-Olvidad todo lo
que creéis, porque todo eso va a cambiar.
Una sonrisa
traviesa aparece en la cara de Noah y, acto seguido, algo pasa. La
gran sala de entrenamiento cambia. Las estructuras que había
repartidas por la sala empiezan a fundirse con el suelo hasta que
desaparecen por completo, el ruido de un mecanismo resuena, luego un
ruido seco y resonante, las luces de la sala empiezan a parpadear. Y,
a continuación, la oscuridad aparece. Vino como una ola de agua
negra, con furia, y chocó contra una barrera invisible en medio de
la sala que paró el impacto. Pero la ola no se fue ni se dispersó;
se quedó impregnada en la barrera. No sé como lo hicieron, pero la
única explicación que puede ser más o menos cierta es que al
chocar la ola contra la barrera se solidificó y se quedó incrustada
en el cristal. Desconozco si es o no cierto pero no puedo dejar de
observar lo que se alza ante mis ojos.
Ese lado de
la sala está completamente a oscuras, o al menos eso parece. La sala
parece haber sido engullida por la oscuridad. No se puede ver nada,
parece como si hubiesen pintado la barrera de color negro.
Entrecierro los ojos y me acerco a la baranda pero no consigo ver
nada más. ¿Qué habrá allí? Da la impresión de ser una simple
habitación a oscuras pero después de ver lo que la ola ya nada
parece normal. Algo hay ahí.
Toda
la grada está paralizada. Muchos de ellos se han alejado hasta la
escalera, seguramente porque pensaban que la ola les iba a engullir.
Los demás Elegidos no se mueven, están agazapados en sus asientos o
de pie, incapaces de despegar la vista. Otros han reaccionado como yo
y se han acercado más a la barra para intentar ver algo, pero por
las caras de todos tiene pinta que sin éxito.
-¿Qué
ha pasado? -pregunta Dainel a escasos centímetros de mi oreja.
-No
tengo ni idea.
Noah
había dicho que empezaríamos con la preparación física.
Francamente, éste no es el tipo de preparación física que pensé
que sería. Por lo que he escuchado los entrenamientos que se les
hacía se basan en flexiones, pesas como montañas, carreras por
terrenos dificultosos durante horas y lanzamientos de objetos
pesados. Necesitaríamos suerte para que nos pongan a hacer
flexiones. Algo me dice que esa preparación era el principio de la
verdadera preparación, una base para que tengan con que luchar en la
verdadera realidad.
La
realidad de ahora es esta: la oscuridad.
-Podéis
luchar contra lo que conocéis, pero no contra lo que teméis
-explica Noah-. ¿Y qué es lo que más teméis? No saber a lo que os
enfrentáis. Lo desconocido siempre ha sido el miedo de los hombres
-su voz se apaga por unos instantes y,aunque no le estoy mirando, sé
que está sonriendo-. Vuestra preparación física será enfrentaros
a la oscuridad.
No
sé si fue la realidad de las palabras de Noah lo que me produjo una
sensación de frío que me traspasó los huesos o la incertidumbre
que me produce no saber que se oculta en el otro lado de la sala.
Todo
lo que había dicho Noah es cierto. No sabemos luchar contra aquello
que no conocemos.
Aunque
en mi caso, eso no es del todo cierto. Hubo un tiempo en el que le
tenía miedo a la oscuridad, pero ese tiempo se fue.
Después
de aceptar mi situación me conciencié de que para sobrevivir
tendría que hacer muchas cosas, y una de ellas sería aprender a
vivir cuando el sol ya no brilla sobre el cielo. Cuando solo tenía
nueve años robé un trozo de pan de una tienda de las afueras. Ese
tiempo fue durante una de las muchas crisis financieras que destruían
la ciudad, pero, a diferencia de las muchas otras, esa fue la peor.
El trabajo de mi padre fue más duro, tenía que trabajar más horas
durante más días, las condiciones eran peores, muchas personas
resultaban heridas con gravedad por realizar el trabajo, mi padre por
poco pierde una pierna y otras partes del cuerpo, pero luego no
recibía ningún pago por ello. Nadie lo hacía. Eso ocasionó que la
comida se convirtiese en mi casa en algo invisible, ni la teníamos
ni se veía por la ciudad. Muchos decían que algo estábamos
haciendo mal para que los Superiores nos estuviesen castigando de
aquel modo, yo pienso que sólo querían vernos sufrir y morirr de
hambre y desesperación.
En
ese tiempo murió mucha gente, no a manos de los guardias, no
físicamente, claro, pero sí murieron por su culpa. Por el hambre,
por la desesperación, por la ausencia de esperanza. Aquellos fueron
días oscuros. El mundo parecía llegar a su fin, y nadie hacía nada
para remediarlo.
Yo
en aquel entonces ya había cambiado, ya había dejado atrás a la
Isia débil para centrarme en mi fortaleza, pero, también, en aquel
entonces me moría de hambre. Solía pasear por las calles buscando
algo que llevarme a la boca pero todo acto era sin éxito, y en mi
casa no tenía mejor suerte. Mi padre llegaba a las tantas de la
noche con la cara gacha y llena de heridas pero sin nada en las
manos. Entonces, un día, mientras me alejaba de la ciudad para huir
de la tristeza de la realidad encontré una panadería. O algo
parecido a una. Yo solo vi una construcción con trozos de pan en la
entrada. Me agazapé tras la pared y esperé a que el panadero se
diese la vuelta para luego correr y llevarme un trozo de pan en las
manos. Corrí todo lo rápido que pude, todo lo que mis débiles
piernas me permitieron, pero, desgraciadamente, el panadero me vio y,
en vez de tener un poco de misericordia por una niña pequeña
hambrienta, llamó a voces a los guardias gritando ladrón.
Los guardias me persiguieron por
toda la ciudad. Tuve que aguantar, muchas veces me caí porque mis
piernas no aguantaban más, pero me levantaba y seguía corriendo
como podía. A duras penas pude engañar a los guardias y perderme
por las calles hasta que dejaron de perseguirme. Encontré un
escondite bajo una alcantarilla y allí me metí, dentro de la mugre
y la suciedad del submundo. Allí pasé la noche, echa un revoltijo
en una esquina que posiblemente en un tiempo fue un nido de ratas. No
podía salir de allí, porque cada vez que miraba a través de la
rendijas de la alcantarilla escuchaba voces de fondo que gritaban. No
sabía si esas voces eran de los guardias, o si seguían buscándome
hasta por la noche, pero yo me quedé allí por si acaso. En la
alcantarilla había todo tipo de ruidos, y yo no supe clasificar
ninguno. Yo no veía nada, sólo podía escuchar y rezar para que no
se le ocurriera a lo que sea que viviese allí acercarse a mi
esquina. Muchas veces algo me rozaba la pierna, yo pataleaba en la
oscuridad alejando a lo que quiera que se acercaba. Fue una de las
noches más largas y horribles de mi vida, pero aprendí a vivir en
la oscuridad, sin saber que es lo que te rodea. A partir de ese día
salí más veces de noche y me alejé a las afueras para internarme
más en la oscuridad de la noche. A causa de eso, sufrí varias
heridas graves y roturas por los lugares en los que me internaba pero
eso solo fue un daño colateral. Nunca le conté a nadie lo que hacía
todos esos días que desaparecía, pero tampoco es que le importase a
nadie.
Así
aprendí a valerme por mi misma y a sobrevivir sin la ayuda de
nadie. Y lo más importante: a convertirme en otra sombra de la
oscuridad.
Siento
sobre mí la pesadez de una mirada y me doy la vuelta. Los ojos de
Noah están mirando hacia arriba, hacia la fila donde me encuentro,
pero no mira hacia mi. Está mirando algo un poco más abajo, con el
semblante lleno de ira. Sigo el camino de su mirada y descubro lo que
le irrita. No me había percatado, ni había sentido su tacto, pero,
tal vez, mientras la ola avanzaba amenazando con engullirnos, Dainel
me había cogido la mano. Nuestras manos cogidas descansaban encima
de mi muslo. Miro de reojo a Noah, pero él ya no está mirando
nuestras manos, me está mirando a mí, con un brillo en los ojos que
no logro entender.
Noah
aparta la mirada con un gesto irritable y me doy cuenta de una cosa.
Reconozco ese brillo. Me muerdo el labio inferior en un vano gesto de
retener la risa. Celos. Noah está celoso. El súper increíble e
indestructible Noah está celoso de un simple Elegido.
Noah
comienza a andar con paso firme y sin mirar a nadie hasta la
separación de la sala, se vuelve en nuestra dirección. Pasa la
vista por todos nosotros, y por mí. Sólo unos segundos, pero
suficientes para ver que ese brillo de celos sigue ahí y que aumenta
al mirar a Dainel.
Todavía
seguimos cogidos de la mano. A pesar de ir en contra de mis
principios no se lo he reprochado. También, porque nunca nadie me ha
cogido de la mano. Y tener la mano de Dainel sobre la mía me
transmite, de una manera u otra, seguridad. Además, he encontrado el
punto débil de Noah, y si esto tanto le irrita va a tener que
aguantarlo.
Noah
cierra los ojos un momento y, un segundo después, los vuelve a
abrir. El brillo de celos ha desaparecido, pero ha sido suplantado
por la ira.
Noah
dice:
-Vamos
a empezar. El entrenamiento de hoy será individual. Uno por uno
tendréis que entrar en el Cuadrado y pasar con éxito lo que os
espera dentro -sonríe para sí y, tras un momento, me mira-. Las
señoritas primero.
Todas
las miradas se vuelven hacia mí en menos de una décima de segundo.
Sin mirar a Dainel aparto la mano y bajo las escaleras con paso
decidido. La verdad es que estoy asustada porque no sé qué es lo
que me depara dentro, pero dejo el rostro impasible. Nadie debe saber
nunca que tengo miedo.
Atravieso
la distancia que nos separa y me coloco a su lado, esperando órdenes.
-Entra,
vamos a ver de qué eres capaz cuando no ves nada, preciosa.
Le
miro por una última vez y traspaso el límite. En cuanto lo cruzo
una especie de barrera invisible me traspasa. Me quedo durante unos
segundos sin aire pero se me pasa y el oxígeno vuelve. No veo nada.
Me doy la vuelta pero no encuentro más que una capa negra, ni rastro
de Noah ni de los demás.
Estoy
encerrada.
Muevo
los brazos, tanteando la oscuridad, en busca de algo que me rodee.
Pero no hay nada a mi alrededor. Intento recordar cómo de grande era
la sala, pero no sé con exactitud cuánto. Lo peor es que no puedo
verlo. No sé si han cerrado alguna parte de la sala, o si la han
agrandado, o si todavía queda agua por la ola, o si realmente hubo
agua. No sé nada.
No puedes
tener miedo. Cierro los ojos y
respiro lentamente, centrándome sólo en mi respiración. Poco a
poco se va estabilizando y los latidos de mi corazón van
decreciendo. Esto es sólo otra de las actividades
nocturnas en la ciudad, nada es diferente.
Pero
algo me dice que lo es.
Relajo
los brazos y me quedo en silencio, esperando. Un sonido resuena a lo
lejos. Es una especie de pitido, un pitido que se multiplica cada dos
segundos y luego se apaga durante dos segundos más. El pitido cada
vez se escucha más cerca, se está aproximando a mi situación.
Respiro. ¿Qué es ese sonido? Algo me dice que esto no va bien. El
pitido llegará en unos segundos. En ese momento algo peludo me roza
la muñeca. No hago ningún movimiento. Mi corazón vuelve a latir
fuerte en mi pecho. Respiro lentamente. Un sonido minúsculo se une
al pitido, el sonido de unos pasos sigilosos y acechadores. Siento
que algo me rodea, pero sigo sin moverme. Dos segundos. El pitido
resuena más cerca. Algo me toca la otra muñeca. Dos segundos. El
pitido vuelve a sonar y, esta vez, lo reconozco.
No
pueden estar hablando en serio.
Dos
segundos.
Uno.
Con
un movimiento rápido me agacho y me protejo la cara con los brazos.
El pitido explota y un fogonazo de luz roja estalla. Algo grita,
acompañando a mi propio grito, y espero. Cierro los ojos todo lo
fuerte que puedo y me protejo la cara con los brazos y el pelo, sin
embargo, la luz se filtra por los recovecos y me quema los ojos.
Empiezo a llorar sin darme cuenta. Aprieto la cara contra mis brazos
pero no para. Los ojos me escuecen como el infierno.
A
través de las rendijas de mi pelo observo lo que ha gritado. Nunca
había visto algo igual. Es un animal, tan grande que me tiene que
llegar a la altura de la cadera, está forrado de un pelo color caoba
y no tiene orejas. Tiene la boca abierta, de la que salen unos
colmillos del tamaño de mi pie. Tiene sus ojos puestos en el lugar
del que proviene la luz y la mira, amenazante. No le afecta lo más
mínimo.
La
luz se apaga. Sigo sin moverme. Otro pitido.
Dos
segundos. El animal emite un gemido y sus colmillos chirrían.
Dos
segundos. Separo los brazos de la cara y apoyo las manos en el suelo.
Dos
segundos. Abro los ojos y veo unas pequeñas luces que parpadean a lo
lejos.
Uno.
Con
la ayuda de las manos me impulso hacia el animal y me tumbo detrás
de él. El pitido explota otra vez y una lengua de fuego aparece de
entre la oscuridad. Los ojos del animal se encuentran con los míos
al tiempo que el fuego se estampa contra su cuerpo. Sus ojos son
rojos, tan rojos como la sangre y me miran, tan intensamente que me
duele la cabeza. Me empujo hacia atrás con los brazos, me alejo del
cuerpo en llamas. El animal se retuerce en el suelo, intentando
desprenderse del fuego. Grita y grita, corre, salta, se restriega
contra el suelo pero el fuego no se apaga. Sus lamentos resuenan por
todas partes hasta que deja de moverse.
Cierro
los ojos un momento y controlo mi respiración. No puede estar
pasando esto. Esto no puede ser parte del entrenamiento. Algo va mal.
Desde
mi posición observo el cuerpo muerto del animal, todavía envuelto
en llamas. De repente siento pena por el animal. Sin darse cuenta me
ha salvado la vida, y yo he destrozado la suya para salvar la mía.
Escucho
un chasquido. De repente algo se me clava en el brazo y me traspasa
la carne profundamente. Un dolor punzante me traspasa y caigo de
espaldas. Tanteo con las manos y encuentro el artilugio que se me ha
clavado en el brazo. Una flecha de metal. Me incorporo y trago
saliva. Respiro lentamente y, con un movimiento, tiro de la flecha.
El dolor me llena por todas partes y me muerdo el labio hasta que
empieza a sangrar. La flecha sale de mi carne y la suelto.
Súbitamente,
otro chasquido suena a mi derecha, pero esta vez me aparto a tiempo.
Me deslizo hacia delante y ruedo en el suelo. Mi brazo herido toca el
suelo y grito.
Esta
vez no suena un chasquido, no suena nada. Todo se queda en silencio.
Me quedo quieta, con una mano apoyada en el suelo y otra tapándome
la herida. Un mecanismo empieza a moverse y el suelo empieza a
vibrar. Todo se para y se queda en silencio, sólo se escucha mis
respiraciones rápidas.
Entonces
el suelo vuelve a vibrar, esta vez más fuerte. El suelo cede y mis
piernas caen. Mi grito rompe la oscuridad. Tengo medio cuerpo en el
vacío y el otro medio en lo que queda de suelo. Intento impulsarme
con las manos pero empiezo a resbalarme.
Mi
grito sigue resonando, como un eco eterno, y me estalla los oídos.
Busco con los pies algo en lo que apoyarme pero no hay nada, solo
vacío y oscuridad. Mis manos siguen resbalándose por el suelo
lentamente y mi cuerpo cada vez cae más. Mi brazo no para de
sangrar. El suelo empieza a convertirse en una superficie áspera y
me araña los brazos. Aprieto los brazos contra el suelo, algo
parecido a cuchillas minúsculas se me clavan en la piel pero dejo de
deslizarme por el suelo. Tengo todo el cuerpo en el vació salvo los
brazos. Tomo una buena bocanada de aire, presiono más fuerte los
brazos contra el suelo y, con un grito, me impulso hacia arriba. Por
un momento empiezo a salir, pero el brazo me falla y caigo de lado
deslizándome más hacia el vacío. Las cuchillas se me clavan de
nuevo en la piel. Intento pedir ayuda pero sé que nadie va a venir a
ayudarme. Estoy sola.
Mi
corazón late tan fuerte que parece que va a salir de mi pecho. La
ansiedad me envuelve y me cuesta respirar y pensar con claridad. No
puedo dejar que me pase esto. Vuelvo a respirar y clavo de nuevo los
brazos en el suelo. Mi brazo me pide a gritos que pare pero hago un
último esfuerzo. Con ayuda de las manos me impulso más fuerte y
consigo sacar todo el cuerpo. Caigo al suelo y el eco de mi grito se
para súbitamente.
Sigue
brotando sangre de la herida de la flecha, la noto deslizarse por mi
piel y llegar al suelo. Mi cabeza da vueltas, y ya no sé si estoy
despierta o todo esto es un sueño. Siento como si mi cuerpo flotase,
ya no escucho a mi corazón latir, ni me duele al respirar. En ese
momento no sé si estoy muerta o si sigo viva, no me importa la
respuesta. La sangre abandona mi cuerpo y se desliza por mi piel,
recordándome que estoy muriendo. Pequeñas luces empiezan a brillar
en el techo. Recuerdo el cielo de mi antigua ciudad. Mis pulmones
arden.
Entonces
suena un pitido. Pero esta vez no hay segundos.
Una
bola de fuego atraviesa la oscuridad hacia mí, y caigo hacia atrás.
Me levanto y otro pitido suena. Otra bola de fuego atraviesa y corro,
esquivándola por poco. Sigo corriendo, otro pitido, otra bola de
fuego aparece muy cerca de mi, giro. Mis piernas empiezan a ceder y
por poco me caigo al suelo justo encima del fuego. Pero ruedo en
dirección contraria. El fuego me rodea por todas partes y yo busco
una salida.
Un
nuevo pitido suena, pero esta vez más fuerte, y el fuego lo rodea
todo. Mis piernas ceden y caigo al suelo al tiempo en el que algo me
atraviesa dejándome sin respiración.
Escucho
voces a mi alrededor pero no entiendo lo que dicen, solo pienso en el
fuego y en las estrellas de mi antigua ciudad. Y mi mente se apaga.
Vuelvo
a estar en la oscuridad. Solo hay silencio. No puedo respirar,
intento moverme pero no puedo. Grito pero no sale ningún sonido de
mi garganta. Estoy sola.
Te
dije que nadie iba a quererte nunca, y tú solo has empeorado las
cosas.
Quiero
gritar que no es verdad pero no puedo hablar. Estoy atrapada en mi
propio cuerpo. No sé si tengo los ojos cerrados o es que estoy
rodeada de oscuridad, pero no puedo ver nada.
Unos
brazos me rodean y me aprisionan. Intento revolverme y pelear pero mi
cuerpo no se mueve. Le grito a mi cerebro que haga algo pero no me
escucha. Los brazos me aprietan más fuerte y me dejan sin
respiración. Algo se aprieta contra mi. Intento alejarle pero sigo
sin moverme.
Te
lo dije, y mira cómo has acabado.
Entonces
algo se me clava en el estómago y se hunde en mi carne. Noto como el
oxígeno desaparece de mis pulmones y como mi sangre empieza a
derramarse. Los brazos me sueltan y caigo. Mi cabeza choca contra
algo duro y mi cerebro estalla. El cuchillo choca contra el suelo a
unos centímetros de mi.
Te
has matado a ti misma, Isia.
Una
leve luz sale de entre la oscuridad e ilumina por un segundo el
rostro del asesino, que me mira desde arriba. Es mi rostro.
Mi
corazón se para.
-Isia,
despierta. ¿Me escuchas? Por
favor, despierta. Vamos.
Escucho esa
voz, y luego mis gritos. No puedo dejar de gritar, no puedo. Siento
una y otra vez el cuchillo clavándose en mi estómago. En mi cabeza
sus palabras están grabadas a fuego y me persiguen. Te has matado
a ti misma.
Y
luego aparece mi rostro. Es el mío, pero no del todo. Parecía que
una parte de mí se hubiese ido y fuese reemplaza por otra
completamente distinta. Mis ojos eran distintos. Me miraban, serenos,
miraban como me desangraba y como abandonaba todo rastro de vida. Mis
ojos estaban llenos de oscuridad, oscuridad y tinieblas. Y luego
estaba esa sonrisa. Mi sonrisa.
Yo estaba sonriendo,
me estaba sonriendo. Sonreía
mientras me moría. Pero no era mi sonrisa, era otra completamente
distinta. Era una sonrisa rota, vacía, parecía como si se me
hubiese desencajado la mandíbula y me la hubiesen colocado mal. Era
siniestra, como si me alegrase por morir, como si me alegrase por
matarme a mi misma.
Solo veo un
borrón blanco. Miro a todas partes pero no consigo ver nada. Por un
momento pienso que estoy muerta. Pero siento como el aire entra por
mis pulmones pesadamente y como mi corazón late rápidamente. Y no
dejo de gritar, no paro hasta que noto como una lágrima se desliza
por mi mejilla. Entonces paro y me tapo la cara con las manos para
dejar de llorar.
Pero no
puedo. Me presiono más fuerte la cara y rezo para que pare. Escucho
gritos a mi alrededor y mi nombre, pero no respondo. No puedo hablar.
Mi cuerpo está paralizado por el miedo.
Para,
deja de llorar. Todo está bien, estás bien.
Pienso
en el cielo de mi antigua ciudad, en las estrellas. Y dejo de llorar.
Pestañeo
varias veces y el borrón desaparece. Me aparto las manos de la cara
y veo a Palham. Sus ojos me miran, asustados, buscando un signo de
que estoy bien. Está despeinado y gotitas de sudor se han quedado
impregnadas en su frente.
Una cosa me
sorprende: el terror y la preocupación en sus ojos. ¿Qué ha
pasado?
-Isia, tranquila,
por favor. Estás bien, todo está bien. Sólo era una pesadilla
-susurra, pero yo no le creo.
El cuerpo de
Palham sigue en tensión, tiene las manos apoyadas en la camilla para
estar más cerca de mí. Me mira unos minutos y, entonces, se relaja.
Suspira lentamente y me mira una vez más. Me mira como si pudiese
ver a través de mis ojos, como si todos sus demonios se
arremolinaran entorno a mí, como si yo fuese una muñeca rota que no
se puede reparar; me mira como si él estuviese al borde del abismo y
yo fuese su única salvación. Alarga la mano y la coloca encima de
mi mejilla. Me da la caricia más triste del mundo: apenas tocó mi
piel unos segundos, pero a través de sus dedos pude sentir un dolor
lejano y un cariño que nunca he sentido en toda mi vida. En ese
momento llego a pensar que Palham me conoce, no sé como pero lo
hace. Y me siento desnuda.
Sus ojos me
miran, pero no a mí. A una
persona muy lejos de aquí.
Aparta
la mano segundos más tarde y se aleja unos metros. Tengo una mala
intuición.
-¿Qué
ha pasado?
Palham
no responde, ni me mira, sólo mira a la pared. Aprieta los puños y
sus ojos se llenan de ira.
-Alguien
ha amañado tu entrenamiento, Isia -contesta, con furia.
Al
principio no lo entiendo, la cabeza me da demasiadas vueltas para
llegar a comprender nada. Pero luego caigo en la cuenta de sus
palabras.
-Todo
lo que sufriste, la luz, el animal, las flechas, los agujeros y las
bolas de fuego no era parte del entrenamiento. No es parte de ningún
entrenamiento -explica Palham-. El verdadero entrenamiento consistía
en que tendrías que protegerte y luchar en la oscuridad contra unos
guardias que llevarían gafas con visor nocturno. Los guardias que
debían estar en el Cuadrado y atacarte han desaparecido. No sabemos
dónde están, pero los encontraremos. Alguien ha amañado el
entrenamiento para que no sea lo que tendría que ser. Alguien había
preparado todo eso para que murieses, si no en una prueba en otra -su
voz se apaga y me mira, incrédulo-. Pero sobreviviste.
La
pesadilla vuelve a reproducirse en mi cabeza, con el complemento de
tres palabras: alguien quiere matarme.
El
cuchillo, una y otra vez, estoy muerta. Estoy sola, sin fuerzas, mi
cabeza.
De
repente tengo unas ganas
infinitas de correr. De huir. De escapar de todo este lugar, de mis
pesadillas, de mí. Intento levantarme, y el borrón vuelve. Además
de dolor. Todo empieza a girar de nuevo.
-Eh, tranquila,
no te muevas -susurra-. Todavía no estás curada.
Palham me
empuja suavemente sobre los hombros para que me recueste. Pero
necesito huir. Me presiono la
frente con la mano y respiro lentamente, me tranquilizo mentalmente.
Voy a huir, lejos, muy lejos, pero en el momento adecuado. Sólo
necesito esperar. Ese momento llegará, y me iré. Nadie podrá
detenerme. En el momento adecuado.
Pero
por el momento tengo un problema con el que lidiar: alguien ha
intentado matarme, y me da la impresión de que no va a parar hasta
conseguirlo.
Palham
se sienta en un lado de la camilla y dice:
-Mientras
estabas en el Cuadrado no sabíamos lo que estaba pasando. Se suponía
que saldrías en dos minutos, pero esos dos minutos pasaron y tu no
saliste. Y, de repente, escuchamos tus gritos. Intentamos sacarte de
allí pero quien haya amañado tu entrenamiento se las ha arreglado
para que no pudieses salir de ahí de ningún modo. Hicimos todo lo
que pudimos a pesar de que no sabíamos que demonios estaba pasando.
Llamamos a más guardias para que buscasen la forma de sacarte, Jark
intentó meterse dentro pero el asesino también se las había
arreglado para que nadie pudiese entrar. Estábamos desesperados, tú
no parabas de gritar. Entonces atravesaste la barrera y caíste
inconsciente llena de sangre.
Cuando
Palham termina de hablar, a mí ya me cuesta respirar y todo empieza
a girar de nuevo.
Noto
el brazo raro, y recuerdo. La herida de flecha. Miro instintivamente
el hombro, donde la flecha de metal se clavó y descubro una venda.
Pero también descubro que no me duele. Abro la boca para preguntar
cuando recuerdo a los sprays y
el cuadradito extraño con el que curé a Jolsan.
Aquí
una herida, por muy grave que sea, es una cosa muy simple.
Sin
embargo, pensar en la flecha me hace pensar en otra cosa. Las flechas
tuvieron que ser disparadas por alguien. Alguien estaba dentro del
Cuadrado, acechándome, viendo como sufría, disparándome.
Me
empiezo a marear y mi estómago se revuelve.
-El
asesino estaba dentro -digo.
Palham
me mira rápidamente y abre la boca, pero no dice nada. Se queda unos
segundos con la boca abierta y los ojos entrecerrados hasta que suma
dos y dos y cae en la cuenta también. Sus ojos se abren y dice una
maldición.
-Estaba
contigo, el asesino estaba contigo -se levanta bruscamente y mira a
todos lados-. Estaba... -aprieta los dientes y, con una fuerza que no
creí que tenía, le pega un puñetazo a una televisión que
descansa sobre la pared; ésta se rompe en miles de trozos. Palham
gruñe y respira rápidamente, se queda mirando a la pared, ahora
desnuda. De la mano de Palham empieza a caer muchos hilos de sangre,
a él no parece importarle.
Se
queda parado en medio de la habitación y vuelve la vista hacia mí.
-Tengo
que informar de esto, rápidamente -se acerca a mí y me agarra de la
mano-. Lo que me acabas de contar es sumamente importante. Ese
bastardo estuvo dentro mientras tú por poco mueres -aprieta mi mano
y dice-. Isia, lo encontraré. Encontraré a ese cabrón asesino y le
haré pagar por todo lo que te ha hecho, te lo prometo -se aleja y,
esta vez, le creo. Añade.- Mandaré a alguien para que te cuide
mientras yo no estoy, no tardaré.
Observo
como Palham desaparece y escucho el sonido de la puerta al cerrarse.
Vuelvo a estar sola. Cierro los ojos con fuerza y la pesadilla
vuelve.
El
asesino estaba conmigo. Mi asesino estaba conmigo.
En
mi cabeza se reproduce la pesadilla de nuevo. Mi mente se llena de la
palabra asesino, el cuchillo vuelve a clavarse en mi estómago,
y el asesino vuelve a mirarme. El asesino en mi mente vuelvo a ser
yo.
Lo
encontraré.
No
sé cuánto tiempo ha pasado desde que Palham se fue y yo me dormí.
Me siento somnolienta y todos los miembros del cuerpo me duelen.
Siento como si llevase días sin dormir. Mi cabeza me pesa de tal
manera que apenas puedo moverme. Cierro los ojos de nuevo y algo se
remueve a mi lado. A regañadientes intento mover la cabeza y lo
consigo. Palham dijo que mandaría a alguien para que velase por mí
mientras él no estaba y dijo la verdad. Ha colocado una silla al
lado de la camilla, girada para que pueda verme. Un cuerpo vestido de
negro descansa sobre la silla. Pestañeo varias veces hasta que veo
nítidamente.
Noah
está dormido, con una mano apoyada en la silla y otra rozando mi
camilla. Tiene el pelo revuelto y lleva la misma ropa que antes, pero
más arrugada. Tiene cara de niño pequeño mientras duerme, parece
como si ahora tuviese muchos años menos. Sus facciones están
relajadas y tiene la boca un poco entreabierta; pero la preocupación
sigue reflejada en su rostro.
Siempre
he pensado que Noah era guapo pero ahora me doy cuenta de que no es
guapo, sino bello. Adonis también lo era, a su manera, pero no tanto
como Noah; la arrogancia de Adonis lo volvía feo. Además Adonis se
esforzaba al máximo por serlo, hacía cualquier cosa para que las
personas le mirasen con adoración y admiración. Incluso hacía
cosas para el bien de otros, aunque no le importase el bien de nadie
más que de sí mismo. Sin embargo Noah no hace nada para serlo, ni
siquiera hace nada para que todos lo adoren, simplemente lo es.
Su
mano descansa sobre mi camilla a pocos centímetros de mi cara, con
ademán protector. Lo más probable es que lo haya hecho de forma
inconsciente, mientras estaba sumido en su sueño. Pero aún así
siento que él realmente quiere protegerme.
Eso
hace preguntarme quién es Noah realmente. Fue Noah quien me metió
en el Cuadrado sólo porque sentía celos y, por su culpa, por poco
muero dentro. Fue Noah quien dijo que teníamos que matar si
queríamos sobrevivir. Pero, también, fue Noah quien disparó a un
guardia sin piedad para salvarme.
Parece
como si Noah tuviese dos caras, dos lados de la moneda. Cuando lo
conocí fue amistoso y, de algún modo, agradable. Pero cuando habló
después de la primera prueba parecía otra persona, más oscura y
peligrosa.
Ahora
me doy cuenta de una cosa, lo que me dijo el primer día que nos
conocimos. Su nombre es Noah pero tiene otro nombre más: Jark. En él
viven dos personas: Noah y Jark. Noah es la parte buena y sarcástica
y Jark es la oscura y capaz de matar a cualquiera sin pestañear.
Una
pregunta aparece en mi mente y me deja aturdida: ¿qué lado se
impondrá primero?
El
rostro relajado de Noah se contrae en una mueca de dolor. Empieza a
respirar rápidamente y agarra con fuerza las sábanas de la camilla.
Se revuelve en la silla y susurra palabras que no logro comprender.
Me incorporo como puedo, intentando no marearme, y me acerco a él.
Alargo la mano para despertarle cuando susurra otra palabra. Y la
entiendo:
Mara.
Mi
mano se queda suspendida en el aire, a medio camino de su cuerpo.
Noah sigue revolviéndose, susurrando el nombre de Mara mientras su
rostro se llena de dolor. ¿Quién es esa Mara?
Noah
se despierta bruscamente y apoya la cabeza sobre la camilla. Su
cuerpo se estremece violentamente y agarra las sábanas con tanta
fuerza que los nudillos se le ponen blancos.
-¿Noah?
Se
queda petrificado al oírme y levanta la cabeza.
-¿Isia?
Clava
sus ojos en los míos y veo otra cara más de Noah. En sus ojos puedo
ver un dolor lejano y una tristeza que me abruma. Entonces se
levanta, y me quedo de piedra. Pasa sus brazos por mi cintura y mi
nuca y me aprieta contra él. Sus brazos me aprisionan de tal modo
que me cuesta respirar, pero no le alejo. Hunde su cara en mi pelo y
yo me quedo quieta. Me siento rara, rara porque no estoy acostumbrada
a los abrazos y rara porque el que me está abrazando es la persona
que más confusa me tiene. Primero me manda al Cuadrado a una muerte
casi segura y luego me abraza hasta dejarme sin respiración. Noah
tiene un grave problema de personalidad, pero en este momento no me
importa. Después de todo lo que ha pasado me siento muy, muy cansada
así que apoyo mi cabeza en el hueco del cuello de Noah y cierro los
ojos.
-Lo
siento. Yo... -susurra contra mi pelo, casi rozándome la oreja- Todo
fue culpa mía. No tenía que haberte enviado la primera. Te estaba
mandando a una muerte segura y ni siquiera lo sabía. Y todo porque
te vi con... -no llegó a terminar la frase pero yo sé lo que
seguía: con Dainel. Noah estaba realmente celoso, y lo acaba de
aceptar. Cualquiera que estuviese en mi lugar se sentiría feliz
porque un tío tan imponente como Noah tenga celos porque otro tío
que tampoco está nada mal te haya cogido la mano; pero yo no sé que
pensar sobre eso. Sé que debería sentir algo respecto a eso, pero
no sé el qué. Nunca pensé que alguien como Noah pudiera tener
sentimientos hacia una simple chica con problemas familiares. Pero
aquí esta, abrazándome y pidiéndome perdón por haberse dejado
llevar por mis pensamientos.
Le
empujo con suavidad y le obligo a deshacer el abrazo.
-Pero
no estoy muerta, ¿vale? Estoy bien, estoy viva, he sobrevivido. Eso
es lo que importa. Así que no te martirices porque no eso no es lo
tuyo.
Sus
manos siguen en mi cadera, siento su contacto como si me quemase la
piel por dentro. Sus ojos parecen más claros con la luz de los
fluorescentes, se clavan en los míos y, por primera vez, me siento
expuesta. Siento como si pudiese mirar en mi interior y ver mis
miedos, como si los comprendiese. Su mirada llena de comprensión y
preocupación me reconforta. No quiero sentirme así, no quiero
sentirme unida a nadie. Y menos a alguien a quién no conozco. No
puedo permitirme sentir nada, no puedo confiar en nadie cuando
alguien quiere matarme y por poco lo consigue. El asesino podría ser
también Noah, él tiene las formas y las razones para hacerlo. Puede
estar mintiendo. Todos pueden estar mintiendo. En este momento, todos
pueden ser mi asesino.
La
preocupación abandona su rostro y sonríe, de lado. Vuelve a ser
Noah.
Aparta
las manos de mi cadera pero no se aleja.
-Voy
a arreglar esto -murmura-. Nadie va a volver a hacerte daño, te lo
prometo. Quien quiera que haya sido ha violado las leyes y eso se
paga con la muerte. Lo encontraré, cueste lo que cueste, y le haré
pagar por lo que ha hecho.
Me
estremezco, pero no de frío. Noah lo nota y me tapa con las sábanas.
Las sábanas no me quitan la extraña sensación que tengo por
dentro. Las palabras de Noah tienen la misma dureza y veracidad de
las de Palham, además, entre ellas se esconde un odio infinito y una
promesa que no logro comprender. No puedo evitar pensar que tal vez
Noah siente algo por mí, tal vez minúsculo, pero lo siente. Y eso
no sé si es bueno o es malo.
Durante
los pocos días que llevo aquí me he dado cuenta de una cosa: aquí
todos tienen secretos. Y Noah es el que se lleva la palma. Está sus
problemas de personalidad y doble vida, su insensibilidad por matar,
el porqué de que yo sepa su nombre verdadero y nadie más lo sepa,
el porqué de que me salvase, y luego está Mara. ¿Quién es? El
rostro de Noah se crispó en una mueca de sufrimiento cuando la
nombró. ¿Ella le producía dolor? ¿O sería al revés? Sea quien
sea esa tal Mara prueba que Noah sí tiene sentimientos y que, en su
vida pasada, quiso a alguien.