Las
pesadillas se han ido, al menos por ahora.
Ahora puedo cerrar los ojos sin que me aborden imágenes de mi
aprisionamiento en el Cuadrado. Y me siento bien, cosa que hace unos días me
parecía imposible; pero es verdad. Aunque el miedo sigue ahí, pero ahora está
encerrado en un cuarto oscuro, dentro de mi cabeza, y sus gritos están
amortiguados por los muros invisibles. Espero que se queden encerrados una
buena temporada (por mi bien).
El miedo es la única
cosa que puede ser mi perdición ahora mismo. Si me hubiese dejado llevar por el
miedo en el Cuadrado ahora estaría muerta; no puedo evitar estremecerme al
pensar eso. Aquello era un agujero sin salida, y yo estaba herida, muy herida.
Lo peor de todo es que estaba sola, estaba encerrada en la oscuridad y nadie
podía venir a salvarme. En ese momento la ansiedad se apropió de mí, pero no la
dejé pasar los límites. A pesar de que se habían barajado las cartas y yo me
había llevado las peores no decaí, porque una voz resonó dentro de mí, en el
fondo de mi corazón, una voz tan leve pero tan fuerte que me abrió los ojos.
“Siempre hay salida.”
Nunca he sido
negativa, no era como las demás chicas de Aprendizaje que por cualquier cosa,
por muy insignificante y estúpida que sea, se ponían a llorar desconsoladas
diciendo que iba a ser su fin o el de otro. Llorar y lamentarse no sirve para
nada y, por supuesto, no va a arreglarte la vida; así que para qué hacerlo. Ya
he aprendido que ante los problemas lo mejor es plantarles cara, aunque ello
conlleve saltar al abismo. Aunque en ese momento, dentro del Cuadrado, lo de
plantarle cara al problema no parecía una buena opción, yo pensaba que todas
las acciones llevaban a lo mismo: la muerte. Pero me equivocaba. Siempre hay
salida. Tres simples palabras, una sola voz. Sólo eso, nada más que eso sirvió
para salvarme. Así conseguí ver que, por primera vez en mi vida, podía confiar
en las palabras de alguien.
Pero eso no
significa que llegue a confiar en esa persona. La confianza es algo inexistente
aquí.
Mis heridas ya han sanado. Sólo
me queda una cicatriz limpia en el hombro y algunas más en los brazos. Aunque
tengo un poco de migraña, pero no es nada que no pueda manejar. Me está empezando a gustar la tecnología
extraña de aquí (solo un poco).
Me sorprendo
cuando, al levantarme, no me cruje ninguna parte del cuerpo, y eso que llevo
como cinco días tumbada en la cama sin apenas moverme. Al andar tampoco me
duele nada, así que me apuro. Cruzo la habitación en pocos pasos y me quedo en
frente de la puerta cerrada. Palham me ha dicho como mil veces que no podía
salir hasta que las cosas se calmen, pero también hasta que tengan la seguridad
de que mi asesino no va a intentar atacar de nuevo. Yo le escuché todas las
veces que lo dijo, lo prometo, y le hice caso, he estado cinco días esperando
incluso, pero mi paciencia tiene un límite. No pueden pretender tenerme
encerrada como un animal mientras ellos buscan a mí asesino. Lo primero, no soy
un animal. Segundo, sé valerme por mí misma. Y tercero, no quiero esconderme.
Si hay un chalado con la intención de matarme le plantaré cara y le sacaré las
respuestas a golpes si hace falta. Palham debería saber ya que no puede
controlarme, pero aun así me deja sola con una sola puerta separándome de mi
libertad.
Aplaudo la ingenuidad de Palham.
Empujo el pomo hacia
abajo y la puerta se abre fácilmente con un chasquido. Gracias, Palham. La
puerta da a un pasillo con poca iluminación que parece no tener fin. Está
desierto y no se escucha ningún sonido, ni siquiera mi respiración. ¿En qué
parte estaré? Esto no está cerca de la parte de los dormitorios, puesto que no
se parece en nada. Tiene que estar en una parte muy alejada. Aunque no
apostaría mi vida por ello puesto que no sé si quiera donde está mi habitación,
así que no quiero aventurar nada. La
verdad es que el pasillo es tan oscuro y
lúgubre que hace que se me hielen los huesos. Si doy un paso hacia atrás
volveré a la seguridad de mi habitación, podré tumbarme de nuevo en mi cama,
taparme con la cálida manta y Palham volverá y no estaré sola.
Tengo ganas de
pegarme un puñetazo. Isia despierta, no
seas estúpida me digo. Creo que eso de estar encerrada sin salir me ha
afectado al cerebro. No puedes caer tan
bajo Isia. No, claro que no. Llevo
en una cama cinco días, si paso un solo día más en esa cama sin moverme juro me
volveré loca (o puede que lo esté ya, quien sabe).
Con paso decidido
avanzo sigilosamente por el pasillo. Con forme avanzo se va oscureciendo cada
vez más. Maldigo a quien se le haya
ocurrido dejar a oscuras el pasillo. Por mucho que acelere el paso el pasillo
sigue pareciendo ser igual de largo así que acabo corriendo. Me siento rara, como si ya no recordase quien soy realmente.
Me siento… nueva. Mi vida anterior es ahora un espejismo a medio borrar. Ya
apenas recuerdo como era, como eran todos. Sólo han pasado unas semanas desde
que me fui y parecen años. Pero nada ha cambiado, he sido yo. Yo he cambiado.
La experiencia en el Cuadrado me ha hecho despertar. Ya no soy aquella Isia que
se escondía en los callejones. Aquella persona se quedó bajo tierra en la
ciudad. Y yo he despertado. Tengo la sensación de haber estado toda mi vida
dormida, ya era hora de despertar. Me siento viva, por fin.
Acelero la carrera
todo lo que puedo, hasta mi límite, y mis pulmones no arden. Llego a un primer cruce, por fin, y lo tomo.
Este camino no es tan oscuro por lo que dejo de correr, pero no dejo de caminar
rápido. Ni siquiera me duelen los músculos, no me duele nada. El pasillo es
largo, al igual que todos, y tampoco tiene ventanas. Sólo entra luz por la
pared de cristal que hay al final del pasillo. No ocupa toda la pared pero sí
una buena parte. A su lado hay unas escaleras tras un muro de piedra que bajan
hacia otro nivel. Por el cristal puedo ver pasillos iluminados (ya era hora) y
las columnas tradicionales que hay en la zona de dormitorios; aunque algo me
dice que no estoy tan cerca.
Unas voces
amortiguadas llegan a través del cristal y de uno de los pasillos aparecen dos
guardias arrastrando a un hombre. Cada uno lo agarra por un pie y tiran, con
mucha violencia. El hombre se revuelve y grita, pero no puede hacer nada. Lleva
la ropa hecha jirones y está cubierto de sangre, que deja manchas en el suelo, intenta agarrarse a una columna pero un
guardia le pisa el brazo y le pega una patada. El hombre grita y los guardias
siguen arrastrándole. Es en el momento en el que grita cuando le reconozco,
sigue llevando la misma ropa aunque su camiseta azul ahora está cubierta de
sangre y de mugre. El guardia le ha pisado el mismo brazo de la mano que yo le
curé hace días, todavía sigue llevando el vendaje que le puse pero recubierto
de suciedad y más sangre.
Me hierve la sangre: es Jolsan. Los guardias lo empujan al medio de la habitación y uno de ellos le agarra
del pelo y tira hacia atrás. Jolsan grita y su rostro se contrae en una mueca
de dolor, mueve los brazos hacia arriba pero el otro guardia le agarra y le
aprieta los brazos hacia atrás, y Jolsan chilla más fuerte. Borbotones de
sangre salen de su nariz y tiene una brecha rojiza en la frente. El guardia que
le pisó coloca su apestosa boca en el oído de Jolsan.
-Ahora sí que vas
a sufrir, pedazo de mierda –le dice lo suficientemente fuerte para que yo lo
oiga.
Y exploto. Mi pie impacta contra el
cristal con todas mis fuerzas y se rompe en pedazos. Los trozos de cristal caen
sobre el nivel y los guardias se cubren la cara con los brazos. Jolsan cae al
suelo y pega la cara al suelo, cubriéndose torpemente de los cristales. Antes
de que los guardias vuelvan la vista hacia arriba yo ya estoy escondida en la
escalera, detrás del muro de piedra. Todo está en puro en silencio salvo por
las respiraciones cortantes de Jolsan. Los guardias son sigilosos, pero no
suficiente. Sé que ya han sacado sus armas y que avanzan hacia aquí. Sé que en
cualquier momento van a llegar a la escalera y me dispararán. Y sé que cuando
ellos lleguen a la escalera para matarme, yo ya no estaré ahí.
En menos de
diez segundos los guardias han llegado a la escalera y han soltado una
exclamación ahogada porque no hay nadie. Gracias a la gran abertura de la pared
he podido quedarme colgando agarrándome al suelo. Me dejo caer lentamente y
cuando llego al suelo ruedo sobre mi misma para que caiga sobre los cristales. Jolsan
me mira con los ojos abiertos como platos y le hago una señal para que guarde
silencio. Cojo un trozo grande de cristal y avanzo sigilosamente apretándome
contra el muro hacia la escalera. En mis venas el fuego me quema, abrasándome. Aprieto
fuertemente el cristal y noto como me corta la mano y la sangre se desliza por
mi mano, pero aparto el dolor a un lado.
Escucho las respiraciones rápidas de los
guardias cuando llego al final del muro. Un guardia se echa hacia atrás,
desconcertado, y ataco. El cristal se hunde en su muslo y cae de rodillas. Sin
perder tiempo agarro la pistola que se le ha caído y me agacho esquivando el
disparo del otro. Antes de que dispare otra vez estampo mi pie contra su mano
con fuerza, la pistola se le resbala de las manos y cae al suelo. Cargo contra
él, el guardia mueve su codo contra mi cara y me agacho pegándole un puñetazo
en el costado. Se dobla por la mitad y estampo la culata de la pistola contra
su cabeza, el guardia pone los ojos en blanco y su cuerpo cae con un golpe
sordo. El otro guardia sigue en el
suelo, gimiendo. Me voy la vuelta y le cazo arrastrándose para atrapar la
pistola de su compañero. Se queda quieto y clava sus ojos llenos de dolor y
sorpresa en los míos y no siento nada, solo odio. El fuego me abrasa más fuerte
y aprieto los dientes: es el guardia que le pisó a Jolsan y le maltrató. Sin
dejar de mirarle, aprieto mi pie contra su mano extendida e intenta no gritar,
pero no me aparto, sino que aprieto más fuerte.
-¿Qué se siente
al sufrir, pedazo de mierda? –susurro junto a su oído.
El guardia
aprieta los dientes, escupe sangre y
susurra:
-Voy a matarte
zo –su voz se quiebra cuando estampo su cabeza contra el suelo. Suena un
chasquido y deja de moverse. Le muevo la cabeza y observo su rostro. Tiene la
nariz doblada en un extraño ángulo y una cascada de sangre se precipita por
ella. Como le hicieron a Jolsan. La sangre se extiende por el suelo y le
ensucia toda la cara. El guardia es joven, no puede sobrepasar los treinta,
pero su rostro es oscuro y amenazante. Esto
no es humano. No son humanos, ninguno de ellos; son monstruos.
Los Superiores
dijeron que los antiguos habitantes, los terráqueos, destruyeron su planeta,
ellos mismos, por las guerras, la violencia y el egoísmo. Se mataban entre
ellos mismos sin motivos aparentes y hacían cosas perjudiciales para su
planeta; pero les daba igual. Ellos seguían matando y destruyendo todo a su
paso mientras su planeta moría hasta que consiguieron la destrucción completa
de la Tierra y la muerte de todos sus habitantes. Pero antes de eso un grupo de
personas que se dieron cuenta de lo que estaba pasando, los Superiores, idearon
un plan de escape para cuando el final llegase. Reclutaron a un gran número de
personas y construyeron bunkers bajo tierra y allí almacenaron víveres y cosas
que llevar al nuevo mundo. Cuando la Tierra murió los únicos que sobrevivieron
fueron ellos. A partir de las cenizas
crearon el mundo que es ahora, Oslihum, el Nuevo Mundo, el Superviviente.
Crearon nuevas ciudades y poco a poco la población empezó a crecer. Poco
después los Superiores crearon la Elección, una fecha al año donde cinco familias
deberán dar a un miembro de su familia para que sea llevado ante los
Superiores. Nadie sabe por qué, de dónde vino, pero nadie es capaz de
preguntar.
Los Superiores,
en los videos que nos ponen en Aprendizaje, nos dicen que ellos salvaron el
mundo de la destrucción y dieron paso a un mundo mejor y más pacífico donde
todos podemos vivir en paz. Y una mierda. No vivimos en paz, vivimos con miedo.
Miedo a no poder alimentar a tu familia, miedo a que los guardias encuentren
una razón para torturarte, miedo a morir. La vida se resume en miedo. Te
acuestas por la noche y no cierras los ojos por temor a no abrirlos nunca más.
En mi ciudad hubo una familia que se acostó una noche y no volvió a despertarse
jamás. Por lo visto el padre había estado espiando a un grupo de guardias
mientras ellos hablaban y la madre también había estado involucrada en una
serie de robos en una de las panaderías de la ciudad. Por la noche los guardias
metieron dentro de la casa unas bombas de humo y los asfixiaron hasta la
muerte, a ellos y a sus tres hijos pequeños. Al día siguiente los guardias
quemaron hasta los cimientos la casa y construyeron otra encima para una nueva
familia, como si no hubiese ocurrido una masacre, como si la muerte de esa familia
solo fuese una piedra en el camino. La gente cuando pasa delante, donde estuvo
esa casa, se queda mirando. Al principio susurraban traidores, pero después no decían nada. Tal vez porque ya no
supieron por qué eran traidores. El hombre puede que estaba caminando, pasó
delante de los guardias y ellos pensaron que los estaba espiando. La mujer
robaba para alimentar a sus ojos porque no había comida que llevarse a la boca.
Sólo querían sobrevivir y la gente los llamaba traidores por ello. Hasta que
olvidaron. Después de un año la gente seguía parándose delante de la casa y la
miraba, miraba el suelo, porque eso es lo que queda de ella. Yo solía mirar a
la gente desde lo alto del tejado de la casa de al lado e imaginaba que era lo
que pensaban. Lo que pensaba yo es que no eran traidores, eran unas personas
que querían vivir. Pero eso es lo que somos todos, pero que queramos vivir no
significa que vayamos a vivir para siempre. Bien sabemos que no lo haremos
jamás, porque ya están ahí los guardias para acabar con nuestra vida antes de que lo pensemos.
Los Superiores no salvaron
el mundo, crearon otro nuevo peor al anterior. Transformaron a personas en
monstruos para que torturasen y matasen a las personas que no cumplían las
reglas y extendieron el miedo, como la peste.
Me levanto y
esquivo el cuerpo inconsciente del guardia. El cristal sigue clavado en su
muslo y se ha formado un charco rojizo debajo de su pierna. Paso por él y corro
hacia Jolsan. Sigue tirado en el suelo, gimiendo por el dolor. Le pongo una
mano en el hombro y le digo que se quede quieto. Cuando le miro a los ojos se
me rompe el alma: están llenos de lágrimas. Agarro mi camiseta y tiro rompiendo
un trozo de tela. Envuelvo mi mano sangrante por el cristal con la tela, hago un
nudo y tiro con ayuda de los dientes. Aprieto los dientes por el dolor.
-Tranquilo, ya
ha pasado todo. No volverán a hacerte daño –añado, y se limpia las lágrimas con
el dorso de la mano.
Verle tan débil,
tirado en el suelo, lleno de sangre, lágrimas y heridas hace que algo se me
remueva por dentro y siento algo extraño. El sentimiento de que lo conozco
aparece de nuevo. Jolsan tiene los ojos clavados en los míos llenos de un dolor
infinito que me presiona el alma. Abro la boca para decirle algo cuando se
mueve hacia delante y… me abraza. La respiración se me corta y mi cuerpo se
tensa. Jolsan entierra la cara en mi hombro y su cuerpo se convulsiona en
sollozos. Respiro hondo y le pongo el brazo sobre la espalda. Los segundos
pasan y yo sigo quieta sin saber qué hacer con el brazo rígido en la espalda de
Jolsan. Sus sollozos se hacen más fuertes e, instintivamente, le
paso el otro brazo por los hombros para sostenerle el peso.
-Lo siento, lo
siento tanto Della –gime-. No pude salvarte, no pude salvaros.
Mi boca se abre y respiro
entrecortadamente. Jolsan para de
repente y se incorpora, alertado. Tiene la cara llena de manchas rojas por las
lágrimas y la sangre se le ha pegado a la cara. Me mira un segundo y niega con
la cabeza una y otra vez. Yo no puedo evitar
mirarlo confusa. ¿Della?
-Lo siento, yo…
no pretendía que esto pasara, es que… -no continúa la frase.
Mi confusión desaparece
cuando Jolsan grita al mover una pierna. Me acerco y le remango el pantalón
rápidamente. Más arriba del tobillo, a la altura del gemelo tiene un moratón
que se extiende por una buena parte de la pierna. Le miro interrogante y él
asiente. Malditos guardias. Me muerdo el interior de la mejilla y miro hacia
atrás, las piernas del primer guardia sobresalen del muro y siguen sin moverse.
Si no estuviesen en ese estado les remataría hasta que se ahogasen en su propia
sangre. Todavía siguen inconscientes y por el golpe que les he metido diría que
tardará un buen rato hasta que uno de ellos despierte (y lo mejor será que no
esté cuando eso pase).
-Tengo que
sacarte de aquí.
Le agarro por la espalda e impulso hacia arriba para ayudarle. Él apoya
las piernas y, a pesar del dolor, se levanta. Jolsan mira su pierna herida
pensativo y la apoya en el suelo. Al segundo de esto gime y se muerde el labio.
Me temo que a partir de ahora va a cojear un poco.
-Apóyate en mí
–le digo y coloco su brazo alrededor de mi cintura. El rostro de Jolsan se pone
rojo de repente, rojo hasta el tope, pero no por haber llorado. Me mira con
incredulidad y luego mira su brazo tenso en mi cintura con la boca abierta. Me
muerdo el labio para no reír. Que este hombre le de vergüenza poner su brazo en
mi cintura pero no llorar sobre mi camiseta y llenármela de mucosidad es
bastante irónico.
-Vamos, agárrate
si no quieres que acabemos los dos en el suelo –río, y él pone su mano en mi
cadera, pero no relaja el brazo.
Entonces me doy
cuenta de que no sé dónde estoy y mi dignidad se va de golpe.
-¿Sabes salir de
aquí? –pregunto.
-Sí –responde
con rapidez-. Tenemos que tomar este pasillo, luego a la derecha y luego a…
-Vale tú nos
guías –le corto, puesto que había empezado a hablar a mucha velocidad y no
entendí ni la mitad de lo que dijo.
Jolsan asiente y
comenzamos a caminar. A pesar de la pierna de Jolsan avanzamos rápido.
Recorremos un largo pasillo hasta llegar a unas escaleras. Nos retrasamos
bastante en las escaleras, Jolsan tiene que saltar con la pierna herida
flexionada peldaño a peldaño, pero cuando tocamos el suelo del siente corredor
volvemos a retomar el paso. Tengo tantas preguntas que hacerle, tantas
preguntas sin respuesta… pero ahora no se me ocurre ninguna. El día que nos
conocimos fue raro, él estaba herido y yo estaba asustada, una mezcla poco
productiva. Yo tenía mi cabeza a punto de estallar por todas las preguntas que
me apretaban el cerebro cuando de repente apareció Jolsan y más preguntas me
martillearon la cabeza. Él me dijo que le recordaba a alguien, en concreto a
una niña pequeña que murió. No sé qué pensar sobre eso. No sé qué pensar porque
cuando me contó la historia sentí algo raro, algo se escondido se movió dentro
de mí. Me resultó familiar, la historia y Jolsan. Cuando Jolsan dijo su nombre
esa palabra taladró mi cerebro una y otra vez hasta que caí vencida en la cama.
Lo había escuchado antes, su nombre, y la historia me resultaba familiar. Lo
más seguro es que tal vez esa niña sea de mi ciudad y la haya escuchado por las
calles, en una ciudad pequeña no hay secreto; aunque no estoy muy segura.
Y ahora había aparecido
una pregunta más, pero esta vez no la dejo pasar. Empiezo a unir cables y una
bombilla se enciende sobre mi cabeza por primera vez en semanas. Ahora todo
encaja.
-Della es la
niña de la historia –suelto.
Jolsan se para bruscamente,
con los ojos muy abiertos, como si hubiese visto a un fantasma. No me mira,
mira hacia delante pero sin llegar a ver nada; yo me quedo parada mirándole. No
pienso moverme hasta que me diga una respuesta.
Finalmente suspira,
cansado y asiente. Yo suelto el aire que no sabía que estaba reteniendo de
golpe. La niña muerta se llamaba Della. La niña que le recordaba a mí. Ahora
entiendo el significado de lo que dijo después. No pude salvarte. La niña
murió a manos de un grupo de guardias además de la madre. No pude salvaros. Él se culpa porque no estuvo con ellas. Porque no
las salvó, a Della y a su madre. Pero si él hubiese estado allí también hubiese
muerto. Aunque mirando como está ahora, la muerte no parece tan mala.
-No fue tu culpa.
Jolsan me mira y niega
con la cabeza.
-Lo fue
–responde con voz ronca-. Ella me esperaba, las dos me esperaban. ¿Sabes? Se
suponía que ese día iba a ir a cuidarlas pero me quedé dormido –se restriega la
mano contra la cara y se estremece. Estalla en risas rotas -. Me quedé dormido.
¡Dormido! Y por eso están muertas.
-Si tú hubieses
estado con ellas estarías muerto –replico-. No hubieras podido hacer nada
muerto.
-¡PERO HUBIERA
LUCHADO! –Su reacción me sorprende tanto que me echo hacia detrás. Aprieta la
boca hasta que su boca es una fina línea y respira-. Hubiera luchado -dice en
un tono más bajo-, aunque hubiese muerto al final. Al menos hubiese hecho algo
para impedirlo. Pero no lo hice y ahora yo estoy vivo y ellas no. Nunca me lo
perdonaré. Y él tampoco. Aunque me
dijo que me había perdonado yo sé que no. Nunca me perdonará haber matado a su
familia –habla como si estuviese hablando consigo mismo, no conmigo.
-¿Él, quién?
–pregunto, pero se queda callado y sé que no va a hablar más. Resoplo y volvemos
a reanudar el paseo.
Cuando estamos
torciendo un pasillo oímos voces de fondo y tenemos que escondernos debajo de
una escalera. Hasta que las voces no se apagan por completo no seguimos
caminando. Jolsan intenta coger pasillos por los que poca gente pase pero aun
así no nos libramos de que alguien pasara por alguno de vez en cuando.
-¿Por qué iban a matarte
Jolsan? –pregunto.
Él se para de repente
e, inconscientemente, baja la mirada a su pierna herida. Algo me empuja, como
si su dolor pasase por mí, tan profundo que duele. En este momento parece tan
pequeño, tan insignificante que le agarro más fuerte por miedo a que se caiga.
Aprieto los dientes con fuerza cuando recuerdo lo que le hicieron los guardias.
-¿Por qué?
–insisto mirándole a los ojos.
Jolsan levanta la
cabeza con lentitud y me mira con los ojos vidriosos.
-Porque escuché
lo que no debí escuchar.
-¿A qué te
refieres? –Pregunto, con una nota de urgencia en la voz.- ¿Qué escuchaste?
No contesta, se queda
con la boca apretada en una fina línea mirándome. Y sé que está haciendo: me
está evaluando para ver si puede confiar en mí. Le sostengo la mirada con
decisión. Entiendo su postura, yo tampoco confío en nada, y menos aquí. Y
encima viendo todo lo que le han hecho es difícil confiar aunque sea un poco.
Pero si después de todo lo que he hecho por él no confía en mí aunque sólo sea
una pizca no sé qué más puedo hacer.
Jolsan suspira y abre
la boca, la cierra rápidamente y me mira.
-Se están
revelando –murmura.
-¿Quiénes?
-Todos –dice-.
Al principio sólo era un grupo pequeño de personas que pensaban diferente pero
ahora esto se ha extendido y son
muchos, muchísimos más. Allá afuera están pasando cosas y nadie dice nada. El
mundo está cambiando, Isia, ahora hay gente que lucha. Se llaman así mismos los
Ángeles Vengadores, y su líder es el Ángel de las Sombras. Están desesperados
por encontrarle, nadie sabe quién es ni de dónde procede, pero él provocó
muchos incidentes y, por lo visto, salvó a muchas personas. Aunque los Superiores
lo ven como un traidor y le han puesto precio a su cabeza. Él fue el principio
de todo, por lo que parece, y ellos han seguido sus pasos. Están preparando una
guerra, Isia –añade en un tono más bajo-. Una guerra. Se les está yendo de las
manos. El mundo se está viniendo abajo, y
nadie cuenta nada.
Esta vez es Jolsan el que
me agarra más fuerte para que no me caiga, y se lo agradezco. Mis rodillas
tiemblan amenazando con arrastrarme al suelo. Jolsan me mira con los ojos
abiertos, esperando que diga algo, que haga algo, pero no puedo moverme. Noto
como la sangre se va de mi rostro y el aire se esfuma de mis pulmones. Una
guerra. Va a haber una guerra. La gente se está revelando, está pasando lo que
siempre quise que pasara. Y su líder es el Ángel de las Sombras. Quien explotó
la plataforma de ejecución, quien salvó a un delincuente sin razón y a su mujer
de la muerte, quien luchó contra dos guardias provocando la muerte de uno de
ellos, quien atacó a tres guardias y salvó a una fugitiva. Quien fue enviado
como Elegido en vez de su hermano: yo. Y me están buscando. Incluso pagan para
que me maten. Mi boca se abre y suelto el poco oxígeno que me queda en el
cuerpo. Ya lo han intentado. Han intentado matarme y han fallado, eso quiere decir
que quien lo haya hecho no va a parar hasta conseguirlo. Eso quiere decir que
alguien sabe quién soy. ¿Pero y si no es sólo alguien? ¿Y si lo sabe más
personas? La idea de un grupo de sanguinarios buscando la forma de matarme se
me clava en la espalda como cuchillos afilados.
Y lo peor de todo es que no
puedo salir de aquí. Estoy encerrada en mi propia tumba.
Me paso la lengua por los
labios y respiro profundamente. No puedo venirme a bajo ahora, no cuando Jolsan
es un fugitivo y todavía nos falta un trecho para salir de aquí. Ya podré
derrumbarme cuando Jolsan esté a salvo.
-Jolsan tenemos
que correr. Tienes que salir de aquí. Si te encuentran te matarán, o algo peor.
Así que vamos –digo empujándole delicadamente en el hombro.
Jolsan me mira unos
segundos y empieza a cojear más rápido. Después de recorrer un largo pasillo y
pasar por un jardín interior llegamos a una escalera. Jolsan se para delante de
la pared y yo me quedo mirando sin entender. Tantea con las manos sobre la
pared y entonces se escucha un crujido metálico. Mete la mano por una ranura
que se ha formado de repente y tira hacia afuera. Se desprende un trozo de
metal que antes parecía ser pared, y cuando Jolsan coloca el trozo de metal a
un lado veo que hay una puerta
escondida.
Jolsan apoya una mano
sobre la superficie de la puerta y con la otra tira de una palanca plana. La
puerta se abre con un chasquido y Jolsan empuja. Tras la puerta hay un jardín, el
jardín que rodea el edificio. Jolsan atraviesa la puerta y le sigo. Estamos
fuera.
El aire me acaricia la
cara y por primera vez en días me siento libre. Soy libre. He salido del
edificio.
-¿Cómo sabías de
esta puerta? –pregunto.
-Yo sé muchas
cosas –responde solamente.
Ahora que ya no está
enjaulado en el Santuario Jolsan parece más joven, como si se le hubiese
quitado diez años de encima, y ya no está tan encorvado. Tiene los ojos
cerrados y la cabeza hacia atrás dejando al aire pasar por él. Ahora que lo
pienso realmente apenas sé nada sobre él. No sé cómo llegó a acabar aquí, ni
cómo era su vida pasada, ni siquiera sé su edad. Solo sé que se llama Jolsan y
que tuvo una historia con la muerte de una niña y su madre.
-Isia -susurra y doy un respingo al escuchar mi
nombre.
Jolsan ya no tiene los ojos
cerrados, está delante de mí mirándome. Su cuerpo sigue lleno de heridas pero
parece no importarle ahora, incluso apoya el pie herido. Se ha limpiado la
sangre de la nariz con la manga y su rostro ahora es sereno y fuerte.
-Tengo que irme
cuanto antes, ellos me están buscando. Pero antes quiero darte las gracias –se acerca
y coloca ambos brazos sobre mis hombros-. Me has salvado la vida, pequeña Isia.
Antes de conocerte lo único que quería era morir y abandonar este mundo, pero
tú me hiciste cambiar de idea. Ahora escúchame: te están vigilando. Lo hacen
todo el tiempo. Pero no puedes caer en sus redes. Lo que están haciendo supera
los límites humanos, así que tienes que salir de aquí cuanto antes. Hay alguien
que va a por ti, así que el tiempo apremia. No confíes en cualquiera, porque
puede ser uno de ellos. Hay muchos espías, incluso en el grupo de Elegidos. Para
ellos eres una amenaza, Isia, y una de las grandes. Superas el modelo que ellos tienen de las mujeres,
y eso no es bueno para su sistema. Superas el modelo de cualquier humano. Por
eso ellos intentarán destrozarte de todas las maneras posibles hasta que
caigas, pero debes aguantar. Yo sé que puedes.
-¿Por qué
sabiendo la existencia de la puerta no escapaste antes? –pregunto con voz
tensa.
-Porque antes
sólo quería morir, pero tú me has dado la esperanza para seguir viviendo.
Jolsan se mete la mano dentro de un
bolsillo del pantalón y saca una tira de tela. Coge mi muñeca y ata la tira alrededor.
En la tira hay dibujadas torpemente muchas rosas a lo largo de la tela, formando una fila. Están
muy mal hechas, como si lo hubiese hecho un niño pequeño.
-Ésta pulsera me
la dio Della, y ahora yo te la doy a ti.
Le miro con la boca entreabierta y
miro la pulsera.
-No, no puedo quedármela,
no…
-Sí vas a quedártela,
es mi regalo por todo. Cuando ella me la regaló me dijo: ‘mientras la lleves te
protegerá y yo siempre estaré contigo’. A mí no me ha dado mucha suerte pero sé
que a ti sí. Me recuerdas a Della, tan fuerte y tan bella. Siempre ayudando a
los demás. Siempre ayudándome a mí. Así que mientras lleves esto te protegerá y
nunca estarás sola, yo te ayudaré desde la distancia, como tú me ayudaste a mí.
Posa la mano sobre mi muñeca unos
segundos y se da la vuelta.
-¿Y ahora qué
vas a hacer? –pregunto elevando la voz para que me oiga.
Se da la vuelta y, con una
sonrisa, dice:
-Hacer lo que
debería haber hecho hace tiempo: luchar.
Y desaparece entre los árboles.
Yo me quedo de pie, mirando a
los árboles por donde Jolsan ha desaparecido. Siento la tira de tela en mi
muñeca quemándome la piel por dentro. Y
cuando el viento me alborota el pelo vuelvo a sentirme sola, ahora más que
nunca.
Intentarán destrozarte de todas las maneras
posibles hasta que caigas.
Alargo la mano al rectángulo de metal que
descansa sobre mi pecho y aprieto fuerte. El cielo está tan azul que parece un
río lleno de nubes. Todo está en calma, salvo por el ruido del viento que
retumba en mi oído. Sé que debería dar la vuelta y volver, sin embargo no me
muevo ni un centímetro. Estoy fuera, puedo correr y escapar y salir de aquí.
Adiós a la presión y a las pesadillas. Sólo unos cuantos pasos hacia delante y
soy libre.
Me doy la vuelta
y avanzo hacia la puerta.
Todavía me
quedan cosas por hacer.