Me volteé a mirarle y vi que estaba mirando a los guardias con un brillo divertido en los ojos. Miré a los guardias, ellos habían dado un paso hacia atrás, colocándose al mismo nivel que el otro guardia. Y comprendí. No me iban a arrastrar como a los demás, iba a salir con mi propio pie. Esta vez, a pesar del dolor de la cara, me reí. Aunque claro, después de hacerlo me arrepentí, un dolor tremendo me atravesó por toda la cara y el labio me empezó a temblar. En ese momento me di cuenta del penoso aspecto que tenía que tener. Apenas he dormido en días, no me sorprendería que tuviese unas ojeras terribles. Por no decir que todavía me quedan secuelas de la pelea con Cicatrices, y ahora por la pelea con los guardias. Pero me compadecí de mi aspecto al ver el de los guardias: la sangre se les había secado y eso hacía que tuvieran un aspecto más asqueroso que el de antes. Al primer guardia se le había coagulado la sangre en torno a la boca y su labio parecía que había explotado por un lado, además bajando el cuello tenía chorreando bastante sangre. También tenía la boca algo doblada en un ángulo extraño así que supongo que se le habrá desencajado la mandíbula. El segundo no tenía mejor suerte: la nariz estaba doblada en ángulos extraños por la rotura y también se le había secado la sangre que tenía al rededor de la nariz, y por los orificios de la nariz todavía caía sangre que llegaba hasta la barbilla y le caía sobre el pecho. El último no tenía la cara tan destrozada, sólo tenía un poco de sangre por la nariz y unas cuantas magulladuras sobre las mejillas. Pero su mano parecía que había sido un intento de mutilación: el dedo índice estaba lleno de sangre y parecía que le faltaba gran parte de dedo. Lo mejor de todo es que tenía grabado mis dientes en su mano, así recordará por un tiempo quién le ha hecho eso. Los tres presentaban un aspecto deplorable, por no decir patético. En esos casos me reiría en sus caras pero la verdad es que no quería que volviese a pasar lo de antes, ya se lo que es reír después de que te hayan pegado un puñetazo en la cara.
Miré una última vez a los guardias e hice un asentimiento con la cabeza de modo de agradecimiento. Podría parecer que les agradecía por haberme dejado largarme sola pero en realidad era por haberme alegrado con la paliza de esta mañana. Después de días llenos de angustia y desesperación me merecía tener algo de diversión, digo yo. Volví la vista a Palham y empecé a andar hacia la puerta. Los guardias empezaron a caminar unos metros separados de mi, pero una voz resonó a nuestras espaldas:
-No. Vosotros os quedáis, tenemos asuntos que aclarar -su voz no había cambiado, seguía sonando dura y fría, todavía con esa carga de odio. No había cambiado, y eso hizo que me estremeciera.
Los guardias se pararon y dieron la vuelta pesadamente para enfrentarse a lo que se que signifique asuntos pendientes, y para su tono de voz no será nada bueno. Sentía los ojos de Noah en mi espalda, siguiendo cada movimiento. Apreté los puños y centré mis pensamientos en la puerta. Cuando atravesamos la puerta y giramos hacia otro pasillo Palham me pasó el brazo por los hombros.
-No sabes lo orgulloso que estoy de ti -susurró. Hice una mueca, a modo de sonrisa. Yo también estaba orgullosa -. No sé como lo has hecho, pero lo hiciste. ¿Cómo supiste que venían a por ti?
-Fácil. Porque los escuché -respondí.
Me miró por unos segundos sin comprender hasta que asintió con la cabeza.
-¿Cuánto tiempo llevas sin poder dormir? -preguntó, con un tono extraño.
-Desde que supe que sería la Elegida -le respondí. No quería reconocerlo pero, era verdad. No iba a contarle nada acerca de mi angustia ni mi preocupación, pero al menos eso podía contárselo. Al decirlo un suspiro salió de mi pecho. No estoy acostumbrada ha decir como me siento, y hacerlo me hace sentir transparente, como si me estuviese exponiendo ante todos.
Se paró y se volteó hacia mí. Por un momento se limitó a mirarme, con un brillo raro en los ojos. No sabía como interpretar aquello. No era la primera vez que Palham me miraba así, con esa mirada cargada de dolor y tristeza, además de algo más. Y no podía identificar que era aquello. Entonces caí en la cuenta de algo: se parecía al modo en el que Jolsan me miró, pero con más tristeza y dolor recargado. Tenía que hablarle de Jolsan a Palham, al menos si quería tener una pregunta sin respuesta y una incertidumbre menos. Pero mis pensamientos se dispersaron cuando, de repente, Palham se agachó y me abrazó. No era un abrazo que se da para infligir algo de compasión, en señal de que todo iba a salir bien; era todo lo contrario. Parecía como si Palham se estuviese ahogando y yo fuese oxígeno, se agarraba a mí con tal fuerza que tenía miedo de que se me rompieran los huesos. Tenía la cara hundida en mi pelo y noté que su cuerpo tiritaba, pero no porque tuviese frío. Era como si estuviese llorando por dentro, su cuerpo se estremecía por los gritos silenciosos. Conozco perfectamente cómo es eso, en eso soy toda una profesional. Hay personas como yo que no podemos permitirnos llorar por fuera así que tenemos que hacerlo por dentro, donde nadie nos puede oír ni ver. Después de haber recibido aquella paliza cuando era pequeña no volví a llorar exteriormente, pero eso no significaba que no lo hiciese por dentro. Y eso estaba haciendo Palham. No supe como reaccionar ante aquello, ese arrebato de emociones tan dolorosas. Por un momento el dolor de Palham me abrumó, pero se esfumó después de los pocos segundos que duró el abrazo. Se separó de mi pero no se ocultó, sino que me miró directamente a los ojos.
-No tengas miedo, no pienses que estás sola; porque no lo estás. Aunque tu no lo sepas hay personas a las que les importas y están cuidando de ti. Nada va a pasarte. Tu antigua vida se ha ido, ya no tienes que sufrir en soledad. Recuerda esto, pequeña guerrera.
Después de eso Palham volvió a ser como antes y me sonrió, y era una sonrisa de verdad. Me condujo entre pasillos hasta que llegamos a una gran puerta, pero yo apenas me di cuenta de que estaba parada como una estúpida delante de una puerta abierta. Las palabras de Palham todavía me tenían confusa, no podía parar de darle vueltas una y otra vez. ¿Era verdad? Si lo era entonces hay personas que confían en mi y que quieren protegerme. Eso es esperanzador... y a la vez escalofriante, por el hecho de que no se quienes son.
Hasta este momento no me di cuenta lo que tenía ante mis ojos. Era lo que siempre quise, lo que tantas noches soñé con poder entrar, lo que tan prohibido tenía. Una sala de entrenamiento. No se describir como es, sobre todo por las dimensiones que tiene. Es enorme, tanto de largo como de ancho.
Y las cosas extrañas siguen.
Por supuesto que nunca he visto bien lo que es una sala de entrenamiento, pero esto no se parece en nada a lo que se supone que debe ser. Esta lleno de maquinas extrañas hechas de metal negro, aunque no son más que meras platas de metal con una vara a modo de soporto que las ancla al suelo. La sala está llena de grandes construcciones angulosas, llenas también de desniveles, como una pequeña copia del edificio.
Los Elegidos están sentados a un lado, en lo que parece unas gradas altas de metal negro. Empiezo a cansarme de su obsesión con las cosas negras, la verdad. A petición de Palham me acerco a la grada y me siento en la fila de arriba. Noto unos golpecitos en mi hombro y veo a Dainel a mi lado. Cuando subí las escaleras para llegar a la última fila me negué a mirar a nadie, aún sabiendo que todos me estaban mirando, así que no sabía con quien me había sentado. Y, francamente, no me importaba pegarle un puñetazo si se pasaba de la raya. Pero ahora lo del puñetazo se ha borrado de mi mente. Agradezco tener a alguien que no me produzca fuego por las venas, aunque solo sea una persona. La verdad es que Dainel me da una sensación de paz, de algún modo. Sobre todo por sus miradas sinceras. Y, digamos, que por aquí la sinceridad no es algo que muchos practiquen.
-Un poco más y te los cargas -me susurra agachando la cabeza, con una sonrisa en la boca.
Estúpido. Le pego un codazo y le señalo mi boca, él ríe y asiente comprendiendo. La próxima que intente hacerme reír no dudaré en pegarle una bofetada.
-Si ellos me atacan yo les ataco. Así es como funciona -respondo, encogiéndome de hombros.
-Recordaré eso -murmura, sin dejar de mirar a todos lados. Mira con desconfianza hacia los guardias que están enfrente de la grada, además de a los otros Elegidos. Por eso habla tan bajo, para que nadie escuche sus palabras. Parece que hay otra persona que no confía en nadie, además de mi -. ¿No tienes la sensación de que están vigilándonos? -susurra, de repente.
Le miró incapaz de articular palabra. Tengo esa sensación todo el tiempo. Como si unos ojos invisibles estuviesen observándome todo el tiempo, por la espalda; pero, por supuesto, nunca hay nadie mirándome. He llegado a pensar que puede ser una efecto secundario del cansancio y el estrés, pero que Dainel también lo admita aclara mis sospechas.
-Como si estuviesen observándonos en cada movimiento que hacemos -susurro, bajando también la voz.
Dainel por fin vuelve la vista hacia mí y me clava sus ojos azules. Tiene mejor aspecto, las ojeras ya han desaparecido y tiene mejor color de cara. El miedo ya ha desaparecido completamente de sus ojos, tiene el pelo peinado y, por fin, se ha cambiado de camiseta. Menos mal, porque llevar la misma camiseta después de pelear no creo que sea saludable para la gente que tenga que respirar cerca suya. La verdad es que parece otro. Ahora parece un tío malo, con su camiseta negra dejando ver sus brazos musculosos tan pegada al cuerpo que deja libre a la imaginación.
Bueno, aunque en realidad aquí todos lo parecen.
-Exacto -susurra a escasos centímetros de mí. Siento su aliento en mi nariz – Yo creo que puede que esto esté lleno de cámaras.
Me enderezo y me acerco más a él.
-¿Qué quieres decir?
-Pues -responde-, si te das cuenta hay muy poca seguridad para tener un edificio lleno de personas con entrenamiento suficiente para matar a alguien. Los dos lo hemos comprobado. La primera vez, bueno, segunda vez -se corrige- que nos conocimos. Tu estabas paseando por los pasillos y nadie te interceptó.
-Salvo tú -le recuerdo.
Sonríe, recordándolo, y asiente.
-Salvo yo -repite-. A lo que voy es que apenas hay seguridad -asiento-. Así que la única razón por la que hay tan poca es que nos tienen vigilados de otra forma, una forma más camuflada.
-Por cámaras -respondo, con el ceño fruncido. Tiene razón. Hay muy poca seguridad, apenas nos vigilan. Podemos salir cuando queramos de nuestras habitaciones y circular por los pasillos sin encontrarte con casi nadie. Así que tiene sentido. No van a dejar que paseemos como queramos por donde queramos. Nos tienen que controlar. Y el truco es que nosotros no sepamos que lo hacen.
-Bingo -asiente-. No se exactamente donde las tienen escondidas, pero las voy a encontrar.
Aparta la mirada, apoya la cabeza sobre la pared y cierra los ojos. En esa posición me recuerda a con Adonis. Una belleza tranquila, con la cabeza mirando al cielo, esperando algo sin nombre. De algún modo es como si se pareciese a él. Él no es Adonis. Por supuesto que no, Adonis es la persona más estúpida y rastrera que hay en la ciudad. Por no decir gilipollas. Él dio mi vida, la vida de su hermana, a una muerte segura solo para salvar la suya. Ninguna persona con algo de corazón lo haría. Pero claro, Adonis no lo tiene. Dainel es diferente. A diferencia de Adonis él sí tiene corazón. Yo misma lo he visto el día de la Elección, cuando tuvo que decir adiós a toda su familia. Él no es Adonis. Tal vez, en el pueda confiar. Tal vez.
-Te ayudaré -susurró.
Dainel abre los ojos y vuelve a mirarme. Me mira durante unos segundos, alarga la mano y agarra la mía. Me quedo mirando nuestras manos cogidas, los pocos segundos que dura nuestra unión. Dainel me da un apretón suave y sonríe.
-Gracias.
Unos pasos resuenan en la puerta y todos nos quedamos callados. Noah aparece en la sala, ni rastro de los guardias. No quiero pensar que les habrá pasado, por mi experiencia sé que Noah no trata muy bien, que digamos, a los guardias. Así que me espero lo peor. Se coloca en frente de las gradas y pego un respingo. Parece que ya vuelve a ser el Noah de antes (si es que ese Noah existe).
-Bien. Esta sala será vuestra vida el tiempo que yo crea conveniente. Aquí lo aprenderéis todo, hasta quién sois -dice Noah-. Aquí tendréis que demostrar vuestras habilidades y de qué madera estáis hechos. Aquí, es donde empieza todo. Ya demostrasteis en la jaula de lo que sois capaces, ahora os toca mejorar lo que tenéis aprendido.
No sé si ofenderme o no por su discurso ya que a mi nunca nadie me ha enseñado nada, así que no puedo mejorar puesto que no tengo nada aprendido. Solo sé lo que me ha enseñado la calle; y, creo, que eso no es a lo que Noah se refiere.
Como si me estuviese leyendo el pensamiento, Noah me mira. Sus ojos vuelven a tener esa calidez que era propio de él, pero ahora veo algo de oscuridad en ellos. Él me sonríe de lado, como siempre, pero yo no le devuelvo la sonrisa. Su sonrisa se esfuma y me mira confuso. Si pensaba que iba a tragarme su trola más vale que espabile, porque no voy a caer en su trampa. Segundos después aleja la mirada y mira a los demás.
-Vuestros primeros entrenamientos fueron de preparación física, así que lo primero que haremos será eso.
Uno de los Elegidos bufa.
-Yo no necesito más preparación física, ya estoy preparado.
Noah centra su mirada en él, otra vez con aire divertido.
-Entonces, acércate.
El Elegido duda unos segundos pero coge aire y se levanta muy erguido. Baja las escaleras y se coloca en frente de Noah. El Elegido es Cicatrices. A la velocidad del rayo Noah le ataca. Nadie vio venir su ataque. No sé que fue lo que hizo, una especie de llave quizás, pero su puño y sus pies impactaban por todas partes en el cuerpo de Cicatrices y en menos de seis segundos estaba tirado en el suelo con la cara estrujada contra el suelo.
-No estás preparado -dice Noah en el oído de Cicatrices.
Cicatrices se queda unos minutos tendido en el suelo, hasta que se levanta pesadamente, un crujido resuena y gime. Le ha tenido que hacer bastante daño. Un hilo de sangre le corre por la nariz y empieza a bajarle por la barbilla, pero él no hace nada para pararla. Intentando no mirar a Noah sube las escaleras lentamente, con la cabeza gacha, y se sienta de nuevo en su asiento. Creo que la poca dignidad que le quedaba después de haber sido vencido por una chica se ha esfumado. Qué pena.
-Lo que acabáis de ver es una demostración de lo poco preparados que estáis. La preparación que recibisteis no tiene nada que ver con la que vais a recibir ahora. Así que prepararse, porque va a ser duro -añade, sacudiéndose las manos.
Miro de reojo a Dainel y me sorprendo porque él también me está mirando. No se qué pensar. De entre todos soy la única que no tiene preparación y eso me pone en el nivel más bajo. No sé como fueron las preparaciones para todos, pero supongo que fueron malas (no creo que esos cuerpos tan musculosos se hagan tan fácilmente). Pero lo peor de todo es que los entrenamientos de ahora van a ser mucho peores.
Tengo que hacer algo, no puedo estar con tanta desventaja cuando mi vida está sostenida por un hilo; y quién sabe cuando ese hilo se romperá. Porque lo hará, tarde o temprano, todo depende de mí. No puedo permitirme llegar tan alto para perecer tan rápidamente.
Observo los cuerpos que hay por la grada, todos son musculosos, algunos tienen heridas o deformaciones por peleas, incluso cicatrices, y eso sólo les hace parecer más fuertes. Todos ellos han aprendido cómo luchar de mano de los mejores, yo sólo he podido permitirme espiar un entrenamiento y sobrevivir con esa hora de espionaje.
Una cabeza me sorprende. Su pelo, un poco largo para como lo suelen llevar los Elegidos, es de un color rubio pero muy apagado. Un rubio muerto. Tiene algunos mechones dorados, unos rayos de sol sobre la oscuridad, pero aún así tiene algo extraño. Me revuelvo en mi asiento y me muevo un poco hacia la izquierda, pegándome un poco hacia Dainel, aunque él ni se inmuta. Desde aquí le veo mejor. No tiene cicatrices ni heridas como los demás, ni siquiera tiene músculos. Está pálido, demasiado pálido y su piel resalta más por el negro de su camiseta. Está en una esquina, separado ligeramente del Elegido que hay a su lado, como si le tuviese miedo. Tan alejado de todo, con una mano apretándose el brazo, parece tan pequeño e insignificante que me da la sensación que estoy soñando. ¿Qué hace él ahí? Tiene toda la pinta de estar enfermo, entonces, ¿porqué ha venido?
Da un respingo, se estremece y se abraza más los brazos, el pelo le cae hacia delante y la poca piel de la cara que veía antes queda oculta. Entonces, después de una respiración, mueve la cabeza y sus ojos me observan traes las rendijas de su pelo. Toda la habitación parece desaparecer a mi alrededor, lo único que existe son sus ojos, que me absorben. Siento como el aire de mis pulmones se esfuman, de pronto. Sus ojos, verdes como los árboles, como el bosque, tan bellos como grandes. Pero lo que me sorprende no es su color, ni los grandes círculos oscuros que rodean sus ojos; es que están muertos. Unos ojos muertos de una persona muerta. Están llenos de muerte, de tristeza, de dolor y de vacío. Sus ojos encuentran los míos. Por un momento estoy atrapada en ellos, girando en un remolino de muerte y desesperación en un verde infinito, hasta que algo cruza su mirada. Un brillo. Sólo duró unos segundos, justo antes de que sus ojos volviesen a desaparecer entre aquella mata de pelo muerta. Pero me bastó para ver algo. Vida. Un resplandor viviente entre aquella muerte sin retorno. El aire vuelve a mis pulmones. No se quién es ese chico, tan enfermizo y pequeño rodeado de tanta musculatura y estupidez. No podrá tener más de quince años, quizás menos, aunque sus ojos parecían más viejos, con más sabiduría y madurez que un niño de su edad. Una presión me oprime el pecho porque sé su realidad: ese chico ha venido a morir. Aunque, ¿cómo pueden matar algo que ya está muerto?