domingo, 23 de marzo de 2014

14.


-Olvidad todo lo que creéis, porque todo eso va a cambiar.
Una sonrisa traviesa aparece en la cara de Noah y, acto seguido, algo pasa. La gran sala de entrenamiento cambia. Las estructuras que había repartidas por la sala empiezan a fundirse con el suelo hasta que desaparecen por completo, el ruido de un mecanismo resuena, luego un ruido seco y resonante, las luces de la sala empiezan a parpadear. Y, a continuación, la oscuridad aparece. Vino como una ola de agua negra, con furia, y chocó contra una barrera invisible en medio de la sala que paró el impacto. Pero la ola no se fue ni se dispersó; se quedó impregnada en la barrera. No sé como lo hicieron, pero la única explicación que puede ser más o menos cierta es que al chocar la ola contra la barrera se solidificó y se quedó incrustada en el cristal. Desconozco si es o no cierto pero no puedo dejar de observar lo que se alza ante mis ojos.
Ese lado de la sala está completamente a oscuras, o al menos eso parece. La sala parece haber sido engullida por la oscuridad. No se puede ver nada, parece como si hubiesen pintado la barrera de color negro. Entrecierro los ojos y me acerco a la baranda pero no consigo ver nada más. ¿Qué habrá allí? Da la impresión de ser una simple habitación a oscuras pero después de ver lo que la ola ya nada parece normal. Algo hay ahí.
Toda la grada está paralizada. Muchos de ellos se han alejado hasta la escalera, seguramente porque pensaban que la ola les iba a engullir. Los demás Elegidos no se mueven, están agazapados en sus asientos o de pie, incapaces de despegar la vista. Otros han reaccionado como yo y se han acercado más a la barra para intentar ver algo, pero por las caras de todos tiene pinta que sin éxito.
-¿Qué ha pasado? -pregunta Dainel a escasos centímetros de mi oreja.
-No tengo ni idea.
Noah había dicho que empezaríamos con la preparación física. Francamente, éste no es el tipo de preparación física que pensé que sería. Por lo que he escuchado los entrenamientos que se les hacía se basan en flexiones, pesas como montañas, carreras por terrenos dificultosos durante horas y lanzamientos de objetos pesados. Necesitaríamos suerte para que nos pongan a hacer flexiones. Algo me dice que esa preparación era el principio de la verdadera preparación, una base para que tengan con que luchar en la verdadera realidad.
La realidad de ahora es esta: la oscuridad.
-Podéis luchar contra lo que conocéis, pero no contra lo que teméis -explica Noah-. ¿Y qué es lo que más teméis? No saber a lo que os enfrentáis. Lo desconocido siempre ha sido el miedo de los hombres -su voz se apaga por unos instantes y,aunque no le estoy mirando, sé que está sonriendo-. Vuestra preparación física será enfrentaros a la oscuridad.
No sé si fue la realidad de las palabras de Noah lo que me produjo una sensación de frío que me traspasó los huesos o la incertidumbre que me produce no saber que se oculta en el otro lado de la sala.
Todo lo que había dicho Noah es cierto. No sabemos luchar contra aquello que no conocemos.
Aunque en mi caso, eso no es del todo cierto. Hubo un tiempo en el que le tenía miedo a la oscuridad, pero ese tiempo se fue.
Después de aceptar mi situación me conciencié de que para sobrevivir tendría que hacer muchas cosas, y una de ellas sería aprender a vivir cuando el sol ya no brilla sobre el cielo. Cuando solo tenía nueve años robé un trozo de pan de una tienda de las afueras. Ese tiempo fue durante una de las muchas crisis financieras que destruían la ciudad, pero, a diferencia de las muchas otras, esa fue la peor. El trabajo de mi padre fue más duro, tenía que trabajar más horas durante más días, las condiciones eran peores, muchas personas resultaban heridas con gravedad por realizar el trabajo, mi padre por poco pierde una pierna y otras partes del cuerpo, pero luego no recibía ningún pago por ello. Nadie lo hacía. Eso ocasionó que la comida se convirtiese en mi casa en algo invisible, ni la teníamos ni se veía por la ciudad. Muchos decían que algo estábamos haciendo mal para que los Superiores nos estuviesen castigando de aquel modo, yo pienso que sólo querían vernos sufrir y morirr de hambre y desesperación.
En ese tiempo murió mucha gente, no a manos de los guardias, no físicamente, claro, pero sí murieron por su culpa. Por el hambre, por la desesperación, por la ausencia de esperanza. Aquellos fueron días oscuros. El mundo parecía llegar a su fin, y nadie hacía nada para remediarlo.
Yo en aquel entonces ya había cambiado, ya había dejado atrás a la Isia débil para centrarme en mi fortaleza, pero, también, en aquel entonces me moría de hambre. Solía pasear por las calles buscando algo que llevarme a la boca pero todo acto era sin éxito, y en mi casa no tenía mejor suerte. Mi padre llegaba a las tantas de la noche con la cara gacha y llena de heridas pero sin nada en las manos. Entonces, un día, mientras me alejaba de la ciudad para huir de la tristeza de la realidad encontré una panadería. O algo parecido a una. Yo solo vi una construcción con trozos de pan en la entrada. Me agazapé tras la pared y esperé a que el panadero se diese la vuelta para luego correr y llevarme un trozo de pan en las manos. Corrí todo lo rápido que pude, todo lo que mis débiles piernas me permitieron, pero, desgraciadamente, el panadero me vio y, en vez de tener un poco de misericordia por una niña pequeña hambrienta, llamó a voces a los guardias gritando ladrón. Los guardias me persiguieron por toda la ciudad. Tuve que aguantar, muchas veces me caí porque mis piernas no aguantaban más, pero me levantaba y seguía corriendo como podía. A duras penas pude engañar a los guardias y perderme por las calles hasta que dejaron de perseguirme. Encontré un escondite bajo una alcantarilla y allí me metí, dentro de la mugre y la suciedad del submundo. Allí pasé la noche, echa un revoltijo en una esquina que posiblemente en un tiempo fue un nido de ratas. No podía salir de allí, porque cada vez que miraba a través de la rendijas de la alcantarilla escuchaba voces de fondo que gritaban. No sabía si esas voces eran de los guardias, o si seguían buscándome hasta por la noche, pero yo me quedé allí por si acaso. En la alcantarilla había todo tipo de ruidos, y yo no supe clasificar ninguno. Yo no veía nada, sólo podía escuchar y rezar para que no se le ocurriera a lo que sea que viviese allí acercarse a mi esquina. Muchas veces algo me rozaba la pierna, yo pataleaba en la oscuridad alejando a lo que quiera que se acercaba. Fue una de las noches más largas y horribles de mi vida, pero aprendí a vivir en la oscuridad, sin saber que es lo que te rodea. A partir de ese día salí más veces de noche y me alejé a las afueras para internarme más en la oscuridad de la noche. A causa de eso, sufrí varias heridas graves y roturas por los lugares en los que me internaba pero eso solo fue un daño colateral. Nunca le conté a nadie lo que hacía todos esos días que desaparecía, pero tampoco es que le importase a nadie.
Así aprendí a valerme por mi misma y a sobrevivir sin la ayuda de nadie. Y lo más importante: a convertirme en otra sombra de la oscuridad.
Siento sobre mí la pesadez de una mirada y me doy la vuelta. Los ojos de Noah están mirando hacia arriba, hacia la fila donde me encuentro, pero no mira hacia mi. Está mirando algo un poco más abajo, con el semblante lleno de ira. Sigo el camino de su mirada y descubro lo que le irrita. No me había percatado, ni había sentido su tacto, pero, tal vez, mientras la ola avanzaba amenazando con engullirnos, Dainel me había cogido la mano. Nuestras manos cogidas descansaban encima de mi muslo. Miro de reojo a Noah, pero él ya no está mirando nuestras manos, me está mirando a mí, con un brillo en los ojos que no logro entender.
Noah aparta la mirada con un gesto irritable y me doy cuenta de una cosa. Reconozco ese brillo. Me muerdo el labio inferior en un vano gesto de retener la risa. Celos. Noah está celoso. El súper increíble e indestructible Noah está celoso de un simple Elegido.
Noah comienza a andar con paso firme y sin mirar a nadie hasta la separación de la sala, se vuelve en nuestra dirección. Pasa la vista por todos nosotros, y por mí. Sólo unos segundos, pero suficientes para ver que ese brillo de celos sigue ahí y que aumenta al mirar a Dainel.
Todavía seguimos cogidos de la mano. A pesar de ir en contra de mis principios no se lo he reprochado. También, porque nunca nadie me ha cogido de la mano. Y tener la mano de Dainel sobre la mía me transmite, de una manera u otra, seguridad. Además, he encontrado el punto débil de Noah, y si esto tanto le irrita va a tener que aguantarlo.
Noah cierra los ojos un momento y, un segundo después, los vuelve a abrir. El brillo de celos ha desaparecido, pero ha sido suplantado por la ira.
Noah dice:
-Vamos a empezar. El entrenamiento de hoy será individual. Uno por uno tendréis que entrar en el Cuadrado y pasar con éxito lo que os espera dentro -sonríe para sí y, tras un momento, me mira-. Las señoritas primero.
Todas las miradas se vuelven hacia mí en menos de una décima de segundo. Sin mirar a Dainel aparto la mano y bajo las escaleras con paso decidido. La verdad es que estoy asustada porque no sé qué es lo que me depara dentro, pero dejo el rostro impasible. Nadie debe saber nunca que tengo miedo.
Atravieso la distancia que nos separa y me coloco a su lado, esperando órdenes.
-Entra, vamos a ver de qué eres capaz cuando no ves nada, preciosa.
Le miro por una última vez y traspaso el límite. En cuanto lo cruzo una especie de barrera invisible me traspasa. Me quedo durante unos segundos sin aire pero se me pasa y el oxígeno vuelve. No veo nada. Me doy la vuelta pero no encuentro más que una capa negra, ni rastro de Noah ni de los demás.
Estoy encerrada.
Muevo los brazos, tanteando la oscuridad, en busca de algo que me rodee. Pero no hay nada a mi alrededor. Intento recordar cómo de grande era la sala, pero no sé con exactitud cuánto. Lo peor es que no puedo verlo. No sé si han cerrado alguna parte de la sala, o si la han agrandado, o si todavía queda agua por la ola, o si realmente hubo agua. No sé nada.
No puedes tener miedo. Cierro los ojos y respiro lentamente, centrándome sólo en mi respiración. Poco a poco se va estabilizando y los latidos de mi corazón van decreciendo. Esto es sólo otra de las actividades nocturnas en la ciudad, nada es diferente.
Pero algo me dice que lo es.
Relajo los brazos y me quedo en silencio, esperando. Un sonido resuena a lo lejos. Es una especie de pitido, un pitido que se multiplica cada dos segundos y luego se apaga durante dos segundos más. El pitido cada vez se escucha más cerca, se está aproximando a mi situación. Respiro. ¿Qué es ese sonido? Algo me dice que esto no va bien. El pitido llegará en unos segundos. En ese momento algo peludo me roza la muñeca. No hago ningún movimiento. Mi corazón vuelve a latir fuerte en mi pecho. Respiro lentamente. Un sonido minúsculo se une al pitido, el sonido de unos pasos sigilosos y acechadores. Siento que algo me rodea, pero sigo sin moverme. Dos segundos. El pitido resuena más cerca. Algo me toca la otra muñeca. Dos segundos. El pitido vuelve a sonar y, esta vez, lo reconozco.
No pueden estar hablando en serio.
Dos segundos.
Uno.
Con un movimiento rápido me agacho y me protejo la cara con los brazos. El pitido explota y un fogonazo de luz roja estalla. Algo grita, acompañando a mi propio grito, y espero. Cierro los ojos todo lo fuerte que puedo y me protejo la cara con los brazos y el pelo, sin embargo, la luz se filtra por los recovecos y me quema los ojos. Empiezo a llorar sin darme cuenta. Aprieto la cara contra mis brazos pero no para. Los ojos me escuecen como el infierno.
A través de las rendijas de mi pelo observo lo que ha gritado. Nunca había visto algo igual. Es un animal, tan grande que me tiene que llegar a la altura de la cadera, está forrado de un pelo color caoba y no tiene orejas. Tiene la boca abierta, de la que salen unos colmillos del tamaño de mi pie. Tiene sus ojos puestos en el lugar del que proviene la luz y la mira, amenazante. No le afecta lo más mínimo.
La luz se apaga. Sigo sin moverme. Otro pitido.
Dos segundos. El animal emite un gemido y sus colmillos chirrían.
Dos segundos. Separo los brazos de la cara y apoyo las manos en el suelo.
Dos segundos. Abro los ojos y veo unas pequeñas luces que parpadean a lo lejos.
Uno.
Con la ayuda de las manos me impulso hacia el animal y me tumbo detrás de él. El pitido explota otra vez y una lengua de fuego aparece de entre la oscuridad. Los ojos del animal se encuentran con los míos al tiempo que el fuego se estampa contra su cuerpo. Sus ojos son rojos, tan rojos como la sangre y me miran, tan intensamente que me duele la cabeza. Me empujo hacia atrás con los brazos, me alejo del cuerpo en llamas. El animal se retuerce en el suelo, intentando desprenderse del fuego. Grita y grita, corre, salta, se restriega contra el suelo pero el fuego no se apaga. Sus lamentos resuenan por todas partes hasta que deja de moverse.
Cierro los ojos un momento y controlo mi respiración. No puede estar pasando esto. Esto no puede ser parte del entrenamiento. Algo va mal.
Desde mi posición observo el cuerpo muerto del animal, todavía envuelto en llamas. De repente siento pena por el animal. Sin darse cuenta me ha salvado la vida, y yo he destrozado la suya para salvar la mía.
Escucho un chasquido. De repente algo se me clava en el brazo y me traspasa la carne profundamente. Un dolor punzante me traspasa y caigo de espaldas. Tanteo con las manos y encuentro el artilugio que se me ha clavado en el brazo. Una flecha de metal. Me incorporo y trago saliva. Respiro lentamente y, con un movimiento, tiro de la flecha. El dolor me llena por todas partes y me muerdo el labio hasta que empieza a sangrar. La flecha sale de mi carne y la suelto.
Súbitamente, otro chasquido suena a mi derecha, pero esta vez me aparto a tiempo. Me deslizo hacia delante y ruedo en el suelo. Mi brazo herido toca el suelo y grito.
Esta vez no suena un chasquido, no suena nada. Todo se queda en silencio. Me quedo quieta, con una mano apoyada en el suelo y otra tapándome la herida. Un mecanismo empieza a moverse y el suelo empieza a vibrar. Todo se para y se queda en silencio, sólo se escucha mis respiraciones rápidas.
Entonces el suelo vuelve a vibrar, esta vez más fuerte. El suelo cede y mis piernas caen. Mi grito rompe la oscuridad. Tengo medio cuerpo en el vacío y el otro medio en lo que queda de suelo. Intento impulsarme con las manos pero empiezo a resbalarme.
Mi grito sigue resonando, como un eco eterno, y me estalla los oídos. Busco con los pies algo en lo que apoyarme pero no hay nada, solo vacío y oscuridad. Mis manos siguen resbalándose por el suelo lentamente y mi cuerpo cada vez cae más. Mi brazo no para de sangrar. El suelo empieza a convertirse en una superficie áspera y me araña los brazos. Aprieto los brazos contra el suelo, algo parecido a cuchillas minúsculas se me clavan en la piel pero dejo de deslizarme por el suelo. Tengo todo el cuerpo en el vació salvo los brazos. Tomo una buena bocanada de aire, presiono más fuerte los brazos contra el suelo y, con un grito, me impulso hacia arriba. Por un momento empiezo a salir, pero el brazo me falla y caigo de lado deslizándome más hacia el vacío. Las cuchillas se me clavan de nuevo en la piel. Intento pedir ayuda pero sé que nadie va a venir a ayudarme. Estoy sola.
Mi corazón late tan fuerte que parece que va a salir de mi pecho. La ansiedad me envuelve y me cuesta respirar y pensar con claridad. No puedo dejar que me pase esto. Vuelvo a respirar y clavo de nuevo los brazos en el suelo. Mi brazo me pide a gritos que pare pero hago un último esfuerzo. Con ayuda de las manos me impulso más fuerte y consigo sacar todo el cuerpo. Caigo al suelo y el eco de mi grito se para súbitamente.
Sigue brotando sangre de la herida de la flecha, la noto deslizarse por mi piel y llegar al suelo. Mi cabeza da vueltas, y ya no sé si estoy despierta o todo esto es un sueño. Siento como si mi cuerpo flotase, ya no escucho a mi corazón latir, ni me duele al respirar. En ese momento no sé si estoy muerta o si sigo viva, no me importa la respuesta. La sangre abandona mi cuerpo y se desliza por mi piel, recordándome que estoy muriendo. Pequeñas luces empiezan a brillar en el techo. Recuerdo el cielo de mi antigua ciudad. Mis pulmones arden.
Entonces suena un pitido. Pero esta vez no hay segundos.
Una bola de fuego atraviesa la oscuridad hacia mí, y caigo hacia atrás. Me levanto y otro pitido suena. Otra bola de fuego atraviesa y corro, esquivándola por poco. Sigo corriendo, otro pitido, otra bola de fuego aparece muy cerca de mi, giro. Mis piernas empiezan a ceder y por poco me caigo al suelo justo encima del fuego. Pero ruedo en dirección contraria. El fuego me rodea por todas partes y yo busco una salida.
Un nuevo pitido suena, pero esta vez más fuerte, y el fuego lo rodea todo. Mis piernas ceden y caigo al suelo al tiempo en el que algo me atraviesa dejándome sin respiración.
Escucho voces a mi alrededor pero no entiendo lo que dicen, solo pienso en el fuego y en las estrellas de mi antigua ciudad. Y mi mente se apaga.


Vuelvo a estar en la oscuridad. Solo hay silencio. No puedo respirar, intento moverme pero no puedo. Grito pero no sale ningún sonido de mi garganta. Estoy sola.
Te dije que nadie iba a quererte nunca, y tú solo has empeorado las cosas.
Quiero gritar que no es verdad pero no puedo hablar. Estoy atrapada en mi propio cuerpo. No sé si tengo los ojos cerrados o es que estoy rodeada de oscuridad, pero no puedo ver nada.
Unos brazos me rodean y me aprisionan. Intento revolverme y pelear pero mi cuerpo no se mueve. Le grito a mi cerebro que haga algo pero no me escucha. Los brazos me aprietan más fuerte y me dejan sin respiración. Algo se aprieta contra mi. Intento alejarle pero sigo sin moverme.
Te lo dije, y mira cómo has acabado.
Entonces algo se me clava en el estómago y se hunde en mi carne. Noto como el oxígeno desaparece de mis pulmones y como mi sangre empieza a derramarse. Los brazos me sueltan y caigo. Mi cabeza choca contra algo duro y mi cerebro estalla. El cuchillo choca contra el suelo a unos centímetros de mi.
Te has matado a ti misma, Isia.
Una leve luz sale de entre la oscuridad e ilumina por un segundo el rostro del asesino, que me mira desde arriba. Es mi rostro.
Mi corazón se para.

-Isia, despierta. ¿Me escuchas? Por favor, despierta. Vamos.
Escucho esa voz, y luego mis gritos. No puedo dejar de gritar, no puedo. Siento una y otra vez el cuchillo clavándose en mi estómago. En mi cabeza sus palabras están grabadas a fuego y me persiguen. Te has matado a ti misma.
Y luego aparece mi rostro. Es el mío, pero no del todo. Parecía que una parte de mí se hubiese ido y fuese reemplaza por otra completamente distinta. Mis ojos eran distintos. Me miraban, serenos, miraban como me desangraba y como abandonaba todo rastro de vida. Mis ojos estaban llenos de oscuridad, oscuridad y tinieblas. Y luego estaba esa sonrisa. Mi sonrisa. Yo estaba sonriendo, me estaba sonriendo. Sonreía mientras me moría. Pero no era mi sonrisa, era otra completamente distinta. Era una sonrisa rota, vacía, parecía como si se me hubiese desencajado la mandíbula y me la hubiesen colocado mal. Era siniestra, como si me alegrase por morir, como si me alegrase por matarme a mi misma.
Solo veo un borrón blanco. Miro a todas partes pero no consigo ver nada. Por un momento pienso que estoy muerta. Pero siento como el aire entra por mis pulmones pesadamente y como mi corazón late rápidamente. Y no dejo de gritar, no paro hasta que noto como una lágrima se desliza por mi mejilla. Entonces paro y me tapo la cara con las manos para dejar de llorar.
Pero no puedo. Me presiono más fuerte la cara y rezo para que pare. Escucho gritos a mi alrededor y mi nombre, pero no respondo. No puedo hablar. Mi cuerpo está paralizado por el miedo.
Para, deja de llorar. Todo está bien, estás bien.
Pienso en el cielo de mi antigua ciudad, en las estrellas. Y dejo de llorar.
Pestañeo varias veces y el borrón desaparece. Me aparto las manos de la cara y veo a Palham. Sus ojos me miran, asustados, buscando un signo de que estoy bien. Está despeinado y gotitas de sudor se han quedado impregnadas en su frente.
Una cosa me sorprende: el terror y la preocupación en sus ojos. ¿Qué ha pasado?
-Isia, tranquila, por favor. Estás bien, todo está bien. Sólo era una pesadilla -susurra, pero yo no le creo.
El cuerpo de Palham sigue en tensión, tiene las manos apoyadas en la camilla para estar más cerca de mí. Me mira unos minutos y, entonces, se relaja. Suspira lentamente y me mira una vez más. Me mira como si pudiese ver a través de mis ojos, como si todos sus demonios se arremolinaran entorno a mí, como si yo fuese una muñeca rota que no se puede reparar; me mira como si él estuviese al borde del abismo y yo fuese su única salvación. Alarga la mano y la coloca encima de mi mejilla. Me da la caricia más triste del mundo: apenas tocó mi piel unos segundos, pero a través de sus dedos pude sentir un dolor lejano y un cariño que nunca he sentido en toda mi vida. En ese momento llego a pensar que Palham me conoce, no sé como pero lo hace. Y me siento desnuda.
Sus ojos me miran, pero no a mí. A una persona muy lejos de aquí.
Aparta la mano segundos más tarde y se aleja unos metros. Tengo una mala intuición.
-¿Qué ha pasado?
Palham no responde, ni me mira, sólo mira a la pared. Aprieta los puños y sus ojos se llenan de ira.
-Alguien ha amañado tu entrenamiento, Isia -contesta, con furia.
Al principio no lo entiendo, la cabeza me da demasiadas vueltas para llegar a comprender nada. Pero luego caigo en la cuenta de sus palabras.
-Todo lo que sufriste, la luz, el animal, las flechas, los agujeros y las bolas de fuego no era parte del entrenamiento. No es parte de ningún entrenamiento -explica Palham-. El verdadero entrenamiento consistía en que tendrías que protegerte y luchar en la oscuridad contra unos guardias que llevarían gafas con visor nocturno. Los guardias que debían estar en el Cuadrado y atacarte han desaparecido. No sabemos dónde están, pero los encontraremos. Alguien ha amañado el entrenamiento para que no sea lo que tendría que ser. Alguien había preparado todo eso para que murieses, si no en una prueba en otra -su voz se apaga y me mira, incrédulo-. Pero sobreviviste.
La pesadilla vuelve a reproducirse en mi cabeza, con el complemento de tres palabras: alguien quiere matarme.
El cuchillo, una y otra vez, estoy muerta. Estoy sola, sin fuerzas, mi cabeza.
De repente tengo unas ganas infinitas de correr. De huir. De escapar de todo este lugar, de mis pesadillas, de mí. Intento levantarme, y el borrón vuelve. Además de dolor. Todo empieza a girar de nuevo.
-Eh, tranquila, no te muevas -susurra-. Todavía no estás curada.
Palham me empuja suavemente sobre los hombros para que me recueste. Pero necesito huir. Me presiono la frente con la mano y respiro lentamente, me tranquilizo mentalmente. Voy a huir, lejos, muy lejos, pero en el momento adecuado. Sólo necesito esperar. Ese momento llegará, y me iré. Nadie podrá detenerme. En el momento adecuado.
Pero por el momento tengo un problema con el que lidiar: alguien ha intentado matarme, y me da la impresión de que no va a parar hasta conseguirlo.
Palham se sienta en un lado de la camilla y dice:
-Mientras estabas en el Cuadrado no sabíamos lo que estaba pasando. Se suponía que saldrías en dos minutos, pero esos dos minutos pasaron y tu no saliste. Y, de repente, escuchamos tus gritos. Intentamos sacarte de allí pero quien haya amañado tu entrenamiento se las ha arreglado para que no pudieses salir de ahí de ningún modo. Hicimos todo lo que pudimos a pesar de que no sabíamos que demonios estaba pasando. Llamamos a más guardias para que buscasen la forma de sacarte, Jark intentó meterse dentro pero el asesino también se las había arreglado para que nadie pudiese entrar. Estábamos desesperados, tú no parabas de gritar. Entonces atravesaste la barrera y caíste inconsciente llena de sangre.
Cuando Palham termina de hablar, a mí ya me cuesta respirar y todo empieza a girar de nuevo.
Noto el brazo raro, y recuerdo. La herida de flecha. Miro instintivamente el hombro, donde la flecha de metal se clavó y descubro una venda. Pero también descubro que no me duele. Abro la boca para preguntar cuando recuerdo a los sprays y el cuadradito extraño con el que curé a Jolsan.
Aquí una herida, por muy grave que sea, es una cosa muy simple.
Sin embargo, pensar en la flecha me hace pensar en otra cosa. Las flechas tuvieron que ser disparadas por alguien. Alguien estaba dentro del Cuadrado, acechándome, viendo como sufría, disparándome.
Me empiezo a marear y mi estómago se revuelve.
-El asesino estaba dentro -digo.
Palham me mira rápidamente y abre la boca, pero no dice nada. Se queda unos segundos con la boca abierta y los ojos entrecerrados hasta que suma dos y dos y cae en la cuenta también. Sus ojos se abren y dice una maldición.
-Estaba contigo, el asesino estaba contigo -se levanta bruscamente y mira a todos lados-. Estaba... -aprieta los dientes y, con una fuerza que no creí que tenía, le pega un puñetazo a una televisión que descansa sobre la pared; ésta se rompe en miles de trozos. Palham gruñe y respira rápidamente, se queda mirando a la pared, ahora desnuda. De la mano de Palham empieza a caer muchos hilos de sangre, a él no parece importarle.
Se queda parado en medio de la habitación y vuelve la vista hacia mí.
-Tengo que informar de esto, rápidamente -se acerca a mí y me agarra de la mano-. Lo que me acabas de contar es sumamente importante. Ese bastardo estuvo dentro mientras tú por poco mueres -aprieta mi mano y dice-. Isia, lo encontraré. Encontraré a ese cabrón asesino y le haré pagar por todo lo que te ha hecho, te lo prometo -se aleja y, esta vez, le creo. Añade.- Mandaré a alguien para que te cuide mientras yo no estoy, no tardaré.
Observo como Palham desaparece y escucho el sonido de la puerta al cerrarse. Vuelvo a estar sola. Cierro los ojos con fuerza y la pesadilla vuelve.
El asesino estaba conmigo. Mi asesino estaba conmigo.
En mi cabeza se reproduce la pesadilla de nuevo. Mi mente se llena de la palabra asesino, el cuchillo vuelve a clavarse en mi estómago, y el asesino vuelve a mirarme. El asesino en mi mente vuelvo a ser yo.
Lo encontraré.


No sé cuánto tiempo ha pasado desde que Palham se fue y yo me dormí. Me siento somnolienta y todos los miembros del cuerpo me duelen. Siento como si llevase días sin dormir. Mi cabeza me pesa de tal manera que apenas puedo moverme. Cierro los ojos de nuevo y algo se remueve a mi lado. A regañadientes intento mover la cabeza y lo consigo. Palham dijo que mandaría a alguien para que velase por mí mientras él no estaba y dijo la verdad. Ha colocado una silla al lado de la camilla, girada para que pueda verme. Un cuerpo vestido de negro descansa sobre la silla. Pestañeo varias veces hasta que veo nítidamente.
Noah está dormido, con una mano apoyada en la silla y otra rozando mi camilla. Tiene el pelo revuelto y lleva la misma ropa que antes, pero más arrugada. Tiene cara de niño pequeño mientras duerme, parece como si ahora tuviese muchos años menos. Sus facciones están relajadas y tiene la boca un poco entreabierta; pero la preocupación sigue reflejada en su rostro.
Siempre he pensado que Noah era guapo pero ahora me doy cuenta de que no es guapo, sino bello. Adonis también lo era, a su manera, pero no tanto como Noah; la arrogancia de Adonis lo volvía feo. Además Adonis se esforzaba al máximo por serlo, hacía cualquier cosa para que las personas le mirasen con adoración y admiración. Incluso hacía cosas para el bien de otros, aunque no le importase el bien de nadie más que de sí mismo. Sin embargo Noah no hace nada para serlo, ni siquiera hace nada para que todos lo adoren, simplemente lo es.
Su mano descansa sobre mi camilla a pocos centímetros de mi cara, con ademán protector. Lo más probable es que lo haya hecho de forma inconsciente, mientras estaba sumido en su sueño. Pero aún así siento que él realmente quiere protegerme.
Eso hace preguntarme quién es Noah realmente. Fue Noah quien me metió en el Cuadrado sólo porque sentía celos y, por su culpa, por poco muero dentro. Fue Noah quien dijo que teníamos que matar si queríamos sobrevivir. Pero, también, fue Noah quien disparó a un guardia sin piedad para salvarme.
Parece como si Noah tuviese dos caras, dos lados de la moneda. Cuando lo conocí fue amistoso y, de algún modo, agradable. Pero cuando habló después de la primera prueba parecía otra persona, más oscura y peligrosa.
Ahora me doy cuenta de una cosa, lo que me dijo el primer día que nos conocimos. Su nombre es Noah pero tiene otro nombre más: Jark. En él viven dos personas: Noah y Jark. Noah es la parte buena y sarcástica y Jark es la oscura y capaz de matar a cualquiera sin pestañear.
Una pregunta aparece en mi mente y me deja aturdida: ¿qué lado se impondrá primero?
El rostro relajado de Noah se contrae en una mueca de dolor. Empieza a respirar rápidamente y agarra con fuerza las sábanas de la camilla. Se revuelve en la silla y susurra palabras que no logro comprender. Me incorporo como puedo, intentando no marearme, y me acerco a él. Alargo la mano para despertarle cuando susurra otra palabra. Y la entiendo:
Mara.
Mi mano se queda suspendida en el aire, a medio camino de su cuerpo. Noah sigue revolviéndose, susurrando el nombre de Mara mientras su rostro se llena de dolor. ¿Quién es esa Mara?
Noah se despierta bruscamente y apoya la cabeza sobre la camilla. Su cuerpo se estremece violentamente y agarra las sábanas con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos.
-¿Noah?
Se queda petrificado al oírme y levanta la cabeza.
-¿Isia?
Clava sus ojos en los míos y veo otra cara más de Noah. En sus ojos puedo ver un dolor lejano y una tristeza que me abruma. Entonces se levanta, y me quedo de piedra. Pasa sus brazos por mi cintura y mi nuca y me aprieta contra él. Sus brazos me aprisionan de tal modo que me cuesta respirar, pero no le alejo. Hunde su cara en mi pelo y yo me quedo quieta. Me siento rara, rara porque no estoy acostumbrada a los abrazos y rara porque el que me está abrazando es la persona que más confusa me tiene. Primero me manda al Cuadrado a una muerte casi segura y luego me abraza hasta dejarme sin respiración. Noah tiene un grave problema de personalidad, pero en este momento no me importa. Después de todo lo que ha pasado me siento muy, muy cansada así que apoyo mi cabeza en el hueco del cuello de Noah y cierro los ojos.
-Lo siento. Yo... -susurra contra mi pelo, casi rozándome la oreja- Todo fue culpa mía. No tenía que haberte enviado la primera. Te estaba mandando a una muerte segura y ni siquiera lo sabía. Y todo porque te vi con... -no llegó a terminar la frase pero yo sé lo que seguía: con Dainel. Noah estaba realmente celoso, y lo acaba de aceptar. Cualquiera que estuviese en mi lugar se sentiría feliz porque un tío tan imponente como Noah tenga celos porque otro tío que tampoco está nada mal te haya cogido la mano; pero yo no sé que pensar sobre eso. Sé que debería sentir algo respecto a eso, pero no sé el qué. Nunca pensé que alguien como Noah pudiera tener sentimientos hacia una simple chica con problemas familiares. Pero aquí esta, abrazándome y pidiéndome perdón por haberse dejado llevar por mis pensamientos.
Le empujo con suavidad y le obligo a deshacer el abrazo.
-Pero no estoy muerta, ¿vale? Estoy bien, estoy viva, he sobrevivido. Eso es lo que importa. Así que no te martirices porque no eso no es lo tuyo.
Sus manos siguen en mi cadera, siento su contacto como si me quemase la piel por dentro. Sus ojos parecen más claros con la luz de los fluorescentes, se clavan en los míos y, por primera vez, me siento expuesta. Siento como si pudiese mirar en mi interior y ver mis miedos, como si los comprendiese. Su mirada llena de comprensión y preocupación me reconforta. No quiero sentirme así, no quiero sentirme unida a nadie. Y menos a alguien a quién no conozco. No puedo permitirme sentir nada, no puedo confiar en nadie cuando alguien quiere matarme y por poco lo consigue. El asesino podría ser también Noah, él tiene las formas y las razones para hacerlo. Puede estar mintiendo. Todos pueden estar mintiendo. En este momento, todos pueden ser mi asesino.
La preocupación abandona su rostro y sonríe, de lado. Vuelve a ser Noah.
Aparta las manos de mi cadera pero no se aleja.
-Voy a arreglar esto -murmura-. Nadie va a volver a hacerte daño, te lo prometo. Quien quiera que haya sido ha violado las leyes y eso se paga con la muerte. Lo encontraré, cueste lo que cueste, y le haré pagar por lo que ha hecho.
Me estremezco, pero no de frío. Noah lo nota y me tapa con las sábanas. Las sábanas no me quitan la extraña sensación que tengo por dentro. Las palabras de Noah tienen la misma dureza y veracidad de las de Palham, además, entre ellas se esconde un odio infinito y una promesa que no logro comprender. No puedo evitar pensar que tal vez Noah siente algo por mí, tal vez minúsculo, pero lo siente. Y eso no sé si es bueno o es malo.
Durante los pocos días que llevo aquí me he dado cuenta de una cosa: aquí todos tienen secretos. Y Noah es el que se lleva la palma. Está sus problemas de personalidad y doble vida, su insensibilidad por matar, el porqué de que yo sepa su nombre verdadero y nadie más lo sepa, el porqué de que me salvase, y luego está Mara. ¿Quién es? El rostro de Noah se crispó en una mueca de sufrimiento cuando la nombró. ¿Ella le producía dolor? ¿O sería al revés? Sea quien sea esa tal Mara prueba que Noah sí tiene sentimientos y que, en su vida pasada, quiso a alguien.